Muerte en Marbella (Los misterios de Armand Delacroix nº 30)
© inepub.com
CAPÍTULO 1 — La ciudad donde nadie pregunta
Armand Delacroix comprendió que había llegado a Marbella cuando dejó de ver personas que se dirigían a algún lugar y empezó a ver personas que parecían empeñadas en que los demás supieran adónde se dirigían.
Los automóviles se hicieron más grandes, las gafas de sol más oscuras y las camisas, pese al calor, más cuidadosamente abiertas de lo que la casualidad habría permitido.
Hombres con el aspecto de no haber transportado jamás una maleta permanecían junto a equipajes capaces de abastecer una expedición colonial, mientras mujeres demasiado elegantes para estar esperando a nadie esperaban, sin embargo, con una paciencia estudiada, a que alguien reparase en ellas.
El mar aparecía entre los edificios como una promesa azul y luminosa, y sobre las avenidas descendía una claridad tan rotunda que parecía imposible que en una ciudad semejante pudiera ocultarse nada.
Delacroix desconfiaba de las ciudades que parecían demasiado inocentes bajo el sol.
La lluvia, al menos, tenía la cortesía de reconocer que algo podía ir mal.
El automóvil que lo había recogido avanzó entre hoteles nuevos, jardines demasiado verdes para aquella tierra y terrenos donde las construcciones parecían crecer con la velocidad de una enfermedad extraordinariamente rentable.
A un lado sobrevivían casas bajas y fachadas blancas; al otro se alzaban edificios que parecían haber llegado a la costa con la firme intención de explicarle al Mediterráneo qué aspecto debía tener el progreso.
El conductor, un hombre enjuto que había intentado iniciar conversación tres veces y se había rendido ante la evidencia de que su pasajero no necesitaba compañía para viajar, señaló con la barbilla una villa situada sobre una elevación.
—Ahí vive un alemán.
Delacroix observó la casa. Era grande, blanca y estaba rodeada de palmeras.
—Comprendo.
El conductor esperó algo más.
—Muy rico.
—Eso explica la casa.
El hombre sonrió.
—Aquí todos son ricos.
Delacroix volvió la vista hacia la carretera.
—Entonces debe de ser un lugar terriblemente pobre en imaginación.
El conductor tardó unos segundos en decidir si aquello había sido una broma.
Cuando comenzó a reír, Delacroix ya estaba mirando otra cosa.
Había aceptado viajar a Marbella por una carta.
No era la primera vez que una carta lo llevaba a un lugar al que no tenía ninguna intención de ir y, después de suficientes años, había llegado a sospechar que los problemas poseían una particular habilidad para escribir con buena caligrafía.
La carta de Beatriz de Almenara había sido breve.
No dramática. No urgente. Precisamente por eso le había interesado.
No había hablado de amenazas, asesinatos ni persecuciones.
Tampoco había utilizado ese vocabulario inflamado al que recurrían algunas personas cuando querían convertir una deuda familiar en una conspiración internacional.
Beatriz de Almenara se había limitado a escribir que existían hombres capaces de apoderarse de una casa entrando por la puerta principal, y que uno de ellos había comenzado a visitar la suya con demasiada frecuencia.
Después había añadido un nombre. Leandro Varela.
Delacroix conocía el tipo de hombre antes de conocer al hombre.
No necesariamente por su reputación, que había resultado difícil de precisar, sino por la incapacidad de quienes lo mencionaban para definir exactamente a qué se dedicaba.
Un abogado de Madrid había dicho que Varela era asesor.
Un industrial francés lo había descrito como intermediario.
Un banquero suizo, después de una pausa excesivamente larga, había afirmado que se ocupaba de «facilitar determinadas operaciones».
Delacroix siempre había considerado que la vaguedad era una de las formas más elegantes de la confesión.
Nadie parecía saber qué hacía Leandro Varela.
Todos parecían haber necesitado alguna vez que lo hiciera.
El automóvil abandonó la carretera principal y tomó un camino flanqueado por vegetación.
El aire cambió. La proximidad del mar se volvió más evidente, no tanto por su olor como por esa claridad particular que se extendía sobre todo, borrando los contornos y haciendo que hasta las sombras pareciesen limpias.
—Villa Almenara está un poco más arriba —dijo el conductor—. La casa se ve desde el camino.
—No voy a Villa Almenara.
El hombre lo miró por el espejo.
—Me dijeron que llevaba allí su equipaje.
—Me alojo en el hotel.
—La señora de Almenara había dispuesto...
—La señora de Almenara ha dispuesto demasiadas cosas antes de conocerme.
El conductor decidió que aquel asunto no le correspondía y continuó.
Delacroix había rechazado la invitación a hospedarse en la villa por una razón sencilla.
Un investigador alojado bajo el techo de quien solicitaba su ayuda acababa, tarde o temprano, respirando el mismo aire que sus preocupaciones.
Prefería conservar una puerta que pudiera cerrar.
Además, las casas aristocráticas poseían una forma particular de convertir hasta el desayuno en un acontecimiento diplomático.
El hotel resultó más discreto de lo que había imaginado y, por tanto, más de su gusto.
Blanco, abierto hacia jardines cuidados, con una terraza desde la que podía verse una franja de mar y un vestíbulo donde varias personas parecían haber pasado la mañana entera sin hacer nada con una intensidad admirable.
Mientras firmaba el registro, Delacroix observó a un hombre de unos cincuenta años que hablaba por teléfono junto a una columna.
Vestía pantalones claros y una camisa azul.
A su lado había una mujer joven, extraordinariamente bronceada, que sostenía un pequeño perro blanco. El hombre hablaba en francés.
—No, mañana no. El jueves. Dile que el precio ha cambiado.
Escuchó.
—Porque yo he cambiado de opinión.
Colgó y sonrió a la mujer como si acabara de discutir sobre el tiempo. Delacroix entregó la pluma. El recepcionista comprobó su nombre y levantó los ojos con un interés apenas perceptible.
—Monsieur Delacroix.
—Eso parece.
—Ha llamado una señora preguntando por usted.
—¿Una sola?
El recepcionista vaciló.
—La señora de Almenara.
—Entonces he tenido suerte.
El hombre decidió no sonreír. La habitación estaba en el primer piso.
Delacroix dejó la maleta sin abrir, se quitó la chaqueta y permaneció unos instantes junto a la ventana.
El mar ocupaba el horizonte con una indiferencia perfecta.
Había lugares donde todo parecía haber sido construido para convencer al visitante de que la vida podía reducirse a una sucesión de tardes agradables.
Delacroix nunca había comprendido por qué semejante promesa le parecía más inquietante que tranquilizadora.
Miró el reloj. Beatriz de Almenara lo esperaba a las cinco.
A las cinco menos dos, un automóvil lo dejó frente a la entrada de Villa Almenara.
La casa era grande sin resultar monstruosa, aunque Delacroix sospechó que aquello se debía más a la antigüedad de algunas de sus partes que a la moderación de sus propietarios.
Había sido ampliada varias veces y cada generación parecía haber añadido algo que consideraba indispensable: una terraza, una galería, una torre baja, una piscina que desde la entrada no se veía pero cuya existencia se adivinaba en el murmullo lejano del agua.
Las buganvillas trepaban por los muros blancos.
Un jardinero trabajaba junto a una hilera de cipreses.
Dos empleados transportaban cajas hacia una entrada lateral. La casa se preparaba para una fiesta.
Delacroix apenas había puesto un pie en el vestíbulo cuando comprendió que una mujer como Beatriz de Almenara no necesitaba salir a recibir a nadie.
Su presencia llegaba antes. Apareció al fondo de una galería acompañada por una mujer más joven que llevaba una carpeta.
Vestía un traje claro de corte sobrio y caminaba con la espalda recta, sin esa rigidez que delata el esfuerzo.
El cabello, gris y perfectamente recogido, enmarcaba un rostro donde los años habían dejado marcas suficientes para hacerlo interesante, pero no tantas como para derrotar una belleza que debía de haber sido extraordinaria.
—Monsieur Delacroix.
No extendió la mano inmediatamente. Primero lo observó. Delacroix hizo lo mismo.
—Señora de Almenara.
—Beatriz, por favor.
—Entonces deberá llamarme Armand.
—No prometo hacerlo.
—Yo tampoco.
Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Beatriz. La mujer que la acompañaba permanecía a un paso de distancia.
—Marina Roldán —dijo Beatriz—. Trabaja para el señor Varela, pero esta tarde ha venido a supervisar algunos detalles relacionados con la recepción.
Marina inclinó ligeramente la cabeza. Tenía unos cuarenta y tantos años, el cabello oscuro recogido sin ornamentación y una presencia que Delacroix habría descrito como exacta.
No era una mujer que llamase la atención al entrar en una habitación.
Parecía más bien una de esas personas cuya ausencia se descubre cuando nadie sabe dónde está nada.
—Monsieur Delacroix.
—Madame Roldán.
—Señora —corrigió ella con suavidad.
—Entonces ya hemos empezado bien. Una corrección antes de los dos minutos suele ahorrar muchas durante la semana.
Marina sonrió apenas.
—O multiplicarlas.
Beatriz la miró.
—Leandro llegará hacia las ocho.
—A las ocho y cuarto —precisó Marina—. Ha cambiado una reunión.
—Naturalmente.
Marina cerró la carpeta.
—Regresaré antes que él.
—Gracias.
La mujer se despidió y atravesó el vestíbulo hacia la salida. Delacroix siguió su movimiento con la mirada durante apenas un instante.
—¿La conoce? —preguntó Beatriz.
—No.
—La ha observado.
—Observo también las puertas.
—¿Y qué opina de ellas?
—Depende de quién entra.
Esta vez Beatriz sí sonrió.
—Comprendo por qué algunas personas lo encuentran irritante.