CAPÍTULO 4 — Noventa segundos #4
Antes de que Delacroix pudiera preguntar más, una voz gritó desde el jardín:
—¡Ya está!
Las luces regresaron. No todas al mismo tiempo.
Primero una lámpara en la terraza. Después las del salón.
Luego el jardín. La música no volvió. Durante unos segundos, nadie habló.
La iluminación reveló una escena extraordinariamente vulgar.
Copas derramadas. Una silla caída. Una mujer riendo por los nervios.
Un hombre limpiándose vino de la camisa.
Dos camareros recogiendo cristales. Nada.
Aquello parecía decepcionar a algunos invitados.
El mundo había desaparecido durante unos instantes y, al regresar, seguía exactamente igual.
Álvaro apareció desde el interior de la casa.
—Ya está.
Beatriz lo miró.
—¿Qué ha ocurrido?
—Un problema eléctrico.
—¿Qué problema?
—No lo sé.
Delacroix observó su camisa. Una manga estaba ligeramente arrugada. No significaba nada. Álvaro sonrió a los invitados.
—Todo solucionado. Mis disculpas.
Alguien aplaudió. Después varios. La música regresó. Una reacción casi desesperada. La fiesta decidió sobrevivir. Delacroix miró el reloj. Las diez y cincuenta y nueve. Noventa segundos. Quizá algunos más. Quizá algunos menos. El tiempo se deformaba en la oscuridad. Marina apareció junto a ellos.
—¿Todo bien?
—Sí —dijo Beatriz—. ¿Qué ha pasado?
—No lo sé.
Delacroix la observó.
—Parecía muy tranquila.
Marina volvió la mirada hacia él.
—No era la primera vez que se iba la luz.
—¿Aquí?
—En el mundo.
Beatriz dejó escapar una risa.
—Armand, por favor.
Delacroix no respondió. Andrés seguía a unos metros.
Miraba hacia una puerta lateral. Algo parecía preocuparlo.
Delacroix estaba a punto de acercarse cuando Gabriel Arístegui salió de la casa.
Llevaba una carpeta delgada bajo el brazo.
Al ver a Delacroix, se detuvo. Solo un instante.
Después continuó. Delacroix observó la carpeta.
Gabriel no había entrado con ella. O él no la había visto.
Sofía apareció desde el jardín. Su rostro estaba pálido.
—¿Dónde estaba? —preguntó Delacroix.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
—Curiosidad.
—En el jardín.
—¿Con quién?
—Sola.
—¿Durante todo el apagón?
Sofía sostuvo su mirada.
—Sí.
Mentía. Delacroix no sabía por qué. Julián Ferrer se acercó.
—Noventa segundos sin electricidad y ya está interrogando a la gente.
—Estoy conversando.
—Tiene una forma muy poco relajante de hacerlo.
—Eso también me lo han dicho.
Julián encendió un cigarrillo.
—Fue un corte de luz.
—Sí.
—Ocurren.
—También los asesinatos.
Julián lo miró.
—¿Qué?
Delacroix sonrió.
—Nada.
El constructor soltó una risa breve.
—Necesita una copa.
—Todo el mundo insiste.
—Por algo será.
Julián se marchó. Delacroix miró hacia el corredor lateral.
Leandro seguía sin regresar. No había razón para que lo hiciera.
Según Sofía, estaba sentado frente al mar.
Según Marina, había hablado con ella pocos minutos antes.
Según Andrés, le habían llevado agua. Delacroix sintió una curiosidad leve. No preocupación. Todavía no.
—¿Busca a Leandro? —preguntó Marina.
Delacroix la miró.
—¿Cómo lo sabe?
—Lleva diez minutos mirando las puertas.
—Tal vez me gusten.
—Ya hemos hablado de eso.
—Sí.
Marina sostuvo la mirada.
—Está descansando.
—¿Sabe si el apagón lo ha molestado?
—Supongo que no.
—¿Supone?
—No he ido a preguntárselo.
Delacroix asintió lentamente.
—Eso resulta extraño.
—¿Por qué?
—Porque parece preguntar todo lo demás.
Marina sonrió.
—Quizá estoy aprendiendo.
Se marchó. Delacroix observó su espalda.
En la terraza, alguien acababa de pedir que subieran la música.
Los camareros retiraban los restos del cristal roto.
Una pareja volvió a bailar. Álvaro había retomado su lugar de anfitrión.
Beatriz hablaba con un invitado. Gabriel seguía conservando la carpeta.
Sofía bebía sola. Viktor Halberg reapareció desde los jardines acompañado por un hombre distinto del que había visto antes.
Y Leandro Varela continuaba ausente. Delacroix volvió a mirar el reloj.
Once en punto. Podía ir a buscarlo. Podía interrumpir su descanso.
Podía preguntarle por los documentos. Por Marina.
Por la medicación. Por aquella cita prometida para la mañana siguiente.
No lo hizo. No existía todavía una razón.
El detective podía permitirse esperar. Los muertos, no.
Pero Armand Delacroix aún no sabía que había uno en la casa.
En Villa Almenara, las luces habían vuelto, la música sonaba otra vez y ciento veinte personas empezaban ya a convertir aquellos noventa segundos de oscuridad en una anécdota.
Nadie preguntó dónde había estado la persona que tenía al lado.
Nadie quiso saber quién había atravesado los pasillos.
Nadie explicó por qué había mentido. Y, en una terraza apartada frente al Mediterráneo, un hombre permanecía sentado exactamente en la misma posición en la que varios invitados creían haberlo visto vivo.