CAPÍTULO 12 — La actriz y el muerto #2
—Gabriel.
—También.
—Marina.
Delacroix no respondió. Lucía lo observó.
—Empieza a sospechar.
—Empiezo a sospechar de la hora.
—Eso suena peor.
—Lo es.
La periodista miró su café.
—¿Por qué mentiría Marina sobre haber hablado con él?
—Porque necesitaba mantenerlo vivo.
—¿Para qué?
—Para que el asesinato ocurriera durante el apagón.
Silencio. Lucía levantó lentamente la vista.
—Entonces el apagón no la ayudó a matar.
—No necesariamente.
—La ayudó a esconder cuándo había muerto.
—Exactamente.
—Pero no sabía que Álvaro iba a provocarlo.
—Eso dice Álvaro.
—Y usted le cree.
—En eso, sí.
Lucía soltó aire.
—Entonces tuvo suerte.
Delacroix la miró.
—Los asesinos también.
La camarera dejó un vaso de agua. Ninguno lo había pedido. Delacroix lo miró. La mujer se alejó.
—¿Qué? —preguntó Lucía.
—Nada.
—Miente.
—Empieza a disfrutar.
—No.
Delacroix miró el agua. Hielo. La copa de Leandro. El camarero. El tiempo.
—La bebida.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué?
—El agua que Andrés llevó.
—Sí.
—El hielo estaba demasiado entero.
—¿Eso significa que murió antes?
—No.
—Entonces.
—Significa que la copa fue servida poco antes de encontrar el cuerpo.
—Ya lo sabemos.
—Sí.
—No entiendo.
Delacroix pensó.
—Tampoco yo.
Lucía lo miró con irritación.
—Excelente.
—Pero hay algo.
—¿Qué?
—Andrés dejó la copa y no recibió respuesta.
—Sí.
—Si Leandro ya estaba muerto, la bebida llegó después.
—Claro.
—Entonces alguien podía utilizarla para que pareciera que acababan de atenderlo.
Lucía guardó silencio.
—Marina pidió el agua.
—Sí.
—¿Antes o después de que muriera?
Delacroix no respondió. La periodista se reclinó.
—Eso es malo.
—Sí.
—¿Para Marina?
—Para la cronología.
—No esquive.
Delacroix la miró.
—Todavía no tengo un motivo suficiente.
Lucía sacó del bolso la copia sobre los Roldán.
—Tiene este.
—No.
—Su familia perdió tierras.
—Sí.
—Hubo un muerto.
—Sí.
—Leandro puede aparecer en los documentos.
—Puede.
—Y Marina trabajó catorce años para él.
—Exactamente.
Lucía frunció el ceño.
—¿Eso la ayuda?
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque un motivo tan antiguo necesita una explicación nueva.
—No entiendo.
—Si Marina sabía desde hacía catorce años que Leandro había destruido a su familia, ¿por qué esperar hasta ahora?
Silencio. Lucía asintió lentamente.
—No lo sabía.
—O descubrió algo recientemente.
—Los documentos antiguos.
—Sí.
—Lo que Leandro buscaba.
—Quizá.
—La carpeta azul.
—Quizá.
—Entonces puede contener la prueba.
—O parte.
Lucía miró hacia la calle.
—Y Leandro la encontró antes de morir.
—Eso vio Álvaro.
—Entonces.
Delacroix dejó la taza.
—Entonces necesitamos la carpeta.
—¿Y si la tiene Marina?
—Eso sería interesante.
—¿Y si la tenía Leandro?
—También.
—¿Y si la robó Gabriel durante el apagón?
Delacroix la miró.
—Mucho más.
Lucía soltó aire.
—Ahora entiendo por qué nadie quiere investigar.
—No.
—¿Qué?
—No es por la dificultad.
—¿Entonces?
—Porque cada respuesta abre una puerta distinta.
Lucía sonrió sin humor.
—Y detrás hay alguien importante.
—Exactamente.
La periodista miró el reloj.
—Tengo que volver.
—No.
—¿Otra vez?
—Sofía.
—¿Qué pasa?
—Necesito que me consiga todo sobre Daniel Ocaña.
—Ya tiene el recorte.
—Todo.
—Eso puede tardar.
Delacroix la miró. Lucía cerró los ojos.
—No diga nada.
—No pensaba.
—Miente.
—Sí.
Ella recogió el bolso.
—¿Y usted?
—Voy a ver a Sofía.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Sin Montalbán?
—Preferiblemente.
—Eso parece una mala idea.
—Muchas buenas empiezan así.
Lucía se puso en pie.
—No muera.
—Intentaré no molestar.
Se marchó. Delacroix terminó el café. Después miró hacia la calle.
El hombre del traje claro no había reaparecido.
Eso era más interesante que si lo hubiera hecho.
Sofía Valcácer no quería recibirlo. Lo recibió.
La diferencia ocupó quince minutos y una llamada desde la puerta.
Cuando finalmente entró, la actriz estaba en el mismo lugar que aquella mañana.
La terraza. El mar. Sin maquillaje otra vez.
Delacroix empezó a sospechar que el rostro público de Sofía solo existía por la noche.
—Ha vuelto.
—Sí.
—Sin Rafael.
—Eso parece alegrarla.
—No.
—Miente.
Sofía cerró los ojos.
—Empieza a contagiarse.
—¿De quién?
—De todos.
Delacroix se sentó esta vez. Ella lo notó.
—¿Eso es bueno?
—No.
—Perfecto.
—Tampoco.
Sofía soltó una risa breve. Después la sonrisa desapareció.
—¿Qué quiere?
—Volver a la biblioteca.
—No.
—Sí.
—Ya se lo conté.
—Contó una conversación.
—¿Qué falta?
—El final.
Sofía lo observó.
—Me fui.
—Sí.
—Después lo vi en la terraza.
—Sí.
—Y después se apagó la luz.
—Sí.
—Entonces.
—¿Cuánto tiempo pasó entre la conversación y verlo sentado?
Sofía cerró los ojos.
—No sé.
—Piense.
—Cinco minutos.
—Antes dijo cinco o diez.
—Entonces siete.
—Eso no funciona así.
—Ya lo sé.
Delacroix esperó. La actriz miró hacia el mar.
—Poco.
—¿Qué hizo después de salir?
—Caminé.
—¿Por dónde?
—La galería.
—¿Habló con alguien?
—No.
—Andrés la vio.
—Sí.
—Parecía que había llorado.
Sofía endureció el rostro.
—No había llorado.
—Bien.
—¿Bien?
—No importa.
Ella lo miró.
—Entonces por qué pregunta.
—Porque quiero saber qué recuerda Andrés y qué interpreta.
Sofía guardó silencio.
—¿Leandro estaba enfadado cuando terminó la conversación?
—Sí.
—¿Muy?
—Mucho.
—¿Se levantó?
—No.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Estaba sentado?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la biblioteca.
—¿En qué silla?
Sofía frunció el ceño.
—Una junto a la mesa.
—¿Y usted?
—De pie.
—¿Todo el tiempo?
—Casi.
—¿Leandro bebía whisky?
—Sí.
—¿La misma copa que apareció en la terraza?
—No sé.
—¿La sostuvo con qué mano?
Sofía lo miró.
—¿Qué?
—La copa.
—No recuerdo.
—Piense.
Ella cerró los ojos.
—La derecha.
—¿Seguro?
—No.
—Entonces.
—Creo que la derecha.
Delacroix asintió. No servía todavía.
—¿Tomó la medicación mientras hablaban?
—No.
—¿Tocó el bolsillo?
—Sí.
—¿Cuál?
Sofía lo miró con irritación.
—Armand.
—¿Cuál?
Ella respiró.
—El interior de la chaqueta.
—¿Sacó algo?
—No.
—¿Parecía buscar?
—No.
—¿Se quejó del pecho?
—Se tocó aquí.
Sofía señaló su esternón.
—¿Antes o después de beber?
—No sé.
—¿Respiraba mal?
—No.
—¿Sudaba?
—Hacía calor.
—Dentro.
—También.
Delacroix guardó silencio. Sofía lo observó.
—¿Cree que ya estaba muriendo?
La pregunta salió baja.
—No lo sé.
—Pero lo piensa.
—Pienso que pudo empezar antes de que nadie lo notara.
Ella miró hacia el mar.
—Yo discutí con él.
—Sí.
—Si su corazón...
—No.
Sofía volvió la cabeza.
—¿Qué?
—No haga eso.
—¿Qué?
—Convertir una discusión en un asesinato porque necesita sentirse culpable de algo.
La actriz lo miró. Aquello la golpeó más de lo esperado.
—No sabe nada de mí.
—Sé suficiente.
—No.
—Daniel Ocaña.
Sofía cerró los ojos.
—No vuelva.
—No pensaba.
—Entonces por qué.
—Porque lleva nueve años intentando decidir si pudo hacer algo distinto.
La actriz no respondió.
—Y ahora quiere hacer lo mismo con Leandro.
Silencio.
—No sirve.
Sofía bajó la mirada.
—¿Qué quiere entonces?
Delacroix volvió al caso.
—Cuando terminó la conversación, ¿Leandro se levantó?
—No inmediatamente.
—¿Usted lo dejó sentado?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—¿La puerta hacia la terraza estaba abierta?
Sofía pensó.
—Sí.
—¿Podía salir desde allí?
—Claro.
—¿Lo vio hacerlo?
—No.
—Después, cuando regresó, ¿dónde estaba?
—En la terraza.
—Sentado.
—Sí.
—¿La misma postura en la que lo encontraron?
Sofía guardó silencio. La pregunta ya había aparecido antes. Pero ahora tenía otra forma.
—Creo.
—No.
Ella cerró los ojos.
—La cabeza estaba inclinada.
—¿Como después?
—Sí.
—¿La mano?
—No sé.
—¿La chaqueta?
—Abierta.
—¿La copa?
Sofía pensó.
—Había una.
—¿Cuál?
—No sé.
—¿Whisky?
—Creo.
—¿Agua?
—No recuerdo.
Delacroix observó. La copa de agua podía haber llegado después. Eso encajaba.
—¿Lo llamó por su nombre?
—No.
—¿Por qué?
—Ya se lo dije.
—No.
Sofía abrió los ojos.
—Pensé que quería estar solo.
—Eso es la consecuencia.
—¿Entonces?
—¿Qué vio para pensarlo?
La actriz se quedó quieta.
—Estaba mirando el mar.
—No podía verle los ojos.
—No.
—¿Entonces cómo sabe que miraba?
Sofía abrió la boca. La cerró. Delacroix esperó.
—Porque estaba orientado hacia allí.
—Exactamente.
Silencio. La actriz comprendió.
—No sabía nada.
—Sabía lo que esperaba ver.
Sofía palideció.
—Armand.
—Vio a Leandro sentado frente al mar y decidió que estaba contemplándolo.
—Porque eso parecía.
—Sí.
—¿Y qué quiere decir?
Delacroix habló despacio.
—Que quizá no vio a un hombre descansando.
Pausa.
—Vio un cuerpo colocado de una manera que parecía descanso.
Sofía se levantó.
—No.
—No he dicho que fuera así.
—Lo piensa.
—Sí.
—Entonces yo estuve allí.
—Sí.
—Pude...
—No.
—¿Qué?
—No lo mató.
Sofía quedó inmóvil. La frase había salido con más certeza de la que Delacroix había pretendido. Él mismo lo notó. Ella también.
—¿Cómo lo sabe?
Delacroix la observó.
—Porque si hubiera querido matarlo, no habría vuelto cinco minutos después a comprobar si seguía donde lo dejó.
Sofía respiró.
—Eso no prueba nada.
—No.
—Entonces.
—Pero su mentira tiene otra explicación.
Ella esperó.
—Daniel.
Los hombros descendieron ligeramente.
—Sí.
—Temía que descubrieran que había discutido con Leandro.
—Sí.
—Porque él la chantajeaba.
—Sí.
—Y porque si aparecía muerta o muerto poco después...
Sofía cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix asintió.
—Su mentira pertenece a otro muerto.
La actriz permaneció en silencio. Aquello la liberaba de algo. No de todo. Nunca de todo.
—¿Entonces quién? —preguntó.
Delacroix miró hacia el mar.
—Todavía no.
Sofía soltó una risa breve.
—Esa palabra.
—Sí.
—La odio.
—También está de moda.
Ella volvió a sentarse.
—Hay algo más.
Delacroix la miró.
—Siempre.
—Cuando salí de la biblioteca.
—Sí.
—Marina estaba en el pasillo.
Delacroix no se movió.
—¿Segura?
—Sí.
—Andrés dice que había salido antes.
—Volvió.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Estaba sola?
—Sí.
—¿Qué hacía?
Sofía pensó.
—Esperaba.
—¿A Leandro?
—Supongo.
Delacroix la miró. Ella corrigió.
—No sé.
—Mejor.
—Tenía algo.
Delacroix guardó silencio.
—¿Qué?
—Una carpeta.
—¿Azul?
Sofía frunció el ceño.
—Sí.
El aire cambió. Delacroix no se movió.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Grande?
—Mediana.
—¿La llevaba debajo del brazo?
—Sí.
—¿La había visto antes?
—No.