Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30) CAPÍTULO 1 — La ciudad donde nadie pregunta #2
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CAPÍTULO 1 — La ciudad donde nadie pregunta #2

—Las personas que me encuentran irritante suelen haber esperado encontrarme útil.

—Espero no haber cometido ese error.

Lo condujo hacia una sala abierta a una terraza. Sobre una mesa baja esperaba café. Beatriz se sentó y señaló el sillón de enfrente. La vista era magnífica. Delacroix la ignoró.

—Su carta hablaba de Leandro Varela.

—Mi carta hablaba de mi familia.

—Mencionaba a Leandro Varela tres veces.

—Entonces debí de estar preocupada.

—Eso pensé.

Beatriz sirvió café sin ofrecer explicaciones sobre cómo lo tomaba. Delacroix apreció el gesto.

—Mi hijo Álvaro tiene treinta y ocho años —comenzó ella—. A esa edad, un hombre debería haber aprendido al menos una cosa.

—¿Cuál?

—Que las consecuencias no son una forma de persecución personal.

Delacroix tomó la taza.

—No conozco a su hijo y ya siento cierta simpatía por usted.

Beatriz lo ignoró.

—Álvaro ha vivido siempre como esperaba que viviera un Almenara.

—¿Y cuál es el problema?

—Que ya no tenemos el dinero que se espera que tenga un Almenara.

La frase quedó entre ambos sin dramatismo. Beatriz no parecía avergonzada. Tampoco resignada. Simplemente cansada de una verdad que llevaba demasiado tiempo pagando.

—¿Hasta qué punto es grave?

—Hasta el punto de que la pregunta correcta no es cuánto debemos, sino a quién.

—Leandro Varela.

—Entre otros.

—Pero él es quien le preocupa.

—Leandro no presta dinero como lo haría un banco.

—Los bancos suelen tener la mala costumbre de querer recuperarlo.

—Leandro quiere algo más útil.

—Dependencia.

Beatriz sostuvo su mirada.

—Sí.

Delacroix dejó la taza.

—¿Qué ha firmado su hijo?

—No lo sé.

—¿Qué ha vendido?

—Tampoco.

—¿Qué propiedades controla personalmente?

—Algunas tierras al oeste. Participaciones. Derechos heredados.

—¿Y usted me ha llamado para averiguar qué queda de su patrimonio?

—No.

—Entonces estamos progresando.

Beatriz se levantó y caminó hasta el borde de la terraza. Delacroix no la siguió.

—Hace dos semanas encontré una carta dirigida a Álvaro. No la abrí.

—Muy considerado.

Ella giró la cabeza.

—La leí.

—Mucho más práctico.

—Mencionaba una operación sobre determinadas tierras pertenecientes a la familia desde hace generaciones. La carta no estaba firmada por Leandro, pero lo reconocí detrás de cada línea.

—¿Por qué?

—Porque mi marido hizo negocios con él.

Aquello alteró ligeramente la conversación. Delacroix lo notó. Beatriz también.

—¿Qué clase de negocios?

—De la clase que los hombres llaman complicados cuando no quieren explicárselos a sus esposas.

—¿Y usted aceptó esa explicación?

—Durante un tiempo.

—¿Por qué?

Beatriz contempló el jardín.

—Porque era más cómodo.

No hubo defensa. No hubo indignación. Delacroix empezó a comprender por qué aquella mujer había escrito una carta en lugar de acudir a un abogado.

—¿Su marido sigue vivo?

—Murió hace nueve años.

—¿Y Leandro Varela?

—Siguió prosperando.

—Eso suele ocurrirle al hombre que sobrevive a sus socios.

Beatriz regresó a su asiento.

—No sé qué quiere de Álvaro. No sé cuánto dinero le ha dado. No sé quién está detrás de las sociedades que aparecen en los documentos. Y no sé por qué en los últimos meses ha empezado a interesarse tanto por unas tierras que, hasta hace poco, parecían no interesar a nadie.

—Las tierras que no interesan a nadie suelen tener la desagradable costumbre de empezar a interesar a todos al mismo tiempo.

—Exactamente.

—¿Ha preguntado a su hijo?

Beatriz lo miró como si Delacroix acabara de sugerir interrogar a una pared particularmente decorativa.

—Álvaro asegura que todo está bajo control.

—Una frase tranquilizadora.

—Sobre todo porque nunca la pronuncian quienes tienen algo bajo control.

Delacroix concedió una leve inclinación de cabeza.

—¿Qué espera de mí?

—Que averigüe qué pretende Leandro.

—Eso ya lo ha dicho.

—¿No es suficiente?

—No.

Beatriz permaneció en silencio.

—Quiere que averigüe qué pretende Leandro —continuó Delacroix—, pero sin que su hijo sepa que lo investiga. Sin que Leandro sepa que lo investiga. Sin que su apellido aparezca relacionado con ninguna operación desagradable y, si fuera posible, sin que el resultado altere su vida.

—Lo último no lo he dicho.

—No hacía falta.

La mujer sostuvo la mirada. Durante unos segundos no hubo nada en su rostro salvo una franqueza cansada.

—Quiero saber si mi hijo está en peligro.

—¿Físico?

—No lo sé.

—¿Financiero?

—Sin duda.

—¿Legal?

Beatriz tardó en responder.

—Probablemente.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

—Porque perder dinero suele volver prudentes a los hombres. Temer la cárcel los vuelve creativos.

—Álvaro no es un criminal.

—No he dicho que lo sea.

—Lo ha pensado.

—Pienso muchas cosas. Es una forma de evitar decirlas demasiado pronto.

Beatriz se levantó de nuevo, esta vez con un gesto más impaciente.

—Esta noche conocerá a Leandro.

—Eso espero.

—También estarán varias de las personas con las que hace negocios.

—Eso espero todavía más.

—No quiero que convierta mi casa en un escenario.

Delacroix miró alrededor. La sala, la terraza, los empleados entrando y saliendo, las mesas que empezaban a prepararse más allá del jardín.

—Me temo que llegó tarde para evitarlo.

Beatriz siguió su mirada y suspiró.

—La fiesta se organiza desde hace meses.

—Las tragedias siempre tienen pésimo sentido del calendario.

Ella lo observó.

—No hay ninguna tragedia.

—Entonces esta será una semana muy agradable.

La frase no tranquilizó a ninguno de los dos. Desde el jardín llegó una carcajada. Dos hombres atravesaban una terraza inferior discutiendo sobre la colocación de unas mesas. Un empleado apareció en la puerta.

—Señora, el señor Álvaro pregunta por usted.

Beatriz cerró los ojos durante una fracción de segundo.

—Dígale que estoy ocupada.

—Ha dicho que era urgente.

—Álvaro considera urgente todo aquello que no desea resolver solo.

La voz masculina llegó antes que el hombre.

—Y madre considera que todo lo que no comprende es una imprudencia.

Álvaro de Almenara entró en la sala con la soltura de quien había pasado toda su vida entrando en habitaciones donde ya conocían su nombre.

Era alto, atractivo y poseía una elegancia natural que habría resultado irritante de no estar acompañada por una sonrisa suficientemente consciente de sí misma.

Vestía pantalones claros y una camisa blanca con las mangas remangadas.

Parecía un hombre que acababa de abandonar una embarcación, aunque Delacroix sospechó que probablemente no había estado cerca de ninguna.

—Monsieur Delacroix —dijo Álvaro.

No parecía sorprendido. Delacroix se levantó.

—Señor de Almenara.

—Álvaro. Mi apellido ya está suficientemente cansado.

Se estrecharon la mano.

—¿Mi madre le ha contado que soy un irresponsable?

—Todavía no había utilizado esa palabra.

Álvaro miró a Beatriz.

—Ha envejecido.

—Tú también —respondió ella—. En tu caso resulta más preocupante.

Álvaro rió. La relación entre ambos estaba construida sobre una cantidad considerable de afecto y una cantidad todavía mayor de cansancio.

—Esta noche habrá demasiada gente —dijo él—. Han confirmado los Halberg.

—Viktor —corrigió Beatriz—. Su mujer no viene.

—Entonces habrá exactamente la misma cantidad de gente y una persona menos.

Beatriz endureció la expresión.

—Álvaro.

—No he dicho nada.

—Ese es precisamente tu talento.

Álvaro se volvió hacia Delacroix.

—¿Ha venido de vacaciones?

—No.

—Excelente. Aquí nadie viene de vacaciones.

Beatriz lo miró. Delacroix reparó en la frase.

—¿Y qué hacen?

Álvaro sonrió.

—Fingir que sí.

Por primera vez desde su llegada, Delacroix sintió que alguien había descrito la ciudad con exactitud.

—¿Conoce a Leandro Varela? —preguntó.

La sonrisa de Álvaro no desapareció. Pero dejó de pertenecerle por completo.

—Todo el mundo conoce a Leandro.

—No era mi pregunta.

—Entonces ya está aprendiendo Marbella.

Beatriz intervino.

—Armand estará esta noche.

Álvaro la miró.

—¿Armand?

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Ese es otro de tus talentos.

Álvaro volvió a Delacroix.

—Espero que le gusten las fiestas.

—No especialmente.

—Entonces disfrutará mucho. Los únicos que parecen divertirse son quienes las detestan.

Se marchó casi con la misma rapidez con la que había entrado. Delacroix observó la puerta.

—Su hijo sabe por qué estoy aquí.

—Sabe que le he pedido ayuda.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y Leandro?

Beatriz se acercó a la mesa y tomó su taza, aunque el café debía de estar frío.

—Leandro sabe casi todo.

—Eso no es posible.

—A él no parece preocuparle.

Delacroix caminó lentamente hasta la terraza. El sol comenzaba a descender, pero todavía había suficiente luz para incendiar los muros blancos de la villa. Más allá de los jardines, el mar permanecía inmóvil.

—¿Qué no sabe? —preguntó.

Beatriz tardó en responder.

—Eso es lo que espero que averigüe.

Delacroix volvió el rostro hacia ella.