Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 2 — Los pobres más ricos del mundo #3
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CAPÍTULO 2 — Los pobres más ricos del mundo #3

Tomó a Leandro suavemente del brazo y lo apartó unos metros.

No demasiado. Delacroix podía verlos. No oírlos.

La conversación empezó contenida. Después dejó de parecerlo.

Julián se inclinó. Leandro respondió. Julián negó.

Leandro señaló hacia alguna parte del jardín.

La discusión terminó cuando Leandro simplemente se marchó.

Julián quedó inmóvil. Después vio que Delacroix lo observaba.

Alzó la copa. Delacroix respondió con un gesto.

—Está haciendo amigos.

Sofía Valcácer había aparecido a su lado.

—Todavía no.

—Entonces lo disimula mal.

—¿Señora Valcácer?

—Sofía.

—Armand.

Ella lo miró de arriba abajo.

—Pensaba que sería más alto.

—Yo pensaba que sería más joven.

Sofía lo miró. Delacroix esperó. Ella comenzó a reír.

—Ahora comprendo por qué Beatriz lo ha invitado.

—¿Para insultar a sus invitados?

—Para que alguien le diga a Álvaro cosas que ella ya está cansada de repetir.

—No parece necesitar ayuda.

—Todos necesitamos ayuda.

—Leandro Varela ha dicho lo mismo.

La sonrisa de Sofía cambió. Muy poco.

—Leandro dice muchas cosas.

—Parece que todos lo escuchan.

—Eso no significa que quieran.

Delacroix observó.

—¿Lo conoce desde hace tiempo?

—Demasiado.

—Una medida poco precisa.

—Es la única que importa.

Sofía miró hacia donde Leandro hablaba ahora con Gabriel.

—Tengo que hablar con él.

—Esta noche todo el mundo parece tener que hacerlo.

—Leandro colecciona asuntos pendientes.

—Una afición peligrosa.

Sofía volvió la mirada.

—¿Está investigándolo?

Delacroix tardó un instante.

—¿Debería?

—Eso depende de quién le pague.

—Entonces probablemente no.

Ella sonrió.

—Me gusta.

—También me lo han dicho.

—Tenga cuidado.

Delacroix suspiró.

—Eso también.

Sofía rió y se alejó. Delacroix contempló el conjunto.

Viktor Halberg. Julián Ferrer. Gabriel Arístegui.

Sofía. Álvaro. Beatriz. Marina. Todos orbitaban alrededor de Leandro.

No de manera evidente. Pero sí constante.

El hombre no necesitaba ocupar el centro de la terraza.

El centro se desplazaba con él. Delacroix terminó el agua. Un camarero recogió la copa.

—¿Otra?

—Sí.

—¿Agua?

—Todavía.

El muchacho sonrió.

—Aquí durará poco.

Delacroix aceptó la nueva copa.

—¿Cómo se llama?

—Andrés.

—Andrés...

—Rivas.

—¿Lleva mucho trabajando aquí?

—No, señor. Solo algunas fiestas.

—Entonces todavía mira.

El joven pareció no entender.

—Los que llevan mucho tiempo trabajando en un lugar dejan de ver algunas cosas.

Andrés sonrió con cierta incomodidad.

—Yo veo bastante.

—No lo dudo.

El camarero siguió. Delacroix lo observó alejarse.

Después miró hacia Leandro. Marina volvía a acercarse a él.

Le dijo algo al oído. Leandro frunció el ceño.

Ella señaló discretamente hacia el interior de la casa.

Él negó. Marina insistió. Leandro respondió con una frase que Delacroix no pudo oír.

La mujer permaneció inmóvil. Entonces Leandro miró a Delacroix.

Directamente. Se despidió de Gabriel y cruzó la terraza.

—Monsieur Delacroix.

—Leandro.

—Quizá podamos hablar mañana.

—Estamos hablando ahora.

—No.

Leandro sonrió.

—Ahora estamos midiéndonos.

Delacroix consideró la frase.

—¿Y mañana?

—Mañana quizá podamos ser útiles.

—¿El uno al otro?

—Eso depende de cuánto sepa para entonces.

—¿Y si sé demasiado?

Leandro volvió la vista hacia los invitados.

—Entonces encajará perfectamente aquí.

Delacroix siguió su mirada.

—¿Qué quiere contarme?

Leandro no respondió inmediatamente. Por primera vez desde que había llegado, algo parecido a una preocupación real apareció en su rostro. No duró. Pero estuvo allí.

—Hay personas en esta casa —dijo— que deberían conocerlo antes de empezar a tenerle miedo.

Delacroix lo miró.

—¿Y usted?

Leandro sonrió.

—Yo ya lo conozco.

Marina apareció detrás de él.

—Leandro.

Él se volvió.

—¿Qué?

—Ahora.

No añadió nada más. Leandro la observó. La expresión de Marina era serena. Exacta. Pero algo había cambiado. Delacroix lo sintió antes de entenderlo. Una tensión privada. Antigua quizá. O reciente. Leandro miró de nuevo a Delacroix.

—Mañana.

—No acostumbro a confiar en esa palabra.

—Entonces considérela una cita.

Se marchó con Marina. Delacroix permaneció donde estaba.

La música continuaba. Alguien acababa de abrir otra botella.

Más allá, Álvaro reía. Sofía esperaba junto a una puerta.

Gabriel Arístegui miraba su reloj. Julián Ferrer encendía un cigarrillo con una irritación que no intentaba ocultar.

Viktor Halberg hablaba con un hombre que Delacroix no había visto entrar.

Y Leandro Varela desapareció durante unos minutos en el interior de Villa Almenara acompañado por la única persona de aquella fiesta a la que, aparentemente, no necesitaba temer.

Delacroix miró la copa de agua que sostenía.

Después la dejó sobre una mesa. Algo había comenzado.

Todavía no sabía qué. Pero ya había demasiada gente esperando hablar con Leandro Varela.

Y, pensó, cuando demasiadas personas esperan algo de un mismo hombre, basta con que una de ellas pierda la paciencia para que la noche cambie de dirección.