CAPÍTULO 11 — Lo que vio Andrés Rivas
Andrés Rivas descubrió aquella mañana que una declaración podía durar mucho más que una fiesta.
A las once y cuarto seguía sentado en una habitación de la comisaría frente a una mesa de madera, un vaso de agua que no había tocado y tres hombres que parecían esperar cosas distintas de él.
Montalbán quería precisión. Un agente quería terminar de escribir.
Delacroix quería que Andrés dejara de intentar ser preciso. Aquello confundía al muchacho.
—No lo entiendo —dijo por tercera vez.
Delacroix estaba junto a la ventana.
—Eso es bueno.
Andrés lo miró.
—¿Bueno?
—Sí.
—Llevo dos horas diciendo que no entiendo.
—Y durante las dos primeras intentó demostrar lo contrario.
Montalbán levantó la vista de la declaración.
—No empiece.
—No he empezado.
—Lleva dos días empezando.
El agente que tomaba notas mantuvo los ojos sobre el papel, aunque Delacroix vio cómo contenía una sonrisa. Andrés miró a Montalbán.
—¿Puedo irme?
—Todavía no.
El joven soltó aire. Delacroix se volvió.
—Le está quedando la palabra.
Montalbán no respondió. Sobre la mesa había una reconstrucción completa de la mentira de Álvaro.
El dinero. La conversación. La huida. La pensión.
Todo explicado. Todo vulgar. Eso era importante.
La desaparición de Andrés había parecido, durante algunas horas, el primer movimiento visible del asesino después de la muerte de Leandro.
Un testigo que desaparecía. Una amenaza.
Quizá un secuestro. Tal vez otro cadáver.
En realidad, había sido un heredero asustado intentando ocultar una ruina.
Una explicación menos dramática. Y, precisamente por eso, probablemente cierta.
—Volvamos a la terraza —dijo Delacroix.
Andrés cerró los ojos.
—Otra vez.
—Sí.
—Ya lo he contado.
—No.
—Sí.
—Ha contado lo que recuerda ahora.
El muchacho frunció el ceño.
—¿Y qué quiere que cuente?
—Lo que recordaba entonces.
Montalbán dejó la pluma.
—Armand.
—¿Sí?
—Eso no tiene sentido.
—Mucho.
—No.
Delacroix se acercó a la mesa.
—Cada vez que Andrés cuenta la noche, sabe que Leandro estaba muerto.
—Claro.
—Y sabe que la medicación desapareció.
—Sí.
—Y sabe que Marina podía haber llevado el estuche.
—Sí.
—Y sabe que Sofía mintió.
Montalbán lo observó.
—¿Su punto?
—Que ahora mira hacia atrás buscando un asesinato.
Andrés dejó de moverse. Delacroix continuó.
—Yo quiero saber qué vio antes de que existiera uno.
Silencio. El agente dejó de escribir. Montalbán miró al muchacho. Después a Delacroix.
—Bien.
Delacroix sonrió apenas.
—Empieza a gustarle.
—No.
Andrés respiró.
—¿Qué hago?
Delacroix se sentó por primera vez.
—Nada.
—¿Nada?
—Cierre los ojos.
El joven lo hizo.
—No intente recordar a Marina.
—Bien.
—Ni a Sofía.
—Sí.
—Ni a Leandro muerto.
Andrés tragó saliva.
—Bien.
—Está trabajando.
—Sí.
—Tiene una bandeja.
—Sí.
—¿Dónde está?
—En la galería.
—¿Qué ve?
El muchacho tardó.
—Gente.
—No sirve.
Montalbán miró a Delacroix. Él levantó una mano.
—¿Qué clase de gente?
Andrés cerró más los ojos.
—Invitados.
—Eso sigue sin servir.
—Camareros.
—Mejor.
—La señora Roldán.
Delacroix no reaccionó.
—¿Dónde?
—Cerca de la biblioteca.
—¿Qué hace?
—Habla con alguien.
—¿Quién?
Andrés frunció el ceño.
—No sé.
—Entonces no lo invente.
—Bien.
—¿La ve entrar?
—Sí.
—¿Con Leandro?
—Sí.
—¿Cómo están?
El muchacho pensó.
—Normales.
—¿Qué significa?
—No sé.
—Entonces describa.
Andrés respiró.
—Él va delante.
—¿Ella?
—Detrás.
—¿Hablan?
—Creo que sí.
—¿Escucha?
—No.
—¿Leandro parece enfermo?
—No me fijé.
—¿Se lleva la mano al pecho?
—No sé.
—¿Camina solo?
—Sí.
—¿Necesita ayuda?
—No.
Delacroix asintió.
—Siga.
—Entro en el salón.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé.
—No importa.
—Salgo.
—¿Qué ve?
Andrés tardó.
—A la señora Roldán.
—¿Dónde?
—Saliendo.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Qué lleva?
El muchacho abrió ligeramente la boca. Nada. Delacroix esperó. Montalbán también.
—La carpeta.
—¿Solo la carpeta?
—No.
Delacroix no se movió.
—¿Qué más?
Andrés frunció el ceño.
—Algo.
—No le ponga nombre.
—No.
—¿Dónde?
—En la mano.
—¿Cuál?
—La derecha.
—¿Seguro?
—No.
—Entonces.
—En una mano.
—¿Grande?
—No.
—¿Oscuro?
Andrés tardó.
—Sí.
—¿Brillante?
—No.
Montalbán levantó ligeramente la cabeza.
—Antes dijo que algo brillaba.
Andrés abrió los ojos.
—Durante el apagón.
Delacroix lo miró.
—Exactamente.
Silencio. Dos objetos distintos. O dos recuerdos distintos. Aquello cambiaba algo.
—Cierre los ojos otra vez —dijo.
Andrés obedeció.
—¿Lo que llevaba Marina antes del apagón era rígido?
—Creo.
—¿Estuche?
Montalbán miró a Delacroix. Él negó con la cabeza.
—No.
Andrés respiró.
—Pequeño.
—¿Como una cartera?
—No.
—¿Como un libro?
—No.
—¿Como un frasco?
El muchacho frunció el ceño. Delacroix se detuvo.
—Olvide eso.
—Puede ser.
—No.
—Pero...
—No quiero que elija entre mis palabras.
Andrés abrió los ojos.
—Entonces no sé.
—Perfecto.
Montalbán soltó aire.
—No es perfecto.
—Sí.
—Tenemos menos que antes.
—Tenemos algo mejor.
—¿Qué?
—Honestidad.
El comisario miró al agente.
—No escriba eso.
El hombre bajó todavía más la cabeza. Delacroix volvió a Andrés.
—Después sale Sofía.
—Sí.
—¿La ve entrar primero?
—Sí.
—¿Cuánto después de Marina?
—Poco.
—¿Dos minutos?
—Puede.
Delacroix lo miró. Andrés corrigió.
—No sé.
—Bien.
—La señora Valcácer entra.
—¿Ve a Leandro?
—No.
—¿Desde dónde está usted?
—En el pasillo.
—¿Puede ver la terraza?
—No completa.
—¿La ve salir?
—Sí.
—¿Cómo?
Andrés pensó.
—Rápido.
—¿Corre?
—No.
—¿Mira atrás?
—Sí.
Delacroix se inclinó.
—Eso no lo había dicho.
—No me acordaba.
—¿Ahora sí?
—Sí.
—¿Hacia dónde mira?
—A la biblioteca.
—¿O a la terraza?
—No sé.
—¿Su cara?
Andrés bajó la voz.
—Parecía mal.
—¿Enfadada?
—No.
—¿Asustada?
El joven tardó.
—Sí.
Montalbán anotó algo. Delacroix miró al comisario.
—No tan rápido.
—Ha dicho asustada.
—Después de que se lo preguntara.
Montalbán dejó la pluma.
—Entonces pregunte usted sin palabras.
Delacroix volvió al muchacho.
—¿Qué habría pensado si no supiera que Leandro murió?
Andrés cerró los ojos. La pregunta pareció costarle.
—Que había discutido con alguien.
—¿Por qué?
—Porque parecía...
Se detuvo.
—¿Qué?
—Como cuando alguien quiere que no se note que ha llorado.
Delacroix observó. Eso era mejor. No necesariamente cierto. Pero mejor.
—¿Había llorado?
—No sé.
—¿Ojos rojos?
—No me fijé.
—Entonces no sabemos.
—No.
—Bien.
Montalbán ya ni siquiera reaccionó.
—Después —continuó Delacroix.
Andrés respiró.
—Después vi al señor Arístegui.
—¿Dónde?
—En la galería.
—¿Entró?
—No.
—¿Habló con alguien?
—Con la señora Roldán.
Delacroix levantó la vista.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes del apagón.
—¿De qué?
—No sé.
—¿Cómo fue la conversación?
—Corta.
—¿Él parecía enfadado?
—Sí.
—¿Marina?
—No.
—¿Qué llevaba ella?
Andrés frunció el ceño.
—La carpeta.
—¿Y el objeto pequeño?
El joven pensó.
—No lo sé.
—¿Seguía en la mano?
—No recuerdo.
Montalbán miró a Delacroix.
—Podía haberlo guardado.
—Sí.
—O no existir.
—También.
—Por fin.
Delacroix ignoró la satisfacción.
—Después.
Andrés continuó.
—Vi al señor Álvaro.
—Cerca del corredor de servicio.
—Sí.
—Mirando el reloj.
—Sí.
—¿Lo siguió?
—No.
—¿Por qué terminó viéndolo salir del despacho?
—Porque iba hacia la cocina.
—¿Durante el apagón?
—Sí.
—Explíquelo.
El muchacho respiró.
—Se fue la luz. La gente empezó a moverse. La señora Roldán dio órdenes. Alguien dijo que buscáramos velas.
—Ella.
—Sí.
—¿La veía?
—A veces.
—¿Dónde?
—Cerca de la terraza principal.
—¿Todo el tiempo?
—No.
Delacroix observó.
—¿Cuánto dejó de verla?
Andrés abrió los ojos.
—No sé.
—¿Diez segundos?
—Más.
—¿Treinta?
—Puede.
Delacroix lo miró. El muchacho corrigió.
—No sé.
—Mejor.
Montalbán se pasó una mano por el rostro.
—Vamos a necesitar otra palabra para eso.
Delacroix continuó.
—Usted va hacia la cocina.
—Sí.
—¿Por dónde?
Andrés describió la ruta. El agente señaló el plano de Villa Almenara que habían colocado sobre la mesa.
—Aquí.
—Sí.
—¿Cuándo ve a Álvaro?
—Cuando sale del despacho.
—¿Llevaba algo?
Andrés pensó.
—No.
—¿Seguro?
—Las manos vacías.
—¿Lo vio de frente?
—Sí.
Montalbán anotó.
—Eso ayuda.
Delacroix no discutió. Álvaro no había encontrado la carpeta. La cronología se consolidaba.
—¿Él lo ve?
—Sí.
—¿Dice algo?
—No.
—¿Después?
—Yo sigo.
—¿Y la figura?
Andrés se tensó.
—Después.
—¿Cuánto después?
—No sé.
—¿Antes de que yo le hablara?
—Sí.
—¿Dónde aparece?
—Junto a la puerta lateral.
Delacroix tomó el plano.
—Señale.
Andrés lo hizo. Una puerta que comunicaba un pasillo secundario con el jardín. No la biblioteca directamente. Pero podía alcanzarse desde allí. También desde otras zonas de la casa.
—¿La figura sale de dentro? —preguntó.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
—La puerta se abrió.
Aquello no lo había dicho. Delacroix dejó el plano.
—¿Vio abrirse la puerta?
—Sí.
—¿Había luz dentro?
—No.
—Entonces, ¿cómo?
Andrés frunció el ceño.
—La luna.
—¿Iluminaba?
—Un poco.
—¿Vio la mano en el picaporte?
—No.
—¿Solo la silueta?
—Sí.
—¿Qué llevaba?
—Algo.
—Lo que brillaba.
—Sí.
—¿En qué mano?
—No sé.
—¿Tamaño?
Andrés hizo un gesto con los dedos. Más pequeño que el objeto anterior. Delacroix observó.
—No era lo mismo.
El muchacho abrió los ojos.
—No creo.
Montalbán miró a Delacroix.
—¿Cómo puede saberlo?
—No lo sé.
—Entonces.
—Andrés los recuerda de manera distinta.
—Eso no prueba nada.
—No.
El comisario soltó aire. Delacroix volvió al joven.
—La figura sale.
—Sí.
—Se detiene cuando yo hablo.
—Sí.
—¿Mira hacia mí?
—Creo.
—¿Puede ver el rostro?
—No.
—¿Cabello?
—No.
—¿Sombrero?
—No.
—¿Tacones?
Andrés frunció el ceño.
—No escuché.
—¿Zapatos duros?
—No.
—¿Perfume?
El muchacho abrió los ojos.
—Sí.
Silencio. Delacroix lo observó.
—¿Está seguro?
—Sí.
Montalbán se inclinó.
—¿Cuál?
—No sé.
—¿Fuerte?
—No.
—¿De mujer?
Andrés dudó.
—Supongo.
Delacroix negó.
—No suponga.
—Entonces no sé.
—¿Lo había olido esa noche?
El joven pensó.
—Sí.
—¿En quién?
Andrés volvió a tensarse. Montalbán lo vio.
—Dígalo.
—No sé.
—Andrés.
—Había muchas mujeres.
Delacroix se inclinó ligeramente.
—¿Marina?
El muchacho cerró los ojos.
—Puede.
Delacroix esperó. Andrés abrió.
—No sé.
—¿Sofía?
—También.
—¿Beatriz?
—No creo.
—¿Por qué?