CAPÍTULO 5 — El hombre frente al mar #3
Ella respondió sin mirar al médico.
—Porque Leandro no se separaba de él cuando salía.
Delacroix pensó. Durante la fiesta, el estuche había pasado de Marina a Leandro.
Después, según ella, lo había guardado. Ahora no estaba.
Aquello no probaba nada. Podía haberlo dejado en la biblioteca.
Podía haberlo entregado. Podía haber caído.
Pero convertía una muerte sencilla en algo menos sencillo. Álvaro habló.
—Quizá lo perdió.
Delacroix lo miró.
—Quizá.
—Entonces ya está.
—¿Qué está?
—La explicación.
—Eso no explica nada.
—No tiene que explicarlo todo.
—Entonces no es una explicación.
Álvaro soltó aire.
—Dios.
Delacroix dejó que el silencio se asentara. Después miró a Andrés.
—¿Ha visto un estuche oscuro?
El camarero frunció el ceño.
—No sé.
—Pequeño.
Andrés pensó. Su expresión cambió ligeramente.
—Tal vez.
Marina volvió la cabeza.
—¿Dónde?
El muchacho se puso nervioso.
—No sé.
—Andrés —dijo Delacroix—. No intente recordar rápido.
El joven tragó saliva. Miró hacia la galería.
—Durante el apagón.
Todos guardaron silencio. Delacroix dio un paso.
—¿Qué vio?
—No estoy seguro.
—Eso está bien.
—Había alguien.
—¿Dónde?
—Cerca de la puerta lateral.
—¿Llevaba algo?
Andrés cerró los ojos unos segundos.
—Creo que sí.
—¿Qué?
—Algo en la mano.
—¿El estuche?
—No sé.
—¿Hombre o mujer?
El muchacho abrió los ojos.
—No vi la cara.
—¿La ropa?
—Oscura.
Marina llevaba ropa oscura. También muchos hombres. La observación no servía. Todavía. Álvaro intervino.
—Esto es ridículo.
Delacroix no lo miró.
—¿Por qué?
—Porque está construyendo una historia con sombras.
—No.
—¿Entonces?
—Con personas que tienen demasiado interés en que no la construya.
Álvaro abrió la boca. Beatriz lo detuvo.
—Basta.
Su voz fue baja. Eficaz. Todos callaron. La música continuaba al otro lado de la casa. Beatriz miró hacia la biblioteca.
—Hay ciento veinte personas ahí fuera.
—Sí.
—No podemos mantener esto oculto.
—No.
—¿Qué hacemos?
Delacroix miró a Leandro.
—Primero, dejamos de fingir que sabemos cómo murió.
Cervera negó con la cabeza.
—Armand.
—Doctor, ¿puede afirmar que fue una muerte natural?
—No todavía.
—Eso es suficiente.
—Pero es lo más probable.
—También puede ser lo más conveniente.
La frase cambió el aire. Beatriz lo miró. Marina también. Álvaro endureció la expresión. Cervera dio un paso.
—¿Qué insinúa?
—Nada.
—Otra vez.
—Todavía.
Cervera lo observó. Delacroix se volvió hacia la puerta.
—¿Dónde está Montalbán?
Beatriz respondió.
—Estaba invitado.
—¿Sigue aquí?
—No lo sé.
—Entonces búsquenlo.
Marina habló.
—La policía ya viene.
—Él llegará antes.
Álvaro soltó una risa.
—Perfecto. Un comisario, un cadáver y un detective francés. Mi madre va a disfrutar mucho explicando la fiesta de mañana.
Beatriz lo miró.
—No habrá fiesta mañana.
—Eso también será noticia.
Delacroix volvió a mirar el cuerpo. El mar seguía detrás.
Oscuro. Impasible. Leandro Varela parecía haber elegido una muerte adecuada a Marbella.
Sentado frente al Mediterráneo. Elegante.
Sin sangre. Sin escándalo. Con una copa cerca y suficiente historia médica para que todos pudieran aceptar la explicación más cómoda.
Delacroix se inclinó ligeramente hacia la mesa.
Observó la copa de agua. El hielo. La otra bebida.
La posición. Nada. Luego miró la mano derecha de Leandro.
Los dedos. Una pequeña marca rojiza en uno de ellos.
Podía ser cualquier cosa. Una astilla. Una quemadura. Un roce. No la tocó.
—Doctor.
Cervera se acercó.
—¿Ahora qué?
—Mire el dedo.
El médico lo hizo.
—¿Qué?
—La marca.
Cervera frunció el ceño.
—No es nada.
—Qué alivio.
—Podría haberse rozado.
—Sí.
—O quemado.
—También.
—Entonces...
—No he dicho nada.
Cervera se incorporó.
—Está buscando.
—Sí.
—¿Qué?
Delacroix miró alrededor. La terraza. La noche. El cuerpo. Las copas. La ausencia del estuche.
—Todavía no lo sé.
Desde la casa llegó el sonido de una voz masculina dando órdenes.
Otra respondió. La policía. Beatriz cerró los ojos.
Álvaro miró hacia la puerta. Marina permaneció junto al cuerpo.
Cervera se apartó. Y, durante unos segundos, nadie dijo nada.
La fiesta había terminado. Solo que los invitados todavía no lo sabían.
Delacroix miró una última vez a Leandro Varela antes de que entraran los primeros hombres.
Había conocido a aquel hombre durante menos de una hora.
Leandro le había prometido documentos. Una conversación.
Una cita para la mañana siguiente. Nada de eso ocurriría.
Pero los muertos, pensó Delacroix, tenían una forma particular de cumplir sus promesas.
Nunca hablaban. Y, sin embargo, dejaban detrás suficientes cosas como para obligar a los demás a hacerlo.
La primera persona que entró en la terraza fue Rafael Montalbán. Vio el cuerpo. Después a Delacroix. Y, antes incluso de preguntar qué había ocurrido, su expresión dijo algo mucho más interesante. Aquella muerte no era una sorpresa. Era un problema.