CAPÍTULO 11 — Lo que vio Andrés Rivas #2
—Usaba otro.
Delacroix guardó silencio. Los camareros prestaban atención a cosas que los invitados creían invisibles. Copas. Perfumes. Hábitos. Rostros.
—¿El perfume era caro? —preguntó Montalbán.
Delacroix lo miró.
—¿Qué?
—No sé cómo se pregunta esto.
Andrés casi sonrió.
—Olía bien.
Montalbán cerró los ojos.
—Excelente.
Delacroix continuó.
—La figura se marcha hacia el jardín.
—Sí.
—¿Usted la sigue?
—No.
—¿Por qué?
—Porque me llamó alguien.
—¿Quién?
Andrés pensó.
—Un cocinero.
—¿Después me encuentra a mí?
—Sí.
—Y me dice que había alguien junto a la puerta.
—Sí.
Delacroix se reclinó. La figura seguía sin nombre. Podía ser Sofía. Marina. Otra mujer. Un hombre de menor estatura. Un empleado. Un invitado. La oscuridad había convertido ciento veinte personas en posibilidades.
—Ahora una pregunta distinta —dijo.
Andrés miró.
—Antes del apagón, ¿vio a Sofía salir de la zona de la biblioteca?
—Sí.
—¿Después de eso volvió a verla?
El muchacho pensó.
—Durante el apagón, no.
Montalbán levantó la cabeza.
—¿Después?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el jardín.
—¿Cuándo?
—Cuando volvieron las luces.
Delacroix recordó. Sofía había dicho que había estado sola en el jardín durante todo el apagón. Podía ser cierto. Pero Andrés no podía confirmarlo.
—¿La vio salir al jardín antes del corte?
—No.
—¿Podía haberlo hecho?
—Sí.
—¿Por otra puerta?
—Sí.
Delacroix asintió.
—¿Y Marina?
—La vi antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de ir hacia la cocina.
—¿Y después?
—Cuando volvieron las luces.
—¿Dónde?
—Cerca de los camareros.
Montalbán escribió.
—Entonces no podemos situarla durante parte del apagón.
—No —dijo Delacroix.
—Pero varios empleados dicen haber oído su voz.
—Oído.
—Sí.
—No visto.
Montalbán lo miró.
—Está buscando demasiado.
—Sí.
—Por fin lo admite.
—Nunca lo negué.
Andrés se removió en la silla.
—¿Puedo decir algo?
Los dos lo miraron.
—Sería útil —dijo Delacroix.
—No creo que la persona de la puerta fuera la señora Roldán.
Silencio. Montalbán dejó la pluma.
—¿Por qué?
Andrés pensó.
—No sé.
Delacroix casi sonrió.
—Bien.
Montalbán lo fulminó con la mirada. Andrés continuó.
—La señora Roldán se mueve diferente.
—¿Cómo?
—No sé.
—Inténtelo.
El muchacho buscó palabras.
—Más recta.
Delacroix observó.
—¿La figura no?
—No.
—¿Iba encorvada?
—No.
—¿Más ligera?
—Sí.
—¿Más joven?
—No sé.
—¿Sofía?
Andrés cerró los ojos.
—Puede ser.
Montalbán levantó una mano antes de que Delacroix lo corrigiera.
—Déjelo.
Delacroix lo miró.
—Está aprendiendo.
—No se acostumbre.
Andrés abrió los ojos.
—Pero no vi la cara.
—Eso ya lo sabemos —dijo Montalbán.
—Y la señora Valcácer llevaba un vestido oscuro.
Delacroix asintió lentamente.
—Sí.
—Y perfume.
—Muchas personas.
—Sí.
Montalbán se reclinó.
—Entonces Sofía pudo ser la figura.
—Sí —dijo Delacroix.
—Marina también.
—Sí.
—Y otras.
—Sí.
—Qué magnífico avance.
—Mucho.
El comisario soltó una risa sin humor. Delacroix miró a Andrés.
—¿Hay algo más que no haya dicho porque creyó que no importaba?
El muchacho bajó la vista. Aquello fue suficiente. Montalbán se inclinó.
—¿Qué?
Andrés permaneció en silencio.
—Andrés.
—No sé si...
—Dígalo.
El joven miró a Delacroix.
—Cuando llevé el agua al señor Varela...
—Sí.
—Había alguien en la biblioteca.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—No vi.
—¿Dónde?
—Dentro.
—¿Cómo lo sabe?
—Escuché un ruido.
Montalbán frunció el ceño.
—¿Qué ruido?
—Un cajón.
Delacroix pensó en Gabriel. La carpeta. La oscuridad. Pero esto había ocurrido antes.
—¿Estaba la biblioteca vacía cuando entró? —preguntó.
—Parecía.
—¿Llamó?
—No.
—¿Vio la puerta del despacho?
—Sí.
—¿Abierta?
—No.
—¿Qué cajón?
—No sé.
—¿Podía ser un libro?
—Sí.
—¿Un objeto cayendo?
—Sí.
—¿Pasos?
Andrés pensó.
—Después.
—¿Hacia dónde?
—No sé.
Montalbán miró a Delacroix.
—Eso puede ser cualquier cosa.
—Sí.
—Entonces no lo mire así.
—¿Cómo?
—Como si acabara de encontrar un cadáver.
Andrés palideció. Delacroix volvió hacia él.
—Cuando llegó a la terraza con el agua, ¿Leandro estaba exactamente en la misma posición en que lo encontraron?
El muchacho tardó.
—Creo que sí.
—No.
Andrés respiró.
—Sí.
El silencio cambió. Montalbán dejó de escribir. Delacroix no se movió.
—¿Exactamente? —preguntó.
—La cabeza...
Andrés inclinó ligeramente la suya.
—Así.
—¿La mano?
El muchacho colocó la derecha sobre la mesa.
—Más o menos.
—¿Las piernas?
—No recuerdo.
—¿La chaqueta?
—Abierta.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Está describiendo lo que vio entonces o lo que vio después de muerto?
Andrés se quedó inmóvil. No supo responder. Eso era la respuesta correcta.
—No sé.
—Bien.
Montalbán ni siquiera protestó. Delacroix se levantó.
—Hemos terminado.
El comisario lo miró.
—¿Hemos?
—Por ahora.
Andrés soltó aire. Montalbán cerró la carpeta.
—No se va de Marbella.
El muchacho palideció.
—Pero...
—No está detenido.
—Entonces.
—No se va.
Delacroix miró al comisario. Montalbán se volvió hacia él.
—No diga nada.
—No pensaba.
Andrés fue acompañado fuera. La puerta se cerró. Durante unos segundos, ninguno de los dos hombres habló. Después Montalbán dijo:
—Sofía.
—Sí.
—Mintió sobre dónde estuvo.
—Sí.
—Tenía un motivo.
—Quizá.
—Fue vista entrando en la zona de Leandro.
—Sí.
—Salió alterada.
—Sí.
—Durante el apagón nadie puede situarla.
—Sí.
—Podía ser la figura.
—Sí.
Montalbán lo miró.
—¿Y?
Delacroix caminó hasta la mesa.
—Me preocupa que por fin tengamos un sospechoso que le guste.
—No me gusta.
—Parece.
—Tiene motivo y oportunidad.
—Tiene un secreto.
—Eso puede ser el motivo.
—O solo un secreto.
Montalbán soltó aire.
—Todo vuelve a lo mismo con usted.
—Sí.
—¿Qué?
Delacroix miró la declaración.
—Cada vez que encontramos una mentira, asumimos que pertenece al asesinato.
—Porque investigamos un asesinato.
—Todavía no demostrado.
—Armand.
—Sí.
—No empiece otra vez con eso.
Delacroix sonrió apenas.
—Sofía miente.
—Sí.
—Álvaro mintió.
—Sí.
—Beatriz oculta cosas.
—Sí.
—Gabriel retiró una carpeta.
—Probablemente.
—Marina cambió la hora de su última conversación.
—Sí.
—Y alguien manipuló el sistema auxiliar.
—Sí.
Delacroix levantó la vista.
—¿De verdad cree que todos mataron a Leandro?
Montalbán no respondió.
—No.
—Entonces algunas mentiras no pertenecen a su muerte.
—Claro.
—El problema es distinguirlas.
El comisario se apoyó en la mesa.
—¿Y qué propone?
—Hablar con Sofía.
—Eso iba a hacer.
—Entonces por una vez estamos de acuerdo.
—No se acostumbre.
Delacroix se colocó el sombrero. Montalbán lo miró.
—¿Adónde va?
—Con Sofía.
—Yo también.
—Eso complica la conversación.
—Excelente.
Salieron. Sofía Valcácer se alojaba en una villa prestada cerca del mar.
Prestada por quién dependía de quién respondiera.
Según Lucía Barral, pertenecía a una sociedad.
Según Beatriz, a un productor. Según Álvaro, a un hombre casado.
Delacroix decidió que la propiedad inmobiliaria en Marbella era menos una cuestión jurídica que una forma de literatura. Una empleada abrió la puerta.
—La señora Valcácer no recibe.
Montalbán mostró su identificación.
—Ahora sí.
La mujer miró a Delacroix.
—¿Y él?
—Yo tampoco recibo —dijo Delacroix—. Nos equilibra.
Montalbán cerró los ojos. Entraron. Sofía estaba en una terraza cubierta.
No parecía sorprendida. Aquello significaba que alguien la había avisado.
Delacroix se preguntó quién. Llevaba pantalones claros, una blusa sencilla y gafas oscuras.
No estaba maquillada. Por primera vez parecía una persona y no una imagen de sí misma.
—Rafael.
—Sofía.
—Armand.
—Sofía.
La actriz señaló dos sillas.
—Supongo que no es una visita social.
—Nunca hemos tenido una —dijo Montalbán.
—Precisamente.
Se sentaron. Delacroix permaneció de pie. Sofía lo miró.
—¿Siempre hace eso?
—¿Qué?
—Quedarse de pie para que los demás se sientan interrogados.
—No.
—Entonces funciona sin querer.
—Me ocurre.
Montalbán fue directo.
—Mintió sobre el apagón.
Sofía no respondió.
—Dijo que estuvo en el jardín.
—Estuve.
—No todo el tiempo.
Silencio. Delacroix observó.
—¿Quién lo dice?
—Andrés Rivas.
La actriz endureció el rostro.
—El camarero.
—Sí.
—Pensé que había desaparecido.
—Eso esperaba Álvaro.
Una sombra de comprensión apareció.
—Fue él.
—Le pagó para marcharse.
Sofía soltó aire.
—Por Dios.
—También lo han dicho varios.
Ella se quitó las gafas.
—¿Qué quiere saber?
Montalbán respondió.
—Dónde estuvo.
—Ya lo dije.
—No.
—En el jardín.
—¿Antes?
Sofía miró a Delacroix. Él no habló.
—Dentro.
—¿Dónde?
—En la biblioteca.
—¿Con Leandro?
Silencio.
—Sí.
Montalbán se inclinó.
—¿A qué hora?
—No sé.
—Antes del apagón.
—Sí.
—¿Cuánto antes?
—Diez minutos.
Delacroix observó. Eso podía situarla después de Marina. Tal como dijo Andrés.
—¿Hablaron? —preguntó.
Sofía lo miró.
—Sí.
—Entonces mintió.
—Sí.
Montalbán frunció el ceño.
—Nos dijo que lo vio sentado desde lejos y que no quiso molestarlo.
—Eso fue después.
Delacroix quedó inmóvil.
—Explíquese.
Sofía cerró los ojos.
—Hablé con él dentro.
—¿En la biblioteca?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—¿De qué?
Ella miró a Montalbán. Después a Delacroix.
—De una muerte.
Montalbán no reaccionó. Delacroix sí. Muy poco.
—La que mencionó.
—Sí.
—Un actor.
Sofía bajó la mirada.
—Joven.
—Nombre.
—Daniel Ocaña.
Montalbán preguntó:
—¿Cuándo murió?
—Hace nueve años.
—¿Dónde?
—En una casa cerca de Málaga.
—¿Cómo?
Sofía cerró los ojos.
—Cayó.
Delacroix observó.
—¿Desde dónde?
—Una terraza.
—¿Accidente?
—Sí.
La palabra llegó demasiado rápido. Montalbán lo notó.
—¿Seguro?
Sofía levantó la mirada.
—No lo maté.
—No he dicho eso.
Ella rió sin humor.
—Empiezo a odiar esa frase.
Delacroix casi sonrió.
—Bienvenida.
Montalbán continuó.
—¿Qué sabía Leandro?
Sofía tardó.
—Que Daniel había consumido drogas.
—¿Y?
—Que no estaba solo.
—¿Quién estaba?
Ella miró hacia el mar.
—Gente.
—Nombres.
—No.
—Sofía.
—No.
Montalbán endureció el tono.
—Un hombre ha muerto.
—Y otro murió hace nueve años.
—Entonces ayude.
—No puedo.
—No quiere.
Ella volvió hacia él.
—No es lo mismo.
Delacroix intervino.
—Leandro hizo desaparecer algo.
Sofía lo miró.
—Sí.
—¿Qué?
Silencio.
—Un informe.
Montalbán se inclinó.
—¿Policial?
—Médico.
Delacroix pensó en Cervera.
—¿Quién lo firmó?