CAPÍTULO 7 — La periodista #2
—Miente.
Lucía lo miró.
—No.
—Entonces sabe de quién.
—No puedo decirlo.
—Su fuente.
—No.
—Alguien del periódico.
Lucía no respondió. Delacroix asintió.
—Bien.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Deducir y después decir bien.
—¿Por qué?
—Porque parece satisfecho.
—No lo estoy.
Lucía cerró la carpeta.
—Leandro no quería que investigara a los Roldán.
—Eso ya es algo.
—No.
—Sí.
—No puede demostrarlo.
—No necesito publicarlo.
Lucía lo miró.
—Qué lujo.
Delacroix dejó la hoja sobre la mesa.
—¿Qué sabe de Julián Ferrer?
—Mucho.
—Entonces empecemos por lo peligroso.
—¿Para quién?
—Para él.
Lucía sonrió.
—Leandro había empezado a presionarlo.
—¿Por qué?
—Una operación grande.
—¿Tierras?
—Sí.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo todavía.
Delacroix levantó una ceja.
—¿También tiene una fuente?
—Tengo varias.
—Qué agotador.
—Mucho.
—¿Julián amenazó a Leandro?
—No públicamente.
—¿Privadamente?
—No lo sé.
—Entonces no sabe mucho.
Lucía lo miró.
—Leandro tenía una cita con él anoche.
Delacroix guardó silencio.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Julián tenía que decidir antes de hoy si aceptaba una condición.
—¿Qué condición?
—Ceder una participación.
—¿A quién?
—No lo sé.
—¿Leandro?
—Probablemente a alguien representado por él.
—Eso tampoco es prueba.
—No.
—Está empezando a gustarme menos.
—Elena tenía razón.
Delacroix observó a la mujer. Había algo que no encajaba.
—¿Por qué ha venido?
Lucía no respondió.
—Ya me ha dado información.
—Sí.
—Eso no es normal.
—Gracias.
—¿Qué quiere a cambio?
—Nada.
—Entonces miente.
Lucía apoyó la espalda.
—Quiero saber qué descubrió anoche.
—No.
—Entonces estamos empatados.
—No.
—¿Por qué?
—Porque yo no he ido a buscarla.
Lucía sonrió.
—Todavía.
Delacroix no respondió. Ella miró hacia la entrada del hotel.
—Además, alguien tenía que decirle que no confíe en nadie de Villa Almenara.
—Eso incluye a Beatriz.
—Sí.
—Me contrató.
—Precisamente.
—¿Álvaro?
—Más.
—¿Marina?
Lucía dudó.
—No lo sé.
—Interesante.
—¿Por qué?
—Es la única persona sobre la que no ha respondido inmediatamente.
Lucía frunció el ceño.
—No haga eso.
—Otra vez.
—Convertir una pausa en una teoría.
—Todavía no.
—Empiezo a odiar esa palabra.
—Beatriz también.
Lucía recogió la carpeta.
—Tengo que irme.
—No.
—¿Perdón?
—Todavía no.
—No trabaja así conmigo.
—Acaba de sentarse sin invitación.
—Eso no le da derechos.
—Nunca los necesito para preguntar.
Lucía soltó aire.
—Tiene cinco minutos.
—Tres.
—Generoso.
Delacroix señaló la hoja de los Roldán.
—¿De qué año?
Lucía respondió.
—Hace veintitrés.
—¿Leandro aparece?
—No directamente.
—¿Quién sí?
—Una sociedad llamada Inversiones del Sur.
—¿Existe?
—Ya no.
—¿Quién la controlaba?
—Oficialmente, dos hombres muertos.
—¿Y extraoficialmente?
—No lo sé.
—¿Gabriel?
—No entonces.
—¿Julián?
—Era demasiado joven.
—¿El marido de Beatriz?
Lucía lo miró. Demasiado rápido. Delacroix sonrió apenas.
—Sí.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
Lucía cerró la carpeta con fuerza.
—Una de las firmas puede pertenecer a él.
—Puede.
—No está confirmada.
—Entonces Beatriz tiene razón.
—¿Sobre qué?
—El pasado no ha terminado.
Lucía guardó silencio.
—¿Leandro buscaba esos documentos?
—Sí.
—¿En Villa Almenara?
—No lo sabía.
—Ahora sí.
—¿Por qué me lo dice?
—Porque quiero saber qué hace con la información.
Lucía lo miró.
—¿Me está probando?
—No.
—Mentira.
—Eso ha sido rápido.
La periodista se puso en pie.
—Tres minutos.
—Han sido cuatro.
—Entonces me debe uno.
—No acostumbro a deber tiempo.
—Todo el mundo debe algo en Marbella.
Delacroix levantó la vista.
—¿También usted?
Lucía no sonrió.
—Sí.
Aquello fue lo más sincero que había dicho.
Se alejó. Delacroix la vio cruzar la terraza del hotel y desaparecer hacia la calle.
No intentó detenerla. Miró la hoja que había dejado.
La familia Roldán. Las tierras. El incendio.
Un muerto. Veintitrés años atrás. Demasiado antiguo para parecer relacionado con un asesinato ocurrido la noche anterior.
Eso era exactamente lo que lo volvía interesante.
Terminó el café. Estaba completamente frío. Un camarero se acercó.
—¿Le traigo otro?
—Sí.
—¿Solo?
Delacroix levantó la vista.
—¿También usted?
El hombre sonrió.
—Aquí se toma con leche.
—Entonces traerá uno solo.
El camarero se marchó. Delacroix volvió a mirar la hoja.
No había ninguna prueba de que la familia Roldán tuviera relación con Marina.
Tampoco de que Leandro hubiera participado en aquellas operaciones.
Solo líneas. Fechas. Apellidos. La clase de material con el que los periodistas construían historias y los detectives perdían semanas.
Doblando el papel, vio algo escrito en el reverso.
Una anotación a lápiz. Una dirección. Y debajo: Archivo Municipal.
Caja 47. Delacroix sonrió apenas. Lucía había dejado aquello a propósito.
No era un descuido. Era una invitación. Guardó la hoja en el bolsillo interior de la chaqueta.
Entonces vio al hombre sentado dos mesas más allá.
No estaba allí cuando Lucía llegó. O Delacroix no lo había notado.
Cincuenta años. Traje claro. Periódico abierto.
No leía. Delacroix miró hacia él. El hombre bajó los ojos al papel.
Demasiado tarde. Delacroix esperó. El hombre no se movió.
—¿Quiere café? —preguntó Delacroix.
El desconocido levantó la vista.
—¿Perdón?
—Lleva diez minutos sentado sin beber nada.
—Estoy esperando a alguien.
—Yo también.
El hombre miró alrededor.
—Entonces tenemos algo en común.
—No mucho.
El desconocido cerró el periódico.
—Buenos días.
Se levantó. Delacroix observó cómo salía del hotel. No lo siguió. Una sombra podía conducir a otra sombra. Prefería saber primero quién había decidido colocarlo allí. El nuevo café llegó. Delacroix tomó un sorbo. Mejor. La mañana avanzaba. Marbella parecía tranquila. Demasiado.
A las diez menos cuarto, sonó el teléfono del vestíbulo. El recepcionista atendió. Miró hacia la terraza.
—Monsieur Delacroix.
Delacroix levantó la mano. El hombre se acercó.
—Una llamada para usted.
—¿Quién?
—El comisario Montalbán.
Delacroix se puso en pie. El aparato estaba sobre una mesa lateral. Tomó el auricular.
—Comisario.
—¿Dónde está?
—Desayunando.
—Eso no era una pregunta difícil.
—Hotel.
Silencio.
—Necesito que venga.
—¿Ha encontrado el estuche?
Montalbán tardó una fracción de segundo.
—No.
—Entonces parece que la mañana también progresa.
—No empiece.
—Todavía no.
—Venga.
—¿Dónde?
—Comisaría.
—Eso suena poco hospitalario.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—Andrés Rivas ha desaparecido.
Delacroix no respondió. El camarero. La silueta. El objeto en la mano. La persona que había visto demasiado poco. O demasiado.
—¿Desde cuándo?
—No volvió a su casa.
—¿Ha comprobado si simplemente no quería volver?
—Su madre está preocupada.
—¿Leandro conocía su nombre?
—No lo sé.
—Álvaro sí.
Silencio. Montalbán bajó la voz.
—¿Por qué dice eso?
—Porque Andrés sabía dónde estuvo durante el apagón.
—Venga ahora.
La línea se cortó. Delacroix dejó el auricular. El recepcionista lo observaba.
—¿Algún problema?
Delacroix tomó el sombrero.
—Eso parece.
—¿Necesita un automóvil?
—Sí.
—¿Adónde?
Delacroix miró hacia la calle por donde había desaparecido el hombre del periódico. Después hacia la mesa donde Lucía Barral había dejado una puerta abierta al pasado.
—A la policía.
El recepcionista asintió. Delacroix caminó hacia la salida.
Apenas habían transcurrido diez horas desde la muerte de Leandro Varela.
Ya había un testigo desaparecido. Una periodista vigilada.
Un apellido enterrado en documentos antiguos.
Un comisario que no quería encontrar demasiado.
Y una ciudad que había decidido, antes de que nadie pudiera demostrar nada, que un hombre con el corazón enfermo simplemente había tenido la mala educación de morir en mitad de una fiesta.
Lucía Barral tenía razón en una cosa. Si Leandro Varela había sido asesinado, Delacroix no encontraría una sola persona con motivos.
Encontraría demasiadas. Y empezaba a sospechar que ese era exactamente el problema.