Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 14 — Las tierras
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CAPÍTULO 14 — Las tierras

A la mañana siguiente, la carpeta negra de Gabriel Arístegui seguía cerrada sobre la mesa de la habitación.

Delacroix llevaba veinte minutos mirándola.

No porque esperara que hablara. Porque sabía que, en cuanto la abriera, dejaría de pertenecer únicamente a Gabriel.

Los documentos tenían esa desagradable propiedad.

Mientras permanecían cerrados, todavía podían fingir que eran secretos.

Una vez leídos, se convertían en responsabilidades.

Delacroix tomó café. Solo. El camarero del hotel ya había dejado de preguntarle.

Aquello era un progreso. Abrió la carpeta.

La primera parte contenía cuentas. Sociedades.

Préstamos. Participaciones. Nombres que aparecían detrás de otros nombres y empresas que parecían existir únicamente para que alguien pudiera asegurar que el dinero no pertenecía a quien realmente lo controlaba.

Gabriel Arístegui figuraba en algunas operaciones. Julián Ferrer en otras.

Leandro, nunca de forma directa. Eso ya no sorprendía.

Delacroix avanzó. La carpeta negra no contenía los documentos antiguos sobre los Roldán.

Pero contenía algo quizá igual de útil. La manera de trabajar de Leandro.

Intermediarios. Préstamos cruzados. Deudas compradas antes de vencer.

Propiedades adquiridas por una empresa y revendidas poco después a otra.

Personas que oficialmente no se conocían.

Firmas que jamás aparecían juntas. El sistema no era complicado.

Solo estaba fragmentado. Y la fragmentación, pensó Delacroix, era una de las formas más eficaces de ocultar una verdad.

Cada persona conocía una parte. Cada documento explicaba un movimiento.

Nadie veía el dibujo completo. Excepto el hombre que unía las partes.

Leandro. Delacroix cerró los ojos. La familia Roldán había perdido tres propiedades.

Tres deudas. Tres sociedades. Un abogado común.

Una operación financiada parcialmente por Eugenio de Almenara.

Y, veintitrés años después, Marina había empezado a consultar archivos.

Aquello no demostraba quién había diseñado el fraude.

Pero empezaba a demostrar que no había sido un accidente.

Volvió a los documentos. A mitad de la carpeta encontró una anotación manuscrita de Gabriel.

No estaba fechada. Modelo antiguo. Repetir estructura.

Debajo: Adquirir deuda. Presionar vencimiento.

Ejecutar garantía. Transferir a tercero.

Revalorizar. Delacroix se quedó inmóvil.

No porque el mecanismo fuera nuevo. Porque la expresión lo era.

Modelo antiguo. Cerró la carpeta. Tomó el teléfono.

Marcó. Montalbán respondió al tercer tono.

—¿Sí?

—Buenos días.

Silencio.

—¿Qué quiere?

—Su entusiasmo resulta conmovedor.

—Son las ocho.

—Precisamente.

—Armand.

—Necesito acceso a los expedientes del incendio de la familia Roldán.

Montalbán dejó de respirar un instante.

—¿Qué incendio?

—Hace veintitrés años.

—Eso no responde.

—Una propiedad al oeste. Murió un joven.

Silencio.

—¿Cómo se llamaba?

—Todavía no lo sé.

—Entonces tiene una investigación extraordinariamente precisa.

—Por eso lo llamo.

Montalbán soltó aire.

—¿Quién le ha dado esto?

—Papeles.

—Qué útil.

—Mucho.

—¿Tiene algo concreto?

—Sí.

—¿Qué?

Delacroix miró la carpeta negra.

—Un modelo.

—No entiendo.

—Leandro no inventaba métodos nuevos cuando los antiguos funcionaban.

—Armand.

—Quiero el expediente.

—No puedo darle un expediente policial porque se lo pida.

—Sí puede.

—No.

—Entonces lo pediré de otra manera.

—Eso suena peor.

—Probablemente.

Montalbán guardó silencio.

—Venga a la comisaría.

—En media hora.

—Una hora.

—Cuarenta minutos.

—Armand.

—Hasta ahora.

Colgó. Montalbán había conseguido el expediente. Eso significaba que había mentido. Delacroix decidió no felicitarlo. La carpeta era más delgada de lo esperado. Siempre lo eran las tragedias cuando la burocracia terminaba de procesarlas. Montalbán la dejó sobre la mesa.

—No sale de aquí.

—Por supuesto.

—No haga copias.

—Naturalmente.

—No se lleve nada.

—Comisario.

—Sí.

—Empieza a ofenderme.

Montalbán lo miró.

—Eso sería una novedad.

Delacroix abrió. El muerto se llamaba Javier Roldán.

Veintiún años. Hermano mayor de Marina. El incendio había ocurrido en una construcción rural perteneciente a una de las fincas que la familia estaba a punto de perder.

Versión oficial: Accidente. Combustible almacenado.

Fuego iniciado de madrugada. Javier dormía dentro. No consiguió salir. Delacroix leyó.

—¿Quién investigó?

Montalbán señaló una firma.

—Un inspector de Málaga.

—¿Vivo?

—No.

—Conveniente.

—Tenía setenta y ocho años cuando murió.

—Sigue siendo conveniente.

—No empiece.

Delacroix siguió. Había declaraciones. Un vecino.

Un empleado. El padre de Marina. Su madre.

Nadie mencionaba amenazas. Nadie mencionaba deudas.

Nadie mencionaba empresas. Solo un incendio.

Una familia rota. Y una frase en una declaración del padre: Nos están quitando todo. Delacroix levantó la vista.

—Esto no fue investigado como algo relacionado con las tierras.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no había motivo.

—Había tres propiedades en proceso de ejecución.

—Eso no convierte un incendio en un crimen.

—No.

—Entonces.

—Pero lo convierte en contexto.

Montalbán se apoyó en la mesa.

—¿Cree que mataron al muchacho?

—No lo sé.

—Lucía sí.

—Lucía sospecha.

—Y usted.

—Yo también.

—Entonces estamos otra vez.

Delacroix volvió a la carpeta.

—¿Quién compró la finca después?

Montalbán abrió otra hoja.

—Una sociedad.

—Nombre.

—Promociones Costa Verde.

Delacroix frunció el ceño.

—¿Propietarios?

—Dos hombres.

—Muertos.

—Sí.

—Naturalmente.

Montalbán lo observó.

—No todo el mundo tiene la decencia de seguir vivo para facilitarle el trabajo.

—Empiezo a notarlo.

—¿Relación con Inversiones del Sur?

—Una misma representación legal.

Montalbán dejó de moverse.

—¿Cómo lo sabe?

—Lucía.

—Claro.

—No suene celoso.

—No lo estoy.

—Parece.

El comisario cerró los ojos. Delacroix continuó leyendo. Había una referencia a un préstamo concedido por una entidad privada. Otra a un garante indirecto. Eugenio de Almenara.

—Aquí.

Montalbán se acercó.

—Sí.

—El marido de Beatriz.

—Sí.

—Entonces estaba implicado.

—Financieramente.

—No sabemos cuánto.

—No.

—¿Leandro?

Montalbán negó.

—No aparece.

Delacroix pasó varias páginas. Nada. Hasta el final. Una nota manuscrita. No en el expediente principal. Adjunta. Sr. L. Varela informa que el asunto puede resolverse sin intervención adicional. Delacroix se quedó inmóvil. Montalbán leyó por encima de su hombro. Ninguno habló.

—Ahí está —dijo finalmente el comisario.

—No.

—¿No?

—Está cerca.

—Armand.

—Una inicial no es una confesión.

—Pero es él.

—Probablemente.

—Otra vez.

Delacroix observó la nota.

—¿Quién la escribió?

—El inspector.

—¿Qué asunto?

—No lo dice.

—¿Fecha?

Montalbán miró.

—Dos días después del incendio.

Silencio. Delacroix volvió a leer. Resolver. La palabra. Leandro había resuelto problemas. Daniel Ocaña. Cervera. Sofía. Deudas. Documentos. Y veintitrés años antes, un joven Leandro Varela ya aparecía junto a una tragedia diciendo que algo podía resolverse.

—¿Qué edad tenía entonces? —preguntó Montalbán.

—Treinta y uno.

—Ya trabajaba con Eugenio.

—Probablemente.

—Y con las sociedades.

—Quizá.

—No le gusta.

Delacroix cerró la carpeta.

—No.

—¿Por qué?

—Porque empieza a parecer demasiado claro.

Montalbán soltó aire.

—Otra vez.

—Una familia pierde tierras. Muere un hijo. Leandro aparece. Veintitrés años después, la hermana trabaja para él y lo mata.

—Eso es lo que parece.

—Exactamente.

—¿Y?

—Las historias que parecen completas demasiado pronto suelen haber sido ordenadas por alguien.

Montalbán lo miró.

—¿Está diciendo que alguien está intentando incriminar a Marina?

—No.

—Entonces.

—Estoy diciendo que todavía no sabemos qué sabía ella.

—Consultó archivos.

—Sí.

—Su apellido está en los expedientes.

—Sí.

—Trabajaba con Leandro.

—Sí.

—Tenía acceso a su medicación.

—Sí.

—Mintió.

—Sí.

Montalbán levantó las manos.

—¿Qué necesita?

Delacroix lo miró.

—El momento en que dejó de ignorar quién era Leandro.

Silencio. El comisario bajó las manos.

—Eso.

—Sí.

—Porque si lo supo durante catorce años...

—El motivo cambia.

—Y si lo descubrió hace cuatro meses...

—También.

Montalbán asintió lentamente.

—Entonces tenemos que hablar con ella.

—Sí.

—Ahora.

Delacroix cerró el expediente.

—No.

Montalbán lo miró.

—Naturalmente.

—Primero con Beatriz.

—¿Por qué?

—Porque Eugenio está muerto.

—Y.

—Los muertos son difíciles.

—Eso ya lo había notado.

—Las viudas, menos.

Montalbán sonrió sin humor.

—No conoce a Beatriz.

—Empiezo.

Beatriz de Almenara no los recibió inmediatamente. Aquello era un mensaje. Delacroix lo comprendió. Montalbán también. Esperaron quince minutos en un salón donde nadie había tenido la cortesía de ofrecerles café. El comisario miró el reloj.

—Lo hace a propósito.

—Sí.

—¿Y usted no va a decir nada?

—No.

—Eso me preocupa.

—Es saludable.

Beatriz entró. Vestía de claro. Impecable. Fría.

—Rafael.

—Beatriz.

—Armand.

—Beatriz.

Ella se sentó.

—Supongo que no vienen a tomar café.

Delacroix miró la mesa vacía.

—Eso parece difícil.

Montalbán cerró los ojos. Beatriz lo ignoró.

—¿Qué ocurre?

Delacroix sacó una copia de sus notas. No el expediente. Solo nombres.

—Javier Roldán.

Beatriz no reaccionó. Eso no significaba que no conociera el nombre.

—¿Quién?

—Veintiún años. Murió en un incendio hace veintitrés.

—Lo siento.

—Su familia perdió tres propiedades.

—Muchas personas perdieron propiedades.

—Eugenio apareció en una de las operaciones.

El rostro cambió. Muy poco.

—Mi marido participó en muchos negocios.

—Sí.

—Eso ya lo sabe.

—No todos terminaron con un muerto.

Beatriz endureció la expresión.

—Armand.

—¿Conocía a los Roldán?

—No.

—¿Eugenio?

—No lo sé.

—Miente.

Montalbán miró a Delacroix. Beatriz no.

—No me hable así en mi casa.

—Entonces dígame la verdad en ella.