Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 13 — El precio del silencio #3
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CAPÍTULO 13 — El precio del silencio #3

—Puede que no supiera quién.

Silencio. Lucía comprendió.

—Leandro.

—Exactamente.

—Entonces.

—Entonces necesitamos demostrar que lo descubrió recientemente.

—¿Y si lo hizo?

Delacroix miró hacia el mar.

—Tendremos un motivo.

Lucía permaneció en silencio.

—¿Y después?

—Necesitaremos saber si quiso matar.

—No es lo mismo.

—Nunca.

Ella se levantó.

—¿Adónde va?

—A mi redacción.

—No.

Lucía lo miró.

—¿Otra vez?

—No publique nada.

—No pensaba.

—Miente.

—No.

—Lucía.

Ella sostuvo la mirada.

—Todavía.

Delacroix casi sonrió.

—Eso sí le ha quedado mejor.

La periodista recogió la carpeta. Antes de marcharse, dijo:

—¿Va a ir a la dirección de Gabriel?

Delacroix la miró.

—¿Cómo lo sabe?

—La tarjeta sobresale de su bolsillo.

Delacroix miró. Tenía razón. Aquello lo irritó. Lucía sonrió.

—No está solo.

—Eso parece.

—No vaya sin decirle a Montalbán.

—No.

—Eso significa que irá.

—Sí.

—Magnífico.

—No venga.

—No pensaba.

Delacroix la observó. Lucía sonrió otra vez.

—Miente.

Se marchó. A las ocho y veinte, Delacroix llegó a la dirección de Gabriel Arístegui.

Solo. O eso esperaba Gabriel. La casa estaba situada en una zona apartada, lejos de la costa, rodeada de muros bajos y árboles.

No era una villa ostentosa. Eso la hacía probablemente más cara. Gabriel abrió personalmente.

—Ha venido.

—Eso parece.

—Solo.

Delacroix lo miró.

—Eso parece.

Gabriel sostuvo la mirada un segundo. Después se apartó.

—Entre.

La casa estaba casi vacía. No de muebles. De señales personales. Nada de fotografías. Nada de recuerdos. Nada que explicara quién vivía allí. Gabriel condujo a Delacroix a un despacho. Sobre una mesa había una carpeta. No azul. Negra.

—¿Qué es?

—Una parte de lo que Leandro guardaba.

—¿Cómo llegó a usted?

—Durante el apagón.

Delacroix lo miró.

—Entonces sí retiró una carpeta.

—Sí.

—¿De dónde?

—Del despacho de Eugenio.

—¿Por qué?

—Porque Leandro la había dejado allí.

Delacroix quedó inmóvil.

—No.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Álvaro vio a Leandro salir con una carpeta azul.

—No era esta.

—Entonces había dos.

—Sí.

Delacroix observó la negra.

—¿Qué contiene?

Gabriel la abrió. Documentos. Cuentas. Nombres. Sociedades.

—Esto podía destruirlo.

—A mí y a otros.

—¿Por qué estaba en Villa Almenara?

—Leandro quería negociar.

—¿Con quién?

—Conmigo.

—¿Sobre qué?

Gabriel cerró la carpeta.

—Protección.

—¿De quién?

—No lo sé.

—Miente.

—No.

—Entonces miedo.

Gabriel levantó la vista.

—Sí.

Aquello fue nuevo.

—¿Leandro tenía miedo?

—Mucho.

—¿De quién?

—No me lo dijo.

—¿Qué quería?

—Que yo guardara ciertos documentos.

—¿Cuándo?

—La tarde de la fiesta.

—¿Por qué no los tomó entonces?

—Porque no me los entregó.

—¿Y la carpeta negra?

—La dejó en el despacho.

—¿Por qué?

—No sé.

—Entonces durante el apagón fue a buscarla.

—Sí.

—¿Cómo sabía dónde estaba?

—Leandro me lo dijo.

Delacroix observó. Otra mentira del apagón. Otra razón distinta.

—¿Vio a Leandro antes del corte?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Desde la biblioteca.

—Sentado.

—Sí.

—¿Habló con él?

—No.

—Entonces no sabe si estaba vivo.

Gabriel lo miró.

—Armand.

—No.

—Eso es absurdo.

—¿Por qué?

—Porque lo había visto poco antes.

—¿Cuánto?

—Unos veinte minutos. Quizá algo menos.

—¿Dónde?

—Dentro.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Habló con él dentro?

—Sí.

—¿Después de Sofía?

Gabriel frunció el ceño.

—No sé.

—Piense.

—La vi salir.

Silencio. Aquello era importante.

—Entonces sí.

Gabriel asintió.

—Entré después.

—¿Leandro estaba vivo?

—Sí.

—¿Cómo?

Gabriel lo miró.

—Me insultó.

Delacroix casi sonrió.

—Eso sirve.

—Gracias.

—¿Dónde estaba?

—En la biblioteca.

—¿Sentado?

—Sí.

—¿Cómo se encontraba?

Gabriel pensó.

—Mal.

—Explíquese.

—Pálido.

—¿Sudaba?

—Sí.

—¿Se tocaba el pecho?

—Sí.

—¿Tomó algo?

—No.

—¿Bebió?

—Whisky.

—¿La misma copa?

—Probablemente.

—¿Qué hablaron?

Gabriel cerró la carpeta.

—De esto.

—¿Y?

—Le dije que estaba loco.

—¿Por qué?

—Porque quería mover todo.

—¿Todo qué?

—Documentos. Dinero. Sociedades.

—¿Huir?

Gabriel no respondió inmediatamente.

—No.

—Miente.

—No lo sé.

—Entonces sí.

Gabriel soltó aire.

—Parecía prepararse.

—¿Para qué?

—Para perder algo.

Delacroix lo observó.

—¿Qué?

—Control.

Aquella respuesta era buena.

—¿Le dijo por qué?

—No.

—¿Mencionó a Marina?

Silencio. Delacroix vio el cambio.

—Sí.

Gabriel apartó la vista.

—¿Qué dijo?

—Que había cometido un error.

—¿Cuál?

—Confiar.

El aire cambió.

—¿En Marina?

—No dijo el nombre.

—Pero usted lo entendió.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque preguntó si yo tenía a alguien capaz de reorganizar ciertos documentos sin pasar por ella.

Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Cuándo?

—Esa tarde.

—Entonces ya desconfiaba.

—Sí.

—¿Le dijo por qué?

—No.

Gabriel miró la carpeta.

—Solo dijo que había personas que tardaban años en descubrir lo que uno les había hecho.

Silencio. Delacroix no se movió. Ahí estaba. No la prueba. Pero casi el corazón.

—¿Exactamente?

—Sí.

—¿Y después?

—Dijo que algunas no perdonaban.

Delacroix respiró lentamente.

—¿Marina sabía lo que él había hecho?

—No sé.

—Ahora quizá sí.

Gabriel lo miró.

—¿Qué ha encontrado?

—Todavía no.

—Otra vez.

—Sí.

El financiero se acercó a la ventana.

—Hay algo más.

Delacroix esperó.

—Leandro me pidió que sacara de Marbella una carpeta.

—¿Azul?

Gabriel se volvió.

—Sí.

Silencio.

—¿La tenía esa tarde?

—Sí.

—Álvaro lo vio salir del despacho con ella.

—Entonces.

—¿Se la entregó?

—No.

—¿Por qué?

—Dijo que primero tenía que hablar con alguien.

—¿Quién?

Gabriel lo miró.

—Marina.

El silencio fue absoluto. Delacroix sintió que toda la cronología de aquella noche acababa de reorganizarse.

—¿La vio después?

—No la carpeta.

—¿Leandro?

—Sí.

—En la biblioteca.

—Sí.

—Después de hablar con Sofía.

—Sí.

—¿Y antes de aparecer sentado en la terraza?

—Sí.

—Entonces usted es la última persona, aparte de Marina, que puede demostrar que estaba vivo.

Gabriel frunció el ceño.

—Supongo.

Delacroix lo observó.

—No suponga.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo antes del apagón?

—Unos treinta minutos.

—¿Seguro?

—Aproximadamente.

—¿Y después?

—Lo vi sentado.

—Sin hablar.

—Sí.

Delacroix asintió. La ventana real se estrechaba. Más. Mucho más.

—¿Dónde está la carpeta azul?

Gabriel negó.

—No lo sé.

—¿La tenía Marina?

—No lo sé.

—Sofía la vio con una.

Gabriel quedó inmóvil.

—Entonces quizá.

—¿Qué contenía?

—No lo sé.

—Miente.

—No.

—Sabía que debía sacarla de Marbella.

—Porque Leandro lo pidió.

—Eso no basta.

Gabriel lo miró.

—Documentos antiguos.

—Roldán.

El financiero no reaccionó. Demasiado.

—Conoce el apellido.

—Sí.

—¿De dónde?

—Leandro.

—¿Qué dijo?

Gabriel tardó.

—Que el pasado había vuelto.

Silencio.

—¿Eso fue todo?

—No.

Delacroix esperó.

—Dijo que esta vez no podía comprarlo.

La frase quedó. Más fuerte que cualquier otra. Delacroix cerró los ojos un instante. No de cansancio. Para pensar. Leandro. Marina. Los Roldán. Una carpeta azul. Una verdad antigua descubierta recientemente. Una medicación distinta. Una última ventana de minutos. Todo se acercaba. Demasiado.

—¿Por qué me enseña esto? —preguntó.

Gabriel miró la carpeta negra.

—Porque quiero que entienda algo.

—¿Qué?

—Leandro tenía enemigos.

—Sí.

—Pero muchos necesitábamos que siguiera vivo.

—Usted.

—Sí.

—Julián.

—Probablemente.

—Viktor.

—Seguro.

—Sofía.

—También.

Delacroix sostuvo la mirada.

—Marina.

Gabriel no respondió.

—¿Ella lo necesitaba vivo?

El financiero cerró la carpeta.

—Hasta que dejó de hacerlo.

Silencio. Delacroix se acercó.

—¿Qué sabe?

—Nada.

—Miente.

—No.

—Gabriel.

—Solo sé que Leandro tenía miedo de ella.

Aquello fue suficiente. No para condenar. Para cambiar el mapa. Delacroix tomó el sombrero.

—Me llevo la carpeta.

Gabriel rió.

—No.

—Entonces voy a decirle a Montalbán que existe.

—Eso tampoco.

—Elija.

El financiero lo miró durante varios segundos.

—Puede verla aquí.

—No.

—Armand.

—Gabriel.

Silencio. Finalmente, el financiero cerró la carpeta y se la entregó.

—No me haga arrepentirme.

Delacroix la tomó.

—Eso ya parece una costumbre local.

Salió. Afuera, la noche había caído. El automóvil negro seguía esperando.

Delacroix no subió. Caminó. Necesitaba pensar.

Leandro había tenido miedo. Había buscado documentos antiguos.

Había retirado una carpeta azul. Quería sacarla de Marbella.

Quería hablar con Marina. Y había dicho: Hay personas que tardan años en descubrir lo que uno les ha hecho.

Delacroix caminó bajo las luces. La ciudad seguía llena de restaurantes, música, automóviles y personas que parecían no tener ninguna intención de preguntarse de dónde venía el dinero.

Pero ahora la pregunta era distinta. No de dónde venía.

Sino de qué estaba hecho. Y empezaba a sospechar que una parte de la fortuna de Leandro Varela había sido construida con algo que no podía devolverse.

Tierra. Una familia. Un muerto. Quizá varios.

Delacroix apretó la carpeta negra bajo el brazo.

Alguien había intentado pagar su hotel. Alguien había retirado archivos.

Alguien había registrado su habitación. Y Leandro, antes de morir, había intentado mover documentos porque por primera vez en muchos años había comprendido algo que todos los hombres poderosos aprendían demasiado tarde.

El silencio también tenía precio. El problema era que, cuando se lo compraba durante demasiado tiempo, algún día podía aparecer alguien dispuesto a cobrar intereses.