CAPÍTULO 4 — Noventa segundos
A las diez y cuarenta y cinco, Leandro Varela seguía sin regresar a la terraza.
Delacroix lo sabía porque había dejado de mirar el reloj.
Cuando una ausencia empezaba a resultar interesante, contar los minutos se convertía en una forma demasiado evidente de impaciencia, y él prefería observar lo que la espera hacía con los demás.
Sofía Valcácer había cambiado tres veces de interlocutor sin prestar verdadera atención a ninguno.
Gabriel Arístegui conversaba ahora con el doctor Cervera, aunque la rigidez de su postura sugería que seguía pensando en otra cosa.
Julián Ferrer había recuperado la sonrisa y discutía sobre terrenos con un matrimonio belga.
Álvaro, en cambio, había abandonado cualquier intento de fingir despreocupación y se movía por la villa con una frecuencia que resultaba difícil atribuir únicamente a sus obligaciones de anfitrión.
La fiesta continuaba. Ese era el talento de las fiestas.
Podían sobrevivir casi a cualquier cosa mientras hubiera suficiente bebida y nadie pronunciara en voz alta la palabra adecuada.
Delacroix atravesó lentamente la terraza.
La música había cambiado y varias parejas bailaban cerca del jardín, no porque la música lo exigiera, sino porque alguien había decidido que una noche semejante necesitaba personas bailando para justificar su propia existencia.
El aire todavía conservaba el calor del día, aunque la brisa procedente del mar empezaba a aliviarlo, moviendo apenas las telas ligeras de los vestidos y haciendo oscilar las llamas de las velas colocadas sobre algunas mesas.
Encontró a Beatriz junto a una balaustrada.
Hablaba con una mujer italiana. Delacroix esperó.
Beatriz terminó la conversación con una habilidad que probablemente llevaba practicando desde antes de que él naciera y se volvió hacia él.
—No está investigando de manera evidente.
—Me alegra cumplir sus expectativas.
—Eso me preocupa más.
Delacroix miró hacia las puertas abiertas de la casa.
—¿Dónde está Leandro?
Beatriz siguió la dirección de su mirada.
—No lo sé.
—Ha entrado hace unos minutos.
—Entonces estará dentro.
—Una deducción admirable.
—Gracias.
—Con Marina.
Beatriz volvió a mirarlo.
—¿Y?
—Nada.
—Eso ha sonado exactamente como algo.
Delacroix apoyó una mano en la balaustrada.
—¿Cuánto tiempo llevan trabajando juntos?
—Ya se lo ha preguntado a ella.
—Catorce años.
—Entonces ya conoce la respuesta.
—Conozco un número.
Beatriz suspiró.
—Marina apareció en la vida de Leandro cuando él ya era Leandro.
—¿Qué significa eso?
—Que ya tenía dinero, contactos, enemigos y la costumbre de conseguir lo que quería.
—¿Y ella?
—Era eficiente.
—Una descripción apasionante.
—No me corresponde apasionarme por la empleada de otro hombre.
—Nunca le he pedido que lo haga.
Beatriz sostuvo su mirada.
—¿Qué quiere saber?
Delacroix pensó en la breve tensión entre Marina y Leandro, en el estuche, en la duda de él ante el frasco, en aquella frase pronunciada con suficiente claridad para que pareciera banal.
¿Lo has cambiado? No. Este no es... Es el mismo.
Podía no significar nada. Una etiqueta distinta.
Un recipiente sustituido. Un hombre cansado.
Una administradora acostumbrada a resolver detalles.
Las investigaciones comenzaban a menudo con cosas que no significaban nada.
El problema era saber cuándo dejaban de hacerlo.
—¿Leandro confía en Marina?
—Sí.
—¿Completamente?
—Nadie confía completamente en nadie.
—Usted lo ha dicho muy rápido.
—Porque tengo sesenta y dos años.
—Una buena edad para perder ilusiones.
—No necesito que me recuerde las ventajas.
Delacroix dejó escapar una sonrisa.
—Leandro está nervioso.
—Ya se lo dije.
—Esta noche parece más irritado que nervioso.
—A veces se parecen.
—No.
Beatriz lo miró.
—¿Qué ha visto?
—Todavía nada.
—Otra vez esa palabra.
—Es una palabra útil.
—Empiezo a odiarla.
—Entonces empieza a comprender mi profesión.
Un camarero pasó con una bandeja. Beatriz tomó una copa y Delacroix rechazó la que le ofrecían. El muchacho siguió hacia las mesas.
—Álvaro me ha dicho algo —continuó Delacroix.
Beatriz se tensó.
—¿Qué?
—Que Leandro tiene documentos.
—¿Qué documentos?
—Exactamente.
—¿No se lo ha dicho?
—No.
—Entonces no sabe nada.
—Sabe que quiere recuperarlos.
Beatriz volvió el rostro hacia la terraza. Su hijo acababa de aparecer cerca de una puerta lateral. Se detuvo al verlos. Después cambió de dirección. Delacroix lo observó.
—¿Qué ha firmado?
—No lo sé.
—Eso ya me lo ha dicho.
—Porque sigue siendo cierto.
—No necesariamente.
Beatriz apretó ligeramente los dedos alrededor de la copa.
—Armand, no convierta cada silencio en una confesión.
—No lo hago.
—¿Entonces?
—Algunos silencios ya vienen confesados.
Álvaro desapareció en el interior de la villa. Beatriz lo siguió con la mirada.
—¿Va a seguirlo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque espera que lo haga.
—¿Y eso importa?
—Mucho.
Beatriz miró a Delacroix.
—A veces creo que disfruta complicándolo todo.
—No. Lo complicado ya suele estar hecho cuando llego.
Se apartó de la balaustrada. Al atravesar la terraza, encontró al doctor Cervera terminando una conversación con Gabriel Arístegui. El financiero se marchó sin saludar. Cervera lo observó alejarse y levantó la copa.
—Los hombres que administran dinero siempre parecen enfadados con quienes lo gastan.
—Una relación natural.
—¿Busca a alguien?
—Leandro.
El médico miró hacia la casa.
—Estará evitando a alguien.
—¿A quién?
—Esta noche podría organizar una lista.
—¿Su corazón le preocupa?
Cervera volvió la cabeza.
—¿Por qué pregunta?
—Porque se ha llevado la mano al pecho dos veces.
El médico sonrió con menos ligereza.
—Observa demasiado.
—Eso tampoco responde.
Cervera tomó un sorbo de vino antes de contestar.
—Tiene una afección cardíaca.
—Marina me lo ha dicho.
—Entonces ya lo sabe.
—Sé una frase.
—Y quiere un diagnóstico.
—No.
—¿Qué quiere?
—Saber si debería estar sentado en vez de discutir con media fiesta.
El médico miró hacia la galería.
—Sí.
—¿Y por qué no lo está?
—Porque es Leandro.
—Empiezo a descubrir que su nombre funciona como explicación para demasiadas cosas.
—Las personas se acostumbran a él.
—Eso no significa que yo tenga que hacerlo.
Cervera sonrió.
—No. Supongo que no.
Delacroix bajó ligeramente la voz.
—La medicación que ha tomado esta noche.
El médico lo miró.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada.
—Entonces estamos manteniendo una conversación extraña.
—Ha dudado antes de tomarla.
—¿Leandro?
—Sí.
—¿Qué clase de duda?
—Ha preguntado a Marina si había cambiado el frasco.
Cervera frunció el ceño. Solo un instante.
—¿Y ella?
—Ha dicho que no.
—Entonces no.
Delacroix esperó. El médico comprendió que la respuesta no había sido suficiente.
—Los envases cambian —añadió—. Las preparaciones también. No necesariamente significa nada.
—Eso había pensado.
—¿Y me pregunta de todas formas?
—También había pensado eso.
Cervera soltó una breve risa.
—Está empezando a molestarme.
—Entonces estamos progresando.
—¿Por qué le interesa la medicación de Leandro?
—Porque ha llamado la atención.
—A usted.
—Por ahora.
El médico lo observó con mayor detenimiento.
—Armand, no convierta un problema cardíaco en una conspiración.
—Todavía no he convertido nada en nada.
—Tiene una forma peculiar de no hacerlo.
—Gracias.
Cervera negó con la cabeza y se alejó. Delacroix permaneció unos segundos donde estaba.
La fiesta había absorbido la ausencia de Leandro.
Aquel era otro talento de las reuniones numerosas.
Una persona podía desaparecer durante veinte minutos sin que nadie se preguntara dónde estaba, siempre que suficientes personas continuaran hablando.
Sin embargo, algunas sí se preguntaban. Sofía.
Gabriel. Álvaro. Marina. Quizá Julián. Y él.
Delacroix entró en la casa. No siguió ninguna dirección concreta.
Permitió que el propio espacio le explicara su distribución.
La galería principal comunicaba la terraza con un salón, una biblioteca y varios pasillos que se extendían hacia las zonas privadas.
Más allá, una escalera descendía hacia dependencias de servicio.
Las puertas permanecían abiertas por la fiesta, aunque no todas.
Un camarero salió de la biblioteca con una bandeja vacía.
Andrés Rivas. Delacroix esperó a que se acercara.
—¿Señor?
—¿Ha visto al señor Varela?
Andrés miró hacia atrás.
—Hace un rato.
—¿Dónde?
—Por ahí.
—Una descripción peligrosa.
El muchacho sonrió.
—En la biblioteca, creo.
—¿Cree?
—Lo vi entrar.
—¿Solo?
Andrés vaciló.
—No.
—¿Con quién?
—Con la señora Roldán.
Delacroix asintió.
—¿Los vio salir?
El muchacho frunció el ceño.
—A ella sí.
—¿Cuándo?
—Hace... no sé. Unos minutos.
—¿Y a él?
Andrés miró hacia la biblioteca.
—No estoy seguro.
—Eso suele ser más útil que la seguridad.
—¿Por qué?
—Porque al menos no hay que corregirla después.
El muchacho sonrió, aunque parecía inquieto.
—Tengo que seguir.
—Por supuesto.
Andrés se alejó. Delacroix miró hacia la biblioteca.
La puerta estaba abierta. No entró. Todavía.
En ese momento, Sofía Valcácer apareció al fondo del pasillo.
No lo vio inmediatamente. Avanzaba deprisa, aunque al llegar a la galería redujo el paso.
Delacroix reconoció el gesto. Era la velocidad de quien acababa de ir a algún lugar con una intención concreta y regresaba después de haber cambiado de opinión.
—Sofía.
Ella se detuvo.
—Armand.
—¿Ha encontrado a Leandro?
La pregunta fue demasiado directa para parecer casual. Sofía lo comprendió.
—¿Por qué cree que lo buscaba?
—Porque lo ha estado buscando durante toda la noche.
—Eso no responde.
—No.
Sofía sonrió sin humor.
—No.
—¿No qué?
—No lo he encontrado.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Dónde ha buscado?
—En ningún sitio.
—Una búsqueda extraordinariamente breve.
—No me gusta que me interroguen.
—No la estoy interrogando.
—Entonces se parece mucho.