CAPÍTULO 10 — El heredero #2
—Porque el despacho de mi padre está en otro corredor.
—Entonces tenía una ruta.
—Sí.
Montalbán abrió un plano de la villa. Lo colocó sobre la mesa.
—Muéstremela.
Álvaro lo hizo. Desde el cuadro eléctrico hasta un corredor secundario. Después al despacho. No pasaba por la terraza donde apareció Leandro. Ni cerca. Delacroix observó el recorrido.
—¿Cuánto tardó?
—No sé.
—Ya calculamos aproximadamente.
—Treinta segundos hasta el despacho.
—¿Y dentro?
—Cuarenta.
—¿Qué buscó?
—Una carpeta azul.
Beatriz se volvió.
—¿Azul?
Álvaro la miró.
—Sí.
Ella permaneció inmóvil. Delacroix lo notó.
—La conoce.
Beatriz negó.
—No.
—Sí.
—Armand.
—¿Qué había en ella?
Beatriz miró hacia la ventana.
—Documentos de Eugenio.
—¿Qué clase?
—No lo sé.
—Otra vez.
La mujer volvió hacia él.
—No he abierto esa carpeta en años.
—Pero sabe que existe.
—Existía.
—¿Dónde?
Beatriz dudó.
—En el despacho.
Álvaro frunció el ceño.
—No estaba.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Hace meses.
Delacroix pensó. Una carpeta azul. Leandro buscando documentos antiguos. Lucía investigando a los Roldán. El marido de Beatriz apareciendo en operaciones de hace veintitrés años.
—¿Qué contenía? —preguntó otra vez.
Beatriz endureció el rostro.
—Ya he respondido.
—No.
—Documentos de mi marido.
—Eso no significa nada.
—Para mí sí.
Delacroix la observó.
—Leandro había preguntado por documentos antiguos.
Beatriz guardó silencio.
—Y entró en el despacho el día de su muerte.
Silencio.
—¿Buscaba esa carpeta?
—No lo sé.
—¿Álvaro sí?
La mujer miró a su hijo. Él negó.
—Yo buscaba mis pagarés.
—¿En una carpeta azul que pertenecía a su padre?
Álvaro respiró.
—Pensé que Leandro los había metido allí.
—¿Por qué?
—Porque había salido del despacho con algo azul.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Lo vio?
—Sí.
—Antes ha dicho que no sabía si llevaba algo.
Álvaro cerró los ojos.
—No quería meter a mi madre.
Beatriz soltó una risa sin humor.
—Un poco tarde.
Montalbán se inclinó.
—¿Qué vio exactamente?
Álvaro respondió.
—A Leandro salir del despacho con una carpeta azul bajo el brazo.
Delacroix miró a Beatriz.
—¿Y no está?
—No.
—¿La buscaron?
—Esta mañana.
—¿Quién?
—Yo.
—¿Con Álvaro?
—No.
—¿Marina?
—No.
—¿Montalbán?
El comisario negó.
—No sabía que existía.
Delacroix miró a Álvaro.
—Entonces durante el apagón buscó algo que Leandro ya se había llevado.
—Sí.
—¿Y no encontró nada?
—Nada.
—¿Registró todo?
—Lo que pude.
—¿Abrió el escritorio?
—Sí.
—¿Cajones?
—Sí.
—¿Caja fuerte?
Álvaro dudó.
—No.
—¿Por qué?
—No había tiempo.
Montalbán miró el plano.
—Después salió.
—Sí.
—¿Vio a Andrés?
—Después.
—¿A alguien más?
Álvaro pensó.
—No.
Delacroix se acercó al plano.
—¿Escuchó algo?
Álvaro frunció el ceño.
—¿Qué?
—Durante el apagón.
—Gente.
—Antes de entrar al despacho.
—No sé.
—Piense.
Álvaro cerró los ojos. La habitación quedó en silencio.
—Una cosa.
Delacroix esperó.
—No sé qué fue.
—Mejor.
Álvaro abrió los ojos.
—Un golpe.
Montalbán levantó la cabeza.
—¿Dónde?
—No sé.
—¿Fuerte?
—No.
—¿Cristal?
Álvaro pensó.
—Puede.
Delacroix lo miró.
—No.
Álvaro soltó aire.
—No sé. Algo cayó.
—¿Antes o después de que se apagaran las luces?
—Después.
—¿Cuánto?
—Poco.
—¿Cerca?
—No.
—¿Hacia la biblioteca?
Álvaro cerró los ojos otra vez.
—Tal vez.
Delacroix no corrigió. Había ocasiones en las que la memoria no podía ofrecer más.
—¿Oyó voces?
—Sí.
—¿Cuáles?
—No sé.
—¿Marina?
—Puede.
—¿Sofía?
—No sé.
—¿Gabriel?
—No.
—¿Por qué?
—Porque su voz es más grave.
—¿Alguna masculina?
Álvaro pensó.
—Una.
Montalbán se inclinó.
—¿Cuál?
—No sé.
—¿Decía algo?
—Creo que insultó.
Delacroix recordó. Un vaso roto. Alguien había insultado. Podía no tener relación. Probablemente no. El apagón estaba lleno de detalles que parecían esperar una importancia que quizá nunca tendrían.
—¿Cuánto tiempo permaneció en el despacho? —preguntó Montalbán.
—Ya lo he dicho.
—Quiero precisión.
—No la tengo.
—¿Treinta segundos?
—Más.
—¿Un minuto?
—Menos.
—Entonces.
—Cuarenta, cincuenta.
Delacroix miró el plano. Entrada. Registro. Salida. Aquello dejaba poco margen. No imposible. Pero poco.
—¿Fue a la terraza de Leandro? —preguntó.
Álvaro soltó una risa.
—No.
—¿Entró en la biblioteca?
—No.
—¿Lo vio durante el apagón?
—No.
—¿Después?
Álvaro dudó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando encontraron el cuerpo.
—Antes no.
—No.
Delacroix asintió. Montalbán lo observó.
—¿Qué?
—Nada.
—No haga eso.
—Estoy pensando.
—En voz alta.
—Todavía no.
Álvaro se dejó caer contra el respaldo.
—¿Entonces?
Montalbán lo miró.
—Entonces provocó deliberadamente un apagón en una casa llena de gente, registró un despacho, sobornó a un testigo y le pagó para que desapareciera.
—Sí.
—Todo eso la misma noche en que murió un hombre que lo estaba chantajeando.
Álvaro endureció la expresión.
—No me chantajeaba.
Delacroix lo miró.
—Sí.
—No.
—Le exigía una propiedad a cambio de no ejecutar deudas que controlaba.
—Eso es un negocio.
Delacroix sonrió sin humor.
—En Marbella, quizá.
Beatriz cerró los ojos. Álvaro continuó.
—No lo maté.
Montalbán lo observó.
—Eso tendremos que decidirlo.
—No estaba allí.
—Eso dice.
—Andrés me vio.
—Cerca del despacho.
—Exactamente.
—Durante parte del apagón.
—Sí.
—No todo.
Álvaro golpeó una vez el brazo del sillón.
—No había tiempo.
Delacroix lo miró.
—Eso creo.
Todos volvieron hacia él. Montalbán frunció el ceño.
—¿Qué?
Delacroix caminó hasta el plano.
—Álvaro corta la electricidad.
—Sí.
—Tarda aproximadamente treinta segundos en llegar al despacho.
—Eso dice.
—Registra durante cuarenta o cincuenta.
—Eso dice.
—Sale y Andrés lo ve.
Montalbán asintió.
—Entonces.
—El apagón duró aproximadamente noventa segundos.
—Sí.
—No tenía tiempo para ir hasta la terraza, enfrentarse con Leandro, matarlo, acomodar el cuerpo, retirar la medicación y volver.
Silencio. Álvaro miró a Delacroix. Montalbán no parecía convencido.
—Podía haberlo matado antes.
Delacroix asintió.
—Sí.
Álvaro se puso en pie.
—No.
Montalbán lo miró.
—Siéntese.
—No.
—Álvaro.
—No lo maté antes ni durante ni después.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Lo sé.
La habitación quedó inmóvil. Beatriz fue la primera en reaccionar.
—¿Qué?
Álvaro lo miró como si no hubiera entendido. Montalbán cerró la carpeta lentamente.
—¿Lo sabe?
Delacroix corrigió.
—Creo.
El comisario soltó aire.
—Claro.
Álvaro seguía mirándolo.
—¿Por qué?
Delacroix no respondió inmediatamente. Se acercó a la ventana. Afuera, el jardín parecía casi obscenamente tranquilo.
—Porque usted lleva dos días haciendo todo lo posible para parecer culpable de un asesinato que no necesitaba ocultar de esta manera.
Álvaro frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Sí.
Delacroix volvió hacia él.
—Provocó el apagón para buscar documentos.
—Sí.
—Sobornó a Andrés para que nadie supiera dónde estuvo.
—Sí.
—Mintió a su madre, a la policía y a mí.
—Sí.
—Y todo eso lo hizo porque, si alguien descubría lo que estaba buscando, su ruina quedaba expuesta.
Álvaro guardó silencio.
—No estaba protegiéndose de una acusación de asesinato —continuó Delacroix—. Estaba protegiéndose de algo que, para usted, hasta ayer era peor.
Beatriz bajó la mirada. Álvaro lo comprendió.
—La vergüenza.
Delacroix no suavizó la respuesta.
—Sí.
Silencio. Montalbán observó a ambos.
—Eso no lo exonera.
—No.
—Y tampoco prueba que no matara a Leandro antes.
—No.
—Entonces.
—Pero cambia el motivo de sus mentiras.
El comisario apretó la mandíbula.
—Eso es interpretación.
—Sí.
—No prueba nada.
—Todavía.
Montalbán soltó aire. Álvaro se sentó lentamente. Por primera vez desde que Delacroix lo conocía, parecía no saber qué hacer con las manos. Beatriz habló.
—Entonces no cree que lo matara.
Delacroix la miró.
—No he dicho eso.
La esperanza desapareció tan rápido como había aparecido.
—Armand.
—Creo que Álvaro provocó el apagón para robar documentos.
—Recuperarlos —corrigió Álvaro.
Delacroix lo miró.
—No eran suyos.
Álvaro cerró la boca.
—Y creo —continuó Delacroix— que el apagón ha hecho algo más importante.
Montalbán frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nos ha obligado a mirar en el lugar equivocado.
El comisario permaneció inmóvil. Delacroix señaló el plano.
—Desde que murió Leandro, todos pensamos en esos noventa segundos.
—Porque alguien cortó la luz.
—Sí.
—Y alguien murió.
—Sí.
—Entonces es lógico.
—Demasiado.
Montalbán cerró los ojos.
—Otra vez.
Delacroix ignoró el comentario.
—Álvaro provocó el apagón por una razón que no tenía nada que ver con el asesinato.
—Eso supone que dice la verdad.
—Sí.
—¿Y el sistema auxiliar bloqueado?
—Otra persona pudo aprovecharlo.
—O prepararlo.
—Sí.
—Entonces el apagón sigue importando.
—Mucho.
Delacroix miró a Álvaro.
—Pero quizá no porque alguien necesitara oscuridad para matar.
Álvaro frunció el ceño. Beatriz permaneció inmóvil. Montalbán lo observó.
—¿Entonces por qué?
Delacroix pensó en Leandro. Sentado. Inmóvil. Sofía viéndolo de lejos. Andrés dejando agua. Marina asegurando haber hablado con él. El tiempo. Siempre el tiempo.
—Porque todos empezaron a mentir dentro de él.
Nadie respondió. Delacroix continuó.
—Álvaro entró en el despacho.
—Sí —dijo Montalbán.
—Gabriel apareció después con una carpeta que no llevaba antes.
—No sabemos de dónde la sacó.
—Exactamente.
—Sofía mintió sobre dónde estaba.
—Sí.
—Viktor desapareció hacia el jardín.
—Sí.
—Andrés vio una figura.
—Sí.
—Y Marina estaba dando instrucciones al servicio.
—Eso tiene testigos.
—Sí.
Delacroix miró a todos.
—Noventa segundos. Seis personas ocultando cosas diferentes. Y nosotros intentando encontrar una sola verdad dentro.
Montalbán guardó silencio. Álvaro habló.
—¿Entonces cree que nadie mató a Leandro durante el apagón?
Delacroix lo observó. La pregunta estaba allí. Por fin. No respondió. Todavía.
—Creo que primero debemos demostrar que estaba vivo cuando empezó.
Silencio. Beatriz miró hacia la puerta. Como si la terraza pudiera verse desde allí.
—Marina habló con él.
Delacroix volvió hacia ella.
—Eso dice.
—Armand.
—Es la única.
Montalbán frunció el ceño.
—Sofía lo vio.
—No habló con él.
—Andrés también.
—No habló con él.
—Gabriel.
—Lo vio desde la biblioteca.
—Y.
—No habló con él.
El comisario lo observó. Delacroix continuó.