Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 11 — Lo que vio Andrés Rivas #4
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CAPÍTULO 11 — Lo que vio Andrés Rivas #4

Delacroix pensó en Álvaro. En Andrés. En las mentiras. Todas nacidas después. Todas destinadas a proteger otra cosa. La misma arquitectura.

—¿Quién sabía de su cita con Leandro? —preguntó.

—Marina.

—¿Alguien más?

—No sé.

—¿Leandro la anotaba?

Sofía soltó una risa.

—Leandro no anotaba las cosas que podían destruirlo.

—Marina sí.

La actriz lo miró.

—Quizá.

—¿Ella sabía lo de Daniel?

Silencio.

—Sí.

Delacroix sintió otra pieza moverse.

—¿Todo?

—No sé.

—Pero sabía que usted tenía miedo.

—Sí.

—¿Cervera sabía que Leandro la presionaba?

—No.

—¿Seguro?

—No.

Montalbán respiró lentamente.

—Tenemos que hablar con Emilio.

—Sí —dijo Delacroix.

El comisario lo miró.

—Otra vez de acuerdo.

—Empieza a preocuparme.

Sofía se volvió hacia Delacroix.

—¿Cree que lo maté?

Él la observó. No había coquetería. Ni imagen. Ni actriz. Solo miedo.

—Creo que mintió.

—Eso no responde.

—Sí.

—¿Entonces?

—Y creo que la mentira pertenece a Daniel Ocaña.

Sofía esperó.

—No necesariamente a Leandro.

La mujer cerró los ojos. No era absolución. Pero se pareció demasiado a un alivio. Montalbán lo notó.

—No la descarte.

—No.

—Bien.

Delacroix sonrió apenas.

—No le queda bien.

Salieron. En el automóvil, Montalbán permaneció en silencio varios minutos. Delacroix miraba por la ventanilla. Finalmente el comisario habló.

—Entonces Sofía vio a Leandro vivo en la biblioteca.

—Sí.

—Poco antes del apagón.

—Eso dice.

—Y después lo vio sentado en la terraza.

—Sí.

—Sin hablar con él.

—Sí.

—Entonces pudo morir entre ambas cosas.

—Sí.

—¿Marina?

Delacroix no respondió inmediatamente.

—Estuvo con él antes que Sofía.

—Sí.

—Andrés la vio salir con un objeto.

—Algo.

—Y durante el apagón una figura salió de una puerta lateral.

—Sí.

—Pero Andrés cree que no era Marina.

—No sabe.

—Sofía también podía ser.

—Sí.

Montalbán golpeó suavemente el volante con los dedos.

—No me gusta.

—Eso es bueno.

—No.

—Sí.

—No tenemos una cronología.

Delacroix miró hacia él.

—Eso es lo que tenemos.

Montalbán frunció el ceño.

—¿Qué?

—Una cronología imposible.

—Explíquese.

Delacroix pensó. Marina entra con Leandro. Marina sale. Sofía entra. Habla con Leandro vivo. Sofía sale. Después lo ve sentado. Andrés lleva agua. Lo ve sentado. Gabriel lo ve sentado. Nadie habla con él. Marina afirma haber hablado con él. La única.

—Después de Sofía, nadie vuelve a demostrar que Leandro esté vivo.

Montalbán guardó silencio.

—Marina sí.

—Lo afirma.

—Entonces tenemos que decidir si miente.

—Sí.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Delacroix miró hacia la carretera.

—Esa es una pregunta mejor.

El comisario asintió lentamente.

—Motivo.

—Sí.

—Roldán.

—Quizá.

—La familia.

—Quizá.

—Las tierras.

—Sí.

—Leandro.

—Todavía no sabemos cuánto.

Montalbán soltó aire.

—Empiezo a odiar sus quizá.

—Eso también es saludable.

—¿Qué hacemos ahora?

Delacroix miró el reloj.

—Archivo Municipal.

Montalbán volvió la cabeza.

—No.

—Sí.

—Tengo trabajo.

—Yo también.

—Entonces vaya solo.

Delacroix sonrió.

—Eso pensaba hacer.

—Y no saque nada.

—No prometo.

—Armand.

—Comisario.

Montalbán frenó frente a una esquina.

—Bájese.

Delacroix abrió la puerta.

—La hospitalidad mejora.

—Váyase.

—Eso ya me lo han sugerido.

Bajó. Antes de cerrar, Montalbán dijo:

—Una cosa.

Delacroix esperó.

—Si Marina fue la última persona que habló con Leandro, no significa que lo matara.

—No.

—Y si mintió sobre la hora, tampoco.

—No.

—Entonces no se enamore de su propia teoría.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Nunca.

Montalbán sonrió apenas.

—Miente.

El automóvil se marchó. Delacroix permaneció en la acera.

Por primera vez, pensó que el comisario empezaba a resultar útil.

Aquello podía convertirse en un problema.

Caminó hacia el archivo. La tarde caía lentamente sobre Marbella y el calor seguía adherido a las paredes blancas.

Las calles parecían tranquilas. Las terrazas empezaban a llenarse otra vez.

Una ciudad entera preparándose para otra noche.

Delacroix pensó en Sofía. Había mentido para proteger una muerte antigua.

Álvaro había mentido para proteger sus deudas.

Andrés había mentido para proteger el dinero que había aceptado.

Cada mentira parecía acercarlos a Leandro y, sin embargo, al abrirla, encontraban otro secreto.

La muerte estaba rodeada de culpables. Ese era el problema.

No culpables del asesinato. Culpables de demasiadas otras cosas.

Delacroix se detuvo antes de entrar en el archivo.

Volvió a pensar en Leandro sentado frente al mar.

Sofía lo había visto. Andrés lo había visto.

Gabriel lo había visto. Todos habían pensado lo mismo.

Que estaba vivo. Solo porque parecía estarlo.

Marina, en cambio, no había dicho que lo pareciera.

Había dicho que había hablado con él. La diferencia empezaba a pesar.

Y Delacroix sospechó que, tarde o temprano, todo el caso terminaría dependiendo de una pregunta extraordinariamente sencilla.

No quién había visto a Leandro Varela. Sino quién podía demostrar que aquel hombre todavía era capaz de responder.