CAPÍTULO 15 — Marina Roldán #2
—Quiero saber si está recordando una conversación o repitiendo una frase.
Silencio. Montalbán observó a ambos. Marina no apartó la mirada.
—Hablé con él.
—Demuéstrelo.
La mujer rió. No mucho.
—¿Cómo?
—Dígame algo que solo pudiera saber porque Leandro estaba vivo en ese momento.
Silencio. Aquello golpeó. Delacroix lo vio.
—Una palabra.
Nada.
—Un gesto.
Nada.
—Algo que dijera sobre Gabriel.
Nada.
—Sobre Sofía.
Marina apretó los labios.
—No tengo que demostrar una conversación.
—Sí.
—No.
—Es la única que mantiene vivo a Leandro después de Gabriel.
La frase quedó. Montalbán no se movió. Marina tampoco.
—¿Qué significa eso?
—Que si usted miente, todo cambia.
—No miento.
—Entonces ayúdeme.
—Ya lo hice.
—No.
Marina lo miró con frío.
—Usted ya decidió.
—No.
—Sí.
—Si hubiera decidido, Montalbán estaría haciendo preguntas de otra forma.
El comisario volvió la cabeza.
—Gracias.
Delacroix continuó.
—Quiero saber la verdad de esa conversación.
Marina guardó silencio.
—¿Dónde estaba la copa de whisky?
Ella frunció el ceño.
—En la mesa.
—¿A la derecha o a la izquierda?
—No recuerdo.
—¿El agua?
—No estaba.
—Bien.
Montalbán lo miró. Delacroix no comentó. Si decía la verdad, la conversación era anterior a la llegada del agua. Eso ya lo sabían.
—¿El estuche de medicación?
Silencio.
—¿Lo tenía Leandro?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el bolsillo.
—¿Lo vio?
—No.
Delacroix se quedó quieto.
—Entonces no sabe.
—Sabía que estaba ahí.
—¿Por qué?
—Porque se lo había dado.
—Eso fue antes.
—Sí.
—Pudo sacarlo.
—No.
—¿Cómo lo sabe?
Silencio. La trampa no era grande. Pero estaba. Marina lo vio.
—No lo sé.
—Mejor.
Ella lo miró con odio contenido.
—¿Disfruta?
—No.
—Parece.
—Eso también me lo dicen.
Marina apartó la vista. Montalbán intervino.
—¿La carpeta azul?
La mujer se volvió.
—Otra vez.
—Sí.
—No sé dónde está.
—Sofía la vio con usted.
—Sofía estaba alterada.
—Pero la vio.
—Una carpeta azul.
—Sí.
—Había cientos.
—Esta venía del despacho de Eugenio.
Silencio.
—Eso no lo sabe.
—Álvaro vio a Leandro sacarla.
—No significa que fuera la misma.
—No.
—Entonces.
Montalbán se inclinó.
—¿Tenía usted una carpeta azul?
Marina respiró.
—Sí.
Delacroix y Montalbán permanecieron inmóviles.
—¿Qué contenía? —preguntó el comisario.
—Documentos de trabajo.
—¿Dónde está?
—En mi oficina.
—La quiero.
—No.
—Señora Roldán.
—No tiene orden.
Montalbán la observó.
—Puedo conseguirla.
—Entonces hágalo.
Delacroix miró a Marina. Aquello no parecía la reacción de alguien que ocultaba la carpeta azul de Eugenio. O parecía exactamente eso. El problema era el mismo.
—¿De qué color era la carpeta que Leandro llevaba al entrar en la biblioteca? —preguntó.
Marina se quedó inmóvil.
—No recuerdo.
—Sí.
—No.
—La vio.
—Veía muchas carpetas.
—Pero esta importaba.
Silencio.
—¿Por qué?
—Porque él estaba nervioso.
Marina lo miró.
—Leandro estaba nervioso desde hacía meses.
—Precisamente.
—No sé.
Delacroix guardó silencio. Ella también.
La puerta se abrió. Beatriz entró. Marina la vio.
Y, por primera vez desde que había llegado, perdió el control de la expresión.
Solo un instante. Pero allí estuvo. No miedo.
Dolor. Beatriz se detuvo. Las dos mujeres se miraron.
Montalbán entendió que la conversación había cambiado. Delacroix también.
—Marina —dijo Beatriz.
La mujer cerró los ojos.
—Señora.
—No.
Silencio. Beatriz avanzó.
—No me llames así.
Marina abrió los ojos.
—¿Por qué me ha hecho venir?
Beatriz se detuvo frente a ella.
—Porque necesito pedirte perdón.
Delacroix no se movió. Montalbán tampoco. Marina miró a Beatriz como si la frase hubiera sido pronunciada en otro idioma.
—No.
—Sí.
—No tiene nada que...
—Mi marido participó.
Silencio. Marina dejó de respirar. Beatriz continuó.
—No sé cuánto. No sé qué sabía antes. No sé qué quiso detener después.
—No.
—Pero participó.
—No.
—Sí.
Marina dio un paso atrás.
—No me haga esto.
—Tengo que hacerlo.
—Ahora no.
—Precisamente ahora.
—¡No!
La palabra rompió la habitación. Beatriz no se movió. Marina respiraba deprisa.
—No venga a pedirme perdón porque Leandro está muerto.
—No lo hago por él.
—Sí.
—No.
—Todos lo hacen por él.
Silencio. Delacroix observó. La frase importaba. Mucho.
—Todo esto ocurre porque él está muerto —continuó Marina—. Ahora aparecen las cartas. Las culpas. Las disculpas. Ahora todos recuerdan.
Beatriz bajó la mirada.
—Tienes razón.
Aquello desarmó algo. Marina quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—No puede hacer eso.
—¿Qué?
—Darme la razón.
Beatriz la miró.
—No sé qué más darte.
La mujer cerró los ojos. Durante unos segundos nadie habló. Después Marina dijo:
—Mi padre murió creyendo que había fracasado.
Beatriz no respondió.
—Mi madre murió creyendo que él nos había arruinado.
—Lo siento.
Marina abrió los ojos.
—No diga eso.
—No sé qué decir.
—Nada.
—Marina...
—Nada.
Beatriz guardó silencio. Delacroix observó a la mujer frente a ella.
El motivo ya no era una abstracción. No eran tierras.
No eran papeles. Era una vida construida sobre una explicación falsa.
Un padre culpable. Una madre rota. Un hermano muerto.
Catorce años trabajando para uno de los hombres responsables.
La magnitud de aquello era difícil de medir.
Pero no respondía todavía a la pregunta esencial.
¿Había decidido matar? Marina volvió hacia Delacroix.
—¿Esto era lo que quería?
—No.
—Miente.
—No.
—Verme reaccionar.
—No.
—Entonces.
—Quería que Beatriz dijera la verdad.
Marina soltó una risa rota.
—Qué noble.
—No.
—Siempre no.
—Funciona.
Ella se pasó una mano por el rostro.
—¿Puedo irme?
Montalbán la miró.
—Sí.
Delacroix se volvió hacia él. El comisario sostuvo la decisión. No había base para detenerla. Todavía. Marina recogió la carpeta. Antes de salir, Delacroix habló.
—Una pregunta.
Ella se detuvo. No se volvió.
—¿Confrontó a Leandro?
Silencio.
—No.
La respuesta llegó. Otra vez. Demasiado limpia. Delacroix no insistió. Marina salió. Beatriz permaneció inmóvil. Montalbán respiró.
—Miente.
Delacroix miró la puerta.
—Sí.
—¿Entonces por qué la deja ir?
—Porque mentir no es suficiente.
—Tiene motivo.
—Sí.
—Acceso.
—Sí.
—La última conversación dudosa.
—Sí.
—La carpeta.
—Sí.
—La medicación.
—Sí.
—¿Qué más quiere?
Delacroix miró hacia la terraza.
—Saber qué ocurrió entre Gabriel y el cuerpo.
Silencio. Montalbán comprendió.
—La ventana.
—Sí.
—Seguimos sin saber cuándo murió.
—Exactamente.
Beatriz se sentó.
—¿Cree que fue Marina?
Delacroix la miró.