Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 11 — Lo que vio Andrés Rivas #3
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CAPÍTULO 11 — Lo que vio Andrés Rivas #3

Sofía no respondió. Aquello era suficiente.

—Emilio Cervera.

La actriz cerró los ojos. Montalbán se quedó inmóvil.

—¿Cervera?

—Sí.

Delacroix observó. Otra línea. Otro secreto. Otra persona con un motivo para querer que la vida de Leandro permaneciera cerrada.

—¿Qué decía el informe? —preguntó.

Sofía habló muy bajo.

—Que Daniel no estaba en condiciones de caminar solo.

—Entonces alguien lo acompañó a la terraza.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Miente.

Sofía lo miró.

—No.

—Sabe.

—No vi.

—Pero sabe quién estaba con él antes.

Ella cerró la boca. Delacroix esperó.

—Yo.

Silencio. Montalbán se quedó quieto.

—¿Usted?

—Sí.

—¿Lo acompañó?

—Hasta una habitación.

—¿Después?

—Me fui.

—¿Y murió?

—Una hora más tarde.

—¿Leandro qué hizo?

Sofía miró sus propias manos.

—Todo.

—Explíquese.

—Llegó. Habló con la gente. Llamó a quien tenía que llamar. Emilio hizo un informe. La policía aceptó que Daniel había bebido demasiado y cayó.

Montalbán apretó la mandíbula.

—¿Era mentira?

—Parte.

—¿Qué parte?

—La cantidad de droga. El estado. La hora.

Delacroix observó. Leandro no solo conocía secretos. Había ayudado a fabricarlos.

—¿Por qué ahora? —preguntó.

Sofía levantó la vista.

—Porque empezó a mencionarlo.

—¿Amenazándola?

—No directamente.

—Entonces.

—Leandro nunca amenazaba directamente.

—Eso ya lo sabemos.

—Decía cosas. Recordaba nombres. Hacía preguntas sobre mi próxima película. Sobre contratos.

—Quería algo.

—Sí.

—¿Qué?

Sofía se quedó callada.

—Dinero —dijo Montalbán.

Ella negó.

—No.

Delacroix la observó.

—Una presentación.

Sofía levantó la vista.

—¿Con quién?

Silencio.

—Viktor Halberg.

La actriz respiró. Aquello era.

—Quería que lo presentara a alguien de la industria —continuó Delacroix—. O que legitimara una operación.

Sofía asintió lentamente.

—Una productora.

—¿Para Viktor?

—Para una sociedad relacionada con él.

Montalbán soltó aire.

—Todos terminan en el mismo lugar.

—No —dijo Delacroix.

El comisario lo miró.

—¿Qué?

—Terminan cerca.

—Otra diferencia suya.

—Importante.

Sofía apoyó una mano sobre la mesa.

—Le dije que no.

—¿Y él?

—Sonrió.

Delacroix comprendió.

—Eso fue peor.

—Sí.

—¿Qué pasó en la biblioteca?

Sofía miró hacia la casa.

—Le dije que si utilizaba lo de Daniel, hablaría.

—¿De qué?

—De otras cosas que sabía sobre él.

—¿Qué cosas?

—No.

Montalbán soltó aire.

—Otra vez.

—No puedo.

Delacroix observó.

—Entonces discutieron.

—Sí.

—¿Leandro estaba enfermo?

Sofía frunció el ceño.

—No.

—¿Seguro?

—Estaba enfadado.

—No es lo mismo.

—No parecía enfermo.

—¿Se llevó la mano al pecho?

Ella pensó.

—Sí.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Cuándo?

—Mientras discutíamos.

—¿Tomó algo?

—No.

—¿Tenía el estuche?

—No lo vi.

—¿Bebió?

—Sí.

—¿Qué?

—Whisky.

Delacroix pensó en la copa baja.

—¿Quién se lo sirvió?

—Ya estaba allí.

—¿En la biblioteca?

—Sí.

—¿Se la llevó a la terraza?

—No lo sé.

—¿Cuándo terminó la conversación?

—Poco antes del apagón.

—¿Qué hizo usted?

Sofía cerró los ojos.

—Me fui.

—¿Y Leandro?

—Se quedó.

—¿Dentro?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Delacroix miró a Montalbán. La cronología cambiaba. Otra vez.

—¿Después lo vio en la terraza? —preguntó.

Sofía asintió.

—Sí.

—¿Cuánto después?

—Pocos minutos.

—¿Desde dónde?

—La puerta.

—¿Habló con él?

—No.

—¿Por qué?

Sofía lo miró.

—Ya se lo dije.

—Dígalo otra vez.

—Pensé que quería estar solo.

—¿Por qué?

—Porque estaba sentado frente al mar.

—¿Eso basta?

—Para Leandro, sí.

—¿Se movió?

Sofía bajó la mirada.

—No.

—¿Lo llamó?

—No.

—¿Vio su cara?

—No.

—¿Las manos?

—No.

—Entonces no sabe si estaba vivo.

El silencio fue inmediato. Sofía levantó lentamente la cabeza.

—Armand.

—No.

—Yo acababa de hablar con él.

—¿Cuánto antes?

—Minutos.

—¿Cuántos?

—Cinco. Diez.

—Eso no es una medida pequeña en un hombre muerto.

Montalbán guardó silencio. Sofía palideció.

—No.

—¿Qué?

—No estaba muerto.

—No he dicho que lo estuviera.

—Lo está pensando.

—Sí.

La actriz se puso de pie.

—No.

Montalbán levantó una mano.

—Sofía.

—No.

Ella caminó hasta la barandilla. El mar estaba más allá. Azul. Deslumbrante.

—Si estaba muerto cuando lo vi...

No terminó. Delacroix esperó.

—Entonces yo...

—Nada.

Ella se volvió.

—¿Nada?

—Vio un cuerpo y pensó que era un hombre vivo.

—Eso es...

—Humano.

Sofía cerró los ojos.

—Dios.

—También.

Montalbán se puso de pie.

—¿Dónde estuvo durante el apagón?

La actriz abrió los ojos.

—En el jardín.

—No todo el tiempo.

—Sí.

—Andrés no la vio salir.

—Había otras puertas.

—¿Cuál utilizó?

Sofía señaló.

—La lateral.

Delacroix observó. La misma zona donde Andrés había visto una figura.

—¿Antes o después del corte?

—Antes.

—¿Cuánto antes?

—Un minuto.

—¿Y durante?

—Caminé.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Hacia dónde?

—La parte baja del jardín.

—¿Por qué?

Sofía volvió la mirada.

—Porque estaba llorando.

Silencio. Aquello encajaba con la impresión de Andrés.

—¿Alguien la vio?

—No.

—¿Volvió durante el apagón?

—No.

—¿Podía haber sido usted la figura de la puerta lateral?

Sofía la miró.

—¿Qué figura?

Montalbán explicó. La actriz escuchó. Negó.

—No.

—Llevaba vestido oscuro —dijo el comisario.

—También media fiesta.

—Usaba perfume.

—También.

Delacroix observó.

—¿Qué llevaba en la mano?

Sofía lo miró.

—Nada.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Mechero?

—No fumo.

—¿Llaves?

—No.

—¿Un objeto metálico?

—No.

La respuesta parecía sincera. No suficiente. Pero sincera. Montalbán continuó.

—¿Por qué mintió?

Sofía lo miró.

—Porque no quería que nadie supiera que había discutido con Leandro minutos antes de que muriera.

—Eso la hizo parecer más culpable.

—Ahora lo sé.