CAPÍTULO 12 — La actriz y el muerto #3
La carpeta azul. La de Eugenio. La que Álvaro creía que Leandro había sacado del despacho. Marina la tenía. O al menos Sofía había visto una carpeta azul en sus manos.
—¿Cuándo exactamente?
—Después de mi conversación con Leandro.
—¿Antes de que lo viera en la terraza?
—Sí.
Delacroix sintió que las piezas cambiaban de lugar.
—¿Hablaron?
—Marina y yo.
—Sí.
—No.
—¿La vio entrar?
—No.
—¿Salir?
—No.
—¿Qué hizo usted?
—Seguí.
—¿Y Marina?
—Se quedó.
—¿Dónde?
—Cerca de la biblioteca.
Delacroix miró hacia el mar. Marina con la carpeta azul. Leandro vivo dentro. Poco después, Leandro sentado en la terraza. Después nadie demuestra que vuelva a estar vivo.
—¿Por qué no contó esto a Montalbán?
Sofía lo miró.
—No me preguntó por carpetas.
—Lucía estaría orgullosa.
—No sé si eso es un elogio.
—No.
Sofía cruzó los brazos.
—¿Importa?
—Mucho.
—¿Por qué?
Delacroix no respondió. La carpeta podía contener el pasado de los Roldán. Podía contener cualquier otra cosa. Pero Marina había dicho que no sabía qué documentos buscaba Leandro. Eso empezaba a ser difícil de sostener.
—Otra cosa —dijo Sofía.
Delacroix la miró.
—La noche se vuelve generosa.
—Cuando volví a ver a Leandro sentado...
—Sí.
—Marina estaba cerca.
—¿Dónde?
—Dentro.
—¿La vio?
—Sí.
—¿Habló con ella?
—No.
—¿Ella la vio?
Sofía pensó.
—Creo que sí.
—¿Y?
—Nada.
—¿No fue a ver a Leandro?
—No.
Delacroix guardó silencio. Eso era extraño.
Marina controlaba la medicación. El agua.
Los horarios. Había discutido con Leandro.
Lo había visto cansado. Y, sin embargo, cuando Sofía lo observó sentado en la terraza, Marina permaneció dentro.
Tal vez porque sabía que quería estar solo. Tal vez porque sabía otra cosa.
—¿Cuánto tiempo después se apagó la luz?
—Muy poco.
—¿Dos minutos?
—Puede.
Delacroix la miró. Sofía cerró los ojos.
—No sé.
—Bien.
Ella sonrió sin humor.
—Empieza a cansarme.
—Eso es saludable.
—Váyase.
—Sí.
Delacroix se levantó. Antes de llegar a la puerta, Sofía habló.
—Armand.
Se volvió.
—¿Qué?
—Si Leandro ya estaba muerto cuando lo vi...
No terminó. Delacroix esperó.
—Entonces alguien sabía que todos pensaríamos que seguía vivo.
La frase fue buena. Muy buena. Delacroix volvió lentamente.
—No necesariamente.
—¿No?
—No hace falta saber lo que todos pensarán.
—Entonces.
—Basta con conocer cómo miran.
Sofía frunció el ceño. Delacroix continuó.
—Usted vio a un hombre sentado frente al mar y vio descanso.
—Sí.
—Andrés vio a un invitado al que no debía molestar y supuso que quería intimidad.
—Sí.
—Gabriel vio a alguien a quien no quería interrumpir todavía.
—Sí.
—Cada uno vio una historia diferente.
—Pero la misma postura.
—Exactamente.
Sofía lo observó.
—Entonces el asesino no necesitaba convencerlos.
—No.
—Ustedes lo hicieron solos.
Delacroix sonrió apenas.
—Nosotros.
La actriz entendió. Todos. Los testigos. Los invitados. Él mismo. También Delacroix había visto la silueta desde la biblioteca. Y no se había acercado. Había pensado que Leandro necesitaba descansar. Había construido una intención alrededor de un cuerpo inmóvil. La idea lo incomodó. Eso era bueno.
—Buenas tardes, Sofía.
—Armand.
—¿Sí?
—Tenga cuidado.
Delacroix suspiró.
—Otra vez.
—Esta vez no es una amenaza.
—Las peores suelen presentarse así.
Se marchó. Montalbán lo esperaba en el hotel. Aquello fue una sorpresa. Delacroix lo encontró sentado en la terraza con un café. Solo.
—Ha mejorado.
El comisario levantó la vista.
—¿Qué?
—El café.
—No empiece.
Delacroix se sentó.
—¿Qué hace aquí?
—Buscándolo.
—Eso parece una mala costumbre.
Montalbán sacó una hoja doblada.
—Resultados preliminares.
Delacroix la miró.
—¿Del cuerpo?
—Sí.
—¿Y?
—Muerte compatible con fallo cardíaco.
Delacroix no reaccionó.
—Eso esperaba.
—No hay signos de violencia.
—También.
—No hay traumatismos.
—Sí.
La pequeña marca rojiza del dedo había resultado ser un roce superficial, sin relación con la muerte.
—No hay señales evidentes de veneno.
—Evidentes.
Montalbán lo miró.
—No empiece.
—No.
—Se enviarán muestras.
—Bien.
—No le queda bien.
Delacroix sonrió apenas.
—¿Hora de la muerte?
Montalbán soltó aire.
—Imprecisa.
—¿Cuánto?
—Podría haber muerto entre media hora y una hora antes de que lo examinaran.
Delacroix quedó inmóvil.
—¿Una hora?
—Sí.
—Eso lo sitúa antes del apagón.
—Podría.
—Y antes de que Sofía lo viera en la terraza.
—También podría.
Delacroix miró el papel. La grieta acababa de abrirse.
—¿Cervera?
—Dice que el calor, la posición del cuerpo y la afección complican la estimación.
—Conveniente.
—Armand.
—Sí.
—No acuse al médico porque no puede darle una hora exacta.
—No lo hago.
—Lo parece.
—Eso es culpa de su conciencia.
Montalbán lo miró.
—¿Qué ha encontrado?
Delacroix dejó la hoja.
—Sofía vio a Marina con una carpeta azul.
El comisario dejó de moverse.
—¿Cuándo?
—Después de hablar con Leandro.
—¿Antes de que lo vieran en la terraza?
—Sí.
—¿La carpeta de Eugenio?
—Puede.
—Otra vez.
—Sí.
Montalbán apoyó los brazos sobre la mesa.
—Marina dijo que no sabía qué documentos buscaba Leandro.
—Sí.
—Si tenía la carpeta...
—Mintió.
—O era otra.
—Sí.
El comisario cerró los ojos.
—Lo hace a propósito.
—No.
—También miente.
Delacroix tomó el café que un camarero acababa de dejar.
—Hay más.
Montalbán lo miró.
—Naturalmente.
—Sofía vio a Marina cerca de la biblioteca poco antes de que Leandro apareciera en la terraza.
—¿Y?
—Nada.
—Armand.
—Eso es precisamente.
El comisario frunció el ceño.
—No entiendo.
—Marina controlaba el estado de Leandro.
—Sí.
—Había discutido con él.
—Sí.
—Sabía de su afección.
—Sí.
—Y, según Sofía, cuando Leandro estaba ya sentado en la terraza, Marina permaneció dentro.
—Puede que le hubiera pedido estar solo.
—Eso dice ella.
Montalbán guardó silencio. Delacroix continuó.
—Después pidió a Andrés que le llevara agua.
—Sí.
—Pero no fue ella.
—No.
—Y más tarde afirma haber hablado con Leandro.
—Sí.
—La única.
El comisario miró hacia el mar.
—Entonces.
Delacroix dejó la taza.
—Tenemos que volver a construir la última hora sin asumir que el apagón es el centro.
—¿Y qué lo es?
—La última persona que puede demostrar que Leandro estaba vivo.
Montalbán pensó.
—Sofía.
—En la biblioteca.
—Sí.
—Después de eso.
Silencio. El comisario lo miró.
—Nadie.
—Exactamente.
—Marina dice que sí.
—Dice.
Montalbán soltó aire.
—Entonces tenemos que demostrar que miente.
—No.
—¿No?
—Tenemos que demostrar cuándo murió Leandro.
—Eso es lo mismo.
—No.
—Armand.
Delacroix miró el papel. La ventana temporal. La copa. El hielo. La medicación. La carpeta. La postura.
—Si empezamos por Marina, encontraremos solo cosas que parezcan Marina.
Montalbán guardó silencio.
—Si empezamos por el tiempo —continuó—, el tiempo nos dirá quién podía estar allí.
El comisario lo observó.
—Por una vez eso ha sonado sensato.
—No se acostumbre.
Montalbán casi sonrió. Después la expresión desapareció.
—Hay otra cosa.
Delacroix esperó.
—Cervera insiste en que la medicación encontrada en sangre parece la habitual.
—¿Encontrada?
—Sí.
—Entonces la tomó.
—Sí.
—¿Dosis?
—Todavía no.
—¿Algo extraño?
—No evidente.
Delacroix pensó. Un asesinato escondido dentro de una muerte natural no necesitaba necesariamente una sustancia exótica. Podía necesitar un cambio. Una dosis. Una ausencia. Una combinación. No sabía. Todavía.
—Quiero hablar con Cervera.
—Mañana.
—Ahora.
—No.
Delacroix lo miró.
—¿Por qué?
—Porque está en una intervención.
—¿Médica?
—Sí.
—Eso complica acusarlo de no trabajar.
Montalbán se levantó.
—Mañana.
—Bien.
El comisario lo miró.
—No le queda bien.
Delacroix sonrió. Montalbán se marchó. Delacroix permaneció sentado.
La tarde empezaba a caer. Pensó en la primera vez que había visto a Leandro en la terraza.
De espaldas. Inmóvil. Había podido acercarse.
No lo hizo. Gabriel tampoco. Sofía tampoco.
Andrés tampoco. Todos habían mirado y completado lo que faltaba.
La respiración. La conciencia. La voluntad.
La vida. Delacroix contempló el mar. La investigación había empezado con una pregunta: ¿Quién mató a Leandro Varela durante los noventa segundos de oscuridad?
Ahora aquella pregunta empezaba a parecerle no solo equivocada.
También peligrosa. Porque una pregunta equivocada podía convertir en sospechoso a cualquiera que hubiese estado en movimiento durante el apagón.
Álvaro. Sofía. Gabriel. Viktor. La figura de la puerta.
Mientras la persona realmente importante quizá no había necesitado moverse entonces en absoluto.
Delacroix cerró los ojos. Volvió mentalmente a Villa Almenara.
La biblioteca. Leandro vivo. Sofía saliendo.
Marina con una carpeta azul. Leandro sentado frente al mar.
Andrés dejando agua. Gabriel observándolo.
Las luces apagándose. Las mentiras comenzando.
Abrió los ojos. Por primera vez desde la muerte, comprendió que el apagón no había ocultado necesariamente el asesinato.
Había hecho algo mucho más eficaz. Había creado un momento tan extraordinario que todos habían decidido que la muerte debía de pertenecerle.
Y si Leandro Varela ya estaba muerto cuando la casa quedó a oscuras, entonces durante dos días habían estado investigando a las personas equivocadas en el momento equivocado.
Delacroix miró el reloj. La noche anterior, a esa misma hora, Leandro todavía estaba vivo.
O eso habían creído. La diferencia, pensó, empezaba a ser todo el caso.