Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 2 — Los pobres más ricos del mundo
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CAPÍTULO 2 — Los pobres más ricos del mundo

La invitación indicaba las nueve. Delacroix llegó a las nueve y doce. No por descortesía, sino porque consideraba que las fiestas ofrecían una imagen más sincera de sí mismas cuando habían dejado de esperar al primer invitado.

Villa Almenara había cambiado. Durante la tarde había sido una casa.

Ahora era una representación. Las luces se derramaban sobre los jardines, las terrazas parecían prolongarse hasta el mar y, desde la entrada, llegaba una sucesión de automóviles cuya principal función no consistía en transportar personas, sino en anunciar que determinadas personas habían llegado.

Un empleado abrió la puerta del coche. Delacroix bajó.

Llevaba un traje oscuro, camisa blanca y una corbata que Beatriz, de haber sido consultada, habría considerado quizá demasiado sobria para Marbella.

Delacroix no había sido consultado. Entregó su invitación.

El hombre que la recibió miró su nombre.

Después lo miró a él. Aquello empezaba a convertirse en una costumbre.

—Monsieur Delacroix.

—Eso pone.

El empleado vaciló apenas.

—La señora de Almenara lo espera.

—Espero que no haya empezado a hacerlo hace demasiado tiempo.

Atravesó el vestíbulo. La música llegaba desde el jardín.

No era demasiado alta y, precisamente por eso, obligaba a los invitados a acercarse unos a otros.

Delacroix sospechó que aquella disposición favorecía extraordinariamente las indiscreciones.

Había hombres con chaquetas claras, mujeres vestidas con colores capaces de sobrevivir al exceso de luz, camareros que se desplazaban con bandejas y una cantidad considerable de personas que parecían estar saludándose por tercera vez aquella semana con el entusiasmo de quienes temían no recordar los nombres. Beatriz apareció junto a una escalera.

—Llega tarde.

—Doce minutos.

—Lo ha contado.

—No me gusta depender de rumores.

Ella lo observó.

—Parece menos incómodo de lo que esperaba.

—He aprendido a sufrir en silencio.

—No se nota.

—Eso sería vulgar.

Beatriz ocultó una sonrisa y le ofreció el brazo. No porque necesitara apoyo. Porque quería conducirlo. Delacroix aceptó.

—¿Está Leandro?

—Todavía no.

—Entonces él llega más tarde que yo.

—Leandro no llega tarde. Hace que los demás lleguen pronto.

—Una diferencia importante.

Atravesaron la sala principal. Las puertas se abrían hacia una terraza donde las conversaciones formaban pequeñas islas. Los hombres se reunían por afinidades que Delacroix todavía no comprendía. Las mujeres parecían comprenderlas todas.

—¿Cuántas personas ha invitado?

—Ciento veinte.

—¿Cuántas conoce?

Beatriz continuó caminando.

—Esa pregunta es de muy mala educación.

—Entonces comienzo a adaptarme.

—Conozco a la mitad.

—¿Y la otra mitad?

—Las conoce Álvaro.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Beatriz se detuvo.

—Esta noche no investigue de manera evidente.

Delacroix la miró.

—¿Qué considera evidente?

—Interrogar a la gente.

—No acostumbro a interrogar en las fiestas.

—¿Qué hace?

—Escucho cómo se interrogan entre ellos.

Beatriz aceptó aquella respuesta con menos tranquilidad de la que le habría gustado.

Un hombre se aproximó. Delacroix lo reconoció inmediatamente.

Álvaro de Almenara llevaba un esmoquin blanco y una sonrisa que parecía haber sido diseñada para funcionar exactamente a la distancia a la que se encontraba.

—Monsieur Delacroix.

—Álvaro.

—Ha venido.

—Esa era la intención de la invitación.

Álvaro miró a su madre.

—Me gusta.

—No te acostumbres.

Álvaro tomó dos copas de una bandeja, ofreció una a Delacroix y, al ver que la rechazaba, se quedó con ambas.

—Aquí beber agua genera sospechas.

—Eso explica muchas fortunas.

Álvaro rió. Beatriz no.

—Necesito hablar contigo.

—Siempre necesitas hablar conmigo cuando estoy a punto de divertirme.

—Entonces será la primera vez.

Álvaro suspiró.

—Cinco minutos.

—Ahora.

—Madre.

—Álvaro.

El joven levantó ambas copas en señal de rendición.

—Monsieur Delacroix, si desaparezco, avise a la policía.

—Tengo entendido que esta noche está invitada.

Álvaro perdió la sonrisa durante una fracción de segundo. Después la recuperó.

—Entonces avise a alguien más.

Se marchó con Beatriz. Delacroix quedó solo.

Era una posición que prefería. Desde allí podía observar la terraza.

Una pareja discutía cerca de una balaustrada sin mover apenas los labios.

Un hombre de cabello gris asentía ante otro que hablaba demasiado.

Dos mujeres se abrazaron y, mientras lo hacían, una de ellas miró por encima del hombro de la otra para comprobar quién acababa de llegar.

La fiesta poseía una geometría. Todos estaban colocados.

No al azar. Delacroix tomó una copa de agua de una bandeja. El camarero pareció sorprendido.

—¿Nada más, señor?

—¿Es obligatorio?

—No, señor.

—Entonces todavía estamos a tiempo de salvar la noche.

El muchacho sonrió y siguió.

—Monsieur Delacroix.

La voz llegó desde su derecha. Marina Roldán se encontraba a pocos pasos. Vestía de oscuro. No de negro, pero casi. Aquello la distinguía de la mayoría de las mujeres presentes, que parecían haber declarado una guerra personal a la discreción.

—Señora Roldán.

—Veo que recuerda.

—Me esfuerzo por corregir mis errores más sencillos.

—Los difíciles suelen ser más entretenidos.

Delacroix inclinó la cabeza.

—¿Está trabajando?

Marina miró alrededor.

—Siempre.

—No parece una respuesta saludable.

—Tampoco Marbella parece una ciudad saludable.

—Empiezo a pensar que nos entenderemos.

Marina sostuvo la mirada durante un instante.

—Leandro llegará pronto.

—¿A las ocho y cuarto?

Ella sonrió.

—Ha seguido informándose.

—Solo recuerdo las horas.

—Eso puede ser peligroso.

—Las horas rara vez.

—Lo peligroso es recordar quién hizo qué dentro de ellas.

Delacroix la observó. Marina no había cambiado el tono. Podía haber sido una frase casual. Podía no serlo.

—¿Le gusta trabajar para Leandro Varela?

—Es una pregunta extraña.

—Las respuestas suelen ser mejores.

Marina miró hacia la entrada.

—Leandro es un hombre exigente.

—Eso no responde.

—Entonces quizá no era una buena pregunta.

—Lo tendré en cuenta.

Una presencia apareció detrás de ella.

—Marina.

La voz masculina era grave. Precisa. La mujer se volvió.

Viktor Halberg tenía el aspecto de un hombre que no necesitaba presentarse dos veces.

Alto, ancho de hombros, cabello rubio ya invadido por el gris, rostro curtido por una cantidad de sol que no parecía haber tomado por placer.

Su traje era impecable, pero en él la ropa elegante producía el efecto de un uniforme prestado temporalmente.

—Viktor —dijo Marina—. Monsieur Delacroix.

Halberg miró a Delacroix. No extendió la mano inmediatamente.

—He oído hablar de usted.

—Lo siento.

El hombre sonrió. No demasiado.

—Dicen que hace preguntas.

—Las respuestas me obligan.

—En Marbella eso puede convertirse en un defecto.

—Me lo han advertido.

Halberg estrechó finalmente su mano. La presión fue firme. No excesiva. Un hombre así no necesitaba demostrar fuerza.

—¿Está aquí de vacaciones?

—No.

—Entonces quizá ha venido a hacer negocios.

—Tampoco.

Halberg pareció considerar la posibilidad de una tercera categoría.

—Eso resulta extraño.

—A mí me ocurre con frecuencia.

Marina intervino.

—Viktor, creo que Gabriel lo estaba buscando.

Halberg desvió la mirada hacia un grupo situado más allá.

—Gabriel siempre está buscando a alguien.

—Esta vez a usted.

Halberg volvió a Delacroix.

—Nos veremos.

—Eso parece.

El empresario se alejó. Delacroix siguió su recorrido. Varias personas lo saludaron. Él respondió a todas sin detenerse.

—No parece gustarle perder el tiempo —dijo.

—No le gusta perder nada.

—Una ambición agotadora.

Marina tomó una copa de una bandeja, aunque no bebió.

—Viktor cree que todo puede recuperarse.

—¿Y usted?

—Creo que algunas cosas solo cambian de dueño.

Antes de que Delacroix pudiera responder, alguien llamó a Marina desde el interior.

—Discúlpeme.

—Por supuesto.

La mujer se marchó. Delacroix volvió a quedarse solo.

Habían pasado menos de veinte minutos desde su llegada y ya había comenzado a comprender que en aquella fiesta nadie sostenía una conversación inocente.

Una risa femenina atrajo varias miradas.

Sofía Valcácer acababa de entrar. Delacroix la reconoció incluso antes de que alguien pronunciara su nombre.

No porque hubiera visto todas sus películas.

Había visto dos. En una de ellas interpretaba a una mujer que engañaba a su marido.

En la otra, a una mujer que creía engañar a su marido.

Delacroix había concluido entonces que el cine poseía una imaginación limitada.

En persona, Sofía resultaba más interesante.

No era joven. Tampoco intentaba parecerlo. Aquello la distinguía.

Llevaba un vestido verde oscuro y avanzaba saludando con una combinación de afecto y distancia que debía de haber perfeccionado durante años de estrenos.

Álvaro apareció a su lado. Le besó la mano.

Sofía dijo algo. Álvaro rió. Beatriz, a pocos metros, los observó con la expresión de una mujer que ya conocía el final de aquella conversación.

—Monsieur Delacroix.

Esta vez la voz pertenecía a un hombre menudo, de cabello perfectamente peinado y bigote gris.

—Doctor Emilio Cervera.

Delacroix estrechó su mano.

—Doctor.

—Nos conocimos en París hace años.

—Entonces tendrá que disculparme.

—No se acuerda.

—Me acuerdo de París.

Cervera rió.

—Yo sí me acuerdo de usted.

—Eso empieza a preocuparme.

—Fue en casa de los Laroque.

Delacroix recordó. Una cena. Un diplomático. Una mujer que había fingido desmayarse para evitar que su marido leyera una carta.

—Sí.

—Ha tardado.

—La memoria es una anfitriona poco fiable.

Cervera miró alrededor.

—¿Qué le parece Marbella?

—Todavía no ha terminado de presentarse.

—No termina nunca.

—Entonces será agotadora.

El médico tomó una copa de vino.

—Aquí la gente viene a descansar de una vida que continúa persiguiéndola.

Delacroix lo miró con mayor atención.