CAPÍTULO 16 — El hombre que nadie vio moverse
A la mañana siguiente, Delacroix pidió seis sillas. Montalbán lo miró.
—No.
—Todavía no sabe para qué.
—Precisamente.
Estaban en la biblioteca de Villa Almenara. Beatriz había aceptado que volvieran a utilizar la casa para la reconstrucción con una resignación que ya no necesitaba expresar. Desde la muerte de Leandro, las habitaciones parecían haber perdido parte de su derecho a pertenecer únicamente a la familia.
—Seis sillas —repitió Delacroix.
Montalbán dejó la libreta sobre una mesa.
—Hay aproximadamente veinte aquí.
—Esas no.
—Son sillas.
—Necesito seis iguales.
El comisario cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Para que nadie recuerde demasiado.
Montalbán lo observó.
—Eso no ha aclarado nada.
—Bien.
—No le queda bien.
Delacroix sonrió apenas. Un empleado de la casa apareció con seis sillas de madera clara. Delacroix indicó dónde colocarlas. Una en la terraza. Cinco en distintos puntos de la biblioteca, la galería y el corredor. Montalbán observó la distribución.
—Parece una obra de teatro mala.
—No se lo diga a Sofía.
—¿Va a venir?
—Todos.
El comisario se volvió.
—¿Todos quiénes?
—Los que vieron a Leandro después de la última conversación demostrada.
—Gabriel.
—Después de Gabriel.
—Sofía.
—Sí.
—Andrés.
—Sí.
—Usted.
—Sí.
—Marina.
Delacroix lo miró.
—Especialmente.
Montalbán soltó aire.
—No puede obligarlos.
—No.
—Entonces.
—Vendrán.
—¿Por qué?
Delacroix miró hacia la terraza.
—Porque nadie quiere ser la única persona que se niegue.
El comisario lo observó durante unos segundos.
—A veces no sé si entiende a la gente o simplemente espera siempre lo peor.
—Las dos cosas pueden ser compatibles.
—Claro.
Delacroix salió a la terraza. La silla de Leandro permanecía en la posición aproximada en la que había sido encontrada.
La policía había marcado algunas referencias antes de retirar el cuerpo y las copas.
No era una reconstrucción perfecta. Ninguna lo era.
La perfección pertenecía a las versiones contadas después.
La realidad solía dejar muebles ligeramente fuera de sitio. Delacroix se sentó.
—Otra vez —dijo Montalbán.
—Sí.
—Empieza a preocuparme.
—Es saludable.
El comisario permaneció en el umbral. Delacroix inclinó la cabeza. Dejó caer el brazo derecho. Cerró los ojos.
—¿Ahora?
Montalbán observó.
—Parece dormido.
—¿Muerto?
—No.
—¿Cómo lo sabe?
El comisario frunció el ceño.
—Porque acaba de hablar.
Delacroix abrió los ojos.
—Exactamente.
Montalbán guardó silencio. El detective se levantó.
—Una persona viva ofrece pruebas de vida.
—Brillante.
—Una voz.
—Sí.
—Un movimiento.
—Sí.
—Una reacción.
—Sí.
—Algo.
Montalbán lo miró.
—Ya entiendo.
—No.
—Armand.
—Entiende la idea. No las consecuencias.
El comisario soltó aire.
—Entonces ilumíneme.
Delacroix caminó hacia la biblioteca.
—Después de Gabriel, ¿qué prueba tenemos de que Leandro siguiera vivo?
—Marina.
—Eso no es una prueba.
—Su testimonio.
—Exactamente.
—Los testimonios son pruebas.
—A veces.
—Legalmente.
—No estamos discutiendo leyes.
Montalbán lo miró.
—Siempre dice eso cuando las leyes no le gustan.
—No.
—Miente.
Delacroix sonrió apenas.
—Después de Gabriel, tenemos cuatro observaciones.
—Cinco con Marina.
—No.
—Otra vez.
—Cuatro observaciones y una afirmación de conversación.
Montalbán comprendió la distinción.
—Bien.
Delacroix levantó una ceja. El comisario cerró los ojos.
—No diga nada.
—No pensaba.
—Miente.
—Sí.
Sofía llegó primero. Eso sorprendió a Delacroix. Ella lo notó.
—Esperaba que llegara tarde.
—No.
—Miente.
Sofía se quitó las gafas oscuras.
—Empiezo a cansarme de todos ustedes.
Montalbán señaló una silla.
—Siéntese.
—No.
El comisario miró a Delacroix.
—¿Ve?
—Sí.
Sofía observó las seis sillas.
—¿Qué es esto?
—Una reconstrucción.
—Odio las reconstrucciones.
—¿Por qué?
—Porque siempre hay alguien que decide después cómo debería haber mirado uno antes.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso está aquí.
La actriz frunció el ceño. Andrés llegó después.
Parecía más nervioso que la primera vez que había entrado en Villa Almenara trabajando.
Ahora ya sabía que todo lo que pudiera recordar tenía consecuencias.
Eso empeoraba la memoria. Gabriel apareció a las diez y cuarto.
No saludó a nadie. Miró la terraza. Después las sillas.
—No tengo mucho tiempo.
—Entonces intentaremos no desperdiciarlo —dijo Delacroix.
—Eso sería nuevo.
Sofía lo miró.
—Tú tampoco estás de humor.
—Nunca.
—Eso sí es cierto.
Marina llegó última. No tarde. Última. Entró acompañada por Montalbán, que la había esperado en la puerta. Delacroix la observó. No parecía sorprendida por la reunión. Solo cansada.
—¿Dónde está Beatriz? —preguntó.
—No participará —dijo Delacroix.
—¿Por qué?
—Porque no vio a Leandro en ese periodo.
Marina miró hacia la terraza.
—Entonces esto va sobre la hora.
—Sí.
Ella cerró los ojos un instante.
—Otra vez.
—Hasta que deje de mentir.
Montalbán intervino.
—Armand.
Marina no.
—¿Ya ha decidido que miento?
—Sí.
El silencio llegó. Montalbán volvió la cabeza. Gabriel observó a Delacroix. Sofía dejó de moverse. Andrés palideció. Marina sostuvo la mirada.
—Eso es nuevo.
—No.
—Antes decía que no sabía.
—Sigo sin saber sobre qué.
La mujer sonrió sin humor.
—Qué cómodo.
—No.
—Entonces.
—Creo que mintió en algún punto sobre su última conversación con Leandro.
—No.
—Puede mentir sobre la hora.
—No.
—Sobre las palabras.
—No.
—O sobre la existencia misma.
Marina permaneció inmóvil.
—Hablé con él.
—Entonces hoy nos ayudará a demostrarlo.
Ella miró las sillas.
—¿Cómo?
Delacroix señaló la terraza.
—Empezando por lo que los demás vieron.
Gabriel fue primero. Protestó. Eso no cambió nada. Delacroix lo colocó en el punto exacto desde el que recordaba haber visto a Leandro sentado después de hablar con él en la biblioteca.
—Aquí.
Gabriel se detuvo.
—Aproximadamente.
—¿Cuánto aproximadamente?
—Un paso.
—Eso puede importar.
—No.
—Todavía no lo sabemos.
Gabriel soltó aire. Delacroix se sentó en la silla de la terraza.
—Míreme.
—No lo hice así.
—Exactamente.
El financiero frunció el ceño.
—Miró a Leandro desde aquí —continuó Delacroix—. ¿Cuánto tiempo?
—Unos segundos.
—¿Tres?
—No sé.
—¿Diez?
—Menos.
—¿Cinco?
—Puede.
Delacroix no corrigió.
—¿Qué vio?
Gabriel cruzó los brazos.
—A Leandro.
—No.
—Armand.
—Vio una figura.
—Sabía que era él.
—Por la ropa.
—Sí.
—La postura.
—Sí.
—El lugar.
—Sí.
—¿Rostro?
—Parte.
—¿Ojos?
—No.
—¿Boca?
—No.
—¿Respiración?
Gabriel guardó silencio.
—No.
—¿Movimiento?
—No recuerdo.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Levantó una mano?
—No sé.
—¿Giró la cabeza?
—No.
—¿Bebió?
—No.
—¿Fumó?
—No.
—¿Le habló?
—No.
—¿Leandro reaccionó a su presencia?
Gabriel permaneció inmóvil.
—No.
Delacroix se levantó.
—Entonces no vio a Leandro vivo.
—Lo había visto vivo antes.
—Sí.
—Habíamos hablado.
—Sí.
—Minutos antes.
—Sí.
—Entonces.
—Vio a un hombre vivo en la biblioteca. Después vio algo que identificó como el mismo hombre sentado en la terraza.
Gabriel lo miró.
—Es lo mismo.
—No.
Sofía habló desde detrás.
—No.
Todos la miraron. Ella observaba la silla.
—No lo es.
Gabriel frunció el ceño.
—Sofía.
—Yo también lo hice.
Silencio. Delacroix miró a la actriz.
—Exactamente.
Gabriel endureció el rostro.
—Esto es absurdo.
—Puede.
—Lo vi.
—Sí.
—Era él.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix se acercó.
—Nunca he discutido que fuera Leandro.
Silencio.
—Discuto que pueda demostrar que estaba vivo.
Gabriel no respondió. Se apartó.
—He terminado.
—No.
—Sí.
—¿Qué hora era?
El financiero cerró los ojos.
—No sé.
—Después de su conversación.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Cinco minutos.
—¿Seguro?
—No.
—Entonces.
—Poco.
—¿Antes de que Sofía lo viera?
Gabriel miró a la actriz.
—No lo sé.
Sofía pensó.
—Creo que después.
Delacroix la observó.
—¿Por qué?
—Yo vi a Gabriel salir de la biblioteca antes de regresar a buscar a Leandro.
Gabriel frunció el ceño.
—No recuerdo verte.
—Yo tampoco necesitaba que me vieras.
Delacroix levantó una mano.
—No construyan una secuencia entre los dos.
Ambos lo miraron.
—¿Por qué? —preguntó Sofía.
—Porque dentro de diez minutos recordarán algo que acaba de decir el otro.
Silencio. Montalbán asintió lentamente. Delacroix lo vio.
—No diga bien.
—No pensaba.
—Miente.
El comisario guardó silencio. Sofía fue la segunda. Se colocó en el lugar donde afirmaba haberse detenido al volver hacia la biblioteca. Delacroix volvió a ocupar la silla.
—Más hacia la derecha —dijo ella.
Él movió la silla.
—¿Así?
—No la silla. Usted.
Delacroix la miró.
—El cuerpo no se desplazó solo.
Sofía cerró los ojos.
—Tiene razón.
Montalbán observó.
—Eso importa.
Delacroix se levantó.
—¿Cómo estaba exactamente?
Sofía caminó hasta la silla. No la tocó. Se detuvo.
—Más inclinado.
—¿Hacia qué lado?
—Este.
Señaló. Delacroix modificó la postura.
—¿Así?
La actriz lo observó.
—Más o menos.
—No busque precisión.
—Eso parece nuevo.
—Busco honestidad.
Sofía lo miró.
—Eso es peor.
Delacroix volvió a sentarse. Inclinó la cabeza.
—¿Qué vio?
Sofía respiró.
—A Leandro.
—No.
Ella cerró los ojos.
—Una figura.
—Mejor.
—Su chaqueta.
—Sí.
—Su cabello.
—Sí.
—La forma de sentarse.
—¿La conocía?
Sofía pensó.
—No especialmente.
—Entonces no.
—No.
—¿Vio su rostro?
—No.
—¿Ojos?
—No.
—¿Manos?
—Una.
—¿Se movió?
Silencio.
—No.
—¿Habló?
—No.
—¿Respondió?
—No.
—¿Respiró?
Sofía lo miró.
—No podía saberlo.
—Exactamente.
La actriz apartó la vista.
—Ya lo entendí.
—No completamente.
—¿Qué falta?
Delacroix se levantó.
—¿Por qué no se acercó?
Sofía guardó silencio.
—Pensé que quería estar solo.
—¿Por qué?
—Porque...
Se detuvo. Delacroix esperó.
—Porque estaba sentado frente al mar.
—Eso describe una posición.
—Sí.
—No una voluntad.
Sofía cerró los ojos.
—Lo sé.
—Ahora.
—Sí.
Delacroix caminó hasta el punto donde ella estaba. Miró la silla.
—Había discutido con él.
—Sí.
—Estaba enfadada.
—Sí.
—Tenía miedo.
—Sí.
—¿Deseaba volver a hablar?
—Sí.
—¿Y aun así no lo llamó?
Sofía bajó la mirada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quería que volviera a mirarme.
Silencio. Aquello era distinto. Delacroix la observó.
—Explíquese.
La actriz respiró.