Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 4 — Noventa segundos #2
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CAPÍTULO 4 — Noventa segundos #2

—Los interrogatorios tienen sillas peores.

Sofía respiró hondo.

—Tenía que hablar con él.

—Ya ha hablado.

Ella lo miró.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Nadie.

—Entonces no lo sabe.

—La he visto entrar con él.

Sofía apartó la mirada.

—Eso fue antes.

—¿Y ahora necesitaba volver a hablar?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque algunas conversaciones no terminan cuando uno deja de hablar.

Delacroix aceptó la frase.

—¿Lo ha visto?

Sofía tardó un instante.

—Sí.

—Acaba de decir que no.

—He dicho que no lo he encontrado.

—La diferencia parece pequeña.

—No lo es.

Delacroix esperó. Sofía miró hacia la terraza.

—Está fuera.

—¿Dónde?

—En la terraza pequeña.

—¿Ha hablado con él?

—No.

—¿Por qué?

La actriz se llevó una mano al cabello y volvió a bajarla.

—Porque estaba sentado.

—Eso no suele impedir una conversación.

—Parecía ocupado.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Qué hacía?

—Nada.

Delacroix la miró.

—Eso es una actividad difícil de reconocer a distancia.

Sofía endureció la expresión.

—No voy a discutir semántica con usted.

—No es semántica.

—Entonces no sé qué es.

—Una pregunta.

Ella bajó la voz.

—Estaba sentado de espaldas. Mirando el mar. No quise acercarme.

—¿Lo llamó?

—No.

—¿Se movió?

Sofía parpadeó.

—No me fijé.

Delacroix registró la respuesta sin mostrarlo.

—¿Cuánto tiempo hace?

—Dos minutos.

—¿Por qué ha dicho primero que no lo encontró?

—Porque no hablé con él.

—Eso no significa que no lo encontrara.

—Para mí sí.

Sofía se apartó.

—Ahora, si ha terminado...

—Todavía no.

Ella lo miró.

—Pero continuaré mañana.

La actriz soltó aire.

—Empiezo a entender por qué algunas personas lo detestan.

—Eso también puede esperar hasta mañana.

Sofía regresó a la terraza principal. Delacroix permaneció donde estaba.

Leandro se encontraba, según ella, en una terraza secundaria.

Sentado. Solo. Mirando el mar. O eso había parecido.

La biblioteca quedaba cerca. Delacroix avanzó hacia ella.

Antes de llegar, vio salir a Marina por una puerta lateral situada al final de la galería.

No llevaba la carpeta. Tampoco el bolso.

Se detuvo al verlo. Aquella fracción de segundo fue suficiente. Después recuperó la serenidad.

—Monsieur Delacroix.

—Señora Roldán.

—¿Se ha perdido?

—No.

—Entonces empieza a conocer la casa.

—He visto a Leandro entrar.

—Sí.

—¿Sigue dentro?

Marina miró hacia la biblioteca.

—No.

—¿Dónde está?

—En la terraza.

—Eso dice Sofía.

La mujer no reaccionó.

—Entonces ya tiene la respuesta.

—¿Ha hablado con él?

—Sí.

—¿Hace cuánto?

Marina miró un reloj pequeño en su muñeca.

—Cinco minutos.

Delacroix observó el gesto.

—¿Cómo estaba?

—Cansado.

—¿Algo más?

—No.

—¿Tomó otra vez la medicación?

Marina levantó lentamente la mirada.

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿El frasco era el correcto?

Esta vez el silencio duró un segundo más.

—Ya ha preguntado demasiado sobre un detalle insignificante.

—Los detalles insignificantes son los únicos que nadie se preocupa por preparar.

—Leandro estaba cansado. Ha confundido el frasco.

—¿Con cuál?

—No lo sé.

—Entonces quizá no era tan insignificante.

Marina dio un paso hacia él. No había agresividad. Solo cansancio.

—Monsieur Delacroix, Leandro tiene una afección cardíaca desde hace años. Sus medicamentos cambian. Los médicos cambian las dosis. Los fabricantes cambian los envases. Él se queja. Yo lo escucho. Después continúa haciendo exactamente lo que quiere.

—Una relación estable.

—Mucho.

—¿Han discutido?

Marina no respondió inmediatamente.

—Trabajamos juntos.

—Eso no era la pregunta.

—Entonces sí.

—¿Sobre qué?

—Trabajo.

—Otra categoría amplia.

—A propósito.

Delacroix la observó. Marina sostenía la mirada sin dificultad. Sin embargo, algo en su respiración había cambiado. Muy poco.

—Leandro quiere enseñarme unos documentos mañana.

—Leandro promete muchas cosas.

—¿Sabe cuáles?

—No.

—¿No?

—No.

—Gabriel Arístegui cree que algunos le pertenecen.

—Gabriel cree que todo papel que contiene una cifra le pertenece.

—Álvaro cree lo mismo sobre otros.

Una sombra cruzó el rostro de Marina.

—Álvaro debería preocuparse menos por los papeles y más por lo que firma.

—Eso suena a conocimiento.

—Suena a sentido común.

—Lo que es considerablemente menos común.

Marina miró hacia la terraza principal.

—Tengo que volver.

—¿A trabajar?

—Siempre.

Se marchó. Delacroix la siguió con la mirada hasta que desapareció por la galería.

Después entró en la biblioteca. La habitación estaba vacía.

No parecía haber ocurrido nada. Eso era lo primero que llamó su atención.

Los libros ocupaban las paredes. Una lámpara permanecía encendida sobre una mesa.

Había dos sillones, un escritorio y, al fondo, unas puertas abiertas que conducían hacia una pequeña terraza lateral desde donde podía verse el mar.

Delacroix no avanzó hasta allí. No todavía.

Observó la habitación. Sobre una mesa auxiliar había una copa vacía.

En el escritorio, una pluma. Un cenicero limpio.

Una silla ligeramente desplazada. Nada. Demasiado poco.

Escuchó pasos. Álvaro apareció en la puerta.

Se detuvo. Los dos hombres se observaron.

—¿Busca un libro? —preguntó Álvaro.

—No.

—Entonces mi madre tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Está trabajando.

Delacroix miró la biblioteca.

—¿Y usted?

Álvaro sonrió.

—Vivo aquí.

—Eso tampoco responde.

—Empieza a parecerse a mi madre.

—Espero que ella no lo considere un insulto.

Álvaro entró. Parecía relajado. Solo parecía.

—¿Ha visto a Leandro?

—Sí.

—¿Dónde?

—Fuera.

Álvaro miró hacia la terraza lateral.

—Perfecto.

La palabra salió demasiado deprisa. Delacroix lo observó.

—¿Necesita hablar con él?

—No.

—Entonces es una reacción extraña.

—¿Qué reacción?

—Alivio.

Álvaro soltó una risa.

—Está imaginando cosas.

—Todavía no.

—Esa palabra otra vez.

Delacroix lo miró.

—¿Qué documentos busca?

La sonrisa desapareció.

—Ninguno.

—Hace media hora me ha dicho que quería encontrar unos papeles.

—No he dicho eso.

—Ha dicho que no dejaría que su madre los viera si los encontraba.

Álvaro sostuvo su mirada.

—Entonces ha entendido mal.

—No.

—¿Siempre es así?

—No.

—Qué alivio.

—A veces recuerdo más.

Álvaro se acercó al escritorio. Apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—Armand.

—¿Sí?

—Deje esto.

—¿La biblioteca?

—A Leandro.

—No parece gustarle mucho.

—No hace falta.

—Le debe dinero.

—Eso tampoco hace falta.

—Él tiene documentos firmados por usted.

Álvaro miró hacia la terraza.

—No sabe lo que tiene.

—Usted tampoco.

La mandíbula del hombre se tensó.

—Exactamente.

—Y eso lo preocupa.

—Todo el mundo tiene papeles de todo el mundo.

—Una costumbre extraña.

—Es Marbella.

—Otra explicación que empieza a agotarse.

Álvaro se acercó un poco más.

—No sabe cómo funciona esto.

—No.

—Entonces tenga cuidado.

Delacroix suspiró.

—Ya hemos llegado otra vez.

—¿A dónde?

—A la parte en la que alguien me advierte sin explicar de qué.

Álvaro lo miró con una mezcla de irritación y temor.

—Algunas cosas son más sencillas si nadie las explica.

—Eso no las hace sencillas.

—Las hace posibles.

Delacroix sostuvo su mirada.

—¿Qué piensa hacer esta noche, Álvaro?

El hombre sonrió. No con humor.

—Divertirme.

—No parece estar saliendo bien.

Álvaro se marchó. Delacroix permaneció unos segundos más en la biblioteca.

Después avanzó hacia las puertas de la terraza lateral.

No salió. Desde el umbral podía verse una parte del espacio exterior, pero no todo.

La terraza doblaba ligeramente hacia la derecha, siguiendo la arquitectura de la villa.

Más allá, una zona quedaba oculta por una columna y por la vegetación que trepaba por el muro.

El mar era una extensión negra. Una figura masculina permanecía sentada al fondo.

De espaldas. Leandro. Delacroix no podía verle el rostro.

La chaqueta oscura. La cabeza ligeramente inclinada.

Una copa sobre una pequeña mesa. Parecía contemplar el mar. Delacroix permaneció allí. No habló.

Había algo extraño en interrumpir a un hombre que acababa de pedirle una conversación para el día siguiente.

Quizá necesitaba descansar. Quizá Marina tenía razón.

Quizá su corazón, sus negocios o ambas cosas habían decidido exigirle unos minutos de silencio.

Delacroix estuvo a punto de acercarse. No lo hizo. Desde la casa, alguien lo llamó.

—Monsieur Delacroix.

Se volvió. Gabriel Arístegui estaba en la biblioteca.

—Señor Arístegui.

El financiero miró hacia la terraza.

—¿Está Leandro ahí?

—Eso parece.

Gabriel no se movió.

—Necesito hablar con él.

—La lista continúa.

—¿Qué lista?

—Nada.

Arístegui avanzó hasta el escritorio.

—¿Ha hablado con él?

—Hace un rato.

—¿Le ha entregado algo?

—No.

La pregunta era demasiado concreta. Delacroix lo miró.

—¿Qué esperaba que me entregara?

Gabriel sonrió ligeramente.

—Nada.

—Entonces también estamos progresando.

—No sé qué le habrá contado Beatriz.

—Eso parece preocuparle.

—No me preocupa nada de lo que diga Beatriz.

—La frase empieza a ser popular esta noche.

Gabriel miró otra vez hacia la terraza.

—Leandro tiene documentos que no le pertenecen.

—Él considera flexible el concepto de propiedad.

—Leandro considera flexible cualquier concepto que le impida hacer algo.

—¿Qué documentos?

—Privados.

—Una categoría amplia.

—A propósito.

Delacroix casi sonrió.

—Marbella está empezando a hablar con una sola voz.

Gabriel no compartió el humor.

—Si Leandro le entrega alguna documentación relacionada conmigo, le aconsejo que no saque conclusiones.

—Todavía no me ha entregado nada.

—Bien.

—Pero ahora tengo curiosidad.

—Eso es problema suyo.

—Los problemas suelen empezar así.

Gabriel dio un paso hacia la terraza. Después se detuvo. Leandro seguía sentado. Inmóvil.

—¿Va a hablar con él? —preguntó Delacroix.

Arístegui observó la silueta durante un instante.

—Después.

—Eso parece poco urgente.

—He aprendido que con Leandro algunas conversaciones mejoran cuando ha bebido menos.

—No parece haber bebido mucho.

Gabriel lo miró.

—Entonces cuando está de mejor humor.

—Eso puede tardar.