Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 16 — El hombre que nadie vio moverse #2
61%

CAPÍTULO 16 — El hombre que nadie vio moverse #2

—Cuando terminé de hablar con él dentro, Leandro me miró como si ya hubiera decidido cuánto valía mi miedo.

Nadie habló.

—No quería volver a acercarme —continuó—. Lo vi sentado y pensé que podía esperar. Eso fue todo.

Delacroix asintió. Ahí estaba. No había sido la postura. No únicamente. Había sido la historia que Sofía llevaba consigo. Cada testigo había completado la inmovilidad con su propia relación con Leandro.

—Gracias.

Ella lo miró.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Sofía regresó junto a la pared.

—Odio que haya tenido sentido.

—Es saludable.

—Cállese.

Delacroix sonrió apenas. Andrés necesitó más tiempo. No porque recordara menos. Porque tenía miedo de recordar mal. Delacroix lo colocó con la bandeja vacía. Un empleado de la casa había preparado una copa con agua y hielo. Montalbán la miró.

—¿Era necesario?

—Sí.

—¿El mismo vaso?

—Aproximado.

—Entonces está reconstruyendo con cosas aproximadas.

—Como la memoria.

El comisario soltó aire. Andrés tomó la bandeja.

—Pesaba más.

—Había otras copas.

—Sí.

Añadieron dos. El muchacho caminó desde la biblioteca hasta la terraza. Se detuvo.

—Así.

—¿Dónde estaba Leandro?

Andrés señaló. Delacroix se sentó.

—¿Así?

—Más hacia delante.

El detective ajustó el cuerpo. Andrés frunció el ceño.

—No sé.

—No importa.

—Pero...

—Lo que importa es lo que pudo ver.

El joven respiró. Avanzó. Dejó la copa. Delacroix permaneció inmóvil. Andrés retrocedió.

—Eso hice.

—¿Cuánto tiempo estuvo junto a él?

—Poco.

—¿Un segundo?

—Más.

—¿Cinco?

—Puede.

Delacroix lo miró. Andrés corrigió.

—No sé.

—Bien.

Montalbán ya no protestó.

—¿Dijo algo? —preguntó Delacroix.

—No.

—¿Esperó respuesta?

El muchacho pensó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque solo dejaba el agua.

—¿Marina le dijo que se la entregara en mano?

—No.

—¿Le dijo que comprobara que la bebía?

—No.

—¿Le habló a Leandro?

—No.

—¿Leandro se movió?

—No.

—¿Giró la cabeza?

—No.

—¿Respiró?

—No podía verlo.

—¿Tenía los ojos abiertos?

—No vi.

—¿La boca?

—No.

—¿Las manos?

—Una.

—¿En la misma posición que cuando encontraron el cuerpo?

Andrés cerró los ojos.

—No sé.

—Perfecto.

El joven abrió.

—Otra vez.

—Sí.

—Ahora entiendo por qué se enfada el comisario.

—Eso también es saludable.

Montalbán se alejó dos pasos. Delacroix miró la copa. El hielo.

—¿Cuánto tiempo pasó desde que dejó el agua hasta que volvió a recogerla?

Andrés pensó.

—No sé.

—¿Diez minutos?

—Más o menos.

—¿Antes o después del apagón?

—La llevé antes.

—Sí.

—Volví después.

—¿Cuánto después?

—Poco.

—Entonces entre una cosa y otra estuvieron los noventa segundos y algunos minutos.

—Sí.

Delacroix miró la copa.

—Cuando volvió, ¿qué notó?

—Que no había bebido.

—¿Cómo?

—El nivel estaba igual.

—¿Y el hielo?

—Todavía estaba bastante entero.

Montalbán intervino.

—Eso indica que la copa era reciente.

—Sí —dijo Delacroix.

Andrés miró de uno a otro.

—¿Entonces?

Delacroix levantó la copa.

—Nada sobre cuándo murió.

El joven frunció el ceño.

—Pero...

—La copa demuestra cuándo llegó la copa.

Silencio. Montalbán asintió.

—No cuándo murió Leandro.

—Exactamente.

Delacroix dejó el vaso.

—Sin embargo, durante dos días la hemos tratado como si hubiera sido parte de su última actividad.

—Porque estaba junto al cuerpo —dijo Montalbán.

—Sí.

—Eso es lógico.

—Precisamente.

El comisario cerró los ojos. Delacroix miró a Andrés.

—¿Leandro pidió el agua?

—No.

—¿Quién?

—La señora Roldán.

Todos miraron a Marina. Ella no se movió.

—Porque debía beber —dijo.

—Eso ya lo sabemos —respondió Delacroix.

—Entonces.

—¿Cuándo la pidió?

Marina pensó.

—No recuerdo.

—Antes del apagón.

—Sí.

—¿Antes o después de su supuesta conversación?

Silencio. Ella lo miró.

—Después.

Delacroix permaneció quieto.

—Entonces habló con Leandro.

—Sí.

—Él dijo que quería estar solo.

—Sí.

—Y usted, preocupada por su estado, decidió no acercarse otra vez.

—Sí.

—Pero le mandó agua.

—Sí.

—¿Por qué?

Marina frunció el ceño.

—Porque necesitaba beber.

—¿Se lo dijo él?

—No.

—¿Lo dedujo?

—Sí.

—¿Había tomado medicación?

—Antes.

—Mucho antes.

—No tanto.

—¿Cuánto?

—No sé.

Delacroix la observó.

—¿Por qué no llevó usted el agua?

—Estaba trabajando.

—Pero era la persona que controlaba su salud.

—No era su enfermera.

—No.

Marina sostuvo la mirada.

—Entonces.

Delacroix no continuó. Todavía. La copa no demostraba que Marina supiera que Leandro estaba muerto.

Pero tampoco demostraba que creyera que estaba vivo.

Solo demostraba que había enviado una copa.

Y una copa podía ser un cuidado. O un escenario.

Delacroix fue el cuarto. Montalbán pareció disfrutarlo.

No lo dijo. Se colocó en el lugar donde había estado la noche de la fiesta.

—Aquí.

Sofía lo observaba. Gabriel también. Marina permanecía de pie junto a una estantería. Andrés parecía agradecido de que, por fin, otra persona tuviera que recordar. Montalbán ocupó la silla de Leandro.

—No incline tanto la cabeza.

El comisario lo miró.

—¿Perdón?

—Más a la izquierda.

—No soy un cadáver.

—Eso empieza a ser una ventaja.

Montalbán ajustó la postura. Delacroix volvió a su punto. Miró. El recuerdo regresó. La figura. El mar. La quietud. La decisión de no acercarse.

—¿Qué vio? —preguntó Montalbán.

Delacroix no respondió inmediatamente.

—A Leandro.

El comisario sonrió.

—No.

Sofía dejó escapar una breve risa. Delacroix la miró.

—No se acostumbre.

Montalbán continuó.

—¿Rostro?

—No.

—¿Ojos?

—No.

—¿Movimiento?

Delacroix pensó.

—No.

—¿Respiración?

—No visible.

—¿Le habló?

—No.

—¿Por qué?

Silencio. Ahora llegaba la parte incómoda.

—Porque había prometido hablar conmigo al día siguiente.

—¿Y?

—Pensé que quería estar solo.

—Otra vez.

—Sí.

—¿Por la postura?

Delacroix miró la silla.

—No solo.

—Entonces.

Respiró.

—Porque yo también construí una historia.

Montalbán levantó una ceja.

—¿Cuál?

—Un hombre cansado después de tres reuniones, una discusión y molestias del corazón.

—Parecía razonable.

—Sí.

—Entonces.

—Lo razonable también puede ser falso.

Silencio. Montalbán se levantó.

—¿Eso le molesta?

—Sí.

—Mucho.

—Lo suficiente.

El comisario sonrió apenas.

—Bien.

Delacroix lo miró.

—Ahora sí le ha quedado.

Sofía negó con la cabeza. Gabriel parecía cada vez más arrepentido de haber asistido. Marina no había cambiado de posición. Delacroix se acercó a la terraza. Miró la silla vacía.

—Cuatro personas.

—Cinco conmigo —dijo Marina.

Él volvió la cabeza.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque usted no afirma haber visto.

—Hablé.

—Exactamente.

La mujer se separó de la estantería.

—¿Y qué quiere que haga?

—Lo mismo que los demás.

—No vi desde lejos.

—Entonces mejor.

Marina caminó hasta la terraza. Se detuvo junto a la silla.

—Aquí.

Delacroix observó.

—¿Aquí habló con él?

—Sí.

—¿Dónde estaba usted?

Ella señaló. A un paso.

—¿Y Leandro?

—Sentado.

—¿Como ahora?

Montalbán volvió a ocupar la silla. Marina lo miró.

—Más inclinado.

El comisario ajustó.

—¿Así?

—Sí.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Ya estaba en la postura en que lo encontraron?

Marina volvió la cabeza.

—No exactamente.

—¿Qué cambió?

—No sé.

—Acaba de decir no exactamente.

—Porque nadie permanece inmóvil para siempre.

Silencio. Delacroix la observó. La frase había salido sola. Ella lo comprendió.

—Excepto un muerto —dijo.

Montalbán se levantó. Marina no apartó la mirada.

—No intente convertir cada palabra...

—No.

—Lo está haciendo.

—Ha dicho que la postura cambió.

—Puede haber cambiado.

—¿Después de hablar con usted?

—Sí.

—Entonces estaba vivo.

—Sí.

—Y se movió.

—Sí.

—¿Qué hizo?

Marina tardó.

—Giró la cabeza.

—¿Hacia usted?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No sé.

—¿La miró?

—Sí.

—¿Ojos abiertos?

—Sí.

—¿Qué color?

El silencio fue inmediato. Montalbán volvió lentamente la cabeza. Sofía observó a Delacroix. Gabriel frunció el ceño. Marina no respondió.

—¿Qué?

Delacroix se acercó.

—Los ojos de Leandro.

—Sé de qué color eran.

—Dígalo.

—Marrones.

—No.

La mujer quedó inmóvil.

—¿No?

—Eran verdes.

Silencio. Marina lo miró. Después sonrió. Muy lentamente.

—No.

Delacroix permaneció quieto.

—¿Qué?

—Eran marrones.

Gabriel intervino.

—Marrones.

Sofía asintió.

—Sí.

Montalbán miró a Delacroix. El detective cerró los ojos. Había cometido un error. Pequeño. Intencional. Pero no había funcionado. O había funcionado de otra manera. Marina sonrió sin alegría.

—Eso ha sido pobre.

—Sí.

—Esperaba más.

—Yo también.

Montalbán soltó aire.

—Armand.

Delacroix levantó una mano.

—Siga.

Marina lo observó.

—¿Ahora?

—Sí.

La mujer había recuperado el control. Quizá más que antes.

—Lo miré. Le pregunté cómo estaba. Dijo que bien. Le dije que debía descansar. Respondió que quería estar solo.

—¿Exactamente?

—Sí.

—¿Movió la boca?

Marina soltó una breve risa.

—Naturalmente.

—¿Lo vio?

—Sí.

—¿Escuchó su voz con claridad?

—Sí.

—¿Estaban solos?

—Sí.

—Entonces nadie puede confirmarlo.

—No.

—¿Qué tono tenía?

—Cansado.

—¿Volumen?

—Bajo.

—¿Tosió?

—No.

—¿Respiraba con dificultad?

—Un poco.

Delacroix se quedó inmóvil.

—Antes dijo que no.

Marina lo miró.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—Dije que estaba cansado.

—Le pregunté si respiraba con dificultad.

—No lo recuerdo.

—Yo sí.

Silencio. Montalbán sacó la libreta. Marina miró al comisario.

—Puede comprobarlo.

—Lo haré.

Delacroix continuó.

—Entonces ahora respiraba con dificultad.

—Un poco.

—¿Se tocó el pecho?

—No.

—¿Sudaba?

—Sí.

—¿Por qué no llamó a Cervera?

Marina se tensó.

—Porque Leandro llevaba años teniendo episodios.

—¿Así?

—Sí.

—¿Tan pálido como dijo Gabriel?

—No.

—¿Gabriel exagera?

—Sí.

—¿O usted reduce?

Silencio.

—No.

Delacroix caminó alrededor de la silla.

—¿Qué hizo después de decir que quería estar solo?

—Me fui.

—¿Él la vio marcharse?

—Supongo.

Delacroix se volvió. Marina cerró los ojos.

—No.

—Bien.

Ella lo miró con irritación.

—No sé.

—¿Giró la cabeza otra vez?

—No recuerdo.

—¿Movió una mano?

—No recuerdo.

—¿Bebió?

—No.

—¿Cogió la copa?

—No.

—¿Se acomodó?

—No recuerdo.

—¿Hizo algo después de pronunciar la frase?

Silencio. La pregunta quedó. Marina sostuvo la mirada.

—Respiró.

Delacroix no se movió.

—¿Lo vio?

—Sí.

—¿El pecho?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

Ella abrió la boca. Se detuvo.

—Armand —dijo Montalbán.

Delacroix levantó una mano. Marina respondió.

—No conté.

—Claro.

—Entonces.