CAPÍTULO 5 — El hombre frente al mar #2
Delacroix no la detuvo esta vez. La mujer atravesó la biblioteca. Andrés se apartó para dejarla pasar. Cervera volvió a inclinarse sobre el cuerpo.
—¿Qué hace?
—Intento estimar.
—Ahora sí.
—No me provoque.
Delacroix sonrió apenas.
—No hacía falta.
El médico examinó otra vez. La piel. Las manos. El rostro. Después miró el reloj.
—Podría llevar muerto veinte minutos.
—¿Podría?
—Sí.
—¿Treinta?
Cervera dudó.
—También.
—¿Diez?
—Sí.
—Entonces no sabe.
—No de esta manera.
—Eso era lo único que necesitaba.
Cervera se incorporó.
—Armand.
—¿Sí?
—Un hombre con una afección cardíaca muere después de una noche de calor, alcohol, estrés y discusiones. No todo es un misterio.
Delacroix miró a Leandro.
—No.
—Entonces deje que lo sea.
—¿Que sea qué?
—Una muerte.
Delacroix volvió la mirada.
—Las muertes son misterios hasta que alguien explica por qué ocurrieron.
—El corazón.
—Eso es una parte del cuerpo.
Cervera soltó aire.
—No puede convertir cada cadáver en un asesinato.
—Tampoco cada asesinato en un problema médico.
Beatriz se acercó al cuerpo. Por primera vez, Delacroix vio algo parecido a tristeza. No por el hombre que era Leandro. Por el hombre que había sido alguna vez. O por lo que representaba.
—Conoció a mi marido —dijo.
Nadie respondió.
—Mucho tiempo.
Delacroix la observó.
—¿Eran amigos?
Beatriz sonrió sin alegría.
—¿Importa?
—Ahora sí.
Ella miró a Leandro.
—No lo sé.
La respuesta fue inesperadamente honesta.
—¿Quién lo sabe? —preguntó Delacroix.
Beatriz volvió la cabeza.
—Leandro.
Miraron el cuerpo. Aquello resolvía poco.
Desde la terraza principal llegaba todavía música.
Era absurdo. Un hombre estaba muerto a pocos metros y alguien bailaba.
La distancia entre una tragedia y una fiesta podía medirse con una puerta.
Delacroix caminó lentamente alrededor de la mesa sin tocar nada.
La silla de Leandro estaba orientada hacia el mar.
No completamente. Ligeramente de lado. Como si hubiera estado mirando hacia la oscuridad o esperando a alguien que llegara desde la casa.
La copa de agua estaba cerca. La otra, más lejos.
Un pequeño cenicero vacío. Una caja de cerillas.
Leandro no había fumado en toda la noche. Al menos no delante de él.
—¿Fumaba? —preguntó.
Beatriz respondió.
—Dejó hace años.
—¿Seguro?
—Sí.
Delacroix miró las cerillas. Podían pertenecer a cualquiera. La terraza recibía invitados. Nada significaba nada. Todavía. Escuchó pasos apresurados. Álvaro. Entró. Vio a su madre. Después el cuerpo. Se detuvo.
—¿Qué...?
No terminó. La sangre desapareció de su rostro. Delacroix lo observó. La reacción parecía auténtica. Eso no significaba inocencia. Solo sorpresa. Álvaro avanzó.
—¿Está muerto?
Nadie respondió.
—¿Qué ha pasado?
Cervera dijo:
—El corazón.
Álvaro miró al médico. Después a Delacroix.
—¿El corazón?
—Probablemente —dijo Delacroix.
Cervera lo fulminó con la mirada. Álvaro se pasó una mano por la cara.
—Dios.
Beatriz se acercó.
—¿Dónde estabas?
La pregunta llegó demasiado pronto. Álvaro la miró.
—¿Qué?
—Durante el apagón.
Delacroix volvió la vista hacia Beatriz. La mujer había aprendido deprisa.
—¿Qué importa? —preguntó Álvaro.
—No lo sé.
—Estaba fuera.
—¿Dónde?
—Madre.
—¿Dónde?
Álvaro miró a Delacroix. Entendió.
—Esto es absurdo.
—Todavía no sabemos qué es —dijo Delacroix.
—Leandro tenía problemas del corazón.
—También tenía enemigos.
—Todo el mundo tiene enemigos.
—No.
—Bueno, usted sí.
Delacroix casi sonrió.
—Eso no ayuda.
Álvaro miró el cuerpo.
—¿Cuándo murió?
—No lo sabemos.
—¿Antes o después del apagón?
La pregunta fue demasiado rápida. Delacroix lo observó. Álvaro se dio cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
—¿Qué?
—Me está mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ha hecho exactamente la pregunta correcta demasiado pronto.
Álvaro endureció la expresión.
—Había un apagón.
—Sí.
—Y un muerto.
—También.
—Es lógico.
—Puede ser.
—Entonces deje de mirarme así.
—No sabía que lo hacía.
—Lo hace.
Beatriz intervino.
—Álvaro.
—No.
Su voz cambió.
—No voy a aceptar que llegue aquí y, en dos días...
—En unas horas —corrigió Delacroix.
—Peor. Que en unas horas empiece a tratarnos como sospechosos.
—Todavía no he tratado a nadie como sospechoso.
—¿Entonces qué está haciendo?
Delacroix miró a todos.
—Escuchando cómo intentan no parecerlo.
Silencio. Cervera negó con la cabeza. Beatriz cerró los ojos. Álvaro soltó una risa breve.
—Increíble.
—Eso también puede esperar.
Marina regresó.
—La policía está en camino.
Álvaro se volvió.
—¿La policía?
—Sí.
—¿Quién la ha llamado?
—Yo.
—¿Por qué?
Marina lo miró.
—Porque Leandro está muerto.
—El médico está aquí.
Cervera intervino.
—Eso no sustituye a la policía.
Álvaro miró de uno a otro.
—Perfecto.
La palabra no significaba eso. Delacroix volvió a registrarlo. Marina se acercó al cuerpo. Esta vez sí. Se quedó a una distancia corta. No lo tocó.
—¿Puedo...?
No terminó. Delacroix comprendió.
—Todavía no.
Ella lo miró.
—¿Ahora también decide eso?
—No.
—Entonces...
—Decide la prudencia.
Marina sostuvo su mirada.
—¿Cree que alguien lo ha matado?
La pregunta llegó con demasiada claridad. Todos esperaron la respuesta. Delacroix miró a Leandro. Después la copa. Después el estuche. No lo había visto. Aquello lo hizo volver a mirar.
—¿Dónde está su medicación?
Marina frunció el ceño.
—¿Qué?
—El estuche.
Ella miró el cuerpo. Después los bolsillos de la chaqueta.
—Lo tenía encima.
—¿Seguro?
—Sí.
—Se lo guardó.
—Sí.
Delacroix no tocó el cuerpo.
—Doctor.
Cervera se acercó.
—¿Qué?
—Revise los bolsillos.
—¿Por qué?
—Porque yo no pienso hacerlo.
Cervera lo miró.
—Eso casi ha sonado profesional.
—No se acostumbre.
El médico revisó con cuidado. Un pañuelo. Una cartera. Papeles doblados. Una llave. Un reloj de bolsillo que no usaba. Nada más.
—No está —dijo.
Marina permaneció inmóvil.
—Tiene que estar.
—No.
—Lo guardó.
Delacroix la observó.
—Eso vi.
Todos lo miraron.
—¿Usted vio que lo guardara? —preguntó Beatriz.
—Sí.
Marina volvió la cabeza.
—Entonces alguien...
Se detuvo. Delacroix esperó.
—¿Alguien qué?
La mujer lo miró.
—Nada.
—Otra palabra popular.
Cervera frunció el ceño.
—¿Puede haberlo dejado dentro?
—No —dijo Marina.
—¿Por qué está tan segura?