CAPÍTULO 9 — El camarero que vio demasiado #2
—Antes del apagón vi a la señora Roldán salir de la biblioteca.
Delacroix no se movió. Montalbán tampoco.
—¿Cuándo? —preguntó el comisario.
—No sé.
—Andrés.
—Diez minutos. Quizá quince antes.
—¿Estaba sola?
—Sí.
—¿La vio entrar?
—Antes.
—¿Con Leandro?
—Sí.
Delacroix pensó. Eso ya lo sabía.
—¿Qué llevaba al salir? —preguntó.
Andrés frunció el ceño.
—La carpeta.
—¿Algo más?
—No sé.
—Piense.
El joven cerró los ojos.
—Creo que algo en la mano.
Montalbán lo miró.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Qué?
—No sé.
Delacroix permaneció inmóvil. La misma clase de recuerdo. Un objeto. Una mano. Pero ahora antes del apagón. No durante.
—¿El estuche? —preguntó Montalbán.
Delacroix no lo detuvo esta vez. Andrés pensó.
—Puede.
—¿Oscuro?
—Sí.
—¿Pequeño?
—Sí.
—¿Lo guardó?
—Creo que sí.
Silencio. Delacroix recordó a Leandro. El estuche pasando de Marina a él.
Leandro guardándolo. Marina afirmando después que ya no lo tenía.
Si Andrés recordaba correctamente, Marina podía haber salido de la biblioteca con algo parecido.
Pero «algo parecido» no era una prueba. Y los recuerdos posteriores a una muerte eran terrenos contaminados. Montalbán anotó.
—¿Por qué no dijo esto anoche?
Andrés lo miró.
—Porque no pensé que importara.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
Delacroix se acercó a la ventana. El patio interior estaba lleno de ropa moviéndose con el viento.
—¿Qué más vio antes del apagón?
Andrés pensó.
—A la señora Valcácer entrar.
—¿En la biblioteca?
—Sí.
—¿Después de Marina?
—Sí.
—¿Cuánto después?
—Poco.
—¿Y salir?
—También.
—¿Cómo estaba?
—No sé.
—Piense.
—Nerviosa.
Delacroix volvió la cabeza.
—¿Asustada?
—Puede.
—No.
Andrés corrigió.
—Parecía preocupada.
—Mejor.
Montalbán preguntó:
—¿Vio a Gabriel?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la galería.
—¿Entró?
—Creo que no.
Delacroix recordó que Gabriel había llegado después, había visto la silueta de Leandro y había decidido esperar.
—¿Julián?
—No.
—¿Álvaro?
—Después.
—¿Antes del apagón?
—Sí.
—¿Dónde?
Andrés miró al suelo.
—Cerca del corredor de servicio.
Montalbán levantó la cabeza.
—Eso no lo había dicho.
—No me preguntó.
Delacroix casi sonrió. El muchacho empezaba a aprender.
—¿Qué hacía? —preguntó.
—Nada.
Delacroix lo miró. Andrés corrigió.
—Estaba parado.
—¿Esperando?
—Puede.
—No.
—Parecía esperar.
—¿A alguien?
—No sé.
—¿Lo vio mirar el reloj?
Andrés pensó.
—Sí.
Delacroix asintió. Álvaro preparando el momento. Eso encajaba. Montalbán se levantó.
—Vendrá con nosotros.
Andrés se puso de pie de golpe.
—¿Estoy detenido?
—No.
—Entonces...
—Necesito una declaración formal.
—Pero el dinero...
—También hablaremos del dinero.
El joven miró a Delacroix.
—¿Voy a tener problemas?
—Sí.
Andrés palideció. Montalbán lo miró.
—No ayuda.
—Ha preguntado.
Delacroix se acercó al muchacho.
—Pero probablemente menos de los que imagina.
—¿Por qué?
—Porque aceptar dinero para marcharse es estúpido.
Andrés bajó la mirada.
—Sí.
—Matar a un hombre es otra cosa.
El joven levantó los ojos.
—Yo no...
—Ya lo sé.
Montalbán miró a Delacroix.
—¿Lo sabe?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque está demasiado asustado por el dinero.
—Eso no prueba nada.
—No.
Montalbán cerró los ojos.
—Empieza a gustarle.
—No.
Salieron de la habitación. La propietaria de la pensión esperaba en el rellano.
—¿Se lo llevan?
—Sí —dijo Montalbán.
—No ha hecho nada.
—Ya lo ha dicho.
—Pues parece que no me escuchó.
Delacroix pasó junto a ella.
—La escuchó.
—¿Y?
—Ese es el problema.
La mujer lo miró con hostilidad.
—A usted no lo quiero aquí otra vez.
—Entonces la investigación progresa.
Bajaron. En el automóvil, Andrés fue detrás con un agente. Montalbán conducía. Delacroix iba a su lado. Durante varios minutos ninguno habló. La carretera discurría cerca de la costa. El mar aparecía y desaparecía entre edificios, terrenos y vegetación. Finalmente Montalbán dijo:
—Marina.
—Sí.
—Andrés la vio salir con algo.
—Quizá.
—Y durante el apagón vio una figura que podía ser ella.
—Quizá.
—Tenía acceso a la medicación.
—Sí.
—Fue la última que afirma haber hablado con Leandro.
—Sí.
—Tiene demasiados puntos.
Delacroix miró por la ventanilla.
—Demasiado pronto.
Montalbán soltó aire.
—No puede descartar a alguien porque encaje.
—No la descarto.
—Lo parece.
—No.
—Entonces.
—Me preocupa la forma en que empieza a encajar.
—¿Qué forma?
Delacroix pensó. Marina había estado presente desde el principio.
Había manejado la medicación. Había salido de la biblioteca.
Había cambiado la hora de la última conversación.
Podía haber sido la figura del apagón. El estuche había desaparecido.
Todo aquello era real. O podía serlo. Pero todavía faltaba algo fundamental.
—Motivo.
Montalbán lo miró.
—Eso puede aparecer después.
—Sí.
—Entonces.
—Y oportunidad real.
—La tenía.
—Si Leandro murió cuando creemos.
Montalbán guardó silencio. Delacroix continuó.
—Ese es el problema.
—¿Otra vez la hora?
—Sí.
—Cervera dice que pudo morir antes.
—También después.
—Entonces tenemos una ventana.
—Demasiado amplia.
Montalbán apretó las manos sobre el volante.
—Lo normal sería reducirla.
—Sí.
—Entonces por una vez estamos de acuerdo.
—No se acostumbre.
El comisario lo miró.
—¿Qué piensa de Sofía?
—Que miente.
—Eso ya lo sabemos.
—No sabemos por qué.
—Leandro sabía algo sobre una muerte antigua.
—Sí.
—Motivo.
—Quizá.
—Oportunidad.
—También.
—La vio Andrés entrar en la biblioteca.
—Sí.
—Y después salió preocupada.
—Sí.
—Entonces también encaja.
Delacroix asintió.
—Mejor.
Montalbán frunció el ceño.
—¿Mejor?
—Dos sospechosos son más saludables que uno.
—No para mí.
—Para la verdad.
Montalbán negó con la cabeza.
—No sé cómo alguien puede vivir así.
—Con dificultad.
El automóvil siguió. Andrés permanecía en silencio detrás.
Delacroix miró por el espejo. El muchacho observaba sus propias manos.
Había aceptado dinero. Había mentido. Había desaparecido.
Pero no parecía un hombre que supiera quién había matado a Leandro.
Eso no significaba que no hubiera visto la respuesta. Solo que todavía no sabía reconocerla.
De regreso en Marbella, Delacroix no fue directamente al hotel. Pidió a Montalbán que lo dejara cerca del casco antiguo. El comisario lo miró.
—¿Por qué?
—Quiero caminar.
—Miente.
—Sí.
Montalbán pareció sorprendido.
—Ha sido fácil.
—No se acostumbre.
—¿Adónde va?
—A ver a Lucía.
—¿Por qué?
—Porque Andrés acaba de darme un apellido sin saberlo.
Montalbán frenó junto a una plaza.
—¿Roldán?
—No.
—Entonces.
—Todavía no lo sé.
El comisario lo miró.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—¿Cuándo?
Delacroix abrió la puerta.
—Probablemente cuando deje de gustarnos.
Bajó. Montalbán asomó la cabeza.
—No se meta en archivos sin autorización.
Delacroix cerró la puerta.
—Gracias por la idea.
El automóvil se marchó. Delacroix caminó.
No buscó inmediatamente a Lucía. Necesitaba ordenar.
Andrés había visto: A Marina salir de la biblioteca antes del apagón.
A Sofía entrar después. A Álvaro cerca del corredor de servicio.
A una figura desconocida durante la oscuridad.
Cada movimiento tenía una explicación posible.
El problema era que las explicaciones no coincidían.
Si Marina había salido antes, ¿por qué podía haber regresado durante el apagón?
Si Sofía había visto a Leandro sentado, ¿por qué no habló con él?
Si Álvaro estaba ocupado con los documentos, ¿quién había manipulado el sistema auxiliar?
Y si la figura llevaba el estuche, ¿cómo había llegado hasta sus manos?
El estuche. Siempre el estuche. Delacroix se detuvo frente a un escaparate. No por lo que había dentro.
Porque en el reflejo vio a un hombre detenerse también.
Traje claro. Sombrero. El mismo que había estado en el hotel durante su conversación con Lucía.
Delacroix no se volvió. Continuó. El hombre también.
Dos calles. Tres. Delacroix dobló hacia una plaza pequeña.
Se detuvo ante una tienda. El hombre apareció.
Miró un escaparate que no contenía nada interesante.
Delacroix sonrió. Entró en la tienda. Era una relojería. El propietario levantó la cabeza.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Delacroix se acercó a una vitrina.
—¿Busca algo?
—Sí.
—¿Qué?
Delacroix miró el reflejo de la puerta en el cristal. El hombre seguía fuera.
—Paciencia.
El relojero frunció el ceño.
—No vendemos.
—Una pena.
Permaneció allí dos minutos. Cuando salió, el hombre había desaparecido.
Delacroix no intentó seguirlo. Ya sabía algo.
No era una coincidencia. Alguien lo vigilaba.
O vigilaba a Lucía. Quizá ambas cosas. Eso convertía los papeles de los Roldán en algo más que una curiosidad histórica.
Delacroix continuó hasta la redacción del periódico.
Lucía estaba discutiendo con un hombre detrás de un escritorio.
No parecía una discusión nueva. El hombre lo vio entrar.
—No.
Delacroix se detuvo.
—Todavía no he preguntado.
—No importa.
Lucía se volvió.
—Monsieur Delacroix.
—Mademoiselle Barral.
—No me llame así.
—Entonces Lucía.
El hombre detrás del escritorio levantó una mano.
—No quiero problemas.
Delacroix miró alrededor.
—Tiene un periódico.
—Precisamente.
Lucía recogió su bolso.
—Vamos.
—¿Adónde?
—Fuera.
—Acabo de llegar.
—Y ya ha empeorado el ambiente.
—Un talento.
Salieron. Lucía caminó deprisa.
—¿Qué ha pasado?
—Han encontrado a Andrés.
—¿Vivo?
—Sí.
Ella soltó aire.
—Bien.
—No parece sorprendida.
—¿Por qué debería?
—Porque ayer dijo que una ciudad entera tenía motivos.
—Eso no significa que todos maten camareros.
—Todavía.
Lucía lo miró.
—No empiece.
Delacroix sonrió apenas.
—Andrés vio a Marina salir de la biblioteca antes del apagón.
La periodista dejó de caminar.
—¿Y?
—Llevaba algo en la mano.
Lucía lo observó.
—¿La medicación?
—No lo sabemos.
—Pero lo piensa.
—Pienso muchas cosas.
—Eso no responde.
—No.
Lucía respiró.
—¿Sospecha de Marina?
—Quiero saber qué relación tiene con la familia Roldán.
La periodista guardó silencio.
—Eso no tiene nada que ver.