Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 4 — Noventa segundos #3
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CAPÍTULO 4 — Noventa segundos #3

El financiero se marchó. Delacroix volvió la mirada hacia Leandro. La figura no se había movido. Un camarero apareció por otra puerta de servicio llevando una bandeja. Era Andrés.

—¿Señor?

Delacroix se apartó. El joven avanzó hacia la terraza. Llevaba una copa.

—¿Para el señor Varela?

—Sí.

—¿La ha pedido?

—La señora Roldán ha dicho que le llevara agua.

Andrés salió. Delacroix lo vio avanzar hasta la mesa. Desde donde estaba, no podía oír si dijo algo. El camarero dejó la copa. Esperó. Después regresó.

—¿Todo bien? —preguntó Delacroix.

Andrés pareció sorprendido.

—Sí.

—¿Ha hablado con él?

—No.

—¿No?

—Estaba mirando el mar.

—¿Le ha dicho algo?

—No quería molestarlo.

Delacroix miró de nuevo hacia la terraza. Dos personas. Sofía. Andrés. Los dos habían visto a Leandro. Ninguno había hablado con él. El pensamiento apareció y desapareció. Todavía carecía de significado.

—Gracias.

Andrés se marchó. Delacroix regresó a la terraza principal.

La fiesta había aumentado de volumen. No la música.

Las personas. El alcohol había hecho su trabajo y las conversaciones ya no necesitaban tanta discreción.

Álvaro hablaba con un grupo cerca de la piscina.

Beatriz continuaba recibiendo invitados tardíos.

Julián Ferrer estaba en el jardín con dos hombres.

Viktor Halberg había desaparecido. Marina daba instrucciones a un camarero.

Parecía completamente tranquila. Delacroix se acercó.

—Le han llevado agua.

Ella se volvió.

—¿A quién?

—A Leandro.

—Bien.

—Usted la pidió.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque debería beber agua.

—Una razón impecable.

Marina lo miró.

—¿Ha vuelto a hablar con él?

—No.

—Entonces debería dejarlo descansar.

—Todo el mundo parece preocupado por su descanso.

—Porque no descansa.

—¿Y usted?

—Tampoco.

—Entonces alguien debería llevarle agua.

Marina sonrió.

—No estoy segura de que sirva.

Un hombre del servicio se acercó.

—Señora Roldán, hay un problema en la cocina.

—¿Qué problema?

El empleado bajó la voz. Marina escuchó.

—Voy.

Antes de marcharse, miró a Delacroix.

—Intente no investigar la casa mientras vuelvo.

—No prometo nada.

—Lo imaginaba.

Se alejó con el empleado. Delacroix observó su marcha.

Era fácil olvidar que no trabajaba para Beatriz.

Sin embargo, se movía por Villa Almenara como si conociera la casa perfectamente.

Quizá catorce años acompañando a Leandro a fiestas semejantes producían ese resultado.

Quizá algunas personas terminaban perteneciendo a todos los lugares donde resultaban necesarias. Un brazo apareció junto al suyo. Sofía.

—¿Siempre está solo?

—No.

—Lo parece.

—Es más cómodo en las fiestas.

Ella tomó una copa de una bandeja. No bebió.

—¿Ha hablado con Leandro?

—No desde antes.

Sofía miró hacia las puertas.

—¿Sigue fuera?

—Eso parece.

—Necesito hablar con él.

—Eso ya lo ha dicho.

—La noche no está mejorando.

—Las noches rara vez se preocupan por eso.

Ella sonrió débilmente.

—No entiende.

—No.

—Y aun así pregunta.

—Precisamente.

Sofía observó a los invitados.

—Hay cosas que deberían quedarse donde ocurrieron.

—¿En el pasado?

—Sí.

—El pasado tiene mala memoria para las órdenes.

Sofía cerró los ojos brevemente.

—Leandro sabe algo.

—Todo el mundo parece pensar eso.

—Esta vez es distinto.

—Todos piensan eso también.

Ella se volvió hacia él.

—Un hombre murió.

Delacroix no cambió la expresión.

—¿Cuándo?

Sofía comprendió que había dicho demasiado.

—Hace años.

—¿Quién?

—No importa.

—Entonces no debería haberlo mencionado.

—Fue un accidente.

—¿Y Leandro?

—No tuvo nada que ver.

—Pero sabe algo.

Sofía bebió finalmente.

—Olvídelo.

—No.

—Armand.

—Mañana.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Me lo contará mañana.

Sofía soltó una risa sin alegría.

—Empieza a hablar como él.

Delacroix no respondió. Por alguna razón, la frase no le gustó.

Un camarero pasó deprisa hacia el interior.

Después otro. Delacroix vio a Marina salir de una puerta y dar una instrucción.

Álvaro, al otro lado de la terraza, miró su reloj.

Era un gesto sencillo. Nada más. Pero lo hizo dos veces.

Delacroix comenzó a observarlo. Álvaro dejó su copa.

Dijo algo a la persona con quien hablaba.

Se alejó. No hacia la casa. Hacia un lateral de la villa.

Delacroix permaneció inmóvil. Podía seguirlo.

No lo hizo. Todavía no. Un hombre con chaqueta gris se acercó a Viktor Halberg, que acababa de reaparecer cerca de los jardines.

Hablaron brevemente y después se alejaron hacia una zona menos iluminada. Gabriel Arístegui entró en la casa.

Sofía desapareció entre los invitados. Julián seguía fumando.

Marina se encontraba ahora junto al servicio.

La fiesta se fragmentó durante unos segundos en movimientos que no parecían relacionados.

Delacroix miró el reloj. Las diez y cincuenta y siete.

Entonces se apagaron las luces. No hubo transición. No parpadeo. No aviso.

Villa Almenara desapareció. La música murió en el mismo instante y, durante una fracción de segundo, ciento veinte personas quedaron en un silencio absoluto, el silencio particular de quienes todavía no han comprendido si algo inesperado forma parte del entretenimiento.

Después alguien rió. Una mujer gritó. Otra voz dijo:

—No se mueva nadie.

Aquello provocó que todo el mundo se moviera.

Delacroix permaneció quieto. La oscuridad no era completa.

Había luna, estrellas y algunas luces lejanas procedentes de otras casas, pero los ojos necesitaban tiempo.

Las formas eran sombras. Las voces perdieron sus rostros.

Un vaso cayó. Se rompió cerca. Alguien insultó. Una mujer tropezó con una silla.

—Tranquilos —dijo una voz masculina.

Álvaro. Delacroix giró ligeramente la cabeza. La voz había llegado desde un lugar distinto de donde lo había visto por última vez. No podía precisar cuál.

—Es la instalación —continuó Álvaro—. Volverá enseguida.

Demasiado seguro. Delacroix registró el tono. Escuchó pasos. Varios. Unos hacia la casa. Otros alejándose. En la oscuridad, las personas dejaban de fingir que no tenían prisa.

—Armand.

Beatriz. Cerca. Delacroix extendió una mano y encontró su brazo.

—Estoy aquí.

—¿Qué ha pasado?

—Todavía nada.

—No diga eso.

—Tiene razón.

Una luz pequeña apareció a unos metros. Un mechero. Durante un segundo iluminó el rostro de Julián Ferrer. Después otra llama. Y otra. Los fumadores se convirtieron en faros improvisados.

—¿Dónde está Álvaro? —preguntó Beatriz.

Delacroix escuchó. No respondió. Más pasos. Una puerta. El sonido leve de algo arrastrado. Después, desde el interior de la villa, una voz:

—¡Cuidado!

Un golpe. Una copa o una botella. Cristal. Sofía habló en algún lugar a la izquierda.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió. Delacroix intentó reconstruir la posición de las personas antes del apagón.

Gabriel dentro. Álvaro fuera de la terraza.

Viktor hacia los jardines. Marina con el servicio.

Leandro en la terraza lateral. Si seguía allí.

La idea apareció. Delacroix volvió la cabeza hacia las puertas de la casa.

No podía verlas. Alguien pasó cerca. Demasiado deprisa.

Percibió un perfume. No supo identificarlo.

—Perdone.

Una voz masculina. No conocía al hombre. Más allá, Marina empezó a dar instrucciones.

—Busquen velas. No corran. Andrés, vaya a la cocina.

Su voz era firme. Exacta. La oscuridad no parecía haberla alterado.

—La instalación secundaria —dijo alguien.

—No funciona.

—¿Por qué no?

—No lo sé.

Delacroix soltó suavemente el brazo de Beatriz.

—Quédese aquí.

—¿Adónde va?

—A ningún sitio.

—Eso no me tranquiliza.

Avanzó tres pasos. Solo tres. La oscuridad seguía siendo demasiado densa en el interior de la casa.

En el jardín, la luna apenas permitía distinguir siluetas.

Una figura apareció junto a una puerta lateral, se detuvo y después continuó.

Delacroix no pudo verle el rostro ni precisar bien su estatura.

Solo supo que era más delgada que Julián. Podía ser casi cualquiera.

—¿Quién es? —preguntó.

La figura no respondió. Desapareció. Delacroix avanzó. Una mano lo sujetó del brazo. Andrés. Lo reconoció por la voz.

—Perdón, señor.

—¿De dónde viene?

—De dentro.

—¿Ha visto a alguien?

El muchacho respiraba deprisa.

—No sé.

—Eso no es una respuesta.

—Había alguien junto a la puerta.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Hombre o mujer?

—No sé.

—¿Ha salido o entrado?

Andrés vaciló.

—Creo que ha salido.