CAPÍTULO 14 — Las tierras #2
Silencio. La mujer se levantó.
—Rafael.
El comisario permaneció inmóvil.
—No voy a participar en esto.
—Sí —dijo.
Beatriz lo miró. Montalbán sostuvo la mirada.
—Hay un muerto.
—Leandro.
—Sí.
—No Javier Roldán.
—Todavía no sabemos qué relación hay.
Beatriz volvió a sentarse. Más despacio. Delacroix observó.
—Conocía el apellido.
Ella no respondió.
—¿Cuándo lo oyó por primera vez?
—Hace muchos años.
—¿De Eugenio?
—Sí.
—¿De Leandro?
Silencio.
—También.
Aquello era. Delacroix esperó. Beatriz miró hacia las ventanas.
—Fue un mal negocio.
—Para quién.
—Para todos.
—Eso no parece cierto.
Ella volvió la cabeza.
—No sabe nada.
—Por eso pregunto.
—Una familia se endeudó.
—Tres veces.
—Sí.
—Con sociedades conectadas.
—No lo sé.
—Su marido garantizó una.
Beatriz cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Negocios.
—Otra vez.
—Era otra época.
Delacroix la observó.
—Las frases sobre épocas suelen intentar absolver a personas.
Beatriz se puso rígida.
—No absuelvo a nadie.
—Entonces cuente.
Silencio. Montalbán permaneció callado. Beatriz respiró.
—Eugenio conocía a Leandro desde antes de que yo lo conociera bien.
—¿Cómo?
—Negocios.
—Sí.
—Leandro era joven.
—Treinta y uno.
—Sí.
—¿Ya intermediaba?
—Siempre lo hizo.
—¿Con las tierras?
Beatriz miró sus manos.
—A veces encontraba oportunidades.
—¿Oportunidades?
—Propiedades en dificultades.
Delacroix no dijo nada. La palabra había elegido bando.
—¿Los Roldán estaban en dificultades?
—Sí.
—¿Antes de conocer a Leandro?
Beatriz levantó la vista. Silencio.
—No lo sé.
—Sí.
—No.
—Beatriz.
Ella cerró los ojos.
—Eugenio me dijo que había habido un préstamo.
—¿Uno?
—El primero.
—¿Quién lo propuso?
Silencio.
—Leandro.
Montalbán se movió apenas. Delacroix no.
—¿Por qué?
—La familia necesitaba dinero.
—¿Para qué?
—Una cosecha mala. Reparaciones. No recuerdo.
—¿Y después?
—No pudieron pagar.
—Entonces aparecieron otros préstamos.
—Sí.
—¿También Leandro?
Beatriz bajó la mirada.
—Creo.
—No.
—No estaba en las reuniones.
—Pero Eugenio sí.
—Sí.
—¿Y qué hizo?
La mujer tardó.
—Puso garantías.
—¿Por amistad?
Beatriz soltó una risa amarga.
—Eugenio no hacía negocios por amistad.
—Entonces por beneficio.
—Sí.
Silencio. Delacroix pensó en Álvaro. La familia había cambiado menos de lo que creía.
—¿Sabía que terminarían perdiendo las tierras?
—No.
—¿Seguro?
Beatriz levantó la cabeza.
—No.
Aquella respuesta sí fue honesta.
—¿Cuándo lo supo?
—Después.
—¿Del incendio?
—Sí.
—¿Qué dijo Eugenio?
Beatriz guardó silencio.
—¿Qué?
—Que se había ido demasiado lejos.
Delacroix sintió un movimiento interno.
—¿Quién?
—Leandro.
Silencio. Montalbán dio un paso.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Exactamente?
—No recuerdo las palabras.
Delacroix pensó en Álvaro. Ya había muerto suficiente gente. Padre e hijo habían oído versiones de la misma culpa.
—¿Qué hizo Eugenio?
—Nada.
La palabra llegó con una dureza inesperada.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Por qué?
Beatriz lo miró.
—Porque ya tenía dinero dentro.
Silencio. Aquello fue más brutal que cualquier confesión. Delacroix no apartó la vista.
—Entonces dejó que continuara.
—Sí.
—¿Y Leandro?
—También.
—¿Qué ocurrió después?
—Las propiedades cambiaron de manos.
—¿Quién ganó?
Beatriz soltó aire.
—Todos.
—Excepto los Roldán.
La mujer cerró los ojos.
—Sí.
Montalbán permaneció inmóvil. Delacroix continuó.
—¿Leandro diseñó la operación?
—No lo sé.
—Beatriz.
—No lo sé.
—¿Eugenio lo creía?
Silencio.
—Sí.
Ahí estaba. No prueba. Pero testimonio.
—¿Por qué no lo dijo antes?
Beatriz abrió los ojos.
—Porque mi marido está muerto.
—Javier también.
La frase la golpeó.
—No.
—Sí.
—No compare.
—No lo hago.
—Está intentando...
—Su marido conservó una carpeta azul.
Beatriz quedó inmóvil. Montalbán volvió la cabeza. Delacroix continuó.
—¿Qué contenía?
—No lo sé.
—Sí.
—No.
—Eugenio guardaba documentos de las operaciones.
—Muchos.
—¿Roldán?
Silencio.
—Sí.
—¿Prueba contra Leandro?
Beatriz respiró.
—Quizá.
—¿La leyó?
—Parte.
—¿Qué parte?
—Cartas.
—¿De Leandro?
—Sí.
—¿Qué decían?
Beatriz miró hacia la ventana.
—No quiero repetirlo.
—Entonces resuma.
Silencio.
—Que había que presionar.
Delacroix no se movió.
—¿A quién?
—Al padre de Marina.
—¿Cómo?
—Deudas.
—¿Algo más?
Beatriz cerró los ojos.
—Que el incendio había complicado las cosas.
Montalbán se quedó inmóvil.
—¿Leandro escribió eso?
—Sí.
—¿Admitía haberlo provocado?
—No.
—¿Sabía que ocurriría?
—No lo sé.
—¿Sabía quién?
—No.
Delacroix observó. Eso era importante. No podían convertir una tragedia en una certeza. Leandro podía haber sido responsable del fraude sin haber ordenado el incendio.
—¿Por qué guardó Eugenio las cartas?
—Miedo.
—¿A Leandro?
—A sí mismo.
Delacroix esperó. Beatriz explicó.
—Las cartas también lo comprometían.
—Entonces eran un seguro mutuo.
—Sí.
—¿Dónde está la carpeta?
Beatriz cerró los ojos.
—No lo sé.
—Leandro la sacó del despacho la tarde de la fiesta.
—Álvaro me lo dijo.
—Sofía vio una carpeta azul con Marina después.
La expresión cambió. Esta vez más.
—Marina.
—Sí.
—¿Está seguro?
—No.
—Entonces.
—Sofía sí.
Beatriz se levantó.
—No.
—¿Qué?
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Marina no sabía nada.
Delacroix la observó.
—Eso parece una afirmación peligrosa.
—Leandro nunca se lo habría contado.
—Quizá no tuvo que hacerlo.
Beatriz palideció.
—Los archivos.
—Sí.
—Ella estaba buscando.
—Sí.
La mujer se llevó una mano a la boca. No teatral. Real.
—Dios.
Montalbán miró a Delacroix. Él no dijo nada. Beatriz comenzó a caminar.
—Entonces lo sabía.
—No sabemos cuánto.
—Si vio las cartas...
—No sabemos si las vio.
—Armand.
—No.
La mujer se volvió.
—Leandro mató a su hermano.
—No lo sabemos.
—Destruyó a su familia.
—Eso parece.
—Y Marina trabajó para él catorce años.
—Sí.
—Sin saberlo.
—Probablemente.
Beatriz cerró los ojos.
—Dios.
Esta vez nadie comentó. Delacroix la observó.
—¿Cuándo vio la carpeta por última vez?
—Hace meses.
—¿Cuántos?
Beatriz pensó.
—Cinco. Quizá seis.
—Antes de que Marina empezara a consultar archivos.
—Sí.
—¿La movió?
—No.
—¿Alguien más tenía acceso al despacho?
—Álvaro.
—Sí.
—El servicio.
—Sí.
—Marina.
Beatriz levantó la vista.
—También.
—¿Leandro?
—Sí.
Silencio. La carpeta podía haber sido consultada. Fotografiada. Copiada. Retirada. Devuelta. El pasado podía haber empezado a moverse meses antes de que nadie lo notara.
—¿Marina sabía que existía? —preguntó Montalbán.
Beatriz negó.
—No.
Delacroix la miró.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Nunca la vio?
—No.
—¿Nunca oyó hablar?
—No.
—Entonces quizá alguien se lo dijo.
Beatriz guardó silencio.
—Leandro.
—¿Por qué?
Delacroix pensó en el miedo. En un hombre poderoso que descubría demasiado tarde que alguien investigaba su origen.
—Tal vez cometió el error de intentar averiguar cuánto sabía.
Montalbán lo observó.
—¿Cómo?
—Preguntando.
Silencio. Beatriz se sentó otra vez. De pronto parecía más vieja. No mucho. Solo lo suficiente para que la casa a su alrededor pareciera aún más grande.
—Eugenio sabía —dijo.
Delacroix la miró.
—Sí.
—Y no hizo nada.
—Sí.
—Yo sabía que había hecho negocios sucios.
—Sí.
—Pero no esto.
Delacroix no respondió. La diferencia importaba. Moralmente. No siempre legalmente.
—¿Qué va a ocurrir? —preguntó.
Montalbán habló.
—Todavía no lo sabemos.
Beatriz sonrió sin humor.
—Ahora también usted.
El comisario no respondió. Delacroix se levantó.
—Necesito hablar con Marina.
Beatriz levantó la vista.
—¿Aquí?
—No.
—¿Por qué?
—Porque en esta casa todos intentan proteger algo.
Ella cerró los ojos.
—También Marina.
—Especialmente.
Marina Roldán estaba en la oficina que Leandro utilizaba en Marbella.
No era un gran despacho. Aquello sorprendió a Delacroix.
Esperaba algo más ostentoso. Encontró una habitación sobria en un edificio discreto, con dos escritorios, archivadores, una biblioteca y Clara, la secretaria de Marina, que le dijo que la señora Roldán no recibía visitas. Delacroix sonrió.
—Eso empieza a ser una costumbre.
La mujer no lo entendió. Marina apareció detrás.
—Déjelo pasar.
La secretaria se apartó. Delacroix entró. Marina cerró la puerta. No había café. Eso también parecía intencional.
—Ha venido a interrogarme.
—No.
—Miente.
Delacroix la observó.
—También aprende.
—Llevo días escuchándolo.
—Eso puede ser peligroso.
—Lo imagino.
Marina se sentó. Delacroix no. Ella lo notó.
—¿Siempre se queda de pie cuando quiere incomodar?
—Sofía me preguntó lo mismo.
—Entonces sí.
Delacroix miró alrededor.
—Este era el despacho de Leandro.
—Uno de ellos.
—¿Cuántos tenía?
—Los suficientes.
—¿Y usted?
—Ninguno.
Delacroix miró su mesa.
—Eso parece falso.
—Era su oficina.
—Pero usted sabía dónde estaba todo.
Marina sostuvo su mirada.
—Casi.
—¿La carpeta azul?
No reaccionó. Aquello no significaba nada.
—¿Qué carpeta?
—La de Eugenio de Almenara.
Silencio.
—No sé de qué habla.
—Sí.
—No.
—Sofía la vio con usted.
La respiración cambió. Muy poco.
—Sofía ve muchas cosas.
—Esta era azul.
Marina se reclinó.
—Había muchas carpetas azules.
—Entonces tenía una.
—Puede.
Delacroix sonrió apenas.
—No le queda bien.
Ella lo miró.
—¿Qué quiere?
—La verdad.
—No.
Delacroix levantó una ceja.
—Cervera dijo lo mismo.
—Entonces por una vez estamos de acuerdo.
—¿Qué quiero?
—Una confesión que encaje con lo que ya ha decidido.
—No he decidido nada.
—Miente.
Delacroix guardó silencio. Marina continuó.
—Lleva días mirándome como si cada cosa que hice por Leandro pudiera convertirse ahora en una prueba contra mí.
—No.
—La medicación.
—Sí.
—El agua.
—Sí.
—La agenda.
—Sí.
—La última conversación.
—Sí.
—Entonces.
—Todo eso importa.
—Porque estaba cerca.
—Porque usted era la persona más cerca de su vida.
Marina no respondió.
—Eso no la convierte en culpable.
—Pero la convierte en cómoda.
Delacroix la observó.
—¿Para quién?
Ella sonrió sin humor.
—Para todos.
La respuesta era buena.
—¿Conoce a Javier Roldán?
Marina dejó de moverse. No hubo sobresalto. Nada. Solo quietud.
—Sí.
—¿Quién era?
Silencio.
—Mi hermano.
Delacroix no habló. La palabra se asentó. Marina miró hacia una ventana cerrada.
—Supongo que ya lo sabe.
—Sí.
—Entonces no sé por qué pregunta.
—Porque quería oírla decirlo.
—¿Por qué?
—Para saber cómo lo hacía.