Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 3 — Tres citas
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CAPÍTULO 3 — Tres citas

A las diez menos cuarto, Delacroix había llegado a una conclusión provisional sobre las fiestas de Marbella.

Nadie se aburría lo suficiente como para marcharse.

Aquello explicaba una parte considerable del problema.

La música continuaba extendiéndose por los jardines con una discreción que obligaba a prestar atención, las copas se renovaban antes de quedar vacías y las conversaciones parecían multiplicarse a medida que la noche avanzaba.

Las personas que una hora antes se habían saludado con entusiasmo empezaban ahora a dividirse en grupos más pequeños, menos visibles y, por tanto, bastante más interesantes.

Desde la terraza, Delacroix observaba cómo la fiesta abandonaba poco a poco su forma oficial.

Las primeras sonrisas comenzaban a cansarse.

Los matrimonios se separaban. Los amigos hablaban con quienes habían asegurado detestar durante la cena anterior.

Los hombres que habían llegado juntos ya buscaban rincones distintos.

La noche empezaba a mostrar su verdadera distribución del poder.

Beatriz de Almenara había desaparecido unos minutos antes acompañada por un matrimonio francés.

Álvaro circulaba entre grupos con una soltura que podía confundirse con alegría si uno no prestaba demasiada atención.

Sofía Valcácer permanecía cerca de una galería interior, donde fingía escuchar a un productor de cine mientras miraba hacia la puerta cada pocos segundos.

Julián Ferrer había dejado de fumar. Eso significaba que estaba más irritado.

Y Gabriel Arístegui seguía consultando el reloj.

Delacroix no necesitaba saber todavía qué había ocurrido.

Le bastaba con comprender que demasiadas personas estaban esperando su turno.

Leandro Varela había reaparecido. No junto a Marina. Solo.

Cruzó la terraza saludando a dos invitados, aceptó una copa que no llegó a beber y se dirigió hacia un extremo del jardín donde Julián Ferrer ya lo esperaba.

Delacroix no los siguió. La discreción, cuando se practica bien, no consiste en evitar mirar.

Consiste en mirar desde donde los demás no necesitan fingir que no lo han notado.

Tomó asiento en una mesa lateral. Desde allí veía la mitad de la terraza y, reflejada en una ventana, parte del jardín.

Una mujer de cabello rubio se sentó frente a él sin pedir permiso.

—Está observando a todo el mundo.

Delacroix la miró. Debía de tener unos treinta y cinco años. Vestía un traje azul y sostenía un cigarrillo sin encender.

—Eso parece.

—¿Y qué ve?

—Una mujer que se ha sentado frente a un desconocido.

—No soy desconocida.

—Para mí, sí.

La mujer sonrió.

—Entonces ha tenido suerte.

Delacroix esperó. Ella extendió la mano.

—Elena Boscán.

—Armand Delacroix.

—Ya lo sé.

—La suerte ha durado poco.

Elena rió.

—Lucía dice que es insoportable.

Delacroix la miró con mayor atención.

—¿Lucía?

—Barral.

El nombre no le decía nada.

—Todavía no la conozco.

—Eso cree.

Delacroix apoyó una mano sobre la mesa.

—Empiezo a sospechar que Marbella tiene demasiadas personas que saben quién soy.

—No se preocupe. Mañana ya estarán hablando de otro.

—Qué alivio.

Elena encendió finalmente el cigarrillo.

—Lucía trabaja en un periódico.

—Eso explica su prudencia.

—No la conoce, definitivamente.

Delacroix volvió la mirada hacia el jardín. Julián y Leandro ya discutían. No de forma visible. Pero la proximidad excesiva de sus rostros, la inmovilidad de los hombros y la ausencia absoluta de sonrisas convertían la conversación en algo bastante más claro que un grito.

—¿También observa a Ferrer? —preguntó Elena.

—No especialmente.

—Mentira.

—Una palabra fuerte.

—Aquí se usa mucho.

Delacroix la miró.

—¿Lo conoce?

—Todo el mundo conoce a Julián.

—Eso me han dicho de varias personas esta noche.

—Porque nadie conoce a nadie.

—Eso me parece más probable.

Elena expulsó el humo lentamente.

—Julián compra tierra.

—No parece una actividad excepcional.

—Aquí sí.

—¿Por qué?

—Porque compra antes de que los demás sepan cuánto va a valer.

Delacroix miró de nuevo hacia el jardín.

Leandro había dado un paso atrás. Julián señaló hacia la casa.

Leandro respondió algo. Julián endureció el rostro.

Después Leandro se marchó. El constructor permaneció inmóvil durante unos segundos y, cuando volvió hacia la terraza, ya había recuperado la expresión de un hombre que no había perdido ninguna discusión.

—¿Y Leandro? —preguntó Delacroix.

Elena sonrió.

—Leandro no compra tierra.

—¿Qué compra?

—Personas.

La respuesta llegó tan rápidamente que parecía ensayada.

—Eso suele salir más caro.

—Por eso no se queda con ellas. Solo las alquila.

Delacroix observó a la mujer.

—¿Lucía también piensa eso?

—Lucía piensa cosas peores.

—Empiezo a sentir curiosidad.

—Eso puede arreglarse.

Elena se levantó.

—¿Ya se marcha?

—No. Solo estoy dejando de hablar con usted antes de empezar a decir algo útil.

—Muy sensato.

—Lucía llegará mañana.

—¿Dónde?

Elena sonrió.

—Si quiere encontrarla, no tendrá problema.

Se alejó. Delacroix la siguió con la mirada. No sabía todavía quién era Elena Boscán. Pero sabía que no se había sentado por casualidad. Eso podía esperar. Julián Ferrer regresó a la terraza. Tomó una copa. Bebió. Después encontró a Delacroix. Esta vez fue él quien se acercó.

—Monsieur.

—Señor Ferrer.

Julián permaneció de pie.

—¿Se divierte?

—No.

—Al menos es sincero.

—Solo cuando no resulta peligroso.

Julián sonrió.

—Aquí podría serlo.

—Eso empieza a parecer una amenaza frecuente.

—No es una amenaza.

—Entonces Marbella tiene una forma extraordinariamente complicada de dar consejos.

Julián miró hacia el jardín por donde Leandro se había alejado.

—Leandro le ha hablado.

—Sí.

—¿De mí?

—No.

—Entonces ya llegará.

Delacroix apoyó la espalda en la silla.

—Parece preocuparle.

—No me preocupa nada de lo que pueda decir Leandro.

—Eso lo tranquiliza bastante.

—Simplemente conozco su manera de trabajar.

—¿Y cuál es?

Julián lo miró.

—Hace creer a todos que les está haciendo un favor.

—¿Y no es así?

—A veces.

—Las veces suficientes.

—Las suficientes para que olviden las otras.

Delacroix asintió lentamente.

—Parece conocerlo bien.

—Hace años.

—¿Amigos?

Julián soltó una breve risa.

—No haga preguntas infantiles, monsieur Delacroix.

—Las respuestas adultas suelen ser peores.

El constructor inclinó ligeramente la cabeza.

—Leandro no tiene amigos.

—Eso también parece una frase popular.

—Porque es verdad.

—Las verdades populares suelen ser las más sospechosas.

Julián dio un paso más cerca.

—No sé por qué está aquí.

—Yo sí.

—Me alegro.

—Gracias.

—Pero si Beatriz lo ha llamado para proteger a Álvaro, llega tarde.

Delacroix no cambió la expresión.

—¿De qué?

Julián sonrió.

—Eso tendrá que preguntárselo a él.

—Podría preguntárselo a usted.

—Podría.

—¿Respondería?

—No.

—Entonces ya estamos ahorrando tiempo.

Julián se apartó.

—Tenga cuidado con Leandro.

—También me han dicho eso.

—Entonces quizá debería escuchar a alguien.

—Todavía estoy decidiendo a quién.

El constructor se marchó. Delacroix observó su espalda.

La noche continuaba llenándose de advertencias.

Ninguna venía acompañada de una explicación.

Aquello empezaba a irritarlo. Leandro apareció de nuevo en la galería interior.

Sofía lo interceptó. Esta vez no hubo sonrisas.

Delacroix vio cómo ella decía algo. Leandro respondió.

Sofía negó. Él miró alrededor. Después indicó con la cabeza una puerta lateral.

Los dos desaparecieron. Segunda cita. Delacroix consultó el reloj.

Diez y cinco. Recordó lo que Marina había dicho antes: Julián.

Después Sofía. Gabriel seguía esperando. Tres citas. Quizá más.

—Está contando.

La voz de Marina llegó desde detrás. Delacroix no se volvió inmediatamente.

—¿Qué?

—Los minutos.

—También las personas.

Marina apareció junto a la mesa.

—Eso parece agotador.

—Todavía no.

—Marbella mejora con el cansancio.

—¿Por qué?

—Uno deja de hacerse preguntas.

—Entonces procuraré dormir bien.

Marina llevaba ahora la carpeta bajo el brazo. Delacroix reparó en que no tenía el bolso pequeño donde había guardado antes el estuche de Leandro.

—¿Ha terminado de trabajar?

—No.

—¿Ha empezado alguna vez?

Marina sonrió.

—No desde que conocí a Leandro.

—¿Hace cuánto?

—Catorce años.

—Eso es mucho tiempo.

—Depende del trabajo.

—Y de Leandro.

Ella sostuvo la mirada.

—También.

Delacroix señaló con los ojos la puerta por la que habían desaparecido Sofía y Leandro.

—¿Lleva su agenda?

—Sí.

—¿También sus discusiones?

—No siempre caben.

—¿Sabe de qué hablan?

—No.

—Miente.

Marina no se ofendió.

—Eso ha sido rápido.

—La respuesta también.

—Sé de qué quieren hablar con él. No necesariamente de qué terminan hablando.

—¿Y Sofía?

—Asuntos antiguos.

—Una categoría amplia.

—A propósito.

Delacroix asintió.

—¿Y Julián?

—Negocios.

—Más amplia todavía.

—También a propósito.

—¿Y Gabriel?

Marina tardó una fracción de segundo.

—Documentos.

Aquello sí era algo.

—¿Qué documentos?

—No lo sé.

—Otra mentira.

Marina sonrió.

—Empieza a repetirse.

—Es una de mis virtudes.

—¿Y la modestia?

—La reservo para lugares donde resulta útil.

Marina dejó la carpeta sobre la mesa. No se sentó. Delacroix la observó.

—Beatriz dice que Leandro ha cambiado.

La mujer no reaccionó.

—Beatriz observa mucho.

—¿Se equivoca?

—No siempre.

—¿Esta vez?

Marina miró hacia la puerta.

—Leandro está cansado.

—No parece.

—Eso tampoco significa nada.

—¿Está enfermo?

—Tiene un problema cardíaco.

—Lo vi.

—Emilio lo controla.

—¿Y usted?

Marina lo miró.

—¿Yo qué?

—También parece controlarlo.

—Alguien tiene que hacerlo.

—¿Él no?

—Leandro controla aquello que considera importante.

—¿Su corazón no entra en la categoría?

—Solo cuando falla.

Delacroix sonrió ligeramente.

—Una filosofía arriesgada.

—Leandro tiene varias.

—¿La medicación siempre la lleva usted?

Marina bajó la mirada hacia él. La pregunta había sido casual. El silencio no.

—No siempre.

—Antes sí.

—Esta noche, sí.