Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 15 — Marina Roldán
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CAPÍTULO 15 — Marina Roldán

A las seis de la tarde, Armand Delacroix se sentó en la silla donde había muerto Leandro Varela. Montalbán lo observó desde la puerta de la biblioteca.

—No parece mejorarle.

Delacroix no respondió. La terraza lateral de Villa Almenara había permanecido cerrada desde la muerte.

La policía había terminado sus primeras inspecciones, pero Beatriz había dado órdenes de que nadie utilizara aquel espacio, una decisión que podía responder al duelo, a la superstición o al deseo de no ver invitados tomando copas en el lugar donde un hombre había dejado de respirar.

Delacroix no había preguntado cuál. La silla estaba vacía.

La mesa también. Las copas habían sido retiradas.

El cuerpo ya no existía allí. Y, sin embargo, la escena seguía organizada alrededor de su ausencia.

Delacroix apoyó la espalda. Miró hacia el mar. La posición era cómoda. Demasiado.

Desde la biblioteca, cualquiera que se asomara podía verlo de espaldas o de perfil, dependiendo del ángulo. La columna lateral ocultaba parte del cuerpo. La vegetación recortaba el hombro. La luz de la tarde convertía el rostro en una zona menos visible de lo que recordaba.

—¿Y? —preguntó Montalbán.

Delacroix siguió mirando hacia delante.

—No me veo muerto.

—Eso suele ser una ventaja.

—Desde donde está.

Montalbán no se movió.

—¿Qué?

—¿Parezco muerto?

El comisario soltó aire.

—No.

—Acérquese.

—Armand.

—Hágalo.

Montalbán avanzó por la biblioteca. Se detuvo en el umbral de la terraza. Delacroix permaneció inmóvil. La cabeza ligeramente inclinada. Una mano sobre el brazo de la silla. La otra cerca del regazo.

—¿Ahora?

—Parece cansado.

—No muerto.

—No.

—¿Está seguro?

Montalbán frunció el ceño.

—Respira.

—No puede verlo.

Silencio. El comisario se quedó quieto. Delacroix continuó.

—¿Puede?

Montalbán observó.

—No.

—¿Los ojos?

—No.

—¿La boca?

—No.

—¿Las manos?

—Una.

—¿Se mueve?

—No.

—Entonces.

Montalbán cerró los ojos.

—Está interpretando.

—Exactamente.

El comisario no respondió. Delacroix volvió a mirar el mar.

—Sofía vio una postura.

—Sí.

—Andrés también.

—Sí.

—Gabriel.

—También.

—Yo.

Montalbán lo miró.

—Usted.

—Sí.

—No lo había dicho.

—No me acercó al caso.

—Puede acercarlo ahora.

Delacroix permaneció inmóvil.

—Lo vi sentado.

—¿Desde dónde?

—La biblioteca.

—¿Y?

—Pensé que descansaba.

—Entonces hizo exactamente lo mismo.

—Sí.

Montalbán dejó escapar una breve risa.

—Eso debe de doler.

—No.

—Miente.

Delacroix sonrió apenas.

—Poco.

El comisario salió a la terraza. Se colocó a un lado. Miró la silla.

—Entonces todos podían haberlo confundido con un hombre vivo.

—Sí.

—Pero Marina habló con él.

Delacroix levantó la vista.

—Eso dice.

—Volvemos a lo mismo.

—Siempre.

—Tiene motivo.

—Sí.

—Acceso.

—Sí.

—Una mentira.

—Sí.

—Y ahora un recuerdo de Andrés que la coloca saliendo de la biblioteca con algo.

—Sí.

—Además Sofía la vio con una carpeta azul.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix se incorporó ligeramente.

—Si Leandro murió después de hablar con Marina, ella puede ser la asesina.

—Sí.

—Si murió antes de hablar con ella, entonces ella está mintiendo.

—Y también puede ser la asesina.

—Sí.

Montalbán lo observó.

—No veo el problema.

—La oportunidad.

—Estuvo con él.

—Antes.

—Eso basta.

—No si la medicación actuó más tarde.

—Podía haberla manipulado antes.

—Sí.

—Entonces.

—Y alguien podía haberlo matado después.

El comisario soltó aire.

—Otra vez.

—No podemos convertir el motivo de Marina en una hora de muerte.

—No lo hago.

—Sí.

—No.

Delacroix lo miró. Montalbán permaneció callado.

—Está empezando a parecerse a mí —dijo Delacroix.

—Prefiero una enfermedad cardíaca.

El detective casi sonrió. Volvió a apoyarse.

Desde allí, el mar ocupaba casi todo. Comprendió algo que no había visto la noche del crimen.

La silla no estaba colocada únicamente para mirar hacia el Mediterráneo.

También quedaba ligeramente apartada de la mesa.

Como si alguien hubiera querido que el cuerpo pareciera casual.

No colocado. Abandonado. Una diferencia pequeña. Quizá imaginaria.

—¿Qué mira? —preguntó Montalbán.

—La distancia.

—¿Cuál?

—Entre la silla y la mesa.

—¿Y?

—Nada.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Decir nada cuando claramente está pensando algo.

—Empieza a aprender.

Montalbán observó la mesa vacía.

—¿Cree que movieron el cuerpo?

—No sé.

—¿La silla?

—Quizá.

—¿Por qué?

—Para que pareciera descanso.

—Eso es una teoría.

—Sí.

—Sin prueba.

—Sí.

—Magnífico.

Delacroix se levantó. Caminó hasta el umbral. Miró hacia la biblioteca.

—¿Dónde estaba Marina cuando Sofía salió después de discutir con Leandro?

Montalbán respondió.

—En el pasillo.

—Con la carpeta azul.

—Según Sofía.

—Sí.

—¿Y Gabriel?

—Entró después.

—Habló con Leandro vivo.

—Sí.

Delacroix permaneció inmóvil. Eso seguía siendo importante. Gabriel era ahora la última persona, aparte de Marina, que demostraba una conversación real.

—Entonces la secuencia es distinta de la que creíamos.

Montalbán lo miró.

—Eso ya lo sabemos.

—No del todo.

Delacroix caminó dentro.

—Marina entra con Leandro.

—Sí.

—Sale.

—Sí.

—Sofía entra.

—Sí.

—Habla con él vivo.

—Sí.

—Sale y ve a Marina con la carpeta azul.

—Sí.

—Después Gabriel entra.

—Sí.

—Habla con Leandro vivo.

—Sí.

—Lo ve enfermo.

—Sí.

—Y después.

Silencio. Montalbán esperó.

—Después nadie demuestra nada.

El comisario asintió lentamente.

—Marina.

—Solo Marina.

—Entonces tenemos que saber cuándo habló con él.

—Exactamente.

—Y si habló.

—Sí.

Montalbán guardó silencio. Delacroix lo miró.

—¿Ha comprobado su coartada durante el apagón?

—Sí.

—¿Y?

—Varias personas la oyeron dando órdenes.

—Oyeron.

—Sí.

—¿La vieron?

—Dos.

—¿Todo el tiempo?

—No.

—¿Cuánto falta?

Montalbán sacó una libreta.

—Unos treinta o cuarenta segundos.

Delacroix no respondió.

—Podía llegar a la terraza —dijo el comisario.

—Sí.

—Retirar el estuche.

—Sí.

—Volver.

—Sí.

—Entonces tiene oportunidad.

Delacroix negó.

—Durante el apagón.

—Sí.

—Pero si Leandro ya estaba muerto.

—No necesitaba matarlo.

—Exacto.

Montalbán lo miró.

—Podía retirar pruebas.

—Sí.

—Entonces.

—Eso cambia el crimen.

—No al asesino.

—Puede.

El comisario respiró lentamente.

—¿Qué quiere de mí?

—La verdad.

—No me haga eso.

Delacroix sonrió apenas.

—Necesito saber qué hizo Marina después de que Gabriel saliera de la biblioteca.

—Ya lo estamos reconstruyendo.

—No basta.

—¿Qué busca?

Delacroix miró otra vez hacia la silla.

—La última conversación real.

Marina llegó a Villa Almenara a las siete y diez. No porque la hubieran detenido. No porque Montalbán la hubiera citado formalmente. Beatriz la había llamado. Aquello molestó al comisario. Delacroix lo notó.

—No debería haberlo hecho.

—Ya está hecho.

—Podía negarse.

—No.

—Sí.

—Es la casa de Beatriz.

—Eso no la convierte en comisaría.

—Por suerte.

Montalbán lo miró.

—Un día.

—¿Qué?

—Un día conseguiré que se calle.

—Eso parece una meta poco realista.

Marina entró en el salón. Llevaba un vestido oscuro y una carpeta. Delacroix la miró. Ella también.

—Otra vez.

—Sí.

—Empieza a gustarle mi compañía.

—No.

—Eso parece.

Montalbán cerró los ojos. Marina dejó la carpeta sobre una mesa.

—¿Dónde está Beatriz?

—Vendrá —dijo Delacroix.

—Entonces esto era una excusa.

—No.

—Miente.

—Beatriz quiere hablar con usted.

—¿Y mientras tanto?

—Nosotros también.

Marina miró a Montalbán.

—¿Estoy detenida?

—No.

—Entonces no tengo por qué quedarme.

—No.

Delacroix la observó.

—Pero se quedará.

Ella volvió la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque quiere saber cuánto sabemos.

Silencio. Montalbán no dijo nada. Marina sonrió sin humor.

—Tiene una opinión extraordinaria de sí mismo.

—No.

—Entonces de mí.

—Mucho mejor.

La mujer permaneció de pie. Delacroix señaló una silla.

—Siéntese.

—No.

—Bien.

Montalbán lo miró. Delacroix ignoró el gesto.

—Gabriel Arístegui habló con Leandro después de Sofía.

Marina no reaccionó.

—Lo sabía.

—¿Sí?

—Llevaba su agenda.

—No aquella conversación.

—Gabriel siempre insistía.

—Entonces lo sabía.

—Sí.

—¿A qué hora?

Marina pensó.

—Poco antes del apagón.

—Más precisión.

—No tengo.

—Sí.

—No.

—Marina.

Ella endureció la expresión.

—No me llame así.

—Ya lo hablamos.

—Y sigue haciéndolo.

—Funciona.

Montalbán respiró lentamente.

—Señora Roldán, ¿cuándo vio por última vez a Leandro con vida?

La pregunta cambió el aire. Marina miró al comisario.

—Ya respondí.

—Otra vez.

Silencio.

—Poco antes del apagón.

—¿Antes o después de Gabriel?

Marina tardó.

—Después.

Delacroix no se movió.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Cuánto después?

—Unos minutos.

—¿Dónde?

—En la terraza.

—¿Leandro estaba sentado?

—Sí.

—¿Usted se acercó?

—Sí.

—¿Hasta dónde?

—Junto a él.

—¿Lo tocó?

Marina permaneció inmóvil.

—No.

—¿Por qué?

—No había razón.

—¿Habló?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Que quería estar solo.

—¿Exactamente?

—Sí.

Delacroix la observó. La misma frase. Siempre. Demasiado estable para una noche llena de imprecisiones.

—¿Y usted?

—Me fui.

—¿Nada más?

—No.

—¿No le preguntó cómo estaba?

—Sí.

—Eso no lo había dicho.

Marina lo miró.

—No me preguntó.

Montalbán intervino.

—¿Qué respondió?

—Que bien.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Bien?

—Sí.

—No «quiero estar solo».

—Las dos cosas.

—¿En qué orden?

Silencio. Marina respiró.

—No recuerdo.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Recuerda exactamente una frase.

—Porque fue la última.

Silencio. Aquello era bueno. Podía ser verdad. Precisamente por eso resultaba peligroso.

—¿Cómo sonaba? —preguntó Delacroix.

Marina frunció el ceño.

—¿Qué?

—La voz.

—Normal.

—Gabriel lo vio pálido, sudando y con dolor.

—Gabriel exagera.

—¿Usted no notó nada?

—Estaba cansado.

—Otra vez.

—Sí.

—¿Respiraba con dificultad?

—No.

—¿Se tocaba el pecho?

—No.

—¿Tenía los ojos abiertos?

Marina se quedó inmóvil. La pregunta había llegado. Muy simple.

—Sí.

—¿La miró?

—Sí.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Qué expresión tenía?

Ella lo observó.

—Cansancio.

—¿Movió la cabeza?

—Sí.

—¿Cuál fue la primera palabra que dijo?

Marina frunció el ceño.

—No recuerdo.

—¿Cómo puede recordar la última frase y no la primera palabra?

—Porque no soy una máquina.

—No.

—Entonces.

—Precisamente.

Marina cruzó los brazos.

—Está intentando hacerme caer en una contradicción.

—No.

—Miente.