Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 2 — Los pobres más ricos del mundo #2
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CAPÍTULO 2 — Los pobres más ricos del mundo #2

—Eso ha sido casi interesante.

Cervera sonrió.

—Los médicos también pensamos.

—Había oído rumores.

El médico bebió.

—Beatriz me ha dicho que estará unos días.

—Eso parece.

—¿Por placer?

—Nadie parece aceptar esa posibilidad.

—Porque nadie viene por placer.

Álvaro había dicho algo parecido. Delacroix lo registró.

—¿Y usted?

—Yo vivo aquí.

—Eso es una respuesta distinta.

Cervera señaló discretamente con la copa.

—Vea a ese hombre.

Delacroix siguió la dirección. Julián Ferrer hablaba con dos hombres junto a la terraza. Tenía cuarenta y tantos años, rostro ancho, cabello oscuro y una manera de ocupar el espacio que convertía cualquier grupo en una reunión presidida por él.

—Constructor —dijo Cervera.

—Tiene aspecto.

—¿Qué aspecto tiene un constructor?

—El de alguien que mira un jardín y ve un edificio.

Cervera rió.

—No se equivoca.

Julián se volvió en ese momento hacia ellos. Sus ojos se detuvieron en Delacroix. Preguntó algo a uno de los hombres. Recibió una respuesta. Y sonrió.

—Ya sabe quién es usted —dijo Cervera.

—La noche se deteriora con rapidez.

—En Marbella las noticias viajan rápido.

—Las noticias interesantes.

—Las otras también. Solo que más despacio.

Cervera dejó la copa sobre una mesa. Un camarero se aproximó.

—Doctor, el señor Varela ha llegado.

El médico miró hacia la entrada.

—Entonces la noche empieza.

Delacroix también miró. Leandro Varela no entró como lo hacía Álvaro.

No buscó miradas. No hizo falta. La gente comenzó a notar su presencia de manera gradual.

Un saludo. Otro. Una mano sobre un hombro.

Una palabra pronunciada al oído. Un hombre que cambiaba de dirección para interceptarlo.

Una mujer que esperaba el momento exacto para acercarse.

Leandro debía de tener cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco años.

Cabello oscuro peinado hacia atrás, algunas canas en las sienes, cuerpo ligeramente pesado, pero todavía elegante.

Vestía un esmoquin impecable. Su rostro no era especialmente atractivo.

Su sonrisa sí. No porque resultara cálida.

Porque parecía siempre ligeramente anterior a la conversación.

Como si ya supiera algo que el otro todavía no había dicho. Marina llegó hasta él. Le entregó algo.

Leandro miró un papel. Dijo una frase breve. Marina respondió. Él guardó el papel. Después levantó la vista. Y encontró a Delacroix. No necesitó que nadie lo señalara. Sonrió. Cruzó la terraza. Cervera observó.

—Creo que ha venido a buscarlo.

—Eso sería decepcionante. Apenas acabo de llegar.

Leandro se detuvo frente a ellos.

—Monsieur Delacroix.

Su voz era agradable.

—Señor Varela.

—Leandro.

—Armand.

Cervera miró de uno a otro.

—Me marcho antes de que alguno de ustedes decida ser sincero.

—Emilio —dijo Leandro—, no te alejes demasiado.

—Nunca lo hago cuando hay alcohol gratis.

El médico se marchó. Leandro miró a Delacroix.

—Beatriz lo ha llamado.

No era una pregunta.

—Eso parece.

—No parece sorprendido de verme.

—Beatriz rara vez parece sorprendida.

—¿Y usted?

—Yo tampoco.

Leandro sonrió.

—Entonces empezamos mal.

—¿Por qué?

—Me habría gustado impresionarlo.

—Todavía tiene tiempo.

Leandro aceptó la respuesta. Tomó una copa de una bandeja. No bebió.

—¿Sabe qué me gusta de Marbella?

—Todavía no.

—Aquí nadie pregunta de dónde viene el dinero.

Delacroix pensó en la nota de su habitación. No cambió la expresión.

—Me lo han dicho.

Leandro lo observó.

—¿Ya?

—La ciudad es generosa con los consejos.

—Y muy poco con las explicaciones.

—Eso también lo había notado.

Leandro acercó la copa a los labios, pero volvió a bajarla.

—Beatriz cree que estoy perjudicando a Álvaro.

—¿Lo está?

—Vea. Ya hemos empezado.

—Usted ha empezado.

Leandro rió.

—Me gusta.

—Álvaro dijo lo mismo.

—Entonces tenga cuidado.

Delacroix miró a su alrededor.

—¿Debería?

—De Álvaro, no.

—Eso reduce la lista.

Leandro siguió su mirada.

—¿Qué le parece nuestra pequeña ciudad?

—Todavía no sé si es una ciudad.

—¿Qué es?

—Una sala de espera.

Leandro arqueó las cejas.

—¿Para qué?

—Eso intento averiguar.

Leandro sonrió de nuevo. Esta vez más lentamente.

—Entonces quizá podamos ayudarnos.

—¿Necesita ayuda?

—Todos la necesitan.

—Algunos tardan más en admitirlo.

—Otros cobran por esperar.

Delacroix lo estudió. Leandro no parecía nervioso. Beatriz había dicho que lo estaba. Tal vez lo escondía bien. Tal vez ella había visto algo que él todavía no.

—¿Qué hace exactamente, Leandro?

La pregunta fue sencilla. Leandro pareció disfrutarla.

—Negocios.

—Eso no significa nada.

—Por eso resulta tan útil.

—¿Qué clase de negocios?

Leandro miró a su alrededor.

—Los que permiten que estas personas continúen aquí.

—¿Todas?

—La mayoría.

Delacroix siguió la dirección de su mirada. Álvaro hablaba con Sofía. Julián Ferrer discutía con Halberg. Gabriel Arístegui acababa de entrar. Beatriz observaba desde una distancia calculada.

—Parece una responsabilidad considerable.

—No lo es.

—¿Por qué?

—Porque cuando algo sale bien, todos recuerdan que fue idea suya.

—¿Y cuando sale mal?

Leandro sonrió.

—Por eso existe gente como yo.

Aquello definía mejor su profesión que cualquier tarjeta. Un hombre apareció a su lado. Era Gabriel Arístegui. Delgado, cincuenta y tantos años, cabello gris, rostro sereno. Vestía sin una arruga. No parecía rico. Parecía el hombre que administraba a quienes lo eran.

—Leandro.

—Gabriel.

Arístegui miró a Delacroix.

—Monsieur.

—Señor Arístegui.

—Veo que las presentaciones ya no son necesarias.

—Eso parece.

Gabriel dirigió su atención a Leandro.

—Necesito hablar contigo.

—Después.

—Ahora.

La palabra no fue elevada. Precisamente por eso resultó más visible. Leandro sostuvo su mirada.

—Después.

Gabriel sonrió. No había cordialidad.

—No tardes.

Se marchó. Delacroix observó.

—Un amigo.

—Uno de los mejores.

—Entonces sus enemigos deben de ser agotadores.

Leandro rió. Por primera vez pareció hacerlo de verdad. Después llevó una mano al pecho. Solo un instante. Un gesto pequeño. Casi nada. Delacroix lo vio. Marina también. Apareció inmediatamente junto a él.

—¿Está bien?

—Perfectamente.

—Debería sentarse.

—Deberías dejar de convertirme en un anciano.

—Eso es cuestión del tiempo.

—Siempre tan alentadora.

Marina abrió un pequeño bolso de mano que llevaba consigo y sacó un estuche oscuro. Se lo entregó. Leandro lo sostuvo.

—Más tarde.

—Ahora.

—Marina.

—Leandro.

Delacroix observó la escena. La familiaridad era evidente.

No sentimental. Práctica. Una persona acostumbrada a cuidar.

Otra acostumbrada a que lo cuidaran. Leandro abrió el estuche.

Sacó un pequeño frasco. Tomó algo. Después bebió un sorbo de agua de una copa que Marina había recogido de una bandeja. Cerró el estuche. Se lo devolvió.

—¿Contenta?

—No particularmente.

—Entonces todo sigue normal.

Marina guardó el estuche. Delacroix recordó la frase de Beatriz. Leandro había empezado a guardar personalmente documentos que antes dejaba en manos de Marina. Sin embargo, su medicación seguía pasando por sus manos. Leandro volvió hacia Delacroix.

—Perdone.

—No hay nada que perdonar.

—El corazón.

—¿Suyo?

—Hasta donde sé.

—Nunca conviene dar nada por supuesto.

Leandro sonrió.

—Emilio insiste en que debo cuidarme.

—Los médicos tienen esa costumbre.

—También insisten en cobrar por ella.

Marina lo miró.

—Tiene una reunión con Julián.

—Lo sé.

—Y después con Sofía.

Leandro la observó.

—No sabía que llevaras mi agenda en voz alta.

—Pensé que quizá así la recordaría.

Leandro volvió a sonreír. Pero Delacroix notó algo. La tensión había aparecido. No en la voz. En la mirada. Marina sostuvo la suya un segundo más de lo necesario. Después se apartó. Leandro esperó a que se hubiera alejado.

—Una mujer extraordinaria.

—Eso parece.

—Sin ella estaría perdido.

—Entonces espero que la trate bien.

Leandro rió.

—Monsieur Delacroix, nadie trata bien a las personas de las que depende.

—Una filosofía peligrosa.

—Las útiles suelen serlo.

Julián Ferrer se acercaba. Leandro suspiró.

—El progreso.

—¿Perdón?

—Julián.

El constructor llegó. No saludó a Leandro. Miró directamente a Delacroix.

—Monsieur Delacroix.

—Señor Ferrer.

—Nos conocemos.

—No.

—He leído sobre usted.

—Eso no mejora la situación.

Julián sonrió.

—¿Está investigando algo?

—Todavía no.

—Qué descanso.

Leandro intervino.

—Julián cree que todo hombre que hace preguntas está investigando.

—Porque los demás solo hacen preguntas cuando quieren algo.

Delacroix miró al constructor.

—¿Y usted qué quiere?

Julián sonrió.

—Ahora mismo, hablar con Leandro.

—Entonces ha tenido suerte.

Julián no apartó la mirada.

—La suerte es una palabra que utilizan quienes no entienden el trabajo.

—Y el trabajo es una palabra que utilizan algunos hombres para explicar demasiadas cosas.

Leandro soltó una carcajada. Julián no.

—Después hablamos.