CAPÍTULO 9 — El camarero que vio demasiado #3
—Entonces explíqueme por qué alguien me sigue desde que habló conmigo.
Lucía palideció. Muy poco. Pero lo suficiente.
—¿Quién?
—Un hombre.
—Descripción.
Delacroix se la dio. Lucía miró hacia la calle.
—No lo conozco.
—Miente.
—No.
—Entonces lo teme.
Ella volvió hacia él.
—No sé quién es.
—Pero esperaba que alguien apareciera.
Lucía bajó la voz.
—Le dije que alguien había entrado en mi casa.
—Sí.
—También recibí llamadas.
—¿Qué decían?
—Que dejara los archivos.
—¿Qué archivos?
Silencio. Delacroix esperó. Lucía cerró los ojos.
—Los de las tierras.
—Roldán.
—Sí.
—¿Por qué no lo dijo?
—Porque no sabía si tenía relación con Leandro.
—Y ahora.
Lucía lo miró.
—Ahora está muerto.
—Exactamente.
Ella respiró lentamente.
—Hay más.
—Siempre.
—La familia Roldán no perdió solo una propiedad.
Delacroix no habló.
—Perdió tres.
—¿Cómo?
—Deudas.
—Oficialmente.
—Sí.
—¿Y extraoficialmente?
Lucía miró alrededor.
—Alguien compraba sus obligaciones.
—¿Quién?
—Una sociedad.
—Inversiones del Sur.
La periodista levantó la vista.
—Leyó la hoja.
—Sí.
—Bien.
Delacroix la miró.
—No le queda bien.
Lucía ignoró el comentario.
—Después esa sociedad revendió.
—¿A quién?
—A otras empresas.
—¿Y Leandro?
—Todavía no aparece.
—Entonces seguimos igual.
—No.
Lucía abrió el bolso. Sacó una libreta.
—Encontré esto esta mañana.
—¿Dónde?
—En una copia de registro.
—¿Qué?
Lucía mostró una anotación. Un nombre. No Leandro. Otro. Eugenio de Almenara. Delacroix permaneció inmóvil. El marido muerto de Beatriz.
—¿Está seguro? —preguntó.
—No.
—Entonces.
—La firma coincide parcialmente con documentos de Villa Almenara que aparecen en otros registros.
—¿Parcialmente?
—No soy perito.
—Gracias a Dios.
Lucía lo miró.
—Si Eugenio estuvo implicado, Beatriz puede saber más de lo que dice.
—Sí.
—Y Álvaro está intentando proteger documentos familiares.
—Sí.
—Y Leandro estaba buscándolos.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix cerró la libreta.
—Entonces tenemos otra mentira.
Lucía frunció el ceño.
—¿De Beatriz?
—Tal vez.
—¿Y Marina?
—Tal vez.
—¿Y quién no?
Delacroix miró la calle. El hombre del traje claro no había reaparecido.
—Esa empieza a ser la pregunta equivocada.
Lucía guardó la libreta.
—¿Cuál es la correcta?
Delacroix pensó en la fiesta. Ciento veinte personas. Cada una protegiendo algo. Álvaro, documentos. Sofía, una muerte antigua. Gabriel, una carpeta. Marina, una conversación. Montalbán, una frontera. Beatriz, el pasado de su marido.
—Qué mentira pertenece a Leandro.
Lucía lo observó.
—¿Y las demás?
—Ruido.
—Un ruido bastante caro.
—En Marbella, casi todo lo es.
Se separaron. Delacroix regresó al hotel a última hora de la tarde. El vestíbulo estaba tranquilo. Demasiado. El recepcionista levantó la vista al verlo entrar.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—¿Ha enviado a alguien a su habitación?
Delacroix se detuvo.
—No.
El hombre frunció el ceño.
—Entonces...
—¿Qué?
—La camarera encontró la puerta abierta.
Delacroix no se movió.
—¿Entró?
—Sí.
—¿Falta algo?
—No lo sabemos.
Delacroix subió. La puerta estaba cerrada ahora.
La abrió. A simple vista, todo parecía igual.
La cama. La maleta. La chaqueta. La mesa.
Las cortinas. Delacroix entró. Cerró. No tocó nada.
Miró. El cajón de la mesa estaba medio centímetro más abierto de lo que lo había dejado.
La maleta cerrada. Pero la hebilla orientada al lado contrario.
Los papeles sobre la mesa aparentemente iguales.
Aparentemente. Delacroix se acercó. La hoja de los Roldán seguía en el bolsillo de su chaqueta.
La había llevado consigo. La persona que había entrado no la encontró.
Buscó dentro de la maleta. Nada. En el baño.
Nada. Volvió a la habitación. Entonces vio la nota.
La primera. La que había encontrado antes de la fiesta.
Seguía sobre la mesa. Pero debajo había otra.
Una hoja en blanco. Una sola frase escrita a máquina.
Ya le advertimos que aquí resulta de mala educación preguntar.
Delacroix leyó. No sonrió. Esta vez no. Alguien había entrado en su habitación.
Había revisado sus cosas. Sabía que hablaba con Lucía.
O sabía lo que estaba buscando. Quizá ambas cosas.
Delacroix se acercó a la ventana. La noche empezaba a caer sobre Marbella.
Las luces se encendían. Las terrazas volvían a llenarse.
Los automóviles circulaban hacia restaurantes, clubes y villas donde otras personas fingirían que el mundo no podía alcanzarlas.
Leandro Varela llevaba menos de un día muerto.
Álvaro había confesado haber provocado el apagón.
Andrés había reaparecido. Marina había sido vista saliendo de la biblioteca. Sofía había mentido.
Beatriz podía haber ocultado la participación de su marido en un fraude antiguo.
Y alguien acababa de entrar en la habitación de Delacroix para recordarle que dejara de preguntar.
Armand dobló la nota. La guardó. Después miró el teléfono.
Pensó en llamar a Montalbán. No lo hizo.
Todavía. Había algo que le interesaba más que la amenaza.
La persona que había registrado la habitación no había robado nada.
Eso significaba que no buscaba detenerlo.
Buscaba saber cuánto sabía. Delacroix apagó la lámpara.
Permaneció unos segundos junto a la ventana.
Desde allí, Marbella parecía tranquila. Hermosa.
Casi inocente. Pensó en Andrés. Un camarero que había visto demasiadas cosas y comprendido demasiado pocas.
Pensó en sí mismo. La situación empezaba a parecerse peligrosamente.
La diferencia era que Andrés había aceptado dinero para marcharse.
Delacroix, en cambio, acababa de recibir una razón para quedarse.