Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 3 — Tres citas #2
10%

CAPÍTULO 3 — Tres citas #2

—¿Por qué?

—Porque ha olvidado su estuche en el coche.

—Sin embargo lo tenía usted.

—Porque fui a buscarlo.

—Comprendo.

Marina no apartó la vista.

—¿Le preocupa?

—Todavía no.

—Qué alivio.

Delacroix apoyó una mano sobre la mesa.

—Beatriz también dice que Leandro ha empezado a guardar personalmente documentos que antes dejaba en sus manos.

Ahora sí apareció algo. Muy pequeño.

—Beatriz habla demasiado.

—En su casa tiene cierta libertad.

—Leandro no ha cambiado su manera de trabajar.

—Entonces Beatriz se equivoca.

—Quizá.

—No parece convencida.

—No es mi obligación convencerlo.

Delacroix asintió.

—Eso es cierto.

Sofía apareció en la galería. Sola. Marina miró inmediatamente hacia la puerta. Leandro no salió. Sofía cruzó la terraza sin detenerse. Su rostro había cambiado. No estaba enfadada. Estaba asustada. Aquello duró poco. Al llegar junto a un grupo, volvió a sonreír. Marina recogió la carpeta.

—Tengo que irme.

—¿Dónde está Leandro?

—Dentro.

—Eso ya lo sé.

Marina sostuvo la mirada.

—Entonces hemos terminado bien.

Se marchó. Delacroix la observó. No había respondido. Aquella noche, pensó, todos parecían considerar una victoria cada respuesta que no daban. Beatriz apareció minutos después.

—¿Está investigando de manera evidente?

—Todavía no.

—¿Qué significa eso?

—Que nadie ha intentado echarme.

—Aún.

—Está usted optimista.

Beatriz se sentó. Por primera vez desde el inicio de la fiesta parecía cansada.

—Álvaro está bebiendo demasiado.

—No parece.

—Lo disimula.

—Entonces ha aprendido algo.

Beatriz miró hacia donde su hijo hablaba con un matrimonio italiano.

—¿Ha hablado con Leandro?

—Sí.

—¿Y?

—Sabe por qué estoy aquí.

Beatriz cerró los ojos un instante.

—Lo suponía.

—¿Cómo?

—Porque Leandro siempre sabe quién llega antes de preguntarse por qué.

—¿Le ha dicho algo?

—No.

—Entonces alguien más.

Beatriz negó.

—Puede ser cualquiera.

—Eso no ayuda.

—Bienvenido a Marbella.

Delacroix observó la casa.

—¿Quién es Elena Boscán?

Beatriz lo miró.

—¿Ya ha hablado con Elena?

—Ella habló conmigo.

—Eso es distinto.

—¿Quién es?

—Conoce a todo el mundo.

—Esa descripción empieza a perder valor.

—Su marido está relacionado con varias empresas hoteleras. Elena conoce a periodistas, actores, políticos. Es una de esas mujeres que parecen no tener profesión porque su profesión consiste en saber antes que nadie lo que los demás intentan ocultar.

—Mencionó a Lucía Barral.

Beatriz se tensó ligeramente.

—¿Qué dijo?

—Poco.

—Entonces no era Lucía.

—¿La conoce?

—Sí.

—¿Le gusta?

—No.

—Eso empieza a interesarme.

—Es periodista.

—También me lo han dicho.

Beatriz miró hacia el jardín.

—Lucía piensa que todo lo que ocurre en Marbella debe publicarse.

—Una enfermedad profesional.

—No comprende que algunas cosas pueden destruir a personas que no tienen nada que ver.

—Eso suele decir la gente que sí tiene algo que ver.

Beatriz volvió la mirada.

—No empiece.

—No he empezado.

—Precisamente.

Delacroix sonrió.

—¿Lucía investigaba a Leandro?

Beatriz tardó en responder.

—Todo el mundo investiga a Leandro.

—Eso no es una respuesta.

—No.

—Entonces estamos progresando.

Beatriz suspiró.

—Hace unos meses publicó una serie de artículos sobre operaciones inmobiliarias en la costa.

—¿Nombraba a Leandro?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no pudo probar nada.

—Eso también empieza a interesarme.

—Armand.

—¿Sí?

—No ha venido aquí a escribir un periódico.

—Nunca he tenido paciencia para los titulares.

Beatriz lo miró.

—Entonces limítese a Álvaro.

—No puedo.

—¿Por qué?

Delacroix señaló discretamente hacia el interior.

—Porque Leandro Varela ha conseguido que demasiadas personas quieran hablar con él esta noche.

—Eso ocurre siempre.

—No.

—¿Qué cambia?

—La manera en que esperan.

Beatriz siguió su mirada. Gabriel Arístegui estaba ahora junto a la puerta. Inmóvil. Sin copa. Sin conversación. Esperando. Beatriz guardó silencio.

—¿Qué sabe Gabriel? —preguntó Delacroix.

—Todo lo que puede escribirse en una cuenta.

—¿Y lo que no?

—También.

—¿Trabaja con Leandro?

—A veces.

—Eso significa sí.

—Significa que nadie sabe exactamente dónde termina el trabajo de uno y empieza el del otro.

—¿Se necesitan?

—Probablemente.

—¿Se soportan?

Beatriz sonrió sin humor.

—Eso ya sería pedir demasiado.

Leandro apareció en la puerta. Sofía, desde el otro extremo de la terraza, lo vio.

No se movió. Gabriel sí. Interceptó a Leandro antes de que pudiera bajar un escalón.

Tercera cita. Delacroix miró el reloj. Diez y veinte.

Gabriel dijo algo. Leandro negó. Gabriel insistió.

Marina apareció detrás de ambos. Intervino.

Leandro respondió con irritación. Gabriel señaló la carpeta que Marina llevaba.

Marina la acercó a su cuerpo. Aquello cambió algo. Delacroix se levantó. Beatriz lo miró.

—¿Adónde va?

—A buscar agua.

—Está mintiendo.

—Empiezo a adaptarme.

Cruzó la terraza sin acercarse demasiado. Un camarero pasó. Andrés. Delacroix tomó una copa.

—Gracias.

—De nada, señor.

—¿Ha visto al señor Varela entrar hace un momento?

Andrés miró hacia la puerta.

—Sí.

—¿Con la señora Valcácer?

El muchacho asintió.

—Sí.

—¿Salieron juntos?

—No, señor.

—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?

Andrés vaciló.

—No sé.

—Aproximadamente.

—Diez minutos.

—¿Y después?

—El señor Arístegui estaba esperando.

—¿Siempre presta tanta atención?

Andrés sonrió.

—No hay mucho que hacer cuando se vacía una bandeja.

Delacroix lo miró.

—Eso no es cierto.

El joven rió.

—Bueno.

—¿Vio a la señora Roldán?

Andrés miró de nuevo hacia la puerta.

—Sí.

—¿Entró?

—Creo que sí.

—¿Antes o después de la señora Valcácer?

El camarero frunció el ceño.

—Antes.

—¿Está seguro?

—No.

—Entonces no me sirve.

Andrés sonrió.

—Perdone.

—No hay nada que perdonar. La mayoría de los testigos seguros son inútiles.

El joven siguió su camino. Delacroix se quedó con la copa en la mano.

Leandro y Gabriel ya habían desaparecido dentro.

Marina no. Permanecía en la puerta. Mirando hacia el interior.

Por primera vez desde que Delacroix la conocía, parecía preocupada.

No preocupada como una empleada cuyo jefe llegaba tarde.

Preocupada como alguien que esperaba que algo no ocurriera. Delacroix se acercó.

—¿Todo bien?

Marina se volvió. La expresión había desaparecido.

—Perfectamente.

—Esa palabra debería prohibirse.

—¿Por qué?

—Siempre llega demasiado pronto.

Marina sostuvo la carpeta.

—Gabriel necesita hablar con Leandro.

—Eso parece.

—Entonces todo está bien.

—No parecía.

—¿Qué parecía?

—Que estaba preocupada.

Marina sonrió.

—Quizá me preocupa la decoración.

—No.

—Las flores.

—Tampoco.

—Entonces tendremos que dejarlo en misterio.

Delacroix asintió.

—Por ahora.

Marina lo miró. Aquello había sido una advertencia. Los dos lo sabían. No una amenaza. Una promesa. Ella se apartó. Delacroix regresó lentamente hacia la terraza. Álvaro apareció a su lado.

—Está trabajando.

—No.

—Eso resulta decepcionante.

—Estoy bebiendo agua.

Álvaro miró la copa.

—Peor.

—¿Tiene un problema con el agua?

—Solo cuando alguien la sostiene mientras mira puertas.

Delacroix sonrió.

—¿Y usted?

—Yo nunca miro puertas.

—Las conoce demasiado bien.

Álvaro tomó una copa de champán.

—Mi madre le ha contado algo.

—Muchas cosas.

—¿Sobre mí?

—Algunas.

—¿Cuáles?

—Las interesantes todavía no.

Álvaro rió.

—Entonces no le ha contado nada.

Delacroix observó el rostro. El hijo de Beatriz mantenía la ligereza. Pero el cansancio aparecía alrededor de los ojos.

—¿Cuánto debe a Leandro?

La pregunta cayó entre ambos. Álvaro no dejó de sonreír. Eso fue lo interesante.

—Directo.

—Estoy cansado de las advertencias.

—¿Cuáles?

—Todas.

Álvaro bebió.

—No sé cuánto le debo.

—Eso es una mala señal.

—También puede ser una gran amistad.

—No en su caso.

Álvaro lo miró.

—¿Por qué?

—Porque no parece considerar a Leandro un amigo.

La sonrisa cambió.

—No lo considero nada.

—Entonces le debe demasiado.

Álvaro bajó la voz.

—Monsieur Delacroix.

—Armand.

—No investigue mis cuentas.

—Todavía no.

—No lo haga.

—¿Eso es una petición?

—Sí.

—Entonces debería darme una razón mejor.

Álvaro miró hacia donde Beatriz hablaba con unos invitados.

—Mi madre no necesita saberlo todo.

—Eso es lo que piensa ella de usted.

Álvaro soltó una breve risa.

—Perfecto.

—No.

—¿Qué?

—Todo el mundo en esta casa parece querer proteger a otra persona ocultándole algo.

—Es una familia.

—Eso explicaría muchas guerras.

Álvaro bebió de nuevo.

—Leandro tiene papeles.

—¿Qué papeles?

—Nada.

—Acaba de decirlo.

—Olvídelo.

—No.

Álvaro miró a Delacroix. Durante unos segundos desapareció el hombre encantador. Quedó otro. Más joven. Más asustado.

—No sé qué tiene.

—Pero sabe que tiene algo.

—Sí.

—¿Firmado por usted?

—Probablemente.

—Eso tampoco es tranquilizador.

Álvaro se pasó una mano por el cabello.

—Armand.

Era la primera vez que utilizaba su nombre.

—¿Sí?

—No deje que mi madre vea ciertos documentos.

Delacroix lo observó.

—¿Qué documentos?

—Si los encuentro, se lo diré.

Aquello era una respuesta curiosa.

—¿No sabe dónde están?

Álvaro comprendió el error. Demasiado tarde. Delacroix sonrió apenas.

—Buenas noches, Álvaro.

—No he terminado.

—Yo sí.

Lo dejó allí. A las diez y media, la fiesta había cambiado otra vez.

Leandro reapareció. Gabriel no. Marina se acercó inmediatamente.

Le dijo algo. Leandro respondió con irritación.

Ella abrió la carpeta. Le mostró un papel.

Él lo leyó. Después lo arrugó ligeramente.

Marina extendió la mano. Leandro no se lo devolvió.

Lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

Delacroix lo observó. Leandro levantó la mirada.

Lo vio. Durante un instante ninguno se movió.

Después Leandro sonrió. Cruzó la terraza.

—Está disfrutando.

—Cada vez menos.

—Eso es una buena señal.

—¿Para quién?

Leandro ignoró la pregunta.

—Gabriel cree que debo devolverle algo.

—¿Y usted?

—Creo que la propiedad es un concepto flexible.

—Eso tranquilizará a muchos de sus socios.

—No tengo socios.

—¿Qué tiene?

—Personas que se benefician de coincidir conmigo.