Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 13 — El precio del silencio
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CAPÍTULO 13 — El precio del silencio

A la mañana siguiente, alguien pagó la cuenta de Delacroix.

No una parte. Toda. La habitación. Las comidas.

El automóvil que lo había recogido al llegar.

Incluso una botella de vino que no había pedido y que, según el recepcionista, había sido cargada por error.

Delacroix permaneció frente al mostrador con la factura en la mano.

—¿Quién?

El recepcionista sonrió con incomodidad.

—No puedo decirlo.

—Claro que puede.

—No debo.

—Eso es distinto.

El hombre bajó la voz.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—Es una cortesía.

Delacroix miró otra vez la factura.

—Las cortesías suelen tener nombre.

—Esta no.

—Entonces es una amenaza.

El recepcionista dejó de sonreír.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

—Quizá simplemente alguien quiso...

—¿Agradecerme algo?

—Sí.

—No he hecho nada útil todavía.

El hombre lo miró. Delacroix dobló la factura.

—Eso significa que no me están agradeciendo.

—Monsieur...

—¿Cuándo se pagó?

El recepcionista dudó.

—Esta mañana.

—¿En efectivo?

Silencio.

—Sí.

—¿Quién lo trajo?

—Un hombre.

—Descripción.

—No puedo.

—Puede.

El recepcionista respiró.

—Traje claro.

Delacroix no se movió.

—Sombrero.

El hombre del hotel. El del archivo. El de la calle.

—¿Lo conocía?

—No.

—¿Dejó nombre?

—No.

—¿Mensaje?

—Sí.

Delacroix esperó. El recepcionista abrió un cajón y sacó un sobre.

—Dijo que se lo entregara cuando preguntara.

Aquello era casi elegante. Eso lo irritó más. Delacroix abrió el sobre. Dentro había una tarjeta blanca. Una sola frase. Marbella sabe cuidar de sus invitados. Nada más. Delacroix dio vuelta la tarjeta. En blanco.

—¿Y usted aceptó el dinero?

El recepcionista pareció ofendido.

—Pagó una cuenta.

—La mía.

—Sí.

—Sin mi permiso.

—No sabía...

—Ahora sí.

Delacroix dejó la tarjeta sobre el mostrador.

—Devuélvalo.

El hombre abrió los ojos.

—¿Cómo?

—El dinero.

—No sé a quién.

—Entonces guárdelo hasta que vuelva.

—Eso no funciona así.

—Empiece.

El recepcionista lo miró.

—Monsieur Delacroix.

—No voy a deberle una habitación a un hombre que se niega a decirme su nombre.

—Puede ser una cortesía de alguien conocido.

—Entonces será fácil que se presente.

Tomó la tarjeta. Se la guardó en el bolsillo.

—Y cargue otra vez la botella de vino.

El recepcionista frunció el ceño.

—Pero no la pidió.

—Precisamente.

Se volvió.

—Monsieur Delacroix.

Delacroix miró por encima del hombro.

—¿Sí?

—¿Va a tener problemas?

—Eso depende.

—¿De qué?

—De si el hombre vuelve por su dinero.

Salió. Marbella estaba especialmente luminosa aquella mañana.

Delacroix empezaba a considerar que la ciudad tenía un sentido del humor desagradable.

Tomó un taxi hasta la consulta del doctor Emilio Cervera.

El edificio estaba situado cerca de una avenida tranquila, en una construcción blanca de dos plantas donde una placa discreta evitaba cualquier intento de impresionar.

La sala de espera contenía cuatro sillas, una mesa con revistas y una mujer de unos sesenta años que lo miró como si intentara decidir si estaba enfermo o simplemente era francés. Cervera apareció diez minutos después.

—No tiene cita.

—Eso parece.

—Estoy trabajando.

—También.

El médico suspiró.

—Entre.

El despacho era amplio, ordenado y frío. Había títulos enmarcados, una biblioteca, una camilla detrás de un biombo y una fotografía de Cervera mucho más joven junto a un grupo de médicos. Delacroix se sentó. Cervera no.

—¿Qué quiere?

—Hablar de Daniel Ocaña.

El médico se quedó inmóvil. Solo un instante. Después caminó hasta el escritorio.

—No sé quién es.

—Miente.

—Entonces la conversación será breve.

—Murió hace nueve años.

Cervera lo miró.

—Armand.

—Sofía estaba allí.

Silencio.

—Leandro también.

Silencio.

—Y usted firmó un informe.

Cervera se sentó lentamente.

—¿Qué quiere?

—La verdad.

—No.

—Otra vez.

—No quiere la verdad.

—¿Qué quiero?

—Una versión que pueda encajar en su investigación.

Delacroix lo observó.

—Eso suena a experiencia.

—Soy médico.

—No era eso.

Cervera desvió la mirada.

—Daniel Ocaña murió por una caída.

—Sí.

—Había consumido alcohol.

—Sí.

—Y otras sustancias.

—Sí.

—Entonces no entiendo.

—El informe original decía que no podía caminar solo.

Cervera cerró los ojos.

—Sofía.

—No.

El médico lo miró.

—¿Entonces?

—Alguien que vio el informe.

—¿Quién?

—No importa.

—Claro que importa.

—Ahora comprende cómo me siento.

Cervera se levantó.

—No voy a hablar de esto.

—Ya está hablando.

—Váyase.

—¿Leandro le pidió que cambiara el informe?

El médico volvió la cabeza.

—No.

—Miente.

—No.

—Entonces alguien más.

Silencio. Delacroix se inclinó ligeramente.

—¿Quién?

Cervera apretó la mandíbula.

—No sabe lo que está haciendo.

—Eso también me lo dicen mucho.

—Daniel llevaba horas consumiendo.

—No he preguntado eso.

—Estaba alterado.

—Tampoco.

—Podía caminar.

—El informe decía que no.

Cervera golpeó una vez el escritorio con la palma.

—¡El informe decía demasiadas cosas!

El silencio llegó inmediatamente. Delacroix no se movió. Cervera respiró. Una vez. Dos. Después se sentó.

—No fue un asesinato.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero quiere convertirlo en uno.

—No.

—Entonces.

—Quiero saber qué hizo Leandro.

Cervera miró hacia la ventana.

—Lo que hacía siempre.

—Resolver.

—Sí.

—¿Para quién?

Silencio.

—Emilio.

El médico cerró los ojos.

—Para todos.

—Eso no es una respuesta.

—Estábamos allí.

—¿Quiénes?

—Gente.

—Otra vez.

Cervera soltó aire.

—Sofía.

—Sí.

—Dos productores.

—Nombres.

—No.

—¿Viktor?

—No.

—¿Gabriel?

—No.

—¿Julián?

—No.

Delacroix observó.

—Entonces alguien distinto.

—Sí.

—¿Importante?

Cervera soltó una risa sin humor.

—Aquí todo el mundo es importante cuando hay suficiente miedo.

—¿Quién acompañó a Daniel a la terraza?

El médico no respondió.

—¿Sofía?

—No.

—¿Leandro?

—No.

—¿Usted?

—No.

—Entonces sabe quién.

Cervera miró a Delacroix.

—No lo vi.

—Pero sabe.

—Sí.

—¿Y por qué no lo dice?

—Porque está muerto.

—¿Quién?

Silencio. Aquello era una respuesta parcial.

—La persona que estaba con Daniel murió después.

—Años después.

—Sí.

—¿Naturalmente?

Cervera lo miró.

—Sí.

—Entonces no tiene nada que proteger.

—No.

—¿Qué tiene?

El médico permaneció en silencio. Delacroix comprendió.

—A usted.

Cervera cerró los ojos.

—Sí.

—El informe falso.

—Sí.

—Leandro lo sabía.

—Sí.

—Y lo guardó.

—Sí.

Delacroix se reclinó.

—Entonces también lo tenía atado.

Cervera no respondió.

—¿Le pidió favores después?

—No directamente.

—Otra vez.

—Armand.

—¿Lo hizo?

—A veces.

—¿Qué clase?

—Información médica.

Delacroix dejó de moverse.

—¿De quién?

—No.

—Emilio.

—No.

—Leandro utilizaba historiales.

—No.

—Entonces.

—Preguntaba.

—¿Sobre personas?

—Sí.

—¿Sus pacientes?

Cervera apretó los labios.

—Nunca le entregué un historial.

—No era necesario.

El médico lo miró.

—No.

—Bastaba con confirmar si alguien estaba enfermo.

Silencio.

—Si tomaba algo.

Silencio.

—Si podía viajar.

Silencio.

—Si una muerte parecía natural.

Cervera se puso de pie.

—Basta.

Delacroix también.

—Eso es lo que necesito saber.

—No.

—Sí.

—Leandro nunca me pidió que matara a nadie.

—No he dicho eso.

—Pero lo piensa.

—No.

Cervera lo miró. Delacroix sostuvo la mirada.

—Creo que Leandro coleccionaba debilidades.

El médico no respondió.

—Y usted era una de ellas.

Cervera apartó la vista.

—Sí.

La palabra fue baja. Casi un alivio. Delacroix volvió a sentarse.

—Ahora la noche de su muerte.

El médico soltó aire.

—Otra vez.

—Sí.

—Ya le dije.

—No todo.

—¿Qué falta?

—La medicación.

Cervera se quedó quieto.

—¿Qué pasa?

—Usted dijo que la habitual.

—Sí.

—Sin ver el frasco.

—Conocía la prescripción.

—No la preparación.

—Era la misma.

—¿Cómo lo sabe?

Cervera no respondió inmediatamente. Delacroix observó.

—Marina se lo dijo.

—No.

—Entonces Leandro.

—No.

—¿Quién?

El médico apretó los labios.

—La farmacia.

—¿Después de la muerte?

—Sí.

—¿Qué preguntó?

—Si había cambiado el producto o su presentación habitual.

Delacroix recordó la duda de Leandro ante el frasco. ¿Lo has cambiado? Este no es... Es el mismo.

—¿Y?

—Que no constaba ningún cambio general en el producto ni en su presentación habitual.

—Entonces la duda de Leandro seguía sin explicación.

—Podía haber confundido una etiqueta, un lote o cualquier detalle menor.

—Pero usted no encontró una causa clara.

Cervera guardó silencio.

—No.

—Entonces.

Cervera se sentó lentamente.

—No sabemos qué vio Leandro.

—Sabemos lo que dijo.

—Según usted.

—Según Marina también.

El médico levantó la vista.

—¿Ella lo confirmó?

—No lo negó.

—No es lo mismo.

—No.

Delacroix observó.

—¿Qué aspecto tenía el frasco habitual?

Cervera describió.

—¿Y el que vio Leandro?

—No lo vi.

—Marina sí.

—Sí.

—Y dijo que era el mismo.

—Sí.

—Pero no lo era.

Cervera cerró los ojos.

—Puede.

Delacroix sonrió sin humor.

—Ahora también usted.

El médico respiró.

—La medicación hallada en sangre era compatible con la prescrita.

—Compatible.

—Sí.

—¿Dosis?

—Todavía no concluyente.

—¿Puede una dosis alterada provocar una crisis?

Cervera lo miró.

—Sí.

—¿Puede una medicación sustituida por otra producirla?

—Depende.

—¿Puede alguien con conocimiento de su afección manipular la toma sin usar un veneno exótico?

El médico tardó demasiado.

—Sí.

Silencio. Delacroix no necesitó más.

—¿Marina tenía ese conocimiento?

Cervera lo miró.

—Sí.

—¿Gabriel?

—No sé.

—¿Álvaro?

—No en detalle.

—¿Sofía?

—No.

—¿Beatriz?

—Sabía que estaba enfermo.

—¿Viktor?

—No.

—¿Julián?

—No.

Delacroix apoyó una mano sobre el brazo del sillón.

—¿Leandro podía manejar solo su medicación?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué la llevaba Marina?

—Porque él olvidaba.

—O porque ella controlaba.

Cervera lo miró.

—No convierta el cuidado en culpa.

—No.

—Lo está haciendo.

—Estoy preguntando quién podía cambiar un frasco sin que Leandro sospechara hasta demasiado tarde.

El médico permaneció inmóvil.

—Marina.

La palabra salió. No como acusación. Como hecho. Delacroix asintió.

—Sí.

Cervera se llevó una mano al rostro.

—Dios.

—Otra vez.

—Cállese.

Delacroix lo hizo. El médico se levantó. Caminó hasta la ventana.

—No creo que Marina matara a Leandro.

—¿Por qué?

—Porque lo cuidaba.

—Eso no responde.

—Porque llevaba catorce años con él.

—Tampoco.

—Porque...