Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 14 — Las tierras #3
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CAPÍTULO 14 — Las tierras #3

Ella volvió la cabeza.

—¿Y?

—Todavía no lo sé.

Marina soltó aire.

—Murió hace veintitrés años.

—En un incendio.

—Sí.

—Su familia perdió tres propiedades.

—Sí.

—Mediante deudas conectadas.

—Eso supe después.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Después de qué?

Marina lo miró. Había cometido un error. Lo sabía.

—Después de perderlas.

—No.

—Sí.

—Ha dicho «eso supe después» como si hubiera habido un momento concreto.

Silencio.

—Hace meses.

Marina cerró los ojos. La primera grieta.

—¿Cuántos?

—Cuatro.

—¿Qué descubrió?

Ella no respondió.

—Marina.

—No me llame así.

—¿Por qué?

—Porque no somos amigos.

—Eso ayuda.

La mujer se levantó.

—Mi familia perdió las tierras.

—Sí.

—Mi padre murió sin dinero.

—Sí.

—Mi madre murió pensando que todo había sido culpa de él.

—Sí.

—Yo también.

Delacroix permaneció inmóvil. Marina respiró. La voz seguía controlada. Pero algo debajo empezaba a moverse.

—Creí que había pedido préstamos que no podía pagar. Creí que se había equivocado. Creí que el incendio había sido una desgracia.

—¿Y hace cuatro meses?

Marina miró hacia el escritorio.

—Encontré una carta.

—¿Dónde?

—No importa.

—Sí.

—En un archivo.

—No.

Ella levantó la vista. Delacroix sostuvo la mirada.

—Los archivos le dieron los nombres. La carta le dio la verdad.

Silencio. Marina no respondió.

—¿Dónde la encontró?

—Entre papeles de Leandro.

Ahí estaba.

—¿La carpeta azul?

Marina cerró los ojos.

—No.

—Miente.

—No.

—Entonces otra.

—Sí.

—¿Qué decía?

Marina volvió a sentarse. Por primera vez parecía cansada.

—No voy a contarle esto.

—Sí.

—No.

—Leandro está muerto.

—Precisamente.

Delacroix se acercó.

—Y Javier también.

La mujer levantó la vista. Algo apareció. No ira. Más profundo.

—No utilice a mi hermano.

—No lo hago.

—Sí.

—No.

Marina sostuvo su mirada. Delacroix habló despacio.

—Estoy intentando saber cuándo dejó de pensar que Leandro era el hombre que le había dado trabajo.

Silencio.

—Y empezó a saber que era el hombre que había ayudado a destruir a su familia.

Marina no se movió. Fuera, un teléfono sonó. Nadie respondió.

—Hace cuatro meses —dijo finalmente.

La voz fue baja.

—¿Qué encontró?

—Una copia de una carta.

—¿De Leandro?

—Sí.

—¿A Eugenio?

—Sí.

Delacroix sintió que el círculo se cerraba.

—¿Qué decía?

Marina miró hacia la ventana.

—Que mi padre no debía recibir más tiempo.

—¿Para pagar?

—Sí.

—¿Qué más?

—Que si perdíamos la finca principal, las otras caerían después.

—Entonces era un plan.

Ella cerró los ojos.

—Sí.

—¿Leandro lo diseñó?

Marina tardó.

—Eso creí.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Qué sabe?

—Que organizó los préstamos.

—Sí.

—Que conectó a las sociedades.

—Sí.

—Que sabía que mi padre no podría pagar.

—Sí.

—Que después compraron nuestras tierras.

—Sí.

—¿El incendio?

Marina abrió los ojos.

—No.

La respuesta fue inmediata. Delacroix observó.

—¿No qué?

—No sé si tuvo algo que ver.

—Bien.

Ella lo miró.

—¿Bien?

—Es importante.

—Mi hermano murió.

—Sí.

—¿Y eso es importante?

—Precisamente.

Marina respiró.

—No puedo demostrar que Leandro ordenara el incendio.

—Entonces no lo diga.

La mujer lo observó. Aquello parecía haberla sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque no necesito que Leandro sea culpable de todo para comprender lo que hizo.

Silencio. Marina apartó la vista.

—Sabía que había amenazas.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Qué amenazas?

—No sé.

—Marina.

—La carta hablaba de presión.

—¿Qué clase?

—No decía.

—¿Leandro sabía que podía haber violencia?

—Sí.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Y después del incendio?

La mujer cerró los ojos.

—Siguió.

Silencio. Eso era suficiente. No asesinato. Pero algo parecido a una condena moral.

—¿Lo confrontó?

Marina levantó la vista. La respuesta llegó demasiado rápido.

—No.

Delacroix no se movió.

—Miente.

—No.

—Sí.

—No.

—Leandro empezó a ponerse nervioso hace meses.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—Buscaba documentos antiguos.

—Muchos.

—Desconfiaba de usted.

—Leandro desconfiaba de todos.

—Pidió a Gabriel reorganizar papeles sin pasar por sus manos.

Marina quedó inmóvil. Aquello sí no lo sabía. Delacroix lo vio.

—¿Quién se lo dijo?

—Gabriel.

La expresión cambió. No mucho.

—Entonces ya ha hablado demasiado.

—Todos están empezando.

Marina bajó la vista.

—¿Lo confrontó?

—No.

—Marina.

—No.

Delacroix guardó silencio. La mujer sostuvo la mentira. Eso también era información.

—¿Sabía Leandro que usted investigaba?

—No.

—Miente.

—No.

—Entonces su miedo no tenía relación.

—No.

—Y la carpeta azul tampoco.

Silencio.

—No sé nada de la carpeta.

—Sofía la vio con usted.

—Sofía estaba alterada.

—Pero recuerda.

—Puede equivocarse.

—Sí.

Marina asintió.

—Entonces.

—Pero usted también puede mentir.

La mujer sonrió sin humor.

—Eso ya lo ha decidido.

—No.

—Sí.

Delacroix se acercó al escritorio. Había una fotografía. Pequeña. Marina más joven. Una mujer mayor. Un hombre. Y un muchacho. Javier. Delacroix no la tocó.

—¿Cuántos años tenía?

Marina miró la fotografía.

—Veintiuno.

—¿Usted?

—Dieciocho.

—¿Estaba allí cuando ocurrió el incendio?

—No.

—¿Dónde?

—En casa de una tía.

—¿Por qué?

—Mi madre me había enviado.

—¿Por miedo?

Silencio.

—Sí.

Delacroix observó.

—Entonces su familia sabía que algo iba mal.

—Sí.

—¿Su padre?

—Sí.

—¿Javier?

Marina cerró los ojos.

—También.

—¿Por qué se quedó?

—Porque era su casa.

La frase llegó simple. Sin dramatismo. Por eso dolió más.

—¿Y Leandro sabía?

—No sé.

—Pero sabía que estaban presionando.

—Sí.

Delacroix miró la fotografía.

—¿Cuándo empezó a trabajar para él?

—Nueve años después.

—¿No reconoció el nombre?

Marina soltó una risa breve.

—Varela no es un apellido único.

—No.

—Y Leandro nunca aparecía en los papeles que vi entonces.

—Hasta hace cuatro meses.

—Sí.

—¿Qué sintió?

La mujer lo miró. Aquella pregunta la enfureció. No por indiscreta. Por insuficiente.

—No.

—¿No qué?

—No me pregunte qué sentí como si hubiera una palabra.

Delacroix guardó silencio. Marina continuó.

—Trabajé catorce años para él.

—Sí.

—Le organicé la vida.

—Sí.

—Sabía cuándo estaba enfermo. Cuándo mentía. Cuándo tenía miedo. A quién engañaba. A quién ayudaba. Qué flores enviaba a una viuda y qué documento escondía de un hombre al que acababa de abrazar.

Delacroix no se movió.

—Y un día descubrió...

—Que había conocido a mi padre antes que a mí.

Silencio.

—Que había estado en mi casa.

—¿Leandro?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes del primer préstamo.

Delacroix sintió otro movimiento.

—¿Cómo lo sabe?

—Una fotografía.

—¿Dónde?

—Entre los papeles.

—¿La tiene?

Marina guardó silencio.

—Sí.

—Enséñemela.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es mía.

—No.

La mujer levantó la vista.

—¿Perdón?

—La fotografía puede ser suya. La prueba no.

Marina se puso de pie.

—Váyase.

—Todavía no.

—Ahora.

—¿Lo confrontó?

—No.

—Sí.

—¡No!

La voz rompió finalmente. No mucho. Una sola palabra. Pero bastó. La secretaria al otro lado de la puerta dejó de moverse. Delacroix sostuvo la mirada. Marina respiró. Recuperó el control. Demasiado tarde.

—Lo confrontó.

Silencio.

—¿Cuándo?

Ella no respondió.

—Hace semanas.

Nada.

—¿Qué dijo?

Marina caminó hasta la ventana.

—Váyase.

—Leandro murió después.

—Váyase.

—Y usted mintió sobre la última vez que habló con él.

Marina se volvió.

—No.

—Sí.

—No.

—Entonces dígame exactamente a qué hora fue.

Silencio.

—No puede.

—Nadie puede.

—Usted miró el reloj.

—Me equivoqué.

—¿Por cuánto?

—No sé.