Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 7 — La periodista
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CAPÍTULO 7 — La periodista

A las nueve de la mañana siguiente, Marbella ya había decidido que Leandro Varela había muerto del corazón.

La noticia no aparecía todavía impresa en ningún periódico, pero eso no significaba que no circulara.

En el vestíbulo del hotel, una mujer dijo que había sido durante una cena.

Un hombre aseguró que había ocurrido en el automóvil.

El recepcionista comentó, con la autoridad de quien había pasado toda la noche detrás de un mostrador, que Leandro llevaba meses enfermo.

Un camarero sostuvo que había muerto bailando.

Delacroix pidió café. La muerte, pensó, necesitaba apenas unas horas para dejar de pertenecer al muerto.

Se sentó en la terraza del hotel con el periódico cerrado sobre la mesa y una taza frente a él.

Había dormido poco. No porque los acontecimientos de la noche anterior lo hubieran mantenido despierto, sino porque alrededor de las tres de la madrugada alguien había telefoneado a su habitación, había esperado a que respondiera y después había colgado.

La segunda vez, a las cuatro y doce, ni siquiera se había molestado en levantarse.

A las cinco, recibió una tercera llamada. Esta vez una voz masculina dijo:

—Váyase.

Delacroix respondió:

—Buenos días.

La línea se cortó. Después había dormido hasta las siete.

Marbella empezaba a resultarle hospitalaria.

Abrió el periódico. Nada sobre Leandro. Todavía.

La demora no lo sorprendió. Las noticias relacionadas con personas poderosas acostumbraban a sufrir una fase previa de educación antes de aparecer impresas. Tomó café.

—No debería beberlo así.

Delacroix levantó la vista. La mujer que se había sentado frente a él tenía treinta y pocos años, cabello oscuro recogido de forma rápida, camisa clara, falda sencilla y una carpeta bajo el brazo.

No llevaba sombrero. Tampoco gafas de sol.

En Marbella, aquello ya parecía una declaración de principios.

—¿Así cómo? —preguntó.

—Solo.

Delacroix miró la taza.

—No sabía que necesitara compañía.

—Necesita leche.

—Entonces hemos empezado mal.

La mujer se sentó sin pedir permiso.

—Lucía Barral.

Delacroix la observó.

—La periodista.

—El detective.

—Eso parece.

Lucía dejó la carpeta sobre la mesa.

—Elena me dijo que le caería mal.

—Todavía no conozco suficiente para confirmarlo.

—No se preocupe. Llegará.

Delacroix cerró el periódico.

—¿Qué quiere?

—La misma cosa que usted.

—Eso resulta improbable.

—Saber quién mató a Leandro Varela.

Delacroix no cambió la expresión. Lucía sonrió.

—Bien.

—¿Qué?

—No ha preguntado por qué creo que lo mataron.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si se ha sentado aquí a las nueve de la mañana para decirme eso, la respuesta será más interesante que la pregunta.

Lucía apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Me gusta menos de lo que esperaba.

—Eso suele ocurrir después de conocerme.

—No se acostumbre.

Delacroix tomó café.

—¿Por qué cree que fue asesinado?

—Porque Leandro Varela no murió cuando debía.

—Una razón poética.

—No. Práctica.

Lucía abrió la carpeta. No sacó nada.

—Llevaba meses asustado.

Delacroix dejó la taza.

—Beatriz dijo lo mismo.

—Entonces Beatriz observa más de lo que aparenta.

—No aparenta observar poco.

—Tiene razón.

Lucía miró alrededor antes de continuar. No porque temiera ser escuchada. Porque sabía que podían escucharla.

—Hace siete meses, Leandro empezó a cerrar asuntos antiguos.

—¿Qué significa cerrar?

—Vender participaciones. Retirar dinero. Cambiar titulares de sociedades. Recuperar documentos.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque llevo casi un año siguiéndole el rastro.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que encontraba una operación extraña, su nombre no aparecía.

Delacroix la miró.

—Eso parece contradictorio.

—Exactamente.

Lucía sonrió sin humor.

—Había empresas comprando terrenos. Sociedades vendiendo a otras sociedades. Préstamos concedidos a personas que no podían devolverlos. Propiedades que cambiaban de manos antes de multiplicar su valor. Siempre había alguien visible.

—¿Y Leandro?

—Nunca.

—Entonces, ¿por qué él?

Lucía abrió la carpeta y sacó varias hojas.

—Porque todos los caminos terminaban cerca.

Delacroix no tocó los documentos.

—Eso no es lo mismo.

—Lo sé.

—¿Puede demostrarlo?

—No.

—Entonces entiende por qué no se ha publicado.

Lucía lo miró.

—Empiezo a caerle mal.

—Todavía no.

—Deme tiempo.

Delacroix observó las hojas. Nombres de empresas. Fechas. Direcciones. Algunas líneas dibujadas a mano conectando personas y sociedades.

—¿Qué es esto?

—Lo que mi director llama una obsesión.

—¿Y usted?

—Trabajo.

—Una palabra muy utilizada aquí.

Lucía señaló una de las hojas.

—Esta empresa compró terrenos al oeste hace cuatro años.

—¿Quién la controla?

—Oficialmente, un abogado.

—¿Y en realidad?

—No lo sé.

—Entonces seguimos bien.

—Después esos terrenos se vendieron a otra sociedad. Tres meses más tarde, el ayuntamiento aprobó un proyecto de acceso.

—Y el valor aumentó.

—Mucho.

—¿Leandro?

—El abogado había trabajado para Gabriel Arístegui.

—Eso no prueba nada.

—No.

—¿Y Julián Ferrer?

Lucía lo miró.

—Ya ha hablado con él.

—Sí.

—Entonces sabrá que compra antes de que los demás comprendan qué están vendiendo.

—Eso me han dicho.

—Julián estaba detrás de una de las empresas que compró después.

—¿Y Leandro?

—Presentó a las personas que no debían conocerse oficialmente.

Delacroix se reclinó.

—Eso sigue sin ser un delito.

—No.

—Y tampoco un asesinato.

—Todavía no.

Delacroix la miró. Lucía sonrió.

—También puedo hacerlo.

—No le queda bien.

—A usted tampoco.

Por primera vez, Delacroix estuvo a punto de reír. No lo hizo.

—¿Qué cambió hace siete meses?

Lucía retiró algunas hojas.

—Leandro empezó a buscar documentos antiguos.

—¿Qué clase?

—Propiedades.

—Eso es amplio.

—Sociedades desaparecidas. Escrituras. Préstamos. Expedientes administrativos.

—¿De qué época?

—Veinte, veinticinco años.

Delacroix pensó en las cajas de Beatriz. En el marido muerto. En las preguntas de Leandro.

—¿Por qué?

—Eso quería preguntarle ayer.

—¿Tenía una cita?

Lucía negó.

—No. Leandro no me concedía entrevistas.

—¿Lo sabía?

—Sabía que lo investigaba.

—Entonces sí.

—No es lo mismo.

—Para un hombre como él, probablemente sí.

Lucía tomó una hoja distinta.

—Hace dos meses, alguien entró en mi casa.

Delacroix la miró.

—¿Robaron algo?

—No.

—Entonces buscaban.

—Sí.

—¿Qué se llevaron?

—Una libreta.

—¿Sobre Leandro?

—Entre otras cosas.

—¿Policía?

Lucía soltó una risa breve.

—No.

—Eso no era una broma.

—Lo sé.

—¿Denunció?

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

—¿Montalbán?

—No personalmente.

—¿Confía en él?

Lucía tardó.

—Es una pregunta complicada.

—Las respuestas simples suelen ser malas.

—Montalbán no es un corrupto de película.

—Eso ya lo había pensado.

—Hace su trabajo.

—Hasta que deja de hacerlo.

Lucía lo observó.

—Sí.

Delacroix volvió a mirar los papeles.

—¿Qué sabe de él y Leandro?

—Que se conocían desde hacía años.

—Eso tampoco me dice si Montalbán le debía algo.

Lucía negó con la cabeza.

—No sé si le debía nada. Solo sé que, como casi todos aquí, sabía hasta dónde podía llegar con Leandro.

—¿Quién es su fuente?

Lucía sonrió.

—No.

—Lo imaginaba.

—Entonces no pregunte.

—Pregunto para saber qué se niega a responder.

—Eso debe de ser agotador.

—No.

Lucía bebió del vaso de agua que había tomado sin pedir.

—Montalbán ha frenado historias antes.

—¿Por orden?

—A veces no hace falta una orden.

—Explíquese.

—Aquí todos saben hasta dónde llegar.

Delacroix miró hacia el mar.

—No todos.

—Sí.

—No yo.

Lucía lo observó.

—Eso es precisamente lo que les preocupa.

Delacroix volvió hacia ella.

—¿Quiénes son ellos?

—Todavía no lo sé.

—Entonces habla como periodista.

—Y usted como detective.

—Mal asunto.

Lucía cerró la carpeta.

—Leandro no era el centro de una organización.

—No.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque nadie parecía obedecerlo.

—Exactamente.

Delacroix la miró con mayor interés. Lucía continuó.

—Era un cruce.

—Un intermediario.

—Más que eso.

—¿Qué?

—Un hombre que sabía qué necesitaba cada persona.

—Eso ya lo había comprendido.

—Entonces habrá comprendido también el problema.

—Demasiadas personas necesitaban que siguiera vivo.

Lucía sonrió.

—Y demasiadas necesitaban que dejara de hablar.

Delacroix tomó la taza. El café se había enfriado.

—¿Qué sabe de Marina Roldán?

La reacción fue pequeña. Pero estuvo. Lucía no respondió inmediatamente.

—Trabaja para Leandro.

—Eso ya lo sé.

—Desde hace años.

—También.

—Es discreta.

—Todo el mundo dice eso de las personas que saben demasiado.

Lucía lo miró.

—¿Sospecha de ella?

—Todavía no.

—Otra vez.

Delacroix ignoró la sonrisa.

—Anoche manejó la medicación de Leandro.

Lucía dejó de sonreír.

—¿Qué?

—El estuche ha desaparecido.

—¿Lo sabe la policía?

—Sí.

—¿Y?

—Lo están buscando.

Lucía se reclinó lentamente.

—Eso no ha trascendido.

—Han pasado pocas horas.

—En Marbella, pocas horas son demasiado tiempo.

Delacroix observó.

—¿Qué sabe de Marina?

Lucía miró hacia la calle.

—Nada que pueda demostrar.

—Eso empieza a repetirse.

—Hace un año encontré su apellido en unos documentos antiguos.

Delacroix dejó la taza.

—¿Qué documentos?

Lucía volvió a abrir la carpeta. Buscó. Sacó una hoja doblada.

—Operaciones de tierra.

—¿Dónde?

—Al oeste.

—¿Qué apellido?

—Roldán.

Delacroix no tocó el papel.

—¿Marina?

—No sé.

—¿Nombre?

—Familia Roldán.

—Eso no es suficiente.

—No.

Lucía extendió la hoja. Delacroix la tomó. Era una copia parcial. Fechas. Una propiedad. Una sociedad. Una deuda. Y un apellido. Roldán.

—¿Qué ocurrió?

—Perdieron las tierras.

—¿Cómo?

—Oficialmente, deudas.

—¿Y no oficialmente?

Lucía lo miró.

—Eso intento averiguar.

Delacroix siguió leyendo. Había una referencia a un incendio.

—¿Qué es esto?

—Una casa de campo.

—¿Incendio?

—Sí.

—¿Muertos?

Lucía bajó la voz.

—Uno.

Delacroix levantó la vista.

—¿Quién?

—Un joven.

—¿Apellido?

—Roldán.

Silencio. Lucía guardó las hojas restantes.

—No sé si tiene relación con Marina.

—¿La ha preguntado?

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuando intenté acercarme, Leandro apareció.

Delacroix la observó.

—¿Apareció?

—No literalmente.

—Explíquese.

—Mi director recibió una llamada.

—¿De Leandro?

—No lo sé.