Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 5 — El hombre frente al mar
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CAPÍTULO 5 — El hombre frente al mar

A las once y siete, alguien se acordó de Leandro Varela.

No fue Beatriz. No fue Marina. No fue Sofía.

Ni siquiera alguno de los hombres que llevaban toda la noche esperando hablar con él.

Fue Andrés Rivas. El camarero apareció en la terraza principal con una bandeja vacía y se detuvo junto a Marina.

Delacroix no estaba lo bastante cerca para oír las primeras palabras, pero vio cómo la expresión de la mujer cambiaba.

No mucho. Marina no parecía una persona a la que el rostro traicionara con facilidad.

Sin embargo, levantó la cabeza de inmediato.

Miró hacia la casa. Después hacia Andrés.

Le hizo una pregunta. El muchacho respondió.

Marina dejó la copa que sostenía sobre una mesa. No avisó a nadie. Simplemente entró.

Delacroix la siguió con la mirada. Esperó. No por prudencia. Por costumbre. Una persona que se movía deprisa hacia una respuesta solía regresar con una pregunta más útil. Pasaron treinta segundos. Después un minuto. Marina no volvió. Andrés permanecía donde estaba. Delacroix se acercó.

—¿Qué ocurre?

El muchacho levantó la vista.

—Nada, señor.

—Entonces parece preocupado por nada.

Andrés miró hacia la galería.

—La señora Roldán ha ido a buscar al señor Varela.

—¿Por qué?

—Porque no ha tocado el agua.

Delacroix lo observó.

—¿La copa?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—He ido a recogerla.

—¿Y?

El muchacho tragó saliva.

—Seguía allí.

—Eso no parece extraordinario.

—No.

Andrés dudó. Delacroix esperó.

—El hielo casi no se había derretido.

Aquello sí le interesó.

—¿Cuándo la llevó?

—Antes de que se fuera la luz.

—¿Cuánto antes?

—No sé.

—Aproximadamente.

Andrés pensó.

—Cinco minutos. Quizá más.

Delacroix miró hacia el interior. La música seguía sonando detrás. Las conversaciones continuaban. Nadie había advertido todavía que algo empezaba a salirse de su sitio.

—¿Ha hablado con él cuando llevó la copa?

—No.

—¿Y ahora?

—Tampoco.

—¿Lo ha visto?

Andrés bajó la voz.

—Sí.

—¿Y?

—Estaba igual.

La frase fue sencilla. Demasiado.

—¿Igual que cuándo?

El muchacho señaló vagamente hacia la galería.

—Que antes.

Delacroix ya se estaba moviendo. Atravesó la casa.

La biblioteca seguía abierta. La lámpara permanecía encendida.

El escritorio estaba igual. La silla, desplazada.

Las puertas de la terraza, abiertas. Marina estaba allí.

De pie. A unos metros de la figura sentada frente al mar.

No se había acercado todavía. O, si lo había hecho, se había apartado.

Delacroix se detuvo en el umbral. El mar ocupaba la oscuridad.

La brisa movía ligeramente una cortina. Leandro Varela permanecía sentado en la butaca, la cabeza inclinada hacia un lado y una mano descansando sobre el brazo del asiento.

La copa de agua seguía sobre la mesa. Intacta.

Junto a ella había otra copa. Más baja. Vacía. O casi. Marina habló sin mirarlo.

—No responde.

Delacroix avanzó.

—¿Lo ha tocado?

—Sí.

—¿Pulso?

—No sé.

Aquello no era propio de ella. Marina sabía muchas cosas.

Pero no aquello. Delacroix se acercó a Leandro.

No necesitó demasiado tiempo. La piel. La inmovilidad.

La forma en que el cuerpo había dejado de pertenecer por completo al hombre que ocupaba.

Aun así, llevó dos dedos al cuello. Nada. Marina observaba.

—¿Está muerto?

Delacroix volvió la cabeza. No respondió. La pregunta ya tenía respuesta. Entró otra persona. Cervera. Había llegado casi corriendo.

—¿Dónde está?

Vio el cuerpo. La velocidad desapareció. Se acercó. Delacroix se apartó. El médico examinó a Leandro con movimientos rápidos, precisos. Buscó pulso. Miró los ojos. Apoyó una mano sobre el pecho. Después se quedó quieto. Marina no apartó la mirada.

—Emilio.

Cervera se incorporó. No dijo nada. Marina cerró los ojos. Solo un instante. Después volvió a abrirlos. Delacroix observó el gesto. No sabía todavía qué significaba. Dolor. Culpa. Miedo. En una muerte reciente, todos podían parecerse.

—¿Cuánto? —preguntó Delacroix.

Cervera lo miró.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo lleva muerto?

El médico endureció la expresión.

—No puedo saberlo así.

—Una estimación.

—Armand.

—Una estimación.

Cervera volvió a mirar el cuerpo.

—No mucho.

—¿Minutos?

—Probablemente.

—¿Antes o después del apagón?

El médico alzó la vista.

—¿Qué importa ahora?

—Importará dentro de cinco minutos.

Marina habló.

—No.

Ambos la miraron.

—¿Qué?

—No hagamos esto todavía.

Delacroix sostuvo su mirada.

—¿Esto qué?

Marina miró a Leandro.

—Convertirlo en otra cosa.

—Todavía no lo he convertido en nada.

—Acaba de preguntar si murió antes o después del apagón.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque hay un muerto en una casa donde ciento veinte personas han mentido sobre dónde estaban hace diez minutos.

Cervera frunció el ceño.

—Eso es una exageración.

—Todavía no.

La palabra quedó entre ellos. Marina la reconoció. Ya la había oído. Delacroix se volvió hacia Cervera.

—¿Causa?

El médico soltó aire.

—Probablemente el corazón.

—Probablemente.

—Tiene una afección conocida.

—Lo sé.

—Ha tenido molestias esta noche.

—También.

—Ha tomado medicación.

—Eso vi.

Cervera volvió a mirar el cuerpo.

—Puede haber sufrido una crisis.

—¿Y morir sentado?

—La gente muere en cualquier posición.

—Eso también lo sé.

El médico se irritó.

—Entonces deje de preguntarme como si ya tuviera una respuesta.

Delacroix no contestó. Miró el cuerpo. La cabeza inclinada.

La mano derecha descansando sobre el brazo del sillón.

La izquierda cerca del regazo. La chaqueta ligeramente abierta.

La corbata todavía en su sitio. No había signos evidentes de lucha.

No había sangre. No había nada roto. Nada desplazado de forma violenta.

Una muerte limpia. Demasiado limpia. Desde la biblioteca llegó una voz.

—¿Qué ocurre?

Beatriz. Entró antes de que nadie pudiera detenerla.

Vio a Leandro. Se quedó inmóvil. No gritó.

No preguntó si estaba muerto. Miró a Cervera.

Él asintió. Beatriz cerró los ojos. Después miró a Marina.

Aquello fue lo interesante. No a Delacroix.

No al médico. A Marina. La mujer sostuvo su mirada. Ninguna dijo nada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente Beatriz.

Cervera respondió.

—Probablemente el corazón.

Delacroix miró al médico. Probablemente otra vez. La palabra empezaba a instalarse demasiado rápido.

—¿Dónde está Álvaro? —preguntó Beatriz.

Nadie lo sabía.

—Voy a buscarlo —dijo Marina.

Delacroix habló antes de que se moviera.

—No.

La mujer lo miró.

—¿Perdón?

—Todavía no.

Beatriz frunció el ceño.

—Armand.

—Nadie entra ni sale de aquí hasta que sepamos quién encontró el cuerpo, quién estuvo con él por última vez y qué ocurrió durante el apagón.

Cervera soltó una risa breve. Sin humor.

—No hay ninguna razón para eso.

—Hay un muerto.

—Por una crisis cardíaca.

—Eso todavía no lo sabe.

—Soy médico.

—Y yo hago preguntas.

—No son equivalentes.

—Esta noche quizá sí.

Beatriz dio un paso.

—Armand, no puede retener a ciento veinte personas en mi casa.

—No necesito retenerlas.

—Acaba de decir...

—He dicho que nadie entre ni salga de aquí.

—Eso es retener.

—No. Es pedir que tengan educación durante diez minutos.

Beatriz lo miró.

—Está utilizando mi propia casa contra mí.

—No. Estoy utilizando su preocupación por las apariencias. Es más eficaz.

Algo parecido a indignación apareció en el rostro de Beatriz. Después desapareció.

—Diez minutos.

—Gracias.

Delacroix se volvió hacia Andrés, que permanecía en la puerta.

—¿Quién encontró el cuerpo?

El muchacho miró a Marina.

—Yo... no.

—Entonces, ¿quién?

Marina respondió.

—Yo.

Delacroix la observó.

—Andrés dijo que había venido a buscarlo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no había tocado el agua.

—Eso no parece suficiente.

—Con Leandro, sí.

—Explíquese.

Marina miró el cuerpo.

—Siempre bebe agua después de tomar la medicación.

—Ya había bebido antes.

—No la suficiente.

—¿Y usted lo controla?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque él no lo hace.

Delacroix asintió.

—¿Cuándo habló con él por última vez?

—Antes del apagón.

—¿Cuánto antes?

—No sé.

—Ha mirado el reloj hace unos minutos para decirme que había hablado con él cinco minutos antes.

Marina lo miró. La memoria llegó. También a Cervera. También a Beatriz.

—Dije aproximadamente.

—No.

—¿Qué?

—Dijo cinco minutos.

Marina sostuvo su mirada.

—Entonces cinco.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿En esta terraza?

—Sí.

—¿Estaba sentado?

—Sí.

—¿Habló con usted?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Marina tardó.

—Que quería estar solo.

Delacroix miró a Leandro.

—¿Algo más?

—No.

—¿Estaba bien?

—Cansado.

—¿Se quejó del pecho?

—No.

—¿Le pidió ayuda?

—No.

—¿Tomó algo?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

Delacroix miró hacia la mesa. Una copa de agua. Otra copa baja.

—¿Qué bebía?

Marina siguió su mirada.

—No sé.

—¿No lo sabe?

—No.

—Ha controlado su agua y su medicación toda la noche.

—No cada copa.

—Eso parece prudente.

Marina endureció la expresión.

—No sé qué pretende.

—Todavía nada.

La palabra volvió. Marina apartó la vista. Delacroix se acercó a la mesa. No tocó las copas. Observó. La de agua contenía varios cubos de hielo. Todavía relativamente enteros. La otra tenía apenas un resto de líquido ámbar. Whisky, quizá. No había hielo.

—¿Quién trajo esto?

Nadie respondió. Andrés miró.

—La de agua, yo.

—¿Y la otra?

El muchacho negó.

—No sé.

Delacroix miró a Marina.

—¿Leandro bebía whisky?

—A veces.

Cervera intervino.

—No debería.

—Eso no era la pregunta.

El médico lo miró con cansancio.

—Sí.

—¿Y esta noche?

—No lo sé.

Delacroix volvió a observar el cuerpo. La mano derecha. Sobre el brazo del sillón. No sujetaba nada. La copa baja estaba a la derecha. Marina había dicho antes que Leandro era diestro. ¿Lo había dicho? No. Delacroix repasó. No. No tenía ese dato. Todavía. Beatriz habló desde detrás.

—La policía.

Todos la miraron.

—Hay que avisar.

Delacroix asintió.

—Sí.

—Entonces hágalo.

—No soy el dueño de la casa.

Beatriz lo observó.

—Empieza a parecerlo.

Marina se movió hacia la puerta.

—Yo llamaré.