Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 13 — El precio del silencio #2
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CAPÍTULO 13 — El precio del silencio #2

Se detuvo. Delacroix esperó.

—Porque lo necesitaba.

—¿Para qué?

Cervera se volvió.

—No lo sé.

—Entonces no sabe.

—No.

Delacroix se puso de pie.

—Otra pregunta.

Cervera cerró los ojos.

—La última.

—Miente.

—Sí.

Delacroix casi sonrió.

—¿Leandro estaba enfermo antes de hablar con Sofía?

El médico pensó.

—Tenía molestias.

—¿Podía una medicación manipulada empezar a actuar antes?

—Sí.

—¿Y la crisis empeorar gradualmente?

—Sí.

—¿Podía caminar desde la biblioteca hasta la terraza?

—Sí.

—¿Y morir sentado?

—Sí.

Delacroix guardó silencio. Eso encajaba. Demasiado. Y, como siempre, lo que encajaba demasiado pronto merecía desconfianza.

—Gracias.

Cervera lo miró.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

—Armand.

Delacroix se volvió hacia la puerta.

—¿Sí?

—Si alguien manipuló la medicación...

—Sí.

—No necesitaba saber exactamente cuándo moriría.

Delacroix quedó inmóvil.

—Explíquese.

—Podía provocar una crisis.

—Pero no controlar el minuto.

—Exacto.

El médico se acercó.

—Eso significa que si el apagón fue parte del plan...

—No necesariamente lo fue.

Cervera lo miró. La comprensión llegó.

—Entonces tuvo suerte.

—Puede.

—Otra vez.

—Sí.

El médico soltó aire.

—No me gusta.

—Eso es bueno.

—Váyase.

Delacroix abrió la puerta.

—Emilio.

—¿Qué?

—¿Por qué ha insistido desde el principio en que la muerte fue natural?

Cervera se quedó inmóvil.

—Porque era la explicación más probable.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Probable no significa inevitable.

—No.

—Eso era lo que quería saber.

Delacroix salió. A mediodía, recibió una invitación. No una nota. No una llamada. Un automóvil. Negro. Impecable. Esperándolo frente a la consulta. El conductor bajó.

—Monsieur Delacroix.

—Eso parece.

—El señor Arístegui desea hablar con usted.

—Qué coincidencia.

—¿Sube?

Delacroix miró el automóvil.

—No.

El conductor pareció sorprendido.

—El señor Arístegui...

—Puede venir él.

—Está esperando.

—Yo también.

El hombre no supo qué hacer con aquello. Delacroix empezó a caminar. El automóvil avanzó a su lado.

—Monsieur.

—Sí.

—Insiste.

Delacroix siguió.

—Yo también.

El coche se detuvo. La puerta trasera se abrió. Gabriel Arístegui bajó. Delacroix se volvió.

—Mucho mejor.

Gabriel ajustó el puño de la camisa.

—Disfruta complicando las cosas.

—No.

—Lo parece.

—Eso empieza a convertirse en una frase popular.

El financiero señaló un café cercano.

—Cinco minutos.

—Tres.

Gabriel sonrió sin humor.

—Claro.

Se sentaron en una mesa apartada. Ninguno pidió nada.

—Está haciendo preguntas sobre Leandro —dijo Gabriel.

—Sí.

—Sobre sus asuntos.

—También.

—Algunos no tienen relación con su muerte.

—Eso intento descubrir.

—No.

Delacroix lo miró.

—¿No?

—Está abriendo cosas que deberían permanecer cerradas.

—Eso también me lo dicen.

Gabriel apoyó las manos sobre la mesa.

—Leandro tenía información sobre muchas personas.

—Sí.

—Si toda esa información empieza a circular, habrá consecuencias.

—Probablemente.

—Personas que no tienen nada que ver con su muerte pueden resultar destruidas.

Delacroix lo observó.

—Eso suena como una preocupación moral.

—Lo es.

—No le queda bien.

Gabriel sonrió.

—Usted cree que todos aquí somos monstruos.

—No.

—Miente.

—No.

—Entonces.

—Creo que muchos se han acostumbrado a que sus secretos tengan consecuencias solo para otros.

Gabriel endureció ligeramente la expresión.

—No sabe de qué habla.

—Entonces explíqueme.

—No.

—Eso pensaba.

El financiero miró alrededor.

—Leandro estaba muerto.

—Sí.

—No puede defenderse.

—Tampoco puede chantajear.

Silencio. Aquello había llegado. Gabriel bajó la voz.

—No use esa palabra.

—¿Cuál prefiere?

—Leandro facilitaba acuerdos.

—Guardando copias.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Quién se lo dijo?

Delacroix sonrió apenas.

—Entonces es cierto.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Gabriel respiró.

—Tenía documentos.

—Muchos.

—Algunos míos.

—Sí.

—No tienen relación con su muerte.

—Puede.

—No.

—Entonces dígame qué contienen.

—No.

—Seguimos progresando.

Gabriel miró hacia la calle.

—Está siendo seguido.

Delacroix no reaccionó.

—Lo sé.

El financiero volvió la cabeza.

—¿Por quién?

—Pensé que me lo diría.

—No trabajo así.

—¿Cómo trabaja?

—Con discreción.

—Eso también es popular.

Gabriel acercó la silla.

—Escúcheme.

—Eso hago.

—Hay personas a las que no les importa Leandro.

—Bien.

—Les importa lo que dejó.

—Mejor.

—Y si creen que usted puede encontrarlo...

—Ya han entrado en mi habitación.

Gabriel quedó inmóvil. Delacroix observó. La sorpresa parecía real.

—¿Qué?

—Alguien registró mis cosas.

—No fui yo.

—No lo había acusado.

—Lo estaba pensando.

—Ahora sí.

Gabriel soltó aire.

—Esto se está volviendo peligroso.

—Eso también me lo han dicho.

—No bromeo.

—Yo tampoco.

El financiero sacó algo del bolsillo. Una tarjeta. La dejó sobre la mesa. Una dirección.

—¿Qué es?

—Una casa.

—Eso suele ocurrir con las direcciones.

Gabriel lo ignoró.

—Esta noche.

—¿Por qué?

—Porque quiero enseñarle algo.

Delacroix no tocó la tarjeta.

—Puede enseñármelo ahora.

—No.

—Entonces no parece urgente.

—Lo es.

—¿Qué?

Gabriel guardó silencio.

—Documentos.

Delacroix lo observó.

—¿De Leandro?

—Sí.

—¿La carpeta azul?

Gabriel se quedó inmóvil. Demasiado.

—No sé de qué habla.

—Miente.

—No.

—Entonces venga a la comisaría.

Gabriel rió brevemente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que Montalbán vea lo que tengo.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Eso mejora la invitación.

—No tiene relación con el asesinato.

—Todos dicen eso.

—Porque es verdad.

—No todos pueden tenerla.

Gabriel se levantó.

—Esta noche.

—No prometo.

—Venga solo.

Delacroix miró la tarjeta.

—Eso tampoco ayuda.

Gabriel se inclinó.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—Hay verdades que no liberan a nadie.

Delacroix levantó la vista.

—Eso suele decir la persona que necesita que sigan encerradas.

Gabriel no respondió. Se marchó. Delacroix quedó sentado. No tocó la tarjeta durante varios segundos. Después la guardó. A las tres de la tarde, Lucía Barral llegó al hotel con una carpeta nueva y una expresión peor.

—Han retirado documentos.

Delacroix levantó la vista.

—¿Dónde?

—Archivo de propiedad.

—¿Cuáles?

—Los de Inversiones del Sur.

—¿Todos?

—Los más importantes.

—¿Quién?

—Orden administrativa.

—¿De quién?

—No aparece.

Delacroix cerró el libro que no estaba leyendo.

—Entonces sí aparece.

Lucía se sentó.

—No empiece.

—No.

Ella dejó la carpeta.

—Pedí copias ayer.

—¿Y hoy?

—Me dijeron que el expediente no está disponible.

—¿Por qué?

—Revisión.

—Conveniente.

—Mucho.

Delacroix la observó.

—¿Su fuente?

—Asustada.

—¿Por qué?

—Alguien preguntó quién había consultado la caja cuarenta y siete.

Delacroix permaneció inmóvil.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Descripción?

Lucía negó.

—Teléfono.

—¿Hombre?

—Sí.

—¿Nombre?

—No.

—Entonces alguien sabe que estuvimos allí.

—Sí.

—Eso ya lo sabía.

Lucía frunció el ceño.

—¿Cómo?

Delacroix sacó la tarjeta del hotel. Se la dio. Ella leyó.

—¿Quién pagó?

—Un hombre.

—¿El que lo sigue?

—Probablemente.

—¿Y devolvió el dinero?

—Intenté.

Lucía lo miró.

—Eso suena increíblemente suyo.

—Gracias.

—No era un elogio.

—Lo imaginaba.

Ella dejó la tarjeta.

—Armand.

—Sí.

—Alguien está limpiando.

Delacroix la observó.

—No.

—¿No?

—Está moviendo.

—¿Qué diferencia hay?

—Limpiar elimina.

—Sí.

—Mover obliga a buscar en otro sitio.

Lucía guardó silencio.

—¿Y?

—Eso significa que todavía no pueden destruir todo.

—O no quieren.

Delacroix asintió.

—Mejor.

—Otra vez.

—Sí.

Lucía abrió su carpeta.

—Tengo algo sobre los Roldán.

Delacroix se inclinó.

—¿Qué?

—No era una sola deuda.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Había un patrón.

—Explíquese.

—Tres propiedades. Tres préstamos distintos. Tres vencimientos casi simultáneos.

—¿Misma sociedad?

—No.

—Entonces.

—Las tres sociedades compartían representación legal.

Delacroix esperó. Lucía sacó un nombre.

—Un abogado.

—¿Vivo?

—No.

—¿Relación con Leandro?

—Trabajó con él años después.

Delacroix observó.

—Años después.

—Sí.

—Eso no prueba que trabajaran juntos entonces.

—No.

—¿Eugenio?

—Aparece en una operación.

—¿Cómo?

—Como garante indirecto.

Delacroix frunció el ceño.

—¿De quién?

Lucía bajó la voz.

—De una de las sociedades que terminó comprando una propiedad Roldán.

Silencio.

—Entonces el marido de Beatriz ayudó a financiar la operación.

—Eso parece.

—¿Y Leandro?

—Todavía solo la inicial.

—No basta.

—No.

Lucía lo observó.

—Pero alguien retiró los expedientes después de que los consultáramos.

—Eso sí importa.

—Mucho.

Delacroix pensó. Beatriz. Eugenio. Leandro. Los Roldán. Marina. Una línea antigua. Y ahora alguien intentando controlar los archivos.

—¿Quién tiene poder para retirar documentos?

—Varias personas.

—Montalbán.

—No directamente.

—Gabriel.

—A través de contactos.

—Julián.

—También.

—Viktor.

—Menos.

—Beatriz.

Lucía lo miró.

—Sí.

Delacroix permaneció en silencio.

—No le gusta.

—No.

—Porque la contrató.

—Eso no importa.

—Miente.

Delacroix la observó. Lucía sonrió apenas.

—También puedo.

—Mal.

—Pero puedo.

Ella cerró la carpeta.

—Hay otra cosa.

—Siempre.

—Marina pidió acceso a un archivo hace cuatro meses.

Delacroix dejó de moverse.

—¿Cuál?

—Propiedades antiguas.

—¿Roldán?

—Sí.

Silencio.

—¿Cómo lo sabe?

—Registro de consulta.

—¿Nombre completo?

—Marina Roldán.

Delacroix miró hacia la terraza. El mar brillaba. Todo empezaba a acercarse.

—Entonces descubrió algo.

—Probablemente.

—Hace cuatro meses.

—Sí.

—Beatriz dijo que Leandro estaba nervioso desde hacía unos meses.

Lucía lo miró.

—Sí.

—La misma época.

—Sí.

—¿Marina pidió una sola vez?

—Tres.

—¿Qué consultó?

—No está completo.

—Porque lo retiraron.

—Sí.

Delacroix guardó silencio. La línea empezaba a ser demasiado clara. Eso era peligroso.

—No me gusta.

Lucía lo miró.

—¿Qué?

—Que encaje.

—Usted odia cuando encaja y cuando no.

—Eso es exacto.

—Debe de ser agotador.

—Mucho.

Lucía respiró.

—Entonces Marina descubre algo sobre su familia.

—Puede.

—Leandro empieza a ponerse nervioso.

—Sí.

—Ella controla su medicación.

—Sí.

—Lo ve antes de morir.

—Sí.

—Miente sobre la hora.

—Sí.

—Y aparece con la carpeta azul.

—Según Sofía.

—Armand.

—Sí.

—Eso no es poco.

—No.

—Entonces.

Delacroix la miró.

—Todavía no sé qué descubrió.

—Su familia fue destruida.

—Eso ya lo sabía.