Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 6 — Una muerte conveniente #3
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CAPÍTULO 6 — Una muerte conveniente #3

La palabra cambió el caso. No mucho. Todavía. Pero lo cambió.

—¿Cuánto antes? —preguntó Montalbán.

—No lo sé.

Delacroix miró a Marina. Ella lo vio.

—Yo hablé con él —dijo.

Todos volvieron la cabeza. La frase llegó con una urgencia nueva.

—Antes del apagón —añadió.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Eso dice.

Marina dio un paso.

—Me respondió.

—¿Qué dijo?

—Que quería estar solo.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces estaba vivo.

—Si lo dijo.

Marina palideció. Muy poco.

—¿Cree que estoy mintiendo?

Delacroix no respondió inmediatamente. Beatriz lo miró. Montalbán también. Cervera parecía cansado. Álvaro esperaba. Delacroix finalmente dijo:

—Creo que todos están mintiendo sobre algo.

Nadie habló.

—La pregunta —continuó— es cuál de esas mentiras pertenece a la muerte de Leandro.

Montalbán respiró lentamente.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—Quiero hablar con usted a solas.

—Eso suele empeorar las noches.

—Ahora.

Delacroix miró a Beatriz. Ella no sonrió. Siguió al comisario hasta la biblioteca. Montalbán cerró parcialmente la puerta. No por privacidad completa. Por mensaje. Los demás debían ver que la conversación existía.

—¿Qué está haciendo? —preguntó.

Delacroix miró alrededor.

—Pensando.

—No.

—Entonces tendrá que ser más preciso.

Montalbán se acercó.

—Llega a mi ciudad, entra en una fiesta y, dos horas después, convierte una muerte probable en un asesinato.

—No la he convertido en nada.

—Está sembrando sospechas.

—Las sospechas ya estaban aquí.

—No me hable como si no supiera trabajar.

—No lo hago.

—Entonces deje de hacerlo.

Delacroix lo observó. Montalbán parecía realmente enfadado. Pero no por el motivo más evidente.

—Usted sabía que Leandro tenía problemas.

El comisario guardó silencio.

—¿Qué clase?

—No es asunto suyo.

—Ahora hay un muerto.

—Eso no convierte su vida en propiedad pública.

—No.

—Entonces.

—La convierte en relevante.

Montalbán miró hacia la terraza.

—Leandro tenía enemigos.

—Eso ya lo sé.

—Deudas.

—También.

—Personas que dependían de él.

—Muchas.

—Y demasiados asuntos que no conviene mezclar.

Delacroix lo miró.

—Ahí está.

—¿Qué?

—El problema.

Montalbán volvió la cabeza.

—No entiende dónde está.

Delacroix sonrió apenas.

—Cada vez que alguien me dice eso, descubro que entiende perfectamente dónde está él.

El comisario endureció el rostro.

—Esto no es París.

—No.

—No puede entrar en casas, acusar a personas y abrir cuentas como si...

—No he hecho ninguna de esas cosas.

—Todavía.

—Esa palabra también se le está pegando.

Montalbán no sonrió.

—Hay hombres en esta ciudad que pueden destruir carreras con una llamada.

—Entonces quizá deberían llamar menos.

—No es una broma.

—No.

Montalbán bajó la voz.

—Si Leandro murió del corazón, esto termina esta noche.

Delacroix lo observó.

—¿Y si no?

El silencio fue suficiente.

—Entonces tendremos un problema —dijo Montalbán.

—Ya lo tiene.

—No.

El comisario miró hacia el cuerpo.

—Todavía podemos no tenerlo.

Aquello era más honesto que cualquier otra cosa que hubiera dicho. Delacroix comprendió. No quería ocultar necesariamente un asesinato. Quería evitar descubrirlo. La diferencia era enorme. Y, a veces, moralmente insignificante.

—¿Quién le ha llamado? —preguntó Delacroix.

Montalbán lo miró.

—¿Qué?

—Antes de llegar.

—La señora Roldán.

—Después.

El comisario no respondió. Delacroix sonrió sin humor.

—Alguien más.

—No.

—Miente mal.

—Y usted pregunta demasiado.

—Eso ya está establecido.

Montalbán se acercó.

—Escúcheme con atención. Haré examinar el cuerpo. Tomaremos declaraciones. Revisaremos la medicación. Si aparece algo, actuaré.

—¿Y si no aparece porque alguien se ha preocupado de que no aparezca?

—Entonces necesitaré pruebas.

—Yo también.

—No se meta.

Delacroix lo miró.

—No puedo.

—Sí.

—No.

—¿Por qué?

Delacroix volvió la vista hacia la terraza.

Leandro seguía sentado frente al mar. Un hombre que había prometido hablar al día siguiente.

Un hombre rodeado de personas que ocultaban algo.

Un apagón provocado por alguien que buscaba documentos.

Una medicación desaparecida. Una cronología construida sobre cuerpos inmóviles y recuerdos inseguros.

—Porque la muerte ya me ha hecho una pregunta.

Montalbán cerró los ojos.

—Dios.

—Álvaro ya ha utilizado esa palabra.

—Empiezo a comprenderlo.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Leandro murió naturalmente?

—Probablemente.

—¿Lo sabe?

—No.

—Entonces no hemos terminado.

Montalbán sostuvo su mirada.

—Yo decidiré cuándo termina.

Delacroix sonrió.

—Eso también lo dicen con frecuencia.

—¿Y qué ocurre?

—Rara vez funciona.

El comisario abrió la puerta.

—Tome declaración. Nada más.

Delacroix lo miró.

—¿Me está dando permiso?

—No.

—Qué alivio.

Montalbán se apartó. Delacroix regresó a la terraza.

Los demás seguían allí. Beatriz. Álvaro.

Marina. Cervera. Andrés, a cierta distancia.

Todos esperando. Todos con la misma pregunta.

Delacroix se acercó al cuerpo. No demasiado.

Miró otra vez la mesa. La copa de agua. La copa baja.

Las cerillas. El asiento. La posición de las manos.

El bolsillo vacío donde había estado el estuche.

Después levantó la vista hacia el mar. La noche parecía perfecta. Aquello era lo peor.

—Armand —dijo Beatriz.

Delacroix se volvió.

—¿Qué ocurre?

La mujer había perdido parte de su autoridad. No toda. Nunca toda.

—¿Ha sido un asesinato?

Delacroix miró a Montalbán. El comisario permanecía en la biblioteca. Escuchando. Cervera también. Marina no se movía. Álvaro tenía la mandíbula tensa. Delacroix volvió hacia Beatriz.

—Todavía no puedo demostrarlo.

—Eso no es lo que he preguntado.

—No.

—Entonces.

Delacroix miró otra vez a Leandro.

—Creo que alguien esperaba que esta muerte resultara demasiado fácil de aceptar.

Nadie habló. Marina bajó los ojos. Cervera soltó aire. Montalbán no se movió. Delacroix continuó.

—Monsieur Varela tenía un corazón enfermo. Eso es cierto. Estaba cansado. Había discutido. Había bebido. Todo encaja.

Beatriz esperó.

—¿Entonces?

Delacroix señaló la mesa.

—Demasiado.

Montalbán frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

Delacroix lo miró.

—A veces, comisario, una explicación no es falsa porque le falten piezas.

Pausa.

—Es falsa porque las tiene todas demasiado pronto.

El silencio volvió. La noche seguía abierta detrás de ellos. Marbella seguía allí. Las villas. Las luces. El mar. El dinero. Los secretos. Delacroix miró a cada uno.

—Leandro Varela no murió porque su corazón fallara.

Cervera dio un paso.

—Armand.

Delacroix no apartó la vista del cuerpo.

—Su corazón es simplemente el lugar donde alguien decidió esconder la muerte.

Y, por primera vez desde que había llegado a Marbella, nadie intentó decirle que estaba haciendo demasiadas preguntas.