CAPÍTULO 14 — Las tierras #4
—Eso es muy conveniente.
Marina sonrió sin humor.
—Está aprendiendo Marbella.
Delacroix la observó.
—No.
—¿No?
—Estoy aprendiendo a usted.
Aquello la detuvo.
—¿Y qué ha aprendido?
Delacroix pensó. No debía acusar. Todavía no. Pero tampoco podía fingir que no veía.
—Que pasó catorce años siendo invisible para un hombre que dependía de usted para casi todo.
Marina no respondió.
—Y que hace cuatro meses dejó de verlo como él quería ser visto.
Silencio.
—Eso debe de haberlo asustado.
—¿A él?
—Sí.
Por primera vez, una sonrisa pequeña apareció. No alegre.
—Leandro no se asustaba con facilidad.
—Por eso se notaba.
Marina apartó la vista.
—¿Lo mató?
La pregunta llegó limpia. Delacroix no esperaba que la pronunciara ella.
—No lo sé.
—Miente.
—No.
—Ha venido aquí porque cree que sí.
—He venido porque necesito saber qué sabía.
—Ahora lo sabe.
—Parte.
—Es suficiente.
—Nunca.
Marina miró la fotografía.
—¿Y si lo hubiera hecho?
Delacroix permaneció inmóvil.
—¿Qué?
—Matarlo.
Silencio. La pregunta no era confesión. Era otra cosa. Un desafío. O una prueba.
—¿Cambiaría algo saber por qué?
Delacroix sostuvo su mirada.
—Para comprender, sí.
—¿Para condenar?
—No.
La respuesta la sorprendió.
—Entonces no le importa.
—Mucho.
—No parece.
—La justicia no depende de cuánto me guste la víctima.
Marina soltó una risa breve.
—Qué cómodo.
—No.
—Sí.
—No hay nada cómodo en saber que una persona puede merecer castigo y no merecer ser asesinada.
Silencio. La mujer lo observó. Delacroix continuó.
—Leandro destruyó a su familia.
—Sí.
—Probablemente construyó parte de su poder sobre personas como ustedes.
—Sí.
—Eso no lo convierte en inocente.
—No.
—Tampoco convierte en inocente a quien lo mató.
Marina cerró los ojos.
—Váyase.
Esta vez Delacroix obedeció. Llegó a la puerta. Antes de abrir, Marina habló.
—Monsieur Delacroix.
Se volvió. La mujer seguía junto a la ventana.
—¿Sí?
—Mi hermano no murió por unas tierras.
Delacroix la observó.
—No.
—Todo el mundo habla de propiedades, de dinero, de sociedades.
—Sí.
—Javier murió porque alguien decidió que nuestra familia podía ser presionada sin consecuencias.
Silencio.
—Las tierras solo hicieron que mereciera la pena.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Eso sí lo comprendo.
Salió. Montalbán lo esperaba en la calle. Apoyado contra el automóvil. Delacroix se detuvo.
—¿Me sigue?
—No.
—Miente.
—Lucía me llamó.
—Peor.
El comisario miró hacia el edificio.
—¿Y?
Delacroix caminó hasta él.
—Marina descubrió hace cuatro meses que Leandro estaba implicado en la ruina de su familia.
—Motivo.
—Sí.
—¿Lo confrontó?
—Dice que no.
—Entonces sí.
—Probablemente.
—¿La carpeta azul?
—No la admite.
—Sofía la vio.
—Sí.
Montalbán abrió la puerta del automóvil.
—Entonces tenemos que traerla.
Delacroix no subió.
—No.
—Otra vez.
—Todavía no.
El comisario lo miró.
—Tiene motivo.
—Sí.
—Acceso.
—Sí.
—Mintió sobre la hora.
—Sí.
—Podía manipular la medicación.
—Sí.
—Fue vista con una carpeta relacionada con el móvil.
—Quizá.
Montalbán levantó las manos.
—¿Qué más necesita?
Delacroix miró hacia la ventana de la oficina. Marina ya no estaba visible.
—Oportunidad.
—La tenía.
—Si Leandro murió cuando creemos.
Montalbán soltó aire.
—Volvemos al tiempo.
—Siempre.
—Cervera amplió la ventana.
—Sí.
—Puede haber muerto antes del apagón.
—Sí.
—Entonces Marina pudo hacerlo.
—También Sofía.
—Ya no la cree.
—No dije eso.
—Gabriel.
—También.
—Cervera.
—Sí.
—Beatriz.
—Quizá.
—Álvaro.
—Menos.
Montalbán cerró los ojos.
—Entonces seguimos con media Marbella.
Delacroix miró hacia la calle.
—No.
—¿No?
—Ahora tenemos algo mejor.
—¿Qué?
—Sabemos qué mentira puede tener un motivo para mover la hora de la muerte.
Montalbán permaneció inmóvil.
—Marina.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix miró el reloj.
—Ahora necesitamos demostrar que la hora se movió.
—¿Cómo?
Delacroix pensó en la terraza. En la silla. En el mar. En las personas que habían mirado sin acercarse.
—Sentándonos donde estaba Leandro.
Montalbán lo observó.
—Eso ha sonado ridículo.
—Probablemente.
—¿Y aun así?
—Sí.
El comisario abrió la puerta.
—Suba.
Delacroix lo hizo. Mientras el automóvil se alejaba, volvió la vista hacia el edificio.
Marina Roldán ya tenía un motivo. No uno construido por rumores.
No uno basado en deudas. Uno real. Profundo.
Veintitrés años de retraso. Pero un motivo no era una muerte.
El dolor tampoco. Ni siquiera el odio. Entre descubrir que Leandro Varela había destruido a su familia y decidir que debía morir había una distancia.
Quizá pequeña. Quizá inmensa. Delacroix todavía no sabía si Marina la había cruzado.
Pero empezaba a saber cuándo había llegado hasta el borde.
Cuatro meses atrás. Cuando abrió un documento.
Leyó un apellido. Y comprendió que el hombre para quien había trabajado durante catorce años había estado en su vida mucho antes de conocerla.
No como protector. No como empleador. Sino como una de las razones por las que su familia había dejado de tener una casa a la que regresar.