Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 6 — Una muerte conveniente
21%

CAPÍTULO 6 — Una muerte conveniente

Rafael Montalbán tenía el aspecto de un hombre al que rara vez sorprendían las malas noticias y, cuando lo hacían, procuraba que nadie lo notara.

Entró en la terraza acompañado por dos agentes y un hombre más joven que cargaba una cartera de cuero.

No necesitó pedir silencio. Su presencia lo produjo.

La música había sido apagada finalmente y, desde la biblioteca, llegaba ahora el rumor confuso de una fiesta que empezaba a comprender que ya no podía seguir fingiendo.

Montalbán se detuvo a dos metros del cuerpo.

Miró a Leandro. Después a Cervera. Después a Beatriz.

Y solo entonces a Delacroix. El orden resultó interesante.

—Monsieur Delacroix.

No era una pregunta.

—Comisario.

Montalbán frunció ligeramente el ceño.

—Nos conocemos.

—No.

—He oído hablar de usted.

—Eso empieza a parecer una epidemia.

Montalbán no sonrió. Debía de rondar los cincuenta y seis años.

Alto, ancho de hombros, cabello oscuro ya bastante gris en las sienes, rostro cansado sin llegar a parecer viejo.

Vestía de civil. Traje oscuro, corbata aflojada, zapatos que habían conocido demasiadas horas.

No parecía corrupto. Eso preocupó a Delacroix más que si lo hubiera parecido.

Los hombres peligrosos rara vez llevaban una señal útil. Montalbán se acercó al cuerpo.

—¿Quién lo encontró?

Marina respondió.

—Yo.

El comisario la miró.

—¿A qué hora?

—Poco después de las once.

—¿Exactamente?

Marina consultó su reloj.

—No lo sé.

Delacroix observó. Antes había dado horas aproximadas con demasiada facilidad. Ahora no. Montalbán se volvió hacia Cervera.

—¿Emilio?

El médico se acercó.

—Está muerto.

—Eso lo veo.

—Probable crisis cardíaca.

—¿Probable?

Cervera miró brevemente a Delacroix.

—Tenía antecedentes.

—¿Algún signo de violencia?

—No.

—¿Cuánto tiempo?

—No puedo precisarlo todavía.

Montalbán asintió. Aquello pareció bastarle.

—Bien.

Delacroix lo observó. La palabra también.

—¿Bien? —preguntó.

Montalbán volvió la cabeza.

—¿Perdón?

—Ha dicho bien.

—Es una forma de hablar.

—Una bastante optimista junto a un cadáver.

Beatriz cerró los ojos. Álvaro soltó aire. Montalbán miró a Delacroix con una paciencia que parecía aprendida.

—Monsieur Delacroix, le agradecería que me permitiera hacer mi trabajo.

—No se lo impido.

—Todavía.

—Esa palabra empieza a perseguirme.

Montalbán se volvió hacia uno de los agentes.

—Que nadie toque nada.

Delacroix miró la mesa. Las copas. El cuerpo. La ausencia del estuche.

—Eso ya se ha hecho tarde.

Montalbán volvió a mirarlo.

—¿Qué significa?

—El cuerpo ha sido examinado.

—Por un médico.

—La terraza ha recibido varias personas.

—Antes de que supieran que había un muerto.

—También después.

Marina lo miró. Beatriz también. Montalbán observó a los presentes.

—¿Quién ha entrado?

—Todos nosotros —dijo Delacroix.

—Eso no ayuda.

—No pretendía.

El comisario se acercó un poco.

—¿Por qué está usted aquí?

Beatriz intervino.

—Es invitado mío.

Montalbán la miró.

—No he preguntado eso.

Delacroix respondió.

—La señora de Almenara me pidió ayuda.

—¿Con qué?

Beatriz abrió la boca. Delacroix habló antes.

—Con Leandro Varela.

El silencio fue inmediato. Álvaro cerró los ojos. Beatriz lo miró con una mezcla de furia y resignación. Montalbán permaneció inmóvil.

—Explíquese.

Delacroix señaló vagamente el cuerpo.

—Ahora parece bastante menos urgente.

—No para mí.

—Entonces pregunte a la señora de Almenara.

Montalbán volvió la mirada. Beatriz sostuvo la suya.

—Le pedí a Armand que averiguara qué pretendía Leandro de mi familia.

—¿Por qué?

—Porque me preocupaban determinados negocios con mi hijo.

Montalbán miró a Álvaro. Él sonrió sin humor.

—La noche sigue mejorando.

—¿Qué negocios?

—Privados.

—Ahora ya no.

Álvaro endureció la expresión.

—No tienen nada que ver con esto.

—Eso lo decidiré yo.

Delacroix observó el intercambio. Montalbán no parecía sorprendido de que Leandro estuviera involucrado en negocios dudosos. Tampoco de que Álvaro le debiera algo. Quizá en Marbella la información circulaba mejor que el dinero.

—¿Leandro sabía que usted estaba investigándolo? —preguntó el comisario.

—Sí.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—¿Se lo dijo?

—No.

—¿Entonces?

—Me recibió como si me hubiera invitado él.

Montalbán miró hacia el cuerpo.

—Eso suena a Leandro.

La frase salió con demasiada naturalidad. Delacroix la registró.

—Lo conocía bien.

—Todo el mundo lo conocía.

—Eso también empieza a ser una frase popular.

Montalbán lo ignoró.

—¿Qué ocurrió esta noche?

Delacroix respondió.

—Esa es la pregunta.

—No se la he hecho a usted.

—La ha hecho mirando al único hombre que está interesado en la respuesta.

Ahora sí apareció algo en el rostro de Montalbán. No enfado. Cansancio.

—Créame, monsieur Delacroix, estoy interesado.

—Entonces empezamos bien.

—No.

El comisario dio un paso más cerca.

—Empezamos con un hombre de cincuenta y cuatro años, una afección cardíaca, alcohol, calor y una fiesta.

—Y un apagón.

—Los apagones ocurren.

—También los asesinatos.

Álvaro soltó una breve risa. No porque le resultara divertido.

—Otra vez.

Montalbán lo miró.

—¿Qué?

—Lleva diciendo lo mismo desde que encontraron el cuerpo.

El comisario volvió la vista hacia Delacroix.

—¿Cree que lo han asesinado?

—No he dicho eso.

—Lo ha insinuado.

—Insinuar permite pensar antes de equivocarse.

—¿Qué ha visto?

Delacroix miró la terraza.

—Una muerte que todos parecen demasiado dispuestos a explicar.

Montalbán respiró lentamente.

—Eso no es una prueba.

—No.

—¿Entonces?

—Una razón para no cerrar nada.

El comisario lo observó. Después se volvió hacia Cervera.

—Emilio, ¿puede afirmar que ha sido el corazón?

El médico dudó. Delacroix vio la irritación aparecer antes de la respuesta.

—No todavía.

Montalbán asintió.

—¿Es lo más probable?

—Sí.

—Bien.

Delacroix volvió a mirar. Montalbán lo notó.

—No diga nada.

—No pensaba.

—Eso sería nuevo.

Delacroix casi sonrió. El comisario continuó.

—El cuerpo se trasladará para un examen.

Cervera asintió.

—Quiero declaraciones de quienes estuvieron con él esta noche.

Álvaro soltó aire.

—¿Todos?

Montalbán lo miró.

—¿Prefiere que empiece por usted?

Álvaro cerró la boca.

—Eso pensaba.

El comisario señaló a uno de los agentes.

—Que nadie se marche hasta que tengamos nombre y dirección.

Beatriz intervino.

—Rafael.

Era la primera vez que utilizaba su nombre. Montalbán la miró.

—Hay más de cien personas en mi casa.

—Lo sé.

—Algunas...

—Son importantes.

Beatriz no respondió.

—Sí —continuó Montalbán—. Ya me lo han explicado muchas veces.

Delacroix observó. Aquello era interesante. El tono no había sido obediente. Tampoco desafiante. Era el tono de un hombre cansado de conocer demasiado bien una frontera. Beatriz bajó la voz.

—No quiero que esto se convierta en un espectáculo.

—Entonces debería haber invitado a menos personas.

Álvaro miró al comisario.

—¿También ha venido a insultarnos?

—No. Eso es gratuito.

Delacroix sintió una simpatía involuntaria. Duró poco. Montalbán se acercó a la mesa.

—¿Qué tenemos aquí?

Cervera señaló las copas.

—Agua. Probablemente whisky.

—¿Probablemente?

—No lo he probado.

—Bien.

Delacroix volvió a mirar. Montalbán lo ignoró.

—¿Y esto?

Señaló la caja de cerillas. Beatriz respondió.

—Leandro no fumaba.

—¿Quién sí?

Casi todos miraron hacia la casa. Aquello podía incluir a la mitad de los invitados. Montalbán asintió.

—No sirve.

—Todavía —dijo Delacroix.

El comisario cerró los ojos un instante.

—¿Va a hacer eso toda la noche?

—Probablemente.

—Empiezo a comprender su reputación.

—Eso me preocupa.

Montalbán se volvió hacia Marina.

—¿Cuándo habló con él por última vez?

—Poco antes del apagón.

Delacroix la miró. Antes había dicho cinco minutos antes de que él la interrogara, lo que podía situar la conversación después del momento que ahora sugería. Montalbán preguntó:

—¿Cuánto antes?

Marina pensó.

—No sabría decirle.

Delacroix habló.

—Antes sabía.

Ella lo miró. Montalbán también.

—¿Qué significa?

Delacroix no apartó los ojos de Marina.

—Hace unos minutos dijo que había hablado con Leandro aproximadamente cinco minutos antes de encontrarlo.

Marina sostuvo su mirada.

—Dije que hacía poco.

—No.

—Armand —intervino Beatriz.

—Dijo cinco minutos.

Montalbán observó a Marina.

—¿Es cierto?

Ella respiró.

—Puede ser.

—¿Puede?

—No estaba tomando notas.

Delacroix señaló su reloj.

—Lo consultó antes de responder.

Marina bajó la vista hacia su muñeca. Después volvió a levantarla.

—Entonces me equivoqué.

—¿En qué?

—En la hora.

—¿Cuándo habló con él?

—Antes del apagón.

—¿Está segura ahora?

—Sí.

Delacroix dejó que el silencio permaneciera. Montalbán lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

Delacroix miró al comisario.

—Me preocupa que la última persona que afirma haber hablado con un muerto cambie la hora de la conversación.

Marina endureció el rostro.

—No soy la última persona.

—¿Quién lo fue?

Ella no respondió. Delacroix esperó. Montalbán también.

—No lo sé —dijo finalmente.

—Entonces sí puede serlo.

Cervera intervino.

—Esto es absurdo.

Delacroix lo miró.

—¿Por qué?

—Porque está convirtiendo errores normales en sospechas.

—Las sospechas suelen empezar así.

Marina habló.

—Leandro estaba vivo cuando lo dejé.

Delacroix no respondió. Aquella frase era distinta. No había dicho: «Habló conmigo.» Había dicho: «Estaba vivo.» Montalbán la observó.

—¿Cómo estaba?

—Cansado.

—¿Se quejaba?

—No.

—¿Dijo algo?

Marina dudó.

—Que quería estar solo.

Delacroix recordó. La misma frase. Consistente. Eso podía ser verdad. También podía haber sido preparada.

—¿Dónde estaba el estuche? —preguntó.

Montalbán giró la cabeza.

—¿Qué estuche?

Cervera soltó aire.

—La medicación.

El comisario miró el cuerpo.

—¿No está?

—No —dijo Delacroix.

—¿Quién lo tenía?

—Leandro.

Marina habló al mismo tiempo.

—Yo.

Todos la miraron. Ella cerró los ojos. Muy brevemente.

—Lo tuve yo durante parte de la noche. Después se lo di.

Delacroix la observó.

—Eso es correcto.

Montalbán preguntó:

—¿Cuándo?

Marina respondió.

—Antes de que se retirara.

—¿Tomó medicación?

—Sí.

—¿Qué?

Cervera intervino.

—La habitual.

Delacroix miró al médico.

—¿Está seguro?

—Sí.