CAPÍTULO 8 — La primera mentira #2
—Porque lo sabía.
—Exactamente.
—Conozco la casa.
—Pero el sistema auxiliar estaba bloqueado.
La frase llegó de Montalbán. Álvaro lo miró. Beatriz también.
—¿Qué?
—El corte fue manual —dijo el comisario—. Y alguien bloqueó el sistema auxiliar.
Álvaro respiró.
—No fui yo.
Delacroix observó.
—Pero sí cortó la luz.
Silencio. Beatriz se volvió hacia su hijo.
—Álvaro.
Él no respondió.
—Dímelo.
—Madre.
—Dímelo.
Álvaro cerró los ojos. Después abrió.
—Sí.
La palabra quedó. Pequeña. Definitiva. Montalbán no se movió. Delacroix tampoco. Beatriz retrocedió un paso.
—¿Por qué?
Álvaro la miró.
—No importa.
—Claro que importa.
—No.
—Álvaro.
—No.
La voz de Beatriz cambió. No fue más alta. Fue peor.
—¿Por qué apagaste la casa?
Álvaro miró a Delacroix. Después a Montalbán.
—Para entrar en el despacho.
—Eso ya lo sabemos —dijo el comisario.
—No. No lo saben.
Montalbán esperó. Álvaro respiró.
—Leandro había estado allí por la tarde.
Beatriz lo miró.
—Eso dijiste anoche.
—Pensé que había dejado algo.
—¿Qué?
—Una carpeta.
—¿Qué carpeta?
Álvaro cerró los ojos.
—Papeles.
Delacroix habló.
—Firmados por usted.
Álvaro lo miró.
—Sí.
Beatriz se sentó. Aquello pareció golpearla más que la confesión anterior.
—¿Qué has firmado?
Álvaro no respondió.
—¿Qué?
—Préstamos.
—¿Con qué garantía?
Silencio. Beatriz comprendió antes de que él hablara.
—No.
Álvaro miró al suelo.
—Madre.
—No.
—Escúchame.
—¿Qué has puesto como garantía?
Él levantó la vista.
—Participaciones.
—¿En qué?
—Tierras.
Beatriz palideció. Delacroix observó. La familia. Las propiedades. El interés de Leandro. Todo empezaba a encajar en una línea. No necesariamente la correcta.
—¿Qué tierras? —preguntó Montalbán.
Álvaro no respondió. Beatriz sí.
—Las del oeste.
Delacroix miró hacia ella. Las mismas sobre las que había hablado Lucía. O quizá no. Todavía no podía saberlo.
—¿Leandro tenía los documentos? —preguntó Delacroix.
Álvaro asintió.
—Copias.
—¿Y los originales?
—No sé.
—¿Qué quería hacer con ellos?
—No me lo dijo.
—¿Pero usted temía que los utilizara?
—Sí.
—¿Contra usted?
Álvaro sonrió sin humor.
—Leandro nunca hacía nada contra alguien. Solo a favor de sí mismo.
Aquello parecía cierto. Montalbán continuó.
—¿Por qué provocar el apagón?
—Porque durante la fiesta no podía entrar al despacho sin que alguien me viera.
—¿Y por qué exactamente anoche?
—Porque sabía que Leandro llevaba días presionando.
—¿Presionando para qué?
Álvaro miró a su madre. No quería responder. Delacroix lo vio.
—Para que cediera algo.
Álvaro volvió hacia él.
—Sí.
—¿A quién?
—No sé.
—Eso empieza a resultar cómodo.
—No lo sé.
—¿Una sociedad?
Silencio. Delacroix recordó los papeles de Lucía. Empresas. Tierras. Intermediarios.
—Sí —dijo Álvaro finalmente.
—¿Nombre?
—No lo recuerdo.
—Miente.
Álvaro golpeó la mesa con la mano.
—¡No!
El sonido llenó la sala. Beatriz no se movió. Montalbán tampoco. Delacroix esperó. Álvaro respiró hondo.
—No lo recuerdo porque no me importaba. Eran papeles. Leandro decía que resolvería todo.
Delacroix lo miró.
—Y usted firmaba.
—Sí.
—Sin leer.
—Sí.
—Entonces su madre tenía razón.
Álvaro soltó una risa rota.
—Eso va a alegrarla.
Beatriz lo miró.
—No.
La palabra fue suave. Más dolorosa que un reproche. Álvaro apartó la vista. Montalbán volvió al asunto.
—¿Cuánto tiempo preparó el apagón?
—Un día.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Nadie sabía?
—No.
Delacroix intervino.
—Mentira.
Álvaro se volvió.
—¿Otra vez?
—Alguien bloqueó el sistema auxiliar.
—No fui yo.
—Entonces alguien sabía.
—No.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Delacroix lo observó. Aquello parecía sincero. Montalbán también lo notó.
—¿Dónde estaba el cuadro?
—Zona de servicio.
—¿Quién tenía acceso?
—Cualquiera del personal.
—¿Marina?
Álvaro dudó.
—Sí.
Delacroix guardó silencio. Montalbán lo miró. No dijo nada. Aquella pieza podía significar demasiado pronto.
—¿Julián? —preguntó el comisario.
—Si conocía la casa.
—¿Gabriel?
—También.
—¿Viktor?
—No sé.
—¿Sofía?
—Podía llegar.
—¿Andrés?
Álvaro levantó la vista.
—Sí.
La mención cambió algo. Delacroix lo vio.
—Habló con él.
—No.
—Sí.
Álvaro cerró los ojos.
—No.
—Sabe que lo vio.
—No.
—Entonces, ¿por qué preguntó antes si había desaparecido después de hablar conmigo?
Álvaro lo miró. Demasiado tarde. Beatriz dejó escapar aire. Montalbán se acercó.
—¿Habló con Andrés?
Álvaro no respondió.
—Señor de Almenara.
Silencio.
—Sí.
La segunda confesión fue más pequeña que la primera. También más peligrosa.
—¿Cuándo? —preguntó Montalbán.
—Después.
—¿Después de qué?
—Del apagón.
—¿Sobre qué?
Álvaro miró a Delacroix.
—Me vio.
—¿Dónde?
—Cerca del despacho.
—¿Y?
—Nada.
—¿Nada?
—Me preguntó qué hacía.
—¿Qué respondió?
—Que buscaba una botella.
Delacroix casi sonrió.
—Una respuesta desesperada.
—No tuve tiempo.
Montalbán preguntó:
—¿Le pagó?
Álvaro no respondió. Beatriz levantó la cabeza.
—Álvaro.
Él la miró.
—No.
Delacroix dijo:
—Sí.
Álvaro se volvió.
—Cállese.
—¿Cuánto?
—No le importa.
Montalbán dio un paso.
—A mí sí.
Álvaro cerró los ojos.
—Le di dinero.
Beatriz se puso en pie.
—¿Para qué?
—Para que no dijera nada.
—¿Nada sobre qué?
—Sobre verme allí.
—¿Cuánto?
Álvaro no respondió.
—¿Cuánto?
—Veinte mil pesetas.
Beatriz quedó inmóvil. Montalbán lo miró.
—¿Y Andrés aceptó?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Después de medianoche.
Delacroix pensó en el hombre de la chaqueta oscura. La conversación. La desaparición.
—¿Dónde?
—Cerca de la entrada lateral.
Montalbán y Delacroix se miraron. La descripción encajaba.
—¿Se marchó entonces? —preguntó Delacroix.
Álvaro negó.
—No.
—¿Qué dijo?
—Que se iría unos días.
El silencio fue inmediato.
—¿Por qué? —preguntó Montalbán.
—Porque se lo pedí.
Beatriz cerró los ojos. Delacroix observó a Álvaro.
—¿Le dijo dónde?
—No.
—¿Le dio más dinero?
—Sí.
—¿Cuánto?
Álvaro soltó aire.
—Suficiente.
—Una cantidad.
—Cincuenta mil.
Beatriz se sentó otra vez. Esta vez nadie dijo nada. Montalbán habló despacio.
—¿Pagó a un testigo para que desapareciera?
Álvaro levantó la mirada.
—No era un testigo.
—Lo era.
—No del asesinato.
—Eso no lo sabe.
—No maté a Leandro.
—Todavía no he dicho eso.
—Todos lo piensan.
Delacroix intervino.
—No.
Álvaro lo miró. Sorprendido.
—¿No?
—No.
Montalbán volvió hacia Delacroix.
—¿Por qué?
Delacroix pensó. El apagón. Los documentos. La mentira. Andrés. Todo señalaba a Álvaro. Demasiado. Pero, sobre todo, algo no encajaba.
—Porque provocó el apagón para encontrar papeles.
—Eso dice él —respondió Montalbán.
—Sí.
—Puede ser una historia.
—Puede.
—Entonces.
—Pero la preparó mal.
Álvaro frunció el ceño.
—Gracias.
Delacroix lo ignoró.
—Un hombre que organiza un apagón para matar a alguien no aprovecha después para registrar un despacho donde pueden verlo.
Montalbán sostuvo su mirada.
—Podía hacer ambas cosas.
—Sí.
—Entonces.
—No tenía tiempo.
—Noventa segundos.
—Menos.
—¿Por qué?
Delacroix miró a Álvaro.
—¿Cuánto tardó en llegar al despacho desde el cuadro?
Álvaro pensó.
—Treinta segundos.
—¿Buscar?
—No sé.
—¿Cuánto?
—Cuarenta.
—¿Salir?
—El resto.
Montalbán frunció el ceño.
—Puede mentir.
—Sí.
—Entonces no sirve.
Delacroix continuó.
—Además, no sabía que el sistema auxiliar estaría bloqueado.
Álvaro levantó la cabeza.
—No.
—Esperaba menos oscuridad.
—Sí.
Montalbán lo miró.
—Eso tampoco lo sabemos.
Delacroix sonrió apenas.
—No.
Álvaro soltó aire.
—Qué alivio que por fin duden de todo.
Delacroix lo observó.
—No se confunda.
—¿Qué?
—Sigue siendo culpable de algo.
Álvaro rió sin humor.
—Eso ya lo sabía.
Beatriz lo miró.
—Yo no.
La frase cayó con un peso distinto. Álvaro dejó de sonreír.
Durante unos segundos, la investigación desapareció.
Quedó una madre. Un hijo. Y todo lo que uno había decidido ocultar al otro hasta que un cadáver lo volvió imposible.
Delacroix apartó la mirada. No por delicadeza.
Porque aquella parte no le pertenecía. Montalbán cerró la libreta.
—Quiero saber dónde está Andrés.
—No lo sé —dijo Álvaro.
—Piense.
—No lo sé.
—Le pagó para desaparecer.
—Sí.
—¿Y no acordaron nada?
—Solo que no volviera durante unos días.
—¿Cuántos?
—Tres.
—¿Dónde?
—No pregunté.
Delacroix lo miró.
—Eso sí parece propio de usted.
Álvaro no respondió.
—¿Tiene amigos? —preguntó Montalbán.
—Supongo.
—¿Familia?
—Su madre.
—Además.
—No sé.
Montalbán se volvió hacia uno de los agentes que esperaba fuera de la sala.
—Busquen estaciones, pensiones y hoteles baratos. También amigos y familiares.
El agente asintió. Beatriz habló.
—¿Puede estar bien?
Montalbán la miró.
—Sí.
—¿Pero?
—También puede no estarlo.
Ella cerró los ojos. Álvaro dio un paso hacia su madre.
Beatriz levantó una mano. No quería que se acercara.
Aquello fue peor que cualquier grito. Delacroix miró hacia la ventana.
Afuera, el mar seguía brillando. La ciudad también.
Era extraño cuántos desastres podían ocurrir bajo una luz perfecta.
Montalbán insistió en inspeccionar personalmente la zona del cuadro eléctrico.
Delacroix lo acompañó. Álvaro también. Beatriz no.
La instalación se encontraba en un corredor de servicio que descendía hacia una zona donde la villa perdía poco a poco su elegancia.
Las paredes eran más desnudas. El suelo más práctico.
Las puertas ya no estaban diseñadas para impresionar a nadie. Álvaro señaló un panel.
—Aquí.
Montalbán lo abrió. Delacroix observó. No entendía de electricidad. No pretendía fingir lo contrario. Un técnico de la policía señaló el mecanismo.
—Esto se desconectó manualmente.
—¿Cómo? —preguntó Delacroix.
—Con esta palanca.
—¿Y el auxiliar?
El hombre señaló otra pieza.
—Debería haber entrado.
—Pero no.
—No.
—¿Por qué?
—Alguien colocó esto.
Mostró una pequeña pieza metálica. Una cuña. Simple.
—¿Cuánto tiempo habría tardado en fallar de todas formas?
—Unos noventa segundos.
Delacroix miró a Álvaro.
—Conveniente.
Álvaro soltó aire.
—No fui yo.
—Eso dice.
Montalbán preguntó al técnico:
—¿Cuándo pudo colocarse?
—En cualquier momento antes del corte.
—¿Horas?
—Sí.
—¿Días?
—También.
Álvaro lo miró.
—Entonces podía estar ahí desde antes.
Delacroix negó.
—No.
—¿Por qué?