CAPÍTULO 12 — La actriz y el muerto
El Archivo Municipal tenía la temperatura de un lugar donde el pasado llevaba demasiado tiempo esperando.
No era exactamente frío. Era peor. Una humedad inmóvil, pegada a los muros, que conseguía que hasta los papeles parecieran cansados de existir.
Delacroix entregó la referencia que Lucía había escrito en el reverso de la hoja y esperó frente a un mostrador mientras un hombre de cabello blanco examinaba el número con una expresión de desconfianza.
—Caja cuarenta y siete.
—Eso parece.
—¿Quién le ha dado la referencia?
—Una mujer.
El archivero levantó la vista.
—Eso no ayuda.
—Depende de la mujer.
—Nombre.
Delacroix sonrió apenas.
—Lucía Barral.
El hombre cerró los ojos. Aquella reacción bastó.
—La periodista.
—Empiezo a descubrir que aquí todos tienen un artículo delante del nombre.
—No puede llevarse nada.
—No pensaba.
—No puede hacer fotografías.
—Tampoco.
—No puede copiar documentos completos.
—¿Por qué?
El archivero lo miró.
—Normas.
—Qué alivio.
—¿Qué?
—Pensé que era miedo.
El hombre permaneció inmóvil. Delacroix sostuvo la mirada. La frase había encontrado algo. No mucho. Suficiente.
—Espere.
El archivero desapareció. Delacroix observó la sala. Dos mesas. Tres lectores. Un ventilador que giraba demasiado lentamente para merecer el nombre. Un hombre copiaba fechas en una libreta. Una mujer revisaba planos. Nadie parecía interesado en él. Eso no significaba nada.
A los diez minutos, el archivero regresó con una caja gris. La dejó sobre la mesa.
—Con cuidado.
—Siempre.
—No parece.
—Nos acabamos de conocer.
El hombre no respondió. Delacroix abrió.
El contenido no parecía importante. Carpetas.
Copias. Escrituras. Notas administrativas.
Documentos con sellos. Papeles que habían sobrevivido porque nadie había considerado que merecieran ser destruidos.
Era una forma modesta de inmortalidad. Empezó.
Propiedades. Apellidos. Fechas. Sociedades.
Una familia Roldán. Tres fincas. Deudas.
Cesiones. Una sociedad llamada Inversiones del Sur.
Después otra. Y otra. Nombres que aparecían una vez y desaparecían.
Intermediarios. Apoderados. Firmas. Delacroix avanzó despacio.
No buscaba todavía a Leandro. Buscaba la forma de su ausencia.
A mitad de una carpeta encontró a Eugenio de Almenara.
No directamente. Una firma. Un poder. Una referencia cruzada.
El marido muerto de Beatriz. Delacroix tomó nota.
No del documento completo. Solo de los nombres.
El archivero, desde el mostrador, lo observaba. Delacroix siguió.
Apareció una escritura de cesión. Una finca que había pertenecido a los Roldán.
Después, una deuda ejecutada. Después, un incendio mencionado únicamente como incidencia en un expediente de seguro.
Nada sobre el muerto. Nada sobre el hermano de Marina.
Eso estaría en otro archivo. Tal vez policía.
Tal vez prensa. Tal vez ninguna parte. Los acontecimientos importantes tenían una extraña facilidad para convertirse en notas al pie cuando los documentos eran redactados por quienes habían sobrevivido.
Delacroix siguió. Y encontró un nombre. No Leandro Varela.
Todavía no. Pero algo cercano. L. Varela.
En una anotación manuscrita. No firma. No cargo.
Solo una inicial y un apellido junto a una fecha.
Veintitrés años atrás. Delacroix permaneció quieto.
Podía ser otro Varela. Podía no ser nadie.
Pero el pasado acababa de adquirir una silueta. Tomó nota. Cerró la carpeta.
—Ha encontrado algo.
Lucía estaba de pie junto a la mesa. Delacroix no había oído entrar. Aquello le molestó.
—No.
—Miente.
—Empieza a abusar.
Lucía se sentó. El archivero levantó la vista.
—Señorita Barral.
—Don Matías.
—No puede...
—No voy a tocar nada.
—Eso dijo la última vez.
—Y fue cierto.
—No.
Lucía sonrió. El hombre negó con la cabeza y volvió a sus papeles. Delacroix la observó.
—Tiene amigos.
—Muchos.
—Eso parece agotador.
—Mucho.
Ella miró la caja.
—¿Qué encontró?
—Una inicial.
—¿De quién?
—L. Varela.
Lucía dejó de sonreír.
—¿Dónde?
Delacroix señaló la carpeta.
—No toque.
Ella lo miró.
—¿Ahora también trabaja aquí?
—Me estoy adaptando.
Lucía acercó la silla.
—¿Fecha?
Delacroix se la dio.
—Es la época.
—Sí.
—¿Puede ser Leandro?
—Puede.
—Otra vez.
—Sí.
Lucía miró hacia el archivero.
—Necesitamos prensa de esos años.
—También policía.
—Eso será más difícil.
—Entonces empieza a ser interesante.
Lucía bajó la voz.
—Hay otra cosa.
Delacroix la miró.
—Sofía Valcácer.
—Ya he hablado con ella.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—Con Montalbán.
—Sí.
Lucía sonrió.
—Se están haciendo amigos.
—No.
—Lo parece.
—Eso es preocupante.
—¿Qué contó?
Delacroix no respondió. Lucía lo observó.
—Bien.
—No le queda bien.
—Lo sé.
Ella abrió su bolso. Sacó un recorte.
—Daniel Ocaña.
Delacroix lo tomó. Una fotografía pequeña. Un joven atractivo. Titular sobre un accidente. Una caída. Una noche. Una fiesta.
—¿Lo encontró hoy?
—Lo tenía.
—Entonces sabía.
—Sabía que Sofía estaba allí.
—¿Y Cervera?
Lucía levantó la vista. Delacroix ya tenía la respuesta.
—También.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque no sabía si importaba.
—Eso es una mala costumbre.
—La suya es peor.
—¿Cuál?
—Creer que todo importa.
Delacroix dejó el recorte.
—Todo importa a alguien.
Lucía guardó silencio.
—¿Qué decía el informe?
—No tengo copia.
—¿Entonces?
—Una fuente vio el original hace años.
—La fuente.
—No.
—Montalbán.
—No.
—Cervera.
Lucía lo miró.
—No.
—Entonces alguien de policía.
Ella guardó silencio. Delacroix sonrió apenas.
—Empieza a ser repetitivo.
—No le voy a dar el nombre.
—No hace falta.
—Sí.
—No.
Lucía respiró.
—El informe original indicaba que Daniel estaba demasiado afectado para caminar sin ayuda.
—Sofía dijo lo mismo.
—Entonces habló.
—Sí.
—¿Y Leandro?
—Hizo desaparecer el problema.
Lucía miró el recorte.
—Eso hacía.
Delacroix volvió a la caja.
—No.
—¿Qué?
—Eso hacía parecer.
Lucía frunció el ceño.
—No entiendo.
—Leandro no hacía desaparecer los problemas.
—¿Entonces?
—Los guardaba.
Lucía permaneció inmóvil. Delacroix continuó.
—Una persona a la que ayuda queda agradecida.
—Sí.
—Una persona cuyo secreto conserva queda atada.
Lucía lo observó.
—Entonces Daniel Ocaña era una garantía.
—Probablemente.
—Contra Sofía.
—Sí.
—Contra Cervera.
—También.
Lucía soltó aire.
—Dios.
Delacroix la miró.
—Se está poniendo de moda.
Ella ignoró el comentario.
—Entonces Leandro tenía medio Marbella guardado en alguna parte.
—Más o menos.
—Y ahora está muerto.
—Sí.
—Y no aparece la carpeta azul.
—No.
—Ni el estuche.
—No.
Lucía apoyó ambas manos en la mesa.
—Armand.
—¿Sí?
—¿Y si no lo mataron por dinero?
Delacroix la observó. Aquella pregunta no era nueva. Pero, formulada allí, entre papeles de hacía veintitrés años, adquiría otro peso.
—Eso empiezo a pensar.
El archivero levantó la cabeza.
—Van a tener que terminar.
Lucía miró el reloj.
—Son las cinco.
—Exactamente.
Delacroix cerró la caja.
—¿Siempre expulsa a la gente cuando empieza a encontrar algo?
El hombre respondió sin levantar la vista.
—Sí.
—Comprensible.
Lucía recogió su bolso.
—¿Qué hacemos?
—Hablar con Cervera.
—¿Ahora?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sabe que vamos.
—¿Cómo?
Delacroix miró hacia la puerta. Un hombre acababa de cruzar el pasillo exterior. Traje claro. Sombrero. El mismo que lo había seguido. Lucía lo vio. Su rostro cambió.
—Ese.
—Sí.
El hombre no entró. Siguió. Delacroix se puso de pie.
—¿Lo conoce?
—No.
—Miente.
—No.
—Entonces deje de palidecer.
Lucía apretó los labios.
—Lo he visto.
—¿Dónde?
—Cerca de mi casa.
—¿Cuándo?
—Dos veces.
—¿Después de las amenazas?
—Sí.
—¿Y no dijo nada?
—No sabía quién era.
—Sigue sin saberlo.
—Exactamente.
Delacroix tomó el sombrero.
—Entonces vamos a averiguarlo.
—¿Siguiéndolo?
—No.
Lucía frunció el ceño.
—¿Entonces?
Delacroix miró hacia la puerta.
—Dejando que crea que no lo haremos.
No siguieron al hombre. Eso irritó a Lucía durante veinte minutos.
—Podíamos haberlo alcanzado.
—Sí.
—Entonces.
—También él podía saberlo.
—¿Y?
—Un hombre que sigue a alguien espera ser descubierto tarde o temprano.
—¿Qué tiene que ver?
—Quiero saber qué hace después.
Lucía caminaba a su lado por una calle estrecha.
—Eso requiere saber dónde está.
—No necesariamente.
—No entiendo cómo trabaja.
—Es saludable.
—Lo dice mucho.
—Porque lo es.
Se detuvieron ante un café. Lucía lo miró.
—¿Ahora qué?
—Café.
—¿Solo?
Delacroix la observó.
—Empieza a parecer una conspiración.
Entraron. Se sentaron al fondo. Lucía pidió café con leche. Delacroix, solo. La camarera no discutió. Aquello mejoró su opinión del establecimiento.
—Sofía vio a Leandro vivo —dijo Lucía.
Delacroix tomó la taza.
—En la biblioteca.
—Sí.
—Después lo vio en la terraza.
—Sí.
—Entonces murió entre una cosa y otra.
—Puede.
—¿Cuánto tiempo?
—Pocos minutos.
—¿Y Marina?
—Estuvo con él antes.
—Entonces Sofía lo vio después.
—Sí.
—Eso la complica.
—No necesariamente.
Lucía frunció el ceño.
—No entiendo.
Delacroix dejó la taza.
—Todos están pensando en una secuencia.
—Claro.
—Marina entra con Leandro. Sale. Sofía entra. Habla con Leandro vivo. Sale. Después Leandro aparece sentado en la terraza.
—Sí.
—Andrés lleva agua.
—Sí.
—Gabriel lo ve.
—Sí.
—Marina afirma haber hablado con él.
—Sí.
Lucía esperó.
—¿Y?
Delacroix la miró.
—Solo Sofía ha demostrado verlo vivo.
Silencio.
—Antes de la terraza.
—Sí.
Lucía comprendió poco a poco.
—Después, no.
—Exactamente.
—Andrés no habló con él.
—No.
—Gabriel tampoco.
—No.
—Sofía tampoco la segunda vez.
—No.
—Entonces.
Delacroix tomó café.
—Entonces toda la cronología posterior depende de Marina.
Lucía quedó inmóvil.
—La única que dice que habló con él.
—Sí.
—¿Y si dice la verdad?
—Entonces Leandro murió después.
—¿Y si miente?
Delacroix miró hacia la calle.
—Entonces murió antes de lo que todos creen.
Lucía bajó la voz.
—¿Antes del apagón?
—Sí.
—Eso cambia todo.
—Mucho.
—Álvaro.
—Ya no importa para el asesinato.
—Sofía.
—Podría seguir importando.