CAPÍTULO 10 — El heredero
Álvaro de Almenara había pasado toda su vida aprendiendo a entrar en una habitación como si nada pudiera ocurrirle dentro.
Aquella mañana no lo consiguió. Delacroix lo vio desde el otro extremo del salón de Villa Almenara, donde Beatriz había dispuesto café para cuatro personas y nadie parecía tener intención de beberlo.
Álvaro entró sin chaqueta, con la camisa abierta en el cuello y el rostro de un hombre que había dormido poco y pensado demasiado.
No llevaba la sonrisa de la noche anterior.
Tampoco parecía haber encontrado otra que pudiera sustituirla.
Montalbán estaba junto a una ventana. Beatriz permanecía sentada.
Delacroix había llegado diez minutos antes.
Ninguno habló cuando Álvaro entró. Él miró a los tres.
—Qué ambiente.
Beatriz no respondió. Montalbán señaló una silla.
—Siéntese.
Álvaro sonrió sin humor.
—Empiezo a echar de menos cuando todos fingíamos que esto era una familia.
Beatriz levantó la vista.
—Siéntate.
Aquello bastó. Álvaro obedeció. Delacroix permaneció de pie. No por estrategia. Simplemente no tenía intención de participar en la geometría de la familia. Montalbán abrió una carpeta.
—Andrés Rivas ha prestado declaración.
Álvaro miró hacia la mesa.
—Lo imaginaba.
—Ha confirmado que usted le pagó.
—Eso ya lo admití.
—También ha confirmado que lo vio salir del despacho durante el apagón.
—También.
—Y que le pidió que desapareciera durante tres días.
Álvaro soltó aire.
—Sí.
Montalbán esperó.
—¿Eso es todo?
—No.
Álvaro levantó la vista. El comisario deslizó una hoja sobre la mesa.
—Hemos encontrado sus huellas en el cuadro eléctrico.
Álvaro miró el papel. Después a Montalbán.
—Ya dije que lo manipulé.
—Sí.
—Entonces no entiendo el dramatismo.
—También hemos encontrado rastros de grasa del mecanismo en la manga de la camisa que llevaba aquella noche.
Álvaro miró a Delacroix.
—¿Esto pretende sorprender a alguien?
—A usted no —dijo Delacroix.
—Gracias.
—A su madre, quizá.
Beatriz no se movió. Álvaro apartó la mirada. Montalbán continuó.
—Quiero que vuelva a contar exactamente qué hizo desde el momento en que decidió provocar el apagón hasta que regresó a la terraza.
—Ya lo conté.
—No.
—Sí.
—Lo contó por partes.
Álvaro cerró los ojos.
—¿Cuál es la diferencia?
—La diferencia —dijo Delacroix— es que las mentiras sobreviven mejor cuando se cuentan por partes.
Álvaro volvió hacia él.
—¿Tiene que estar aquí?
—No.
—Entonces.
—Pero estoy.
Montalbán habló antes de que la conversación degenerara.
—Empiece.
Álvaro apoyó los antebrazos en las rodillas. Durante unos segundos pareció buscar una versión. Después, quizá cansado, dejó de hacerlo.
—Leandro había estado aquí por la tarde.
Beatriz endureció ligeramente el rostro.
—Eso ya lo sabemos.
Álvaro la miró.
—No todo.
Delacroix observó. Montalbán se inclinó apenas hacia delante.
—Continúe.
—Entró en el despacho de mi padre.
Beatriz sostuvo la mirada de su hijo.
—¿Con permiso?
—No.
—¿Cómo entró?
—Como entraba siempre.
—¿Qué significa eso?
Álvaro soltó una risa breve.
—Que nadie le decía que no.
Beatriz apretó los labios.
—Yo sí.
—No cuando papá vivía.
Aquello golpeó. No por el contenido. Por el tiempo verbal. Delacroix vio cómo Beatriz se replegaba apenas, como si la muerte de su marido acabara de convertirse otra vez en algo reciente. Montalbán continuó.
—¿Usted vio a Leandro entrar?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?
—No sé. Diez minutos.
—¿Y después?
—Se marchó.
—¿Con algo?
Álvaro dudó.
—No lo vi.
Delacroix intervino.
—Pero creyó que sí.
Álvaro lo miró.
—Creí que había encontrado los documentos.
—¿Cuáles?
—Los míos.
—Eso ya lo ha dicho.
—Entonces no sé por qué pregunta.
—Porque todavía no sabemos qué eran.
Álvaro se reclinó.
—Préstamos.
—No basta.
—Pagarés.
—Tampoco.
Álvaro cerró los ojos.
—Garantías.
Beatriz dejó de respirar durante un instante. Delacroix la vio. Montalbán preguntó:
—¿Garantías sobre qué?
Silencio. Álvaro miró a su madre.
—Las tierras.
Beatriz no dijo nada.
—¿Cuáles? —preguntó el comisario.
Álvaro siguió mirando a Beatriz.
—Las del oeste.
Ella bajó los ojos. Delacroix pensó en Lucía. En las sociedades. En las operaciones antiguas. En el apellido Roldán. La misma zona. O quizá una coincidencia. En Marbella, las coincidencias parecían tener escrituras.
—¿Qué valor tienen? —preguntó Montalbán.
Álvaro soltó una risa.
—Hoy.
—Sí.
—Mucho.
—¿Y cuando firmó?
—Menos.
Delacroix habló.
—Pero no poco.
Álvaro lo miró.
—No.
—¿Cuánto debía?
—No sé.
—Sí sabe.
Álvaro apretó la mandíbula.
—Demasiado.
—Una cantidad.
—No.
Montalbán intervino.
—Señor de Almenara.
—No.
—Necesito saber si Leandro Varela tenía un motivo para presionarlo.
Álvaro levantó la vista.
—Leandro no necesitaba motivos.
—Entonces déme la cifra.
Silencio. Beatriz habló.
—Dísela.
Álvaro se volvió.
—No.
—Álvaro.
—No importa.
—A mí sí.
Él soltó aire.
—Tres millones y medio.
Beatriz no se movió. Aquello fue peor.
—De pesetas —añadió Álvaro.
—Lo había entendido.
—Madre.
—No.
La palabra cerró cualquier intento. Delacroix observó. Tres millones y medio no destruían necesariamente una fortuna antigua. Pero podían destruir una familia que llevaba años fingiendo conservarla.
—¿Todo con Leandro? —preguntó Montalbán.
—No directamente.
—¿Cómo?
—Sociedades.
—Nombres.
Álvaro negó.
—No los recuerdo.
Delacroix lo miró.
—Esta vez le creo.
Álvaro soltó una risa amarga.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo había imaginado.
Montalbán preguntó:
—¿Leandro le prestaba dinero a través de empresas?
—Sí.
—¿Y usted firmaba garantías?
—Sí.
—¿Sin saber quién estaba detrás?
Álvaro miró al suelo.
—Sí.
Delacroix pensó que una parte considerable de las grandes fortunas debía de mantenerse gracias a hombres que jamás leían aquello que firmaban y a otros que lo leían por ellos.
—¿Por qué? —preguntó Beatriz.
Álvaro no levantó la cabeza.
—Porque funcionaba.
—¿Qué funcionaba?
—Todo.
—No.
—Durante años, sí.
Beatriz lo miró.
—¿Qué significa eso?
Álvaro respiró.
—Que había cuentas. Casas. Viajes. Caballos. Restaurantes. Gente a la que pagar. Gente a la que seguir viendo.
—Eso no responde.
—Responde demasiado.
La voz se quebró apenas. Delacroix vio al hombre que había detrás de la sonrisa. No un villano. Ni siquiera un libertino brillante. Un heredero educado para sostener una vida que ya no existía.
—¿Cuándo empezó? —preguntó Beatriz.
—No sé.
—¿Cuándo?
—Después de que muriera papá.
La mujer cerró los ojos.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Álvaro la miró.
—Porque tú también fingías.
Aquello detuvo la habitación. Beatriz no respondió. Álvaro continuó.
—Todos fingíamos.
—No compares.
—¿Por qué no?
—Porque yo intentaba mantener esta familia.
—Exactamente.
—No es lo mismo.
—Claro que sí.
—No.
—Celebrábamos fiestas que no podíamos pagar, manteníamos propiedades que nos ahogaban, invitábamos a gente que sabíamos que se reía de nosotros y seguíamos actuando como si nada hubiera cambiado.
Beatriz se puso de pie.
—Basta.
Álvaro también.
—No. Ya que estamos contando la verdad...
—No confundas sinceridad con crueldad.
La frase lo detuvo. Delacroix apartó la mirada. Aquello tampoco le pertenecía. Montalbán sí intervino.
—Si han terminado.
Los dos lo miraron.
—No —dijo Beatriz.
—Sí —dijo Álvaro.
El comisario esperó. Álvaro volvió a sentarse. Beatriz no. Permaneció junto a la ventana. Montalbán continuó.
—Leandro tenía documentos relacionados con esas garantías.
—Sí.
—¿Qué pretendía hacer con ellos?
—Obligarme a firmar una cesión.
Delacroix levantó ligeramente la cabeza.
—¿De las tierras?
—De parte.
—¿A quién?
—Una sociedad.
—Nombre.
Álvaro cerró los ojos.
—Costa Serena.
Delacroix no conocía el nombre. Lo guardó.
—¿Quién la controla? —preguntó Montalbán.
—No sé.
—¿Leandro?
—No oficialmente.
—¿Julián Ferrer?
Álvaro dudó.
—Puede.
—¿Gabriel Arístegui?
—También.
—¿Viktor Halberg?
—No sé.
Delacroix lo observó.
—¿Y usted firmaría?
Álvaro sonrió sin humor.
—No tenía muchas opciones.
—Siempre hay.
—Eso lo dicen quienes todavía tienen alguna.
Delacroix sostuvo su mirada.
—No.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Qué?
—Eso lo dicen quienes quieren convencerse de que no eligieron.
El heredero lo miró durante unos segundos. Después apartó la vista. Montalbán volvió a la cronología.
—La tarde de la fiesta, Leandro entra en el despacho de su padre.
—Sí.
—Usted cree que ha encontrado documentos.
—Sí.
—¿Por qué allí?
Álvaro miró a Beatriz.
—Porque mi padre guardaba copias de todo.
—¿Y usted lo sabía?
—Sí.
—¿Leandro también?
—Sí.
Delacroix habló.
—Entonces podía estar buscando otra cosa.
Álvaro levantó la cabeza.
—¿Qué?
—No lo sé.
—Otra vez.
—Sí.
—Empiezo a odiarlo.
—No es obligatorio esperar.
Montalbán cerró los ojos.
—Por favor.
Delacroix guardó silencio.
—¿Cuándo decide provocar el apagón? —preguntó el comisario.
Álvaro respondió.
—Después de ver a Leandro entrar.
—¿Ese mismo día?
—Sí.
—¿No lo había planeado antes?
—No.
—¿Cómo sabía cómo cortar la electricidad?
—Porque crecí aquí.
—¿Y el sistema auxiliar?
—Sabía que entraría casi inmediatamente.
—Pero no entró.
—No.
—Alguien lo bloqueó.
Álvaro levantó la vista.
—Eso sigo diciendo.
—No estaba diciendo nada —respondió Delacroix.
—Lo pienso.
—Eso complica el interrogatorio.
Álvaro lo ignoró. Montalbán preguntó:
—¿Cuándo manipuló el cuadro principal?
—Durante la fiesta.
—¿Exactamente?
—Fui hasta allí poco antes de las once.
—Andrés lo vio.
—Sí.
—¿Por qué esperó?
—Porque necesitaba que Leandro estuviera lejos del despacho.
—¿Cómo sabía dónde estaba?
Álvaro dudó. Delacroix lo vio.
—Lo estaba vigilando.
—No.
—Sí.
Álvaro soltó aire.
—Miraba.
—Eso es vigilar con menos compromiso.
—Lo vi entrar hacia la biblioteca.
—¿Solo?
—No recuerdo.
—Sí recuerda.
Álvaro pensó.
—Con Marina.
Delacroix no se movió. Montalbán anotó.
—¿Y eso le pareció suficiente?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque pensé que estarían ocupados.
Delacroix observó. Álvaro había provocado el apagón creyendo que Leandro se encontraba en la zona de la biblioteca. Eso era importante.
—¿Esperaba que Leandro siguiera allí durante el corte?
—Sí.
—¿No temió encontrárselo?
—No.
—¿Por qué?