CAPÍTULO 8 — La primera mentira #3
El técnico respondió.
—Porque el sistema se comprobó hace dos días.
Silencio. Montalbán miró a Álvaro.
—¿Quién sabía que iba a cortar la luz?
—Nadie.
Delacroix observó el cuadro. Alguien había preparado el apagón para durar. O había previsto que ocurriría. Eso abría una posibilidad distinta.
—¿Pudo la misma persona ver a Álvaro manipular esto y actuar después? —preguntó.
El técnico se encogió de hombros.
—Claro.
Montalbán lo miró.
—¿Por qué?
Delacroix señaló la cuña.
—Porque quizá alguien no sabía que habría un apagón hasta poco antes.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Quién?
—Eso intento averiguar.
—¿Y para qué alargarlo?
Delacroix miró hacia él.
—La pregunta parece interesarle.
—Claro que me interesa.
—Entonces estamos de acuerdo.
Montalbán cerró el panel.
—Esto cambia poco.
Delacroix lo miró.
—Cambia mucho.
—Álvaro provocó el apagón.
—Sí.
—Alguien pudo ampliarlo.
—Sí.
—Y no sabemos quién.
—Exactamente.
—Entonces tenemos otra pregunta.
—Eso es mucho.
Montalbán lo observó.
—A veces creo que disfruta.
—No.
—Parece.
—Disfruto cuando las cosas dejan de parecer simples.
—Eso es peor.
Subieron. En el corredor encontraron a Marina. Llevaba una carpeta. Siempre una carpeta. Delacroix empezó a sospechar que algún día descubriría que toda Marbella estaba archivada dentro.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó.
Álvaro respondió.
—Investigando mi estupidez.
Marina lo miró.
—Eso puede llevar tiempo.
Álvaro soltó una risa breve.
—Gracias.
Montalbán preguntó:
—¿Conocía el cuadro eléctrico?
Marina no cambió la expresión.
—Sí.
—¿Sabía que Álvaro iba a cortar la luz?
—No.
—¿Vio a alguien cerca de esta zona antes de la fiesta?
—Personal de servicio.
—¿Quién?
Marina pensó.
—Muchos.
—¿Andrés?
—Sí.
Delacroix observó.
—¿A qué hora?
—Por la tarde.
—¿Haciendo qué?
—Trabajando.
—Otra categoría amplia.
Marina lo miró.
—Llevando cajas.
—¿Solo?
—No recuerdo.
Montalbán continuó.
—¿Julián Ferrer estuvo aquí?
—No que yo sepa.
—¿Gabriel?
—No.
—¿Viktor?
—No.
—¿Sofía?
—No.
Delacroix preguntó:
—¿Leandro?
Marina lo miró.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cómo puede estarlo?
—Porque estuvo conmigo gran parte de la tarde.
La respuesta fue inmediata. Demasiado limpia. Delacroix no dijo nada. Montalbán sí.
—¿Dónde?
—Reuniones.
—¿Toda la tarde?
—Casi.
—¿Y cuando no?
Marina miró al comisario.
—No llevaba una cuerda.
Delacroix sonrió apenas. Montalbán no.
—¿Podía haber venido?
—Supongo.
—Entonces no está segura.
Marina sostuvo su mirada.
—No.
Delacroix pensó en Leandro entrando al despacho de Beatriz. En los documentos. En los Roldán. En la medicación. En el apagón. Demasiadas líneas. Todavía ninguna se cruzaba en el lugar correcto.
—¿Dónde estuvo durante el corte? —preguntó Montalbán.
Marina respondió.
—Con el servicio.
—¿Quién puede confirmarlo?
—Varias personas.
—Nombres.
Marina se los dio. Cinco. Demasiados para improvisar. O suficientes para esconderse entre ellos. Montalbán tomó nota. Delacroix la observó. Marina lo notó.
—¿Algo más?
—Sí.
—¿Qué?
—¿Quién sabía que Álvaro buscaba documentos?
La pregunta cambió ligeramente su rostro.
—No lo sé.
—Usted.
Marina lo miró.
—Sí.
Álvaro volvió la cabeza.
—¿Cómo?
Ella no respondió inmediatamente.
—Porque me preguntaste.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Antes de la fiesta.
—No.
—Sí.
—Te pregunté dónde guardaba Leandro sus cosas.
—Exactamente.
—Eso no significa...
—Significa que estabas buscando algo.
Álvaro se acercó.
—¿Se lo dijiste a alguien?
Marina sostuvo su mirada.
—No.
—¿A Leandro?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Delacroix observó.
—Entonces alguien más pudo saberlo.
Álvaro se volvió hacia él.
—¿Quién?
Delacroix miró a Marina. Después al cuadro eléctrico. Después al corredor.
—La persona que decidió que noventa segundos eran mejores que veinte.
Nadie respondió. A media tarde, Montalbán recibió una llamada. Estaban todavía en Villa Almenara. El comisario habló poco. Escuchó. Miró a Delacroix. Después colgó.
—Han encontrado a Andrés.
Álvaro cerró los ojos. Beatriz se puso en pie.
—¿Está vivo?
—Sí.
La palabra alivió la habitación. No completamente. Montalbán continuó.
—En una pensión de Fuengirola.
Álvaro soltó aire.
—Lo dije.
Delacroix lo miró.
—No.
—¿Qué?
—Dijo que no sabía dónde estaba.
Álvaro endureció la expresión.
—No lo sabía.
—Entonces no diga que lo dijo.
Montalbán guardó el cuaderno.
—Vamos.
Álvaro preguntó:
—¿Todos?
—No.
Delacroix se puso en pie.
—Yo sí.
Montalbán lo miró.
—No.
—Eso ya lo hemos hablado.
—No voy a repetirlo.
—Entonces ahorramos tiempo.
El comisario cerró los ojos.
—Dios.
Álvaro sonrió por primera vez en horas.
—Ahora lo entiende.
Delacroix tomó el sombrero. Beatriz se acercó.
—Armand.
—¿Sí?
—¿Cree que Andrés sabe quién mató a Leandro?
Delacroix la observó. Después miró a Álvaro.
La primera mentira de la noche ya había caído.
El heredero había provocado el apagón. Había entrado en un despacho.
Había pagado a un camarero. Había conseguido que desapareciera.
Todo aquello parecía construir un asesino.
Pero, cuanto más se acercaba Delacroix, menos le gustaba la forma.
—No lo sé.
Beatriz cerró los ojos.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Y qué sabe?
Delacroix miró hacia el jardín. La luz de la tarde caía sobre las mismas terrazas donde la noche anterior todos habían mentido.
—Que su hijo provocó el apagón para ocultar algo.
Beatriz esperó.
—Pero no necesariamente para ocultar una muerte.
Álvaro levantó la vista. Delacroix continuó.
—Y que alguien más supo que la casa iba a quedar a oscuras.
Montalbán lo miró.
—Eso todavía no lo sabemos.
Delacroix se colocó el sombrero.
—No.
Se dirigió a la puerta.
—Pero ya tenemos la primera mentira.
Y, pensó mientras salía, las primeras mentiras rara vez eran las más importantes. Solo tenían la ventaja de enseñar dónde empezar a cavar.