Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 6 — Una muerte conveniente #2
23%

CAPÍTULO 6 — Una muerte conveniente #2

—No la vio.

—La prescribí.

—Eso no responde.

Montalbán levantó una mano.

—Basta.

Delacroix lo miró.

—Todavía no.

—Para usted, quizá no. Para mí, sí.

El comisario se volvió hacia Cervera.

—¿La medicación podría provocar algo si se tomara mal?

El médico frunció el ceño.

—Cualquier medicación puede.

—¿Esta?

—Depende de la dosis.

—¿Podría matar?

Cervera miró a Delacroix. Después a Montalbán.

—En circunstancias extremas.

—¿Y Leandro?

—Tenía un corazón delicado.

El silencio cambió. Montalbán lo sintió.

—¿Qué significa?

—Que cualquier alteración podría ser peligrosa.

Delacroix habló.

—¿Alteración?

Cervera se irritó.

—He dicho cualquier.

—No es lo mismo que ninguna.

—Armand.

—Doctor.

Montalbán levantó otra vez la mano.

—¿El frasco era el habitual?

Cervera miró a Marina. Ella respondió.

—Sí.

Delacroix habló.

—Leandro no estaba de acuerdo.

Marina lo miró.

—Estaba cansado.

Montalbán preguntó:

—¿Qué dijo?

Delacroix respondió.

—Preguntó si ella había cambiado el frasco.

El comisario observó a Marina.

—¿Lo había hecho?

—No.

—¿Por qué preguntó?

—Porque lo confundió.

—¿Con qué?

—No lo sé.

—¿Y no le pareció extraño?

Marina sostuvo su mirada.

—Leandro encontraba extraño todo lo que no recordaba haber decidido él mismo.

Aquello sonaba a verdad. Delacroix no supo si eso lo hacía mejor o peor. Montalbán miró al médico.

—Quiero que revisen la medicación.

—No está.

—Entonces encuéntrenla.

Uno de los agentes salió. Álvaro se movió. Solo un paso. Delacroix lo vio.

—¿Tiene prisa?

Álvaro se volvió.

—No.

—Parecía.

—Quiero irme.

—Eso es distinto.

Montalbán lo miró.

—Nadie se va.

Álvaro abrió los brazos.

—Rafael.

—Comisario.

La corrección fue seca. Beatriz observó a los dos hombres.

—No es necesario.

Montalbán volvió hacia ella.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque hay un muerto, Beatriz.

—Con problemas cardíacos.

—Y una medicación desaparecida.

La frase cayó. Delacroix miró al comisario. Había cambiado. Muy poco. Pero había cambiado. Aquello ya no le parecía completamente sencillo. Álvaro se pasó una mano por el rostro.

—Esto va a convertirse en un desastre.

Delacroix lo miró.

—Eso depende de lo que intentaba hacer durante el apagón.

Álvaro quedó inmóvil. Beatriz volvió la cabeza.

—¿Qué?

—Nada —dijo Álvaro.

Demasiado rápido. Montalbán lo miró.

—¿Dónde estaba?

—Fuera.

—Eso ya lo ha dicho.

—Entonces ya tiene la respuesta.

—No.

Álvaro soltó aire.

—En el jardín.

—¿Con quién?

—Solo.

Delacroix observó. La misma respuesta que Sofía. Quizá la oscuridad tenía una población extraordinariamente solitaria. Montalbán continuó.

—¿En qué parte?

—No sé.

—Vive aquí.

—Eso no significa que mida el jardín.

—¿Por qué salió?

Álvaro miró a su madre. Después al comisario.

—Necesitaba aire.

Delacroix casi sonrió. Montalbán lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Monsieur Delacroix.

—Esa respuesta empieza a repetirse.

Álvaro endureció el rostro.

—¿Qué insinúa ahora?

—Que ciento veinte personas estaban al aire libre y, aun así, usted tuvo que alejarse para buscarlo.

—No sabía que necesitaba permiso.

—No lo necesitaba.

—Entonces...

—Pero miente.

El silencio fue inmediato. Beatriz cerró los ojos.

—Armand.

Álvaro dio un paso.

—¿Perdón?

Delacroix sostuvo su mirada.

—No estaba en el jardín.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé.

Álvaro soltó una risa.

—Extraordinario.

—Pero usted tampoco sabe explicar dónde estaba.

—No tengo que hacerlo.

Montalbán intervino.

—Sí.

Álvaro lo miró.

—¿Ahora?

—Ahora.

Durante unos segundos pareció dispuesto a resistir. Después negó con la cabeza.

—Estaba dentro.

Beatriz volvió la mirada.

—¿Dónde?

—No importa.

—Álvaro.

—En un despacho.

Delacroix no se movió. Montalbán preguntó:

—¿Cuál?

Álvaro miró hacia la biblioteca.

—El de mi padre.

Beatriz palideció.

—¿Qué hacías allí?

—Nada.

Delacroix soltó aire.

—Marbella está perdiendo vocabulario.

Álvaro lo fulminó con la mirada. Montalbán continuó.

—¿Entró antes o durante el apagón?

Álvaro dudó. Eso bastó.

—Durante —dijo Delacroix.

—No le he preguntado a usted.

—No hacía falta.

Álvaro cerró los puños.

—Sí. Durante.

Beatriz dio un paso.

—¿Por qué?

—Porque podía.

—No.

—Madre.

—¿Qué buscabas?

Álvaro miró a Delacroix. Después a Montalbán.

—Nada.

Montalbán respiró lentamente.

—Señor de Almenara.

—No lo sé.

—¿Qué no sabe?

Álvaro levantó la voz por primera vez.

—No sé qué buscaba.

Beatriz lo miró como si acabara de abofetearla. Delacroix observó. Aquello sonaba más cerca de la verdad.

—Sabía que había algo —dijo.

Álvaro volvió hacia él.

—Cállese.

—Leandro tenía documentos.

—Cállese.

—Usted intentó encontrarlos.

Álvaro dio un paso. Montalbán se interpuso. No de manera teatral. Solo suficiente.

—Basta.

Álvaro respiraba deprisa. Beatriz permanecía inmóvil.

—¿Qué documentos? —preguntó Montalbán.

Álvaro cerró los ojos.

—No sé.

—¿Firmados por usted?

Silencio. Delacroix recordó la conversación. Si los encuentro, se lo diré.

—Sí —dijo Álvaro.

Beatriz se sentó. No porque quisiera. Porque de pronto parecía necesitar hacerlo.

—¿Qué has firmado?

Álvaro no la miró.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Papeles.

Delacroix observó. La aristocracia, pensó, había sobrevivido siglos gracias a documentos y parecía dispuesta a morir por no leerlos. Montalbán preguntó:

—¿Leandro los tenía?

—Creo que sí.

—¿Y aprovechó el apagón para entrar en un despacho?

Álvaro levantó la mirada.

—Sí.

—¿Por qué sabía que se iría la luz?

La pregunta cambió todo. Álvaro quedó inmóvil. Beatriz lo miró. Delacroix también. Montalbán había llegado al punto exacto.

—No lo sabía.

—Entonces tuvo una reacción extraordinariamente rápida.

—La casa estaba a oscuras.

—Y usted decidió buscar papeles.

—Sí.

—¿En noventa segundos?

Álvaro no respondió. Delacroix recordó la voz. Es la instalación. Volverá enseguida. Demasiado seguro.

—Usted sabía cuánto duraría —dijo.

Álvaro lo miró. Montalbán volvió la cabeza.

—¿Qué?

Delacroix explicó.

—Durante el apagón dijo que la luz volvería enseguida.

—Eso no prueba nada —dijo Álvaro.

—No.

—Entonces deje de actuar como si...

—¿Qué hizo?

Álvaro lo miró.

—Nada.

Delacroix sonrió sin humor.

—Otra vez.

Montalbán se acercó.

—¿Provocó el apagón?

Silencio. Beatriz abrió la boca. Álvaro no respondió. Aquello fue la respuesta. Montalbán soltó aire lentamente.

—Dios.

—No tuvo nada que ver con Leandro —dijo Álvaro.

—Todavía no le he preguntado eso.

—No lo maté.

La frase cayó con demasiado peso. Beatriz lo miró. Marina permaneció inmóvil. Cervera dejó de respirar durante un instante. Montalbán observó a Álvaro.

—¿Por qué acaba de decir eso?

—Porque todos están pensando lo mismo.

Delacroix no. No todavía. Pero comprendía por qué los demás sí. Un hombre endeudado. Documentos comprometedores. Un apagón provocado. Un cadáver. El caso empezaba a ofrecer una solución demasiado pronto. Eso siempre le había resultado sospechoso.

—¿Cómo cortó la luz? —preguntó Montalbán.

Álvaro cerró la boca.

—Responderá.

—No aquí.

—Aquí.

Beatriz intervino.

—Rafael.

El comisario la miró.

—No.

La palabra fue suficiente. Beatriz guardó silencio. Álvaro observó el cuerpo.

—Hay un cuadro secundario en la parte de servicio. La instalación es antigua. Sabía cómo desconectar una parte.

—¿Por qué noventa segundos?

—Porque después se activa un sistema auxiliar.

Delacroix recordó. La instalación secundaria no funciona. Había dicho alguien.

—Pero no funcionó inmediatamente.

Álvaro miró.

—No.

—¿Por qué?

—No sé.

Montalbán preguntó:

—¿Usted la manipuló?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Qué buscó en el despacho?

—Una carpeta.

—¿La encontró?

—No.

—¿Quién sabía que estaba allí?

Álvaro miró hacia Leandro.

—Él.

Delacroix observó. Montalbán también.

—¿Entonces por qué buscó en el despacho de su padre algo que tenía Leandro?

Álvaro cerró los ojos.

—Porque pensé que podía haberlo dejado allí.

—¿Por qué?

—Porque había entrado antes.

Delacroix se volvió.

—¿Leandro?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

Beatriz lo miró.

—No.

Álvaro abrió los ojos.

—Sí.

—No me lo dijiste.

—No me preguntaste.

—Es mi casa.

—Precisamente.

Montalbán levantó la voz.

—Basta.

Todos callaron. El comisario miró a Álvaro.

—Luego hablaremos.

—Ya estamos hablando.

—No.

Delacroix reconoció el tono. Aquella conversación había terminado. Por ahora. Un agente regresó.

—Comisario.

Montalbán se volvió.

—¿Qué?

—No encontramos el estuche.

—¿Han revisado la biblioteca?

—Sí.

—¿La terraza?

—Sí.

Delacroix observó a Marina. Ella no reaccionó. Demasiado poco.

—Quiero que revisen los accesos —dijo Montalbán—. Nadie sale.

El agente asintió. Álvaro soltó una risa.

—Ahora sí va a ser un espectáculo.

Montalbán lo miró.

—Puede agradecerse a sí mismo una parte.

Delacroix se acercó a la mesa. Miró otra vez la copa de agua. El hielo había cambiado. Ligeramente. Se derretía. El tiempo seguía avanzando aunque todos intentaran reconstruirlo.

—Andrés —dijo.

El camarero seguía cerca de la puerta.

—Sí, señor.

—¿Cuándo llevó el agua?

—Antes del apagón.

—¿Cuánto antes?

—Cinco minutos. Más o menos.

—¿La dejó aquí?

—Sí.

—¿Leandro respondió?

—No.

—¿Lo llamó?

—No.

—¿Por qué?

Andrés miró el cuerpo.

—Pensé que quería estar solo.

Delacroix asintió.

—Sofía pensó lo mismo.

Montalbán lo miró.

—¿Qué significa?

—Que dos personas aseguran haber visto vivo a Leandro antes del apagón.

Cervera intervino.

—Entonces estaba vivo.

Delacroix miró al médico.

—No.

—¿Qué?

—Aseguran haberlo visto.

—Es lo mismo.

—No.

Montalbán observó. Delacroix continuó.

—Ninguna habló con él.

—¿Y?

—Ninguna lo vio moverse.

Marina endureció ligeramente la expresión. Cervera negó con la cabeza.

—Armand.

—Todavía no significa nada.

Montalbán lo miró.

—Pero.

Delacroix sonrió apenas.

—Empieza a conocerme.

El comisario no respondió. Delacroix señaló el cuerpo.

—Leandro estaba sentado de espaldas. Sofía lo vio desde la puerta. Andrés dejó una copa y se marchó. Ambos asumieron que estaba vivo.

—¿Qué pretende? —preguntó Cervera.

—Nada.

—Otra vez.

—Solo digo que ver un cuerpo sentado no es lo mismo que ver a un hombre vivo.

El silencio se hizo más profundo. Beatriz miró a Leandro. Álvaro dejó de moverse. Montalbán observó la terraza. Después al médico.

—¿Podría haber muerto antes del apagón?

Cervera apretó la mandíbula.

—Sí.