CAPÍTULO VEINTIOCHO
E l teléfono de la recepción lleva sonando de forma casi constante desde que colgué la nueva descripción de la pensión en la plataforma de reservas.
Al principio pensé que era un error del sistema. Ahora ya sé que no.
—Pensión Garrido, dígame —contesto por tercera vez esta mañana, sujetando el auricular con el hombro mientras anoto en el libro de reservas—. Sí, tenemos disponibilidad para el fin de semana. Sí, la habitación conserva el mobiliario original... Exacto, es parte del encanto.
Cuelgo y me quedo mirando la página del libro, ya casi llena, con una sensación que todavía no consigo reconocer del todo como propia.
Hace apenas unas semanas rezaba para que un solo huésped despistado llenara una habitación vacía.
Ahora tengo que empezar a plantearme lo impensable: rechazar reservas porque no hay sitio.
El teléfono vuelve a sonar antes de que pueda ni siquiera guardar el bolígrafo.
—Pensión Garrido, dígame.
—Buenos días, soy Marta Oliver, de la revista Ruta Urbana —dice una voz al otro lado—.
Nos dedicamos a escribir sobre alojamientos con historia y personalidad propia por toda España.
Hemos visto la nueva descripción de su pensión en la plataforma y nos ha llamado mucho la atención el enfoque, tan distinto del típico alojamiento turístico.
Estamos preparando un reportaje sobre negocios con historia real en Barcelona, y nos encantaría incluirlos.
¿Les interesaría que viniéramos la semana que viene a hacer algunas fotos?
—Por supuesto —respondo, casi sin dudarlo, notando la sonrisa que se me escapa sin permiso—. Nos encantaría. Dígame qué día les viene mejor y se lo preparo todo.
—¿Qué tal el jueves de la semana que viene, a media mañana? Seríamos dos personas, el fotógrafo y yo.
—Perfecto, aquí les esperamos —confirmo, anotando la fecha en el margen del libro de reservas—. Muchas gracias por pensar en nosotros.
—Gracias a ustedes por la disponibilidad. Nos vemos el jueves.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando el margen del libro donde acabo de anotar la fecha, con la letra un poco más torcida de lo normal.
Debería estar exultante. Lo estoy, en parte.
Pero hay una vocecita rastrera que se cuela por todas las rendijas de mis victorias, preguntándome si tengo derecho a este momento bueno.
Si una mujer que aceptó cien mil euros para matar a un hombre merece que le vayan bien las cosas después.
Si el negocio funciona ahora, tan de repente, porque por fin encontré la manera de hacerlo bien, o porque el universo tiene la mala costumbre de compensarte justo cuando ya has perdido lo único que de verdad querías conservar.
Subo a mi habitación esa noche y me tumbo en la cama con Loki enroscado a mi lado.
—Va a venir una revista, Loki —le digo, acariciándole el lomo—. Deberías verme. Estoy que no quepo en mí de orgullo, y al mismo tiempo tengo unas ganas horribles de llorar.
El gato no responde, claro. Solo se acurruca un poco más contra mi costado, como hace siempre que nota que algo no va bien.
—Le echo de menos, Loki —confieso, en voz mucho más baja de lo que pretendía—.
No solo me siento culpable, que también.
Le echo de menos a él. A su forma de decir «asistente» como si fuera un insulto cariñoso.
A que se quedara callado un segundo de más antes de soltar algo que en realidad le costaba muchísimo decir.
A esa manía suya de enarcar una ceja cuando algo le divertía de verdad, sin ninguna intención de burlarse.
Me giro en la cama, abrazando la almohada contra el pecho.
Es un dolor estúpido y físico, como si me hubieran arrancado algo de dentro con las manos. No es metafórico. Es real, se instala justo debajo del esternón y aprieta cada vez que dejo que la cabeza se me vaya sola hacia él.
—No quiero que se me pase, Loki —susurro, apretando los ojos con fuerza—. Sé que suena fatal, pero no quiero que llegue el día en que deje de dolerme tanto. Porque si deja de doler, es que he dejado de quererlo, y eso me da más miedo que quedarme así para siempre.
El gato se remueve contra mi costado, sin ninguna intención de consolarme, y por una vez no me importa que no lo haga. Me quedo así un buen rato, apretando la almohada contra el pecho, dejando que el dolor haga lo que tenga que hacer sin intentar controlarlo por una vez.
No tengo respuesta a nada de lo que me pasa por la cabeza. Solo tengo un negocio que empieza, por fin, a funcionar, y un hueco en el pecho, con forma exacta de él, que ningún reportaje fotográfico va a llenar.
Los días siguientes se me pasan entre reservas nuevas, la visita de la revista y el ajetreo de una pensión que por primera vez en mi vida tiene más trabajo del que puedo abarcar sola.
Estoy repasando el libro de reservas de la semana siguiente, con el bolígrafo entre los dientes, cuando la puerta de la calle se abre con su golpe habitual.
Levanto la vista sin ninguna expectativa real, esperando quizás a algún huésped despistado preguntando por el wifi.
Es Roi.
Se queda parado justo dentro del umbral, con las manos metidas en los bolsillos, mirándome con una cautela que no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos de nuestras discusiones.
No hay rabia en su cara. Tampoco esa ligereza suya de siempre.
Hay algo intermedio, algo que no sé nombrar todavía.
—Hola —dice, simplemente.
Se me cae el bolígrafo de la mano sin que pueda evitarlo, rebotando contra el mostrador con un ruido que me suena absurdamente estruendoso en medio del silencio.
—Hola —consigo responder, con la voz mucho más pequeña de lo que pretendía.
Se acerca al mostrador sin prisa, deteniéndose a un par de metros de distancia, como si necesitara comprobar primero cómo voy a reaccionar antes de acortar más el espacio.
—No sabía si querrías dejarme entrar —dice, con la voz más insegura de lo que le había oído nunca—. Después de cómo me fui.
—Siempre te habría dejado entrar —respondo, notando cómo se me acelera el pulso—. Lo que no sabía era si ibas a querer volver.
—Parece que te va bien —comenta Roi, con un intento de normalidad que a ninguno de los dos nos sale del todo bien.
—Un mercadillo, una web nueva y bastante desesperación —admito, con una risa nerviosa que se me escapa antes de poder evitarlo—. La fórmula del éxito, ya ves.
Se apoya en el borde del mostrador, con las manos todavía metidas en los bolsillos.
—He tenido tiempo para pensar —dice, sin mirarme del todo—. Mucho tiempo, la verdad.
No digo nada. No sé qué decir que no suene a excusa vacía después de todo lo que le confesé.
—Al principio solo podía pensar en la mentira —continúa—. En que todo lo que habíamos construido nació de algo que no conseguía ni nombrar. Pero he tenido tiempo de sobra para darle vueltas, y hay algo que no consigo quitarme de la cabeza.
—¿El qué? —pregunto, casi sin voz.
—Que tuviste seis oportunidades, Melisa —dice, levantando por fin la vista hacia mí—. Seis. Y en ninguna llegaste a hacerlo. Ni siquiera cuando no había nadie mirando.
Aprieto los dedos contra el borde de la madera, intentando entender qué significa que él haya llegado a esa conclusión solo, sin mí delante para explicárselo.
—Eso no borra el resto —digo, porque necesito que lo sepa, aunque sea lo último que consiga con esta conversación—. Acepté el encargo. Seguí viéndote sabiendo lo que se suponía que tenía que hacer.
—Lo sé —responde él, sin apartar los ojos de los míos—. Y todavía me duele. Pero sé lo que es la desesperación de verdad, Melisa. Sé lo que puede empujarte a hacer algo que jamás habrías hecho en otras circunstancias. Y sé que, a pesar de todo, nunca llegaste a cruzar esa línea.
Se hace un silencio que no sé cómo llenar. Roi esboza, por fin, algo parecido a media sonrisa, aunque más cansada que la de siempre.
—¿Sabes que esto es probablemente la peor forma en la que alguien ha intentado conquistarme? —dice.
Se me escapa una risa nerviosa, mitad alivio, mitad incredulidad.
—No estaba intentando conquistarte.
—Intentabas matarme.
—Exacto —respondo, sintiendo que el nudo del pecho empieza, por fin, a aflojarse—. Era bastante menos complicado.
Roi rodea el mostrador despacio. No me aparto.
—Todavía tengo mucho que compensarte —le digo, cuando ya lo tengo a un paso de distancia—. No solo a ti. Voy a tardar en perdonarme yo misma por todo esto.
—Y yo todavía tengo rabia que procesar —admite—. No va a arreglarse de un día para otro.
—Lo sé.
—Pero quiero intentarlo —dice, con la voz más ronca de lo habitual—. Porque nunca he discutido tanto con nadie, ni me he reído tanto con nadie, ni he tenido tanto miedo de perder a nadie como contigo.
Acerco la mano a su cara despacio, y él cierra los ojos un instante cuando mis dedos le rozan la mandíbula. Esta vez no hay ningún coche que pase salpicando, ni ninguna luz que se apague de golpe, ni nada que nos interrumpa cuando finalmente acorto la distancia que queda entre los dos.
El beso empieza despacio, casi con cautela, y se vuelve más intenso a medida que los dos dejamos de contenernos.
Cuando por fin nos separamos, con su frente apoyada contra la mía, sonríe de verdad por primera vez desde que entró por la puerta.
—Espero que esta vez no aparezca ningún coche —dice.
—Dale tiempo —respondo, sin poder contener la risa—. Todavía es pronto.