CAPÍTULO 3 — Tres citas #3
Delacroix miró el bolsillo donde había guardado el papel.
—¿Y cuando dejan de beneficiarse?
Leandro sonrió.
—Suelen descubrir que todavía necesitan algo.
—Parece una forma agotadora de vivir.
—No para mí.
—Para los demás.
Leandro rió. Después se llevó otra vez una mano al pecho. Más breve que antes. Pero esta vez acompañada por una ligera contracción del rostro. Delacroix lo vio.
—Debería sentarse.
—No empiece usted también.
—No suelo preocuparme por desconocidos.
—Entonces me halaga.
Marina apareció. Como si hubiera estado esperando el gesto.
—Leandro.
—Estoy bien.
—No.
—Marina.
—Ha bebido demasiado.
—He bebido una copa.
—Entonces ha dormido poco.
—También.
—Y ha discutido con tres personas.
Leandro miró a Delacroix.
—Ve. Lleva la cuenta.
—Eso puede ser peligroso.
Marina lo miró. Delacroix recordó la frase que ella había pronunciado antes. Lo peligroso es recordar quién hizo qué dentro de las horas. Leandro sonrió.
—Tráeme el estuche.
Marina permaneció inmóvil.
—Lo tienes tú.
Leandro frunció el ceño.
—Te lo devolví.
—No.
Aquello fue mínimo. Una duda. Un instante. Marina abrió su bolso. Sacó el estuche oscuro. Lo sostuvo. Leandro extendió la mano. Marina no se lo entregó de inmediato.
—No le corresponde todavía.
—Marina.
—Emilio dijo...
—Emilio dice demasiadas cosas.
—Porque usted escucha pocas.
Leandro soltó aire.
—Dámelo.
Marina lo hizo. Leandro abrió el estuche. Miró el pequeño frasco. Delacroix no podía ver más. Leandro pareció dudar.
—¿Lo has cambiado?
Marina levantó la vista.
—¿Qué?
—El frasco.
—No.
—Este no es...
Marina se acercó. Miró.
—Es el mismo.
Leandro volvió a observarlo. Después soltó una breve risa.
—Estoy cansado.
—Sí.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
Leandro tomó una pequeña dosis. Cerró el estuche. Esta vez no se lo devolvió. Lo guardó en el bolsillo. Marina lo miró. No insistió. Delacroix registró el detalle. No sabía por qué. Todavía. Leandro bebió agua. Después respiró profundamente.
—Mejor.
Marina no parecía convencida.
—Tiene otra reunión.
Leandro la miró.
—¿Con quién?
—Con nadie.
—Entonces empiezo a recuperar la fe.
Marina bajó la voz. Delacroix no oyó lo que dijo. Leandro cambió de expresión. No miedo. Irritación.
—Ahora no.
Marina sostuvo su mirada.
—Tiene que ser ahora.
—No.
—Leandro.
—He dicho que no.
La mujer permaneció inmóvil. Delacroix vio cómo algo se tensaba entre ambos. No era una discusión nueva. Era una discusión que ya había empezado en otro momento y acababa de regresar. Marina habló de nuevo. Leandro miró alrededor. Después hacia Delacroix. Por un instante pareció considerar algo.
—Monsieur Delacroix.
Delacroix se acercó.
—¿Sí?
Leandro metió una mano en el bolsillo. No sacó nada.
—Mañana.
—Esa palabra otra vez.
—Esta vez en serio.
—¿Antes no?
—Antes también.
—Eso la empeora.
Leandro sonrió. Pero la sonrisa no llegó a los ojos.
—Hay algo que debería enseñarle.
Marina miró a Leandro. Él la vio. Algo pasó entre ambos. Delacroix lo sintió. Leandro cambió inmediatamente de tono.
—Unos documentos.
—¿Sobre Álvaro?
—Sobre muchas personas.
Marina intervino.
—Leandro.
Él no se volvió.
—Mañana a las once.
Delacroix asintió.
—Estaré aquí.
—No.
Leandro sonrió.
—Aquí no.
—¿Dónde?
—Lo llamaré.
Delacroix lo observó.
—No me gustan las citas sin dirección.
—Entonces tendrá que confiar en mí.
—Eso empeora todavía más la propuesta.
Leandro rió. Durante un segundo volvió a parecer el hombre del comienzo de la noche. Seguro. Divertido. Invulnerable. Después Marina dijo:
—Tenemos que hablar.
La sonrisa desapareció. Leandro miró a Delacroix.
—Mañana.
—Mañana.
Se marchó con Marina. Delacroix los vio entrar en la casa.
Andrés Rivas cruzó la galería con una bandeja vacía.
Tuvo que apartarse para dejarlos pasar. Marina llevaba la carpeta.
Leandro mantenía una mano dentro del bolsillo de la chaqueta.
El estuche. La medicación. O los documentos.
Delacroix no podía saberlo. Sofía apareció desde otra sala y vio a los dos alejarse.
No los siguió. Gabriel Arístegui salió finalmente de la casa por otra puerta.
Estaba solo. Y furioso. Julián Ferrer encendió otro cigarrillo.
Álvaro miraba hacia el corredor por donde Leandro había desaparecido.
Tres citas. Tres hombres y una mujer esperando algo.
Y, en el centro, Leandro Varela. Delacroix dejó la copa sobre una mesa.
La nota de su habitación regresó a su memoria.
Aquí resulta de mala educación preguntar de dónde viene el dinero. Tal vez. Pero empezaba a sospechar que aquella noche el problema no era de dónde había venido. Era hacia dónde estaba a punto de ir.
A las diez y cuarenta, una puerta se cerró en el interior de Villa Almenara.
Nadie en la terraza prestó atención. La música continuó.
Las copas siguieron llenándose. El mar permaneció oscuro más allá de los jardines.
Y, mientras ciento veinte personas fingían estar de vacaciones, Armand Delacroix comprendió que al menos cuatro de ellas habían llegado a aquella fiesta con una cita secreta.
Lo que todavía no sabía era que, antes de que terminara la noche, importaría menos lo que se había dicho en aquellas conversaciones que el orden exacto en que habían ocurrido.