CAPÍTULO 9 — El camarero que vio demasiado
La pensión estaba situada en una calle estrecha de Fuengirola, sobre un bar donde tres hombres discutían a media tarde como si el volumen pudiera convertir una opinión en un hecho. Montalbán bajó del automóvil primero. Delacroix después. El comisario miró el edificio.
—No parece un escondite.
—Los buenos rara vez lo parecen.
—¿Habla por experiencia?
—No de la clase que imagina.
Montalbán lo observó.
—No imaginaba ninguna.
—Entonces empezamos bien.
Subieron. La propietaria de la pensión los esperaba en el rellano, una mujer baja, de brazos fuertes y expresión ofendida por la existencia misma de la policía.
—No ha hecho nada —dijo antes de que Montalbán preguntara.
El comisario se detuvo.
—¿Quién?
—El muchacho.
—No he dicho que lo haya hecho.
—Pues tiene cara de haber venido a decirlo.
Montalbán miró a Delacroix.
—No diga nada.
—No pensaba.
La mujer señaló una puerta.
—Está dentro. Pagó tres noches. No molesta. No trae mujeres. No bebe.
—Un criminal decepcionante —dijo Delacroix.
La propietaria lo miró.
—¿Y usted quién es?
—El que no tiene cara de policía.
—No se crea.
Montalbán cerró los ojos.
—Gracias, señora.
—No he terminado.
—Nosotros sí.
La mujer resopló y bajó las escaleras. Delacroix observó al comisario.
—Empiezo a comprender su paciencia.
—Y yo por qué la gente lo amenaza.
Montalbán llamó. Nadie respondió. Volvió a hacerlo.
—Andrés.
Silencio.
—Policía.
Se oyó un movimiento. Una silla. Pasos. La puerta se abrió apenas. Andrés Rivas apareció detrás. Estaba vivo. Pálido. Y, al ver a Delacroix, pareció más preocupado que al ver a Montalbán. Aquello resultó interesante.
—Señor.
—Andrés.
Montalbán apoyó una mano en la puerta.
—Abra.
El muchacho dudó. Después obedeció. La habitación era pequeña.
Una cama, un armario, una mesa, una silla y una ventana que daba a un patio interior donde varias prendas colgaban de cuerdas.
Sobre la mesa había pan, queso, una botella de agua y un sobre.
Montalbán entró. Delacroix lo siguió. Andrés cerró la puerta.
—No he hecho nada.
—Eso empieza a decirlo todo el mundo —respondió Delacroix.
El muchacho lo miró.
—No maté al señor Varela.
Montalbán se volvió despacio.
—Tampoco le he preguntado eso.
Andrés palideció más. Delacroix observó. La frase se repetía. Primero Álvaro. Ahora Andrés. Cuando una muerte empezaba a convertir a todos en sospechosos, incluso la inocencia adquiría mala voz.
—Siéntese —dijo Montalbán.
Andrés lo hizo. El comisario permaneció de pie. Delacroix miró el sobre.
—¿Ese es el dinero?
Andrés siguió su mirada. No respondió. Montalbán tomó el sobre. Lo abrió. Contó.
—Cincuenta mil.
El muchacho bajó la cabeza.
—Me lo dio el señor Álvaro.
—Eso ya lo sabemos.
Andrés levantó la vista.
—¿Lo saben?
—Sí.
—Entonces...
—Entonces quiero oírlo de usted.
El joven tragó saliva. Montalbán dejó el sobre en la mesa.
—Empiece por el principio.
Andrés miró a Delacroix.
—¿También él?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no he conseguido echarlo.
Delacroix sonrió apenas. Andrés respiró hondo.
—El señor Álvaro me habló después de la fiesta.
—¿A qué hora?
—No sé.
—Piense.
—Después de las doce.
—¿Antes de terminar su turno?
—Sí.
—¿Dónde?
—En una entrada lateral.
—¿Qué dijo?
—Que sabía que yo lo había visto.
—¿Dónde?
Andrés miró hacia la ventana.
—Cerca del despacho.
Montalbán continuó.
—¿Durante el apagón?
—Sí.
—¿Qué hacía?
—No lo sé.
—¿Entraba?
—Creo que salía.
Delacroix intervino.
—¿Cree o sabe?
Andrés se volvió.
—No vi bien.
—Entonces cree.
—Sí.
—¿Llevaba algo?
El muchacho frunció el ceño.
—No recuerdo.
—Bien.
Montalbán lo miró. Delacroix ignoró el gesto.
—¿Qué hizo Álvaro después?
Andrés continuó.
—Me preguntó cuánto quería.
—¿Y usted?
—Nada.
—Eso no duró.
El joven bajó la mirada.
—No.
—¿Cuánto pidió?
—No pedí.
—¿Entonces?
—Me dio veinte mil primero.
—¿Primero?
—Sí.
—¿Para que callara?
—Sí.
—¿Y los otros treinta?
Andrés se pasó una mano por el rostro.
—Después.
—¿Para qué?
—Para que me fuera unos días.
Montalbán lo observó.
—¿Por qué aceptó?
El muchacho levantó la vista. Había vergüenza. Y también una irritación pequeña.
—Porque son cincuenta mil pesetas.
Montalbán no respondió. Andrés continuó.
—Yo no gano eso en meses.
Delacroix lo miró. Aquello era, probablemente, la primera respuesta completamente honesta desde que habían entrado.
—¿Álvaro lo amenazó?
—No.
—¿Le dio miedo?
—Sí.
—No es lo mismo.
—No.
Montalbán preguntó:
—¿Dijo algo sobre Leandro?
—No.
—¿Nada?
—No.
—¿Sobre el apagón?
—Solo que no quería problemas.
Delacroix habló.
—Todo el mundo dice eso antes de pagar por ellos.
Andrés miró hacia él.
—Yo no sabía que había muerto por otra cosa.
—Todavía no sabemos por qué murió.
—Pero ustedes creen...
—Yo creo muchas cosas.
—Entonces sí.
Delacroix no respondió. Montalbán tomó la silla y se sentó frente al muchacho.
—Quiero que vuelva a contarme lo que vio durante el apagón.
Andrés respiró.
—No mucho.
—Eso lo decidiré yo.
—Estaba cerca de la biblioteca.
—¿Por qué?
—Había llevado agua al señor Varela.
Delacroix levantó ligeramente la cabeza.
—¿Antes del corte?
—Sí.
—¿Cuánto antes?
—Cinco minutos. No sé.
—¿Entró en la terraza?
—Sí.
—¿Hasta dónde?
—Hasta la mesa.
—¿Lo vio de cerca?
Andrés dudó.
—No mucho.
—Explíquese.
—Estaba sentado.
—Eso ya lo sabemos.
—De espaldas.
—¿Lo llamó?
—No.
—¿Dijo su nombre?
—No.
—¿Por qué?
Andrés volvió a bajar la mirada.
—Pensé que no quería que lo molestaran.
Delacroix permaneció inmóvil. La misma respuesta. Sofía. Andrés. Dos personas distintas. La misma interpretación de un hombre inmóvil.
—¿Movió la cabeza? —preguntó.
—No.
—¿Las manos?
—No sé.
—¿Respiraba?
Andrés levantó la vista.
—No miré eso.
—Exactamente.
Montalbán observó a Delacroix.
—No empiece.
—No he empezado.
—Está a punto.
Delacroix volvió al muchacho.
—Cuando dejó el agua, ¿la otra copa ya estaba?
Andrés pensó.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Creo.
—Otra vez.
—Sí. Creo.
—¿Qué contenía?
—Whisky.
—¿Cómo lo sabe?
—Olía.
—¿La tocó?
—No.
—¿Había hielo?
—No.
Delacroix asintió.
—¿Vio el estuche de medicación?
Andrés frunció el ceño.
—No.
—¿En la mesa?
—No.
—¿En las manos de Leandro?
—No sé.
—¿En el suelo?
—No.
Montalbán intervino.
—Durante el apagón.
Andrés se tensó.
—Sí.
—Vio a alguien.
—Creo.
—¿Dónde?
—En la puerta lateral.
—¿Qué puerta?
El muchacho señaló vagamente, como si la villa estuviera delante.
—La que sale del pasillo de servicio al jardín.
Delacroix pensó en la distribución. No era la misma puerta principal de la biblioteca. Era un acceso lateral.
—¿La figura salía o entraba? —preguntó.
—Salía.
—Antes dijo que creía.
—Ahora también.
—Bien.
Montalbán resopló. Delacroix continuó.
—¿Altura?
—No sé.
—Compárela conmigo.
Andrés lo miró.
—Más baja.
—¿Con Montalbán?
—También.
El comisario observó al muchacho.
—Eso elimina a algunos.
Delacroix asintió.
—¿Hombre o mujer?
—No vi la cara.
—No he preguntado eso.
Andrés cerró los ojos. Intentó recordar.
—Podía ser una mujer.
Montalbán preguntó:
—¿Por qué?
—La forma de moverse.
—Eso no sirve.
—Ya lo sé.
Delacroix no estuvo de acuerdo. A veces la memoria guardaba primero una impresión y solo después encontraba palabras.
—¿Ropa?
—Oscura.
—¿Vestido?
—No sé.
—¿Pantalones?
—No sé.
—¿Llevaba algo?
El muchacho abrió los ojos.
—Sí.
El silencio fue inmediato. Montalbán se inclinó.
—¿Qué?
—Algo pequeño.
—¿El estuche?
Andrés miró a Delacroix.
—Puede ser.
—No.
El joven frunció el ceño.
—¿No?
—No diga puede ser porque yo se lo sugerí anoche.
Montalbán observó a Delacroix. Él continuó.
—Olvide el estuche.
Andrés asintió.
—¿Qué vio?
—Algo en la mano.
—¿Tamaño?
El muchacho juntó los dedos.
—Así.
—¿Duro?
—No sé.
—¿Brillaba?
—Creo que sí.
Delacroix pensó. Un estuche oscuro no brillaría necesariamente. Una pieza metálica sí. Una llave. Un mechero. Un frasco. Cualquier cosa.
—¿La figura se detuvo? —preguntó.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque usted habló.
Delacroix lo miró. Recordó la oscuridad. ¿Quién es? La figura había seguido.
—¿Me oyó?
—Sí.
—¿Y usted dónde estaba?
—Cerca.
—¿Vio hacia dónde fue?
—Al jardín.
—¿Después?
—No.
Montalbán preguntó:
—¿Reconoció la voz de alguien cerca?
Andrés pensó.
—La señora Roldán estaba dando órdenes.
—Eso ya lo sabemos.
—El señor Álvaro habló también.
—Sí.
—La señora Valcácer preguntó quién estaba ahí.
Delacroix recordó. Correcto.
—¿Alguna otra?
—No sé.
Montalbán anotó.
—¿La figura podía ser Marina Roldán?
Andrés palideció. No por reconocimiento. Por miedo a responder.
—No sé.
—¿Sofía Valcácer?
—No sé.
—¿Beatriz?
—No.
La respuesta fue inmediata. Delacroix observó.
—¿Por qué no?
—Era más delgada.
—¿Álvaro?
—No creo.
—¿Julián?
—No.
—¿Gabriel?
—No.
Montalbán levantó la vista.
—¿Cómo puede descartarlos?
—La figura era más pequeña.
Delacroix pensó. Eso estrechaba. No demasiado. Pero estrechaba.
—¿Marina? —repitió Montalbán.
Andrés cerró los ojos.
—Puede ser.
Delacroix intervino.
—No.
Los dos lo miraron.
—¿Por qué? —preguntó Montalbán.
—Porque sigue intentando recordar con nombres.
—¿Y?
—Los nombres deforman las sombras.
El comisario lo observó.
—A veces habla como si las sombras fueran testigos.
—Suelen mentir menos que las personas.
Andrés miró a uno y otro. Delacroix volvió a él.
—No piense en Marina.
—Bien.
—No piense en Sofía.
—Bien.
—No piense en nadie.
—Sí.
—¿Qué vio?
El muchacho respiró.
—Una persona.
—¿Alta?
—No mucho.
—¿Rápida?
—Sí.
—¿Asustada?
Andrés tardó.
—No.
Delacroix lo miró con mayor atención.
—¿Por qué?
—Porque no corría.
—Antes ha dicho rápida.
—Se movía rápido. Pero no corría.
—¿Sabía adónde iba?
—Parecía.
—¿Miró alrededor?
—No.
—¿Tropezó?
—No.
—¿Se detuvo cuando hablé?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Un segundo.
—¿Y después?
—Siguió.
Delacroix guardó silencio. Una persona que conocía la casa. Una persona que no se había sorprendido por la oscuridad. O que se movía bien dentro de ella. Eso podía significar muchas cosas. Personal. Frecuencia. Preparación. Nada suficiente. Todavía. Montalbán cerró la libreta.
—¿Algo más?
Andrés dudó. Delacroix lo vio.
—Sí.
El muchacho miró hacia él.
—No sé si importa.
—Eso rara vez lo decide quien ve.
Montalbán soltó aire.
—Dígalo.
Andrés se frotó las manos.