CAPÍTULO 15 — Marina Roldán #3
—Creo que tuvo una razón para odiarlo.
—Eso no responde.
—No.
—Armand.
—No puedo responder todavía.
Beatriz cerró los ojos.
—¿Y si fue ella?
Delacroix no respondió. La mujer abrió los ojos.
—Después de lo que hicimos.
—Usted no la mató.
—No.
—Eugenio no puede ser juzgado.
—No.
—Leandro sí podría haberlo sido.
Beatriz lo miró.
—¿De verdad cree eso?
Delacroix guardó silencio. No. No completamente. Quizá nunca. Pero la imposibilidad de una justicia perfecta no convertía el asesinato en una forma aceptable de corregirla.
—Creo que estar vivo le daba una posibilidad de responder.
Beatriz sonrió sin humor.
—Leandro nunca respondía.
—Entonces habría tenido que aprender.
Montalbán lo miró.
—Eso sí suena ingenuo.
Delacroix se volvió.
—No.
—¿No?
—La justicia lo es a veces.
El comisario no respondió. Aquella noche, Delacroix volvió solo a la terraza lateral.
No pidió permiso. Beatriz tampoco intentó detenerlo.
La casa estaba silenciosa. La silla seguía allí.
Delacroix se sentó otra vez. El mar, frente a él.
La biblioteca detrás. Cerró los ojos. Reconstruyó.
Sofía sale. Marina en el pasillo. Gabriel entra.
Leandro vivo. Pálido. Sudando. Dolor. Gabriel sale.
Después. Algo. Leandro llega a la terraza.
Solo. O acompañado. Se sienta. La crisis avanza.
Alguien puede ayudar. O no. Marina afirma que habla con él.
Después Sofía lo ve. Andrés lleva agua. Gabriel lo vuelve a ver desde lejos.
Delacroix también. Nadie más habla. Luego oscuridad.
Pero el orden exacto seguía resistiéndose.
Delacroix abrió los ojos. Miró su mano derecha.
La colocó donde Leandro la había tenido.
Después inclinó la cabeza. Esperó. Nada.
El mar. La brisa. El sonido lejano de una puerta.
Pensó en una frase de Marina. Mi hermano no murió por unas tierras.
Murió porque alguien decidió que nuestra familia podía ser presionada sin consecuencias.
Eso era verdad. También podía ser un motivo.
Pero Delacroix no quería un motivo. Los motivos eran peligrosos.
Convertían posibilidades en historias. Y las historias, cuando dolían lo suficiente, empezaban a parecer pruebas.
Volvió a cerrar los ojos. ¿Qué faltaba? No el quién.
El cuándo. La silla. La postura. La copa.
El agua. La medicación. La voz. La última voz.
Se quedó inmóvil durante varios minutos.
Entonces abrió los ojos. Miró hacia la biblioteca.
Desde allí podía verse la puerta. Alguien que entrara podía creer que descansaba.
Alguien que saliera podía pensar lo mismo.
Alguien que supiera que ya estaba muerto podía dejarlo allí y permitir que todos los demás hicieran el resto.
Delacroix se levantó. Entró en la biblioteca.
Se colocó en el punto exacto donde había estado la noche del crimen.
Miró hacia la silla. Vacía. Imaginó a Leandro.
La cabeza inclinada. El brazo. La chaqueta.
La copa. Y comprendió que llevaban demasiado tiempo preguntando cuánto tiempo había estado muerto cuando lo encontraron.
La pregunta correcta era otra. ¿Cuánto tiempo había conseguido parecer vivo?
Delacroix permaneció inmóvil. La casa guardaba silencio. Entonces oyó pasos detrás. Montalbán.
—Sabía que seguiría aquí.
Delacroix no se volvió.
—Eso empieza a ser preocupante.
—¿Ha encontrado algo?
—No.
—Miente.
Delacroix sonrió apenas.
—Quizá.
El comisario se colocó a su lado. Los dos miraron la silla.
—¿Qué?
Delacroix permaneció en silencio. Después habló.
—Tenemos que reconstruir cada persona que lo vio después de Gabriel.
—Ya lo hicimos.
—No.
—Sí.
—Reconstruimos dónde estaba cada una.
—¿Y?
Delacroix miró la terraza.
—Ahora tenemos que reconstruir qué vio.
Montalbán frunció el ceño.
—No entiendo.
—Sofía vio una silueta.
—Sí.
—Andrés una postura.
—Sí.
—Gabriel una distancia.
—Sí.
—Yo una intención.
Silencio. El comisario lo observó.
—¿Y Marina?
Delacroix volvió la mirada.
—Una conversación.
Montalbán comprendió.
—La única cosa que implica vida.
—Exactamente.
—Entonces volvemos a ella.
—No.
—Armand.
—Volvemos al tiempo.
Montalbán soltó aire.
—Otra vez.
Delacroix miró la silla vacía.
—Hasta que nos diga la verdad.
El comisario permaneció en silencio. Afuera, el mar era una superficie oscura.
Villa Almenara parecía dormida. Y, por primera vez, Delacroix tuvo la certeza de que el asesinato no estaba escondido dentro de los noventa segundos de oscuridad.
Estaba escondido en los minutos anteriores.
En un periodo tan ordinario que nadie había pensado en conservarlo.
Mientras todos esperaban el apagón, discutían, buscaban documentos, lloraban o mentían, un hombre había permanecido sentado frente al mar.
Nadie lo vio morir. Pero quizá el verdadero problema era mucho más simple.
Quizá cuando empezaron a mirarlo, ya era demasiado tarde.