CAPÍTULO 10 — El heredero #3
—Después de cierto momento, todos vieron a Leandro.
Pausa.
—Solo una persona afirma haberlo oído.
Beatriz palideció ligeramente. Álvaro miró hacia la mesa.
Montalbán no dijo nada. Delacroix dejó que la idea permaneciera.
No era todavía una acusación. Ni siquiera una teoría completa.
Era una grieta. Y las grietas, pensó, tenían una virtud que las paredes detestaban.
No necesitaban ser grandes para demostrar que algo ya había empezado a romperse.
Álvaro pidió hablar con Delacroix a solas.
Beatriz se opuso. Montalbán también. Delacroix aceptó.
Eso pareció molestar a los tres. Salieron al jardín.
El calor era más intenso que el día anterior.
Los restos de la fiesta habían desaparecido casi por completo, aunque algunas marcas sobre el césped indicaban dónde habían estado las mesas.
Álvaro caminó sin rumbo claro. Delacroix lo siguió.
—¿Por qué me cree?
—No he dicho que le crea.
—Ha dicho que no tuve tiempo.
—Eso es distinto.
—Entonces sigue pensando que pude matarlo antes.
—Sí.
Álvaro soltó una risa amarga.
—Extraordinario.
—No suele serlo.
Caminaron.
—No lo maté.
—Ya lo sé.
—Otra vez.
—Esta vez lo ha dicho mejor.
Álvaro se detuvo.
—¿Qué quiere de mí?
—La verdad.
—Ya se la he dado.
—Parte.
—No hay más.
Delacroix lo miró. Álvaro apartó la vista.
—Siempre hay más.
—No.
—¿La carpeta azul?
El heredero cerró los ojos. Delacroix esperó.
—No buscaba solo los pagarés.
—Lo sabía.
—Claro.
—¿Qué más?
Álvaro respiró.
—Cartas de mi padre.
—¿A Leandro?
—Sí.
—¿Sobre qué?
—No sé.
—Entonces.
—Mi padre y Leandro hicieron cosas.
—Eso también lo sabemos.
—No.
Álvaro volvió la mirada.
—Cosas de verdad.
Delacroix esperó.
—Sociedades.
—Sí.
—Dinero fuera.
—Sí.
—Terrenos.
Delacroix no se movió.
—¿Qué terrenos?
—No sé todos.
—¿Los del oeste?
Álvaro dudó.
—Algunos.
—¿Los de la familia Roldán?
El rostro cambió. Solo un instante. Pero Delacroix lo vio.
—¿Qué?
—Roldán.
—No sé de qué habla.
—Sí.
—No.
—Conoce el apellido.
Álvaro apartó la vista.
—Lo he oído.
—¿Dónde?
—A mi padre.
Delacroix sintió que la tarde cambiaba. Muy poco. Pero cambió.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿En qué contexto?
Álvaro negó.
—No recuerdo.
—Sí.
—Era un niño.
—Tenía quince años.
Álvaro lo miró.
—¿Cómo sabe?
—La operación ocurrió hace veintitrés años.
Silencio. Álvaro bajó la voz.
—No sé nada de ninguna operación.
—Pero recuerda el apellido.
—Sí.
—¿Por qué?
Él cerró los ojos.
—Porque mi padre discutió con Leandro.
Delacroix no dijo nada.
—Una noche.
—¿Dónde?
—Aquí.
—¿Sobre los Roldán?
—Sí.
—¿Qué dijeron?
—No recuerdo.
—Álvaro.
—No recuerdo las palabras.
—Entonces recuerde el miedo.
El heredero lo miró.
—¿Qué?
—Las palabras se pierden. El miedo no.
Álvaro permaneció inmóvil. Después habló.
—Mi padre estaba furioso.
—¿Con Leandro?
—Sí.
—¿Por qué?
—Leandro quería algo.
—¿Qué?
—Un documento.
Delacroix pensó en la carpeta azul.
—¿Cuál?
—No sé.
—¿Qué dijo su padre?
Álvaro cerró los ojos. La voz llegó más baja.
—Que ya había muerto suficiente gente.
Silencio. Delacroix no se movió. El jardín parecía haberse quedado quieto.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—Exactamente.
—Sí.
—¿Leandro respondió?
Álvaro negó.
—No lo oí.
—¿Qué ocurrió después?
—Nada.
—No.
—Se fueron.
—¿Su padre conservó el documento?
—No sé.
Delacroix miró hacia la casa. La carpeta azul. Leandro entrando en el despacho el día de su muerte. Lucía encontrando el nombre de Eugenio de Almenara en operaciones de hace veintitrés años. La familia Roldán. Un incendio. Un muerto.
—¿Por qué no contó esto antes?
Álvaro soltó una risa breve.
—Porque hasta ayer pensaba que el peor secreto de mi familia eran mis deudas.
Delacroix lo observó.
—Eso fue optimista.
Álvaro sonrió. Por primera vez no había encanto. Solo cansancio.
—Sí.
Regresaron hacia la casa. Antes de entrar, Álvaro se detuvo.
—Armand.
—¿Sí?
—Si encuentra la carpeta.
—La encontraré.
—No se la enseñe a mi madre.
Delacroix lo miró.
—Todavía intenta decidir qué verdad puede soportar otra persona.
Álvaro apartó la vista.
—Es mi madre.
—Precisamente.
—No entiende.
Delacroix observó la villa. Los muros blancos. Las ventanas abiertas. Todo aquello que una familia había conservado durante generaciones y todo lo que había decidido esconder para conseguirlo.
—Empiezo a hacerlo.
Entró. Montalbán estaba esperando.
—¿Qué quería?
Delacroix se colocó el sombrero.
—Hablar.
—¿De qué?
—De su padre.
Beatriz levantó la vista. Álvaro cerró los ojos. Delacroix miró a Montalbán.
—Necesito saber todo lo que pueda encontrar sobre una familia llamada Roldán.
El comisario frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque hace veintitrés años un hombre murió.
—¿Qué tiene que ver con Leandro?
Delacroix miró hacia el despacho. Hacia el lugar donde había desaparecido una carpeta azul antes de que alguien provocara un apagón para buscarla.
—Todavía no lo sé.
Montalbán soltó aire.
—Naturalmente.
Delacroix caminó hacia la salida.
—Pero Leandro sí lo sabía.
—Está muerto.
—Sí.
Delacroix se detuvo.
—Y empieza a resultar extraordinario cuántas personas parecen estar haciendo exactamente lo mismo que cuando estaba vivo.
Montalbán lo miró.
—¿Qué?
Delacroix abrió la puerta.
—Intentar descubrir qué documentos tenía.
Salió. A sus espaldas, Villa Almenara permaneció en silencio.
El apagón ya tenía un culpable. Álvaro de Almenara lo había provocado.
Había mentido. Había robado. Había sobornado a un testigo.
Había ocultado deudas. Y, sin embargo, por primera vez desde que Leandro Varela había aparecido muerto frente al mar, Delacroix tuvo la impresión de que descubrir quién había apagado las luces no los había acercado al asesinato.
Los había alejado. Porque ahora sabía que la oscuridad tenía una explicación.
Y una explicación, cuando era verdadera, podía resultar mucho más peligrosa que una mentira.
Significaba que debían empezar a preguntarse si el asesino había necesitado realmente la oscuridad.
O si, para cuando llegó, ya no quedaba nadie a quien matar.