CAPÍTULO 8 — La primera mentira
La comisaría de Marbella tenía menos glamour que el resto de la ciudad.
Delacroix lo agradeció. El edificio era sobrio, caluroso y funcional, con paredes que no intentaban convencer a nadie de que allí dentro la vida podía reducirse a una sucesión de tardes agradables.
Un agente escribía detrás de una mesa. Otro discutía con un hombre que insistía en haber perdido una cartera y parecía ofendido por la posibilidad de que alguien la hubiera encontrado antes que él.
Rafael Montalbán esperaba en su despacho. No se levantó cuando Delacroix entró.
—Ha tardado.
—Doce minutos.
—Los ha contado.
—No me gusta depender de rumores.
Montalbán cerró una carpeta.
—Siéntese.
Delacroix lo hizo.
—¿Andrés?
—No sabemos dónde está.
—Eso ya me lo ha dicho.
—Su madre asegura que no volvió a casa. No se presentó esta mañana en el hotel donde trabaja habitualmente. Nadie lo ha visto desde la fiesta.
—¿Automóvil?
—No tiene.
—¿Dinero?
Montalbán lo miró.
—¿Qué?
—¿Llevaba dinero?
—No lo sé.
—Entonces todavía no sabemos si ha desaparecido.
—Su madre dice que nunca hace esto.
—Las madres suelen considerar extraordinario cualquier comportamiento que no les haya sido comunicado.
—¿Está diciendo que no importa?
—Estoy diciendo que no sabemos qué significa.
Montalbán respiró lentamente.
—A veces me pregunto si responde así porque piensa de esa manera o porque disfruta irritando.
—Las dos cosas pueden ser compatibles.
El comisario abrió otra carpeta.
—Hemos interrogado a parte del servicio.
—¿Y?
—Andrés terminó su turno poco después de la una.
—¿Se marchó solo?
—Nadie lo sabe.
—Entonces alguien no prestaba atención.
—Había más de cien personas.
—Eso no impide mirar.
—No todos viven como usted.
—Qué alivio.
Montalbán lo ignoró.
—Un compañero dice que Andrés estaba nervioso después de hablar con usted.
—Eso sería una reacción razonable.
—También lo vio discutir con alguien.
Delacroix dejó de sonreír.
—¿Quién?
—No sabe.
—Entonces no lo vio discutir con alguien.
—Vio a Andrés hablando con un hombre cerca de una entrada lateral.
—¿Descripción?
—Alta. Morena. Chaqueta oscura.
—Eso elimina aproximadamente a media fiesta.
—Sí.
—¿Hora?
—Después de medianoche.
Delacroix pensó.
—¿Álvaro seguía allí?
—Sí.
—¿Julián?
—También.
—¿Gabriel?
—Se marchó poco después de las doce y media.
—¿Viktor?
—Más tarde.
—¿La persona podía ser alguno de ellos?
—Podía ser cualquiera.
—Otra respuesta útil.
Montalbán cerró la carpeta.
—Quiero saber qué le dijo Andrés.
—Lo sabe.
—Quiero oírlo otra vez.
Delacroix lo miró.
—Vio una figura durante el apagón.
—Eso.
—No identificó a nadie.
—¿Y el objeto?
—Tampoco.
—Pero mencionó un estuche.
—No.
Montalbán frunció el ceño.
—Ayer dijo...
—Yo pregunté si podía ser un estuche. Él dijo que no sabía.
El comisario guardó silencio. Delacroix continuó.
—No convierta una pregunta en un recuerdo.
—No lo hago.
—Eso espero.
Montalbán se reclinó.
—¿Qué piensa?
—Que Andrés sabía algo que no consideraba importante.
—¿Y ahora?
—Ahora alguien quizá ha decidido que sí lo era.
—Entonces cree que está en peligro.
—No.
—¿No?
—Creo que puede estarlo.
Montalbán cerró los ojos.
—Eso es exactamente lo mismo.
—No.
—Para una persona normal, sí.
—Entonces hemos vuelto al problema inicial.
El comisario apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Hay otra cosa.
Delacroix esperó.
—El corte de luz.
—Álvaro.
—Todavía no.
—Sí.
Montalbán lo observó.
—Hemos revisado la instalación.
—¿Y?
—No fue una avería.
Delacroix no dijo nada.
—El sistema principal fue desconectado manualmente desde un cuadro secundario. Después debía entrar el circuito auxiliar.
—Pero tardó más de lo normal.
—Sí.
—¿Por qué?
—El mecanismo estaba bloqueado.
Delacroix levantó ligeramente la cabeza.
—¿Manipulado?
—Eso parece.
—¿Por la misma persona?
—No lo sabemos.
—Entonces el apagón pudo durar más de lo previsto.
—Sí.
Delacroix pensó en la voz de Álvaro. Volverá enseguida. Pensó en los noventa segundos. En la seguridad. En el despacho.
—Álvaro conocía la instalación.
—Vive en la casa.
—Eso no prueba nada.
Montalbán lo miró.
—Empieza a aprender.
—No exagere.
—También tenemos esto.
Sacó una pequeña fotografía. No era del cuadro eléctrico. Era de una huella parcial sobre una cubierta metálica. Delacroix la observó.
—¿De Álvaro?
—No lo sabemos todavía.
—Entonces tampoco sirve.
—¿Siempre descarta todo antes de utilizarlo?
—No.
—Lo parece.
—Intento evitar enamorarme de las pruebas antes de saber qué dicen.
Montalbán retiró la fotografía.
—Quiero hablar otra vez con él.
—También yo.
—No.
Delacroix lo miró.
—¿Perdón?
—No va a interrogarlo.
—No acostumbro a pedir permiso.
—En mi comisaría, sí.
—Entonces hablaré con él fuera.
Montalbán respiró.
—No convierta esto en una competencia.
—No lo es.
—Lo parece.
—Eso puede ser porque usted sigue intentando impedirme llegar antes.
El comisario endureció la expresión.
—No estoy intentando impedirle nada.
—No.
—Entonces.
—Está intentando decidir qué verdades merece la pena encontrar.
El silencio cambió. Montalbán lo observó durante unos segundos.
—Eso es una acusación.
—Todavía no.
—Otra vez.
Delacroix sonrió apenas. Montalbán se levantó.
—Leandro murió con una afección cardíaca conocida.
—Sí.
—No tenemos el estuche.
—No.
—No tenemos veneno.
—No.
—No tenemos heridas.
—No.
—No tenemos prueba de asesinato.
—No.
El comisario se inclinó hacia él.
—Entonces deje de hablar como si la tuviéramos.
Delacroix sostuvo su mirada.
—No necesitamos una prueba de asesinato para saber que alguien está mintiendo.
—Todo el mundo miente.
—Precisamente.
Montalbán volvió a sentarse.
—¿Qué quiere hacer?
—Encontrar a Andrés.
—Ya lo estamos haciendo.
—Entonces encontrar a Álvaro.
—Está en Villa Almenara.
—Eso facilita mucho la investigación.
Montalbán lo miró.
—Voy con usted.
—No hace falta.
—No era una pregunta.
Delacroix se puso en pie.
—Empiezo a comprender por qué sigue siendo comisario.
—Y yo por qué nadie lo invita dos veces.
—Beatriz sí.
—Todavía.
Salieron. Villa Almenara parecía distinta de día. La noche anterior, las luces y la música habían conseguido convertirla en un escenario.
A la mañana siguiente quedaban las consecuencias.
Mesas incompletas. Flores vencidas. Copas recogidas demasiado deprisa.
Sillas desplazadas. Un empleado enrollaba cables cerca del jardín.
Otro desmontaba una estructura decorativa junto a la piscina.
La fiesta había desaparecido. Pero no del todo.
Las grandes celebraciones dejaban siempre un cadáver menor al día siguiente.
En aquella ocasión, uno real había sido suficiente.
Beatriz los recibió en una sala más pequeña.
No parecía haber dormido. Seguía impecable.
Eso no significaba nada. Álvaro estaba junto a una ventana. Al ver a Montalbán, dejó de fumar.
—Otra vez.
—Sí —dijo el comisario.
Álvaro miró a Delacroix.
—Y usted.
—También.
—Empiezo a sentirme popular.
—Eso ya parecía un problema suyo.
Beatriz intervino.
—Armand.
—Beatriz.
Montalbán miró a Álvaro.
—Necesito hacerle más preguntas.
—Anoche ya respondí.
—No todas.
—Respondí suficientes.
—Eso lo decido yo.
Álvaro soltó aire.
—Perfecto.
Delacroix observó la palabra. Ya la utilizaba como una forma elegante de decir exactamente lo contrario. Montalbán señaló una silla.
—Siéntese.
Álvaro no lo hizo.
—Prefiero estar de pie.
—Como quiera.
El comisario abrió una libreta.
—¿Dónde está Andrés Rivas?
Álvaro no reaccionó. O casi. Delacroix vio una mínima contracción en la mandíbula.
—¿Quién?
—El camarero.
—No lo sé.
—Ha desaparecido.
—Lo siento.
—¿Lo conocía?
—No.
Delacroix habló.
—Sí.
Álvaro volvió la cabeza.
—No.
—Sabía quién era.
—Trabajaba en mi casa.
—Eso no es lo mismo.
Montalbán miró a Delacroix.
—Déjeme.
—Por supuesto.
Álvaro soltó una risa.
—Eso será nuevo.
Montalbán continuó.
—¿Habló con Andrés anoche?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido. Delacroix no necesitó mirarlo. Ya sabía. Montalbán también.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Después del apagón?
—No.
—¿Antes?
—Tampoco.
—¿Nunca?
—Nunca.
Beatriz observó a su hijo. Aquello empezó a preocuparla.
—Álvaro.
—¿Qué?
—Responde bien.
Él la miró.
—Estoy respondiendo.
Delacroix se acercó a una mesa. No dijo nada. Montalbán preguntó:
—¿Por qué Andrés sabía que usted estaba cerca del despacho durante el apagón?
Álvaro quedó inmóvil. Solo un segundo.
—No lo sabía.
—Sí.
—Entonces se equivocaba.
—No.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque lo dijo.
Álvaro miró a Delacroix. Entendió.
—¿Antes de desaparecer?
Delacroix sostuvo su mirada. La pregunta había sido un error. Montalbán también lo notó.
—No he dicho cuándo.
Silencio. Beatriz cerró los ojos.
—Álvaro.
Él apartó la mirada.
—No sé nada de ese chico.
Delacroix habló.
—Mentira.
Álvaro se volvió.
—No empiece.
—Ya ha empezado usted.
—No tiene derecho.
—No necesito uno.
Montalbán levantó una mano.
—Basta.
Delacroix guardó silencio. El comisario volvió a Álvaro.
—¿Habló con Andrés?
Álvaro sostuvo su mirada.
—No.
Montalbán cerró la libreta.
—Bien.
Álvaro parecía sorprendido. Delacroix también. El comisario añadió:
—Entonces no tendrá problema en acompañarnos.
—¿A dónde?
—A la comisaría.
Beatriz dio un paso.
—Rafael.
—No.
Álvaro soltó una risa breve.
—¿Me está deteniendo?
—Todavía no.
Delacroix miró al comisario. Montalbán lo ignoró. Álvaro endureció la expresión.
—No voy a ninguna parte.
—Entonces sí tendremos un problema.
Beatriz se acercó.
—No conviertan esto en algo innecesario.
Delacroix la miró.
—Ya lo es.
Ella volvió la cabeza.
—Armand.
—Su hijo está mintiendo.
—Eso no significa que haya matado a nadie.
—No.
—Entonces deje de actuar como si...
—No actúo así.
—Lo parece.
Delacroix observó a Álvaro.
—Creo que provocó el apagón.
Beatriz quedó inmóvil. Álvaro no. Su reacción fue demasiado rápida.
—Eso ya lo dije anoche.
—No.
—Admití que sabía cómo funcionaba.
—No es lo mismo.
—Entonces no sé qué quiere.
—La verdad.
Álvaro soltó una risa.
—Qué palabra tan cómoda.
—No para usted.
Montalbán miró a Delacroix.
—¿Qué tiene?
—La voz.
—¿Qué?
—Durante el apagón dijo que la luz volvería enseguida.
Álvaro se cruzó de brazos.