Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 1 — La ciudad donde nadie pregunta #3
4%

CAPÍTULO 1 — La ciudad donde nadie pregunta #3

—Hay algo más.

No fue una pregunta. Beatriz apretó ligeramente los labios.

—Leandro ha cambiado.

—¿De qué manera?

—Está nervioso.

—Los hombres con muchos secretos suelen estarlo.

—Leandro no.

Aquello sí resultaba interesante.

—¿Desde cuándo?

—Unos meses.

—¿Ha sufrido amenazas?

—No que yo sepa.

—¿Problemas económicos?

—Sería una ironía considerable.

—Las ironías financieras son frecuentes.

Beatriz negó con la cabeza.

—No es dinero. O no solamente dinero. Está más atento. Pregunta quién va a estar en determinados lugares. Cambia reuniones. Ha empezado a guardar personalmente documentos que antes dejaba en manos de Marina.

Delacroix recordó a la mujer de la carpeta.

—¿Confía en ella?

—Más que en nadie.

—Entonces resulta curioso.

—Eso pensé.

—¿Y Marina?

—Lleva años trabajando con él. Es discreta. Eficiente. Si sabe algo, no lo dirá.

—Todo el mundo dice algo.

—No siempre a usted.

—No necesito que sea a mí.

Beatriz apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Hay otra cosa.

Delacroix esperó.

—Mi marido solía decir que Leandro Varela nunca entraba en un negocio sin saber cómo iba a salir.

—Una costumbre sensata.

—Hace una semana, Leandro me preguntó si todavía conservaba ciertos documentos de mi marido.

—¿Qué documentos?

—No lo sé.

—¿Qué respondió?

—Que no sabía de qué hablaba.

—¿Era cierto?

Beatriz sostuvo su mirada.

—No.

Delacroix sonrió sin alegría.

—Ahora sí estamos progresando.

La mujer volvió a sentarse.

—Hay cajas que no he abierto desde la muerte de mi marido. Correspondencia, escrituras, documentos de empresas que ya no existen. No sé qué puede haber allí.

—Pero Leandro cree que hay algo.

—Sí.

—Y usted no ha revisado las cajas.

—No.

—¿Por qué?

Beatriz miró hacia el jardín.

—Porque algunas personas confunden el pasado con algo que ha terminado.

—¿Y usted?

—Yo sé que simplemente ha dejado de ocurrir.

Delacroix guardó silencio. Aquella respuesta le gustó.

Más de lo que estaba dispuesto a demostrar.

Desde algún punto de la casa llegó el sonido de una bandeja que caía y, casi inmediatamente, una voz ordenando que nadie se preocupara.

La fiesta todavía no había comenzado y la villa ya practicaba el arte de fingir que nada había sucedido. Delacroix se puso en pie.

—Revisaremos las cajas mañana.

Beatriz frunció el ceño.

—¿Revisaremos?

—Usted y yo.

—No acostumbro a recibir órdenes en mi casa.

—Entonces puede considerarlo una invitación.

—¿Y si la rechazo?

—Tendré que revisar a Leandro Varela en su lugar. Probablemente resultará más difícil.

Beatriz dejó escapar una risa breve.

—Empiezo a comprender su reputación.

—Espero que no. La mayor parte ha sido escrita por personas decepcionadas.

—¿Porque no resolvió sus problemas?

—Porque lo hice.

La acompañó hasta el vestíbulo. Afuera, varios vehículos comenzaban a llegar con flores, cajas y provisiones. Los preparativos se aceleraban. El personal cruzaba pasillos. Alguien discutía sobre una lista de invitados. Antes de despedirse, Beatriz dijo:

—Armand.

Era la primera vez que utilizaba su nombre. Delacroix se volvió.

—Esta noche habrá personas importantes.

—Siempre me han preocupado más las que necesitan que se recuerde.

—Algunas tienen mucho poder.

—El poder es una característica excelente. Permite identificar rápidamente a quienes creen que no deben responder preguntas.

—No provoque a nadie innecesariamente.

Delacroix se colocó el sombrero.

—Beatriz, si una pregunta provoca a un hombre, rara vez es innecesaria.

El automóvil lo devolvió al hotel poco antes de las siete.

La luz empezaba a suavizarse y Marbella cambiaba de aspecto.

Las terrazas se llenaban. Los automóviles circulaban hacia villas y hoteles.

Los hombres que durante el día habían fingido descansar se preparaban ahora para fingir que se divertían.

Delacroix contempló la ciudad desde la ventanilla.

En París, el dinero antiguo intentaba parecer discreto.

En Londres, pretendía no hablar de sí mismo.

En ciertos lugares de América, celebraba su propia existencia.

Marbella parecía haber encontrado una solución más sencilla.

Aquí el dinero no necesitaba explicar de dónde había venido.

Bastaba con que hubiese llegado. Cuando entró en su habitación, encontró sobre la mesa un sobre.

No estaba allí cuando se marchó. Lo tomó sin abrirlo inmediatamente. No había nombre.

No había sello. Solo una frase escrita a máquina.

Disfrute de Marbella, monsieur Delacroix.

Debajo: Aquí resulta de mala educación preguntar de dónde viene el dinero.

Delacroix leyó la nota por segunda vez. Después la dejó sobre la mesa.

Se acercó a la ventana. El Mediterráneo comenzaba a oscurecerse.

En algún lugar, una música lejana había empezado a sonar.

Delacroix miró su reloj. Todavía faltaba una hora para la fiesta.

Sonrió apenas. Al parecer, pensó, alguien había decidido ahorrarle el trabajo de hacer la primera pregunta.